El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 25
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Casi había terminado de ordeñar a Calabaza cuando la vaca comenzó a mugir.

Estaba inquieta. La acarició para calmarla y notó que empezaba a respirar con celeridad.

El animal dio varias patadas al aire, y Camila, evitando que la golpease con sus movimientos, cayó del taburete en el que estaba sentada, y sin querer tiró el balde de leche.

El animal soltó un mugido fuerte y se fue recostando sobre la paja del establo mientras ella huía para que no la aplastase.

Acabó debajo de las ubres de Papaya. Sabía que aquel sitio tampoco era seguro.

Se arrastró por el suelo, se alejó de las patas de Mango, el único ternero que había en la finca, hasta que pudo levantarse.

Se acercó a Calabaza, aún sobresaltada por lo ocurrido.

La vaca no paraba de mugir. No sabía qué le pasaba, pero sí sabía que el animal se estaba quejando de dolor.

Salió corriendo y llamó a los dos hombres que estaban recogiendo la cosecha de papas. Miró a su hijo y dio gracias a Dios de que estuviera con ellos. Prefería no pensar en lo que podría haber pasado si hubiese estado con ella en el establo.

Se acercó a Jacques, lo tomó en brazos y lo abrazó con fuerza. Aún estaba temblando.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Bastien al verla en ese estado.

Los pantalones y la camiseta estaban manchados de tierra, leche y heno, y el pelo estaba desmadejado por completo.

—¿Estás bien?

Ella asintió con la cabeza. El hombre, preocupado, la agarró por los brazos y no dejó de observarla hasta comprobar que no tenía ninguna herida. Le colocó el pelo y le quitó los restos de heno que tenía enredado en él.

—¿Estás segura de que estás bien? Estás temblando. —Seguía preocupado.

—Sí, sí. Solo me he asustado. Creo que a Calabaza le pasa algo.

Se acercaron al establo, y Bastien, que entendía más de animales que los demás, la exploró.

La vaca tenía el abdomen distendido y, al tocarlo, sonó como un tambor.

Parecía que tenía gases. Había que ayudarla a eliminarlos.

Si no, podría morir por la compresión que estos ejercían sobre el corazón y los pulmones.

«No. Otra muerte, no», pensó.

El hombre le pidió su camioneta y se marchó.

La dejó preocupada y sin saber qué hacer.

Aprovechó para sacar a las otras dos reses del establo y las ató cerca del bebedero.

Quería que Calabaza estuviese cómoda y se quedó cuidando de ella.

Agradeció que Mathis cuidara de Jacques mientras recogían las papas.

—Calabaza, tienes que ponerte buena. —La acarició—. No solo das una leche fantástica para mi hijo. Eres una vaca muy querida por tus compañeras de establo y por los jornaleros. Estoy segura de que, si estuvieran aquí, te lo diría con un mugido.

La vaca mugió, como si la entendiese.

—Además, tienes un ternero muy guapo. Será todo un semental cuando sea adulto. Él necesita que tú estés bien. Y no te voy a engañar, yo también necesito que tú estés bien.

Acercó su rostro al del animal y juntó su frente con la suya.

—Estos días que hemos compartido juntas han hecho que te haya empezado a querer. Tienes que aguantar.

El hombre la observaba desde la puerta del establo. Esperó a que terminase de hablar con el animal. Parecía emocionada, y no quería interrumpirla. Incómodo, reprimió su carraspeo habitual.

—Si sales de esta, te prometo que hablaré con Jerome para que no te venda y para que tu ternero se quede con nosotros también.

No sé cómo lo haré, pero lo convenceré. Además, Bastien va a traer algo que te recuperará.

Confío en él. Es bueno en lo que hace. ¿Has visto todo lo que ha hecho estos días en las tierras?

—Espero que esto sirva. —El hombre la interrumpió antes de que siguiera hablando sobre él. Llevaba tiempo sin recibir cumplidos, y sin querer la sobresaltó. Un pequeño grito salió de su garganta. —Lo siento. No pretendía asustarte.

—No te preocupes —contestó, aliviada, al descubrir que era él. Bastien levantó los dos paquetes de seis latas de cerveza que llevaba en las manos y carraspeó. La mujer le resultaba encantadora—. ¿La vas a emborrachar? —preguntó desconcertada.

—No. La vamos a hacer eructar. Espero que funcione. El veterinario más cercano está en Ipeke.

Camila comprendió que, o aquello funcionaba, o la vaca moriría.

El hombre preparó dos litros de cerveza en las botellas de plástico que solían usar para transportar la leche. Mientras, ella la acariciaba y le hablaba para calmarla. Cuando estuvo listo el biberón de cerveza, Bastien comenzó a dárselo.

—Señora —Estel apareció tras la puerta del establo con Jacques sujeto de la mano—, Mathis me pidió que le trajera al niño. Nos vamos.

—Gracias. Ven aquí con mamá. —Su hijo se dirigió hacia donde ella estaba y se sentó sobre sus piernas.

Ella lo besó en su cabecita llena de rizos—.

Estel, lo siento. Hoy no hay leche para tus niños.

No voy a poder llevarte a casa. —Estos días atrás la había llevado en varias ocasiones.

No le gustaba que la mujer fuese sola por esos caminos a esas horas de la tarde.

Cuando llegaba a su cabaña ya era casi de noche—.

Me quedaré aquí hasta que Calabaza se recupere.

Prefería no pensar en la otra opción. Le entristecía imaginar que el ternero pudiera quedarse sin mamá.

—No te preocupes, Camila. Ahora solo importa que la vaca se ponga bien. Yo me quedaría contigo, pero tengo que llegar a casa por los niños. No deberías quedarte sola aquí arriba con tu hijo. Alemán no es que sea un gran perro guardián.

Los tres rieron por el comentario. Hasta Jacques rio.

Miraron al animal, que estaba tumbado relajado delante de la puerta del establo.

Sabía que no era la mejor de las ideas, pero no podía dejar a Calabaza sola y enferma.

En la guantera de la camioneta tenía guardada su arma, y con ella se sentía más segura.

—Yo me quedo —dijo Bastien—. Necesito saber que Calabaza está bien.

Tampoco se atrevía a dejarla sola. Con lo poco que la conocía, sabía que ella se quedaría cuidando al animal hasta que se recuperase o muriese. No entendía cómo los jornaleros podían marcharse sin más. Parecía mentira que no se hubiesen dado cuenta.

—Me quedo más tranquila —comentó Estel con una ligera sonrisa hacia el hombre—. Buenas noches. Espero que Calabaza se recupere.

La mujer desapareció tras la puerta.

—Gracias, Bastien. —Le tomó la mano y se la apretó—. Gracias por lo que estás haciendo por Calabaza. Yo también me quedo más tranquila sabiendo que estás aquí. Así no me siento tan sola.

El hombre miró la mano blanca de ella, en contraste con la suya, negra, y se la retiró. Había perdido la costumbre de esas muestras de afecto hacia él. Con ella, había veces que se sentía desconcertado. Esta era una de esas veces. Carraspeó. Se levantó de su lado.

Fue en busca de algo para cenar aquella noche, y para que el niño pudiera dormir más cómodo dentro de aquel establo. Aún quedaban unas largas horas por delante para saber qué sería de Calabaza.

—Aquí, aunque no te lo creas, tienes ante ti a dos héroes del antiguo Zaire —le dijo Olivier a Edmund, bastante contento tras las tres cervezas que se había bebido—. Consiguieron derrocar a todo un dictador que llevaba más de treinta años en el poder.

—No —comentó Jerome—. Sabes que no fuimos héroes. Nuestras motivaciones no fueron heroicas. Las de muchos otros sí. Tendrías que haber escrito sobre ellos.

—Puede que vuestras motivaciones no fueran las más nobles, pero vuestras acciones sí lo fueron. Eso es lo que define a un héroe.

—Yo lo que sí sé es que lo que hicisteis por nosotros en la montaña y por aquellos animales fue heroico. Os estoy muy agradecido —comentó Edmund—. Y mi familia también. Quieren daros una recompensa.

André y Jerome se miraron sin comprender.

Olivier se rio de buena gana.

—No tenéis ni idea de a quién sacasteis del atolladero, ¿verdad? —Los dos hombres miraron con detenimiento al mzungu belga—. Os presento al príncipe Edmund de Meridian. Filósofo y antropólogo, enamorado de los gorilas.

—Venga ya —dijo André, sin poder creérselo—. ¿Y cómo nos tenemos que dirigir a ti? ¿Como su alteza real?

Los tres se rieron.

—No. Como lo habéis hecho hasta ahora. El título solo lo uso cuando estoy entre la nobleza.

Para el resto de la humanidad solo soy Edmund.

—Jerome se sorprendió por la humildad del hombre.

No se habría imaginado a un príncipe decir esas palabras—.

Mis padres están agradecidos. Quieren recompensaros económicamente.

Se quedó pensativo, frunció el ceño y los labios. Si unos ricos e influyentes príncipes querían recompensarlo, esa podía ser su oportunidad.

—Muy bien. Acepto la recompensa. En Lombe hay una misión llamada Saint Germain. Necesitan materiales para la canalización de agua para los cultivos de la gente que vive allí. Si tu familia quiere recompensarme, que les haga una donación a ellos. Por mi parte, la deuda estará saldada.

—¿Estás seguro? —preguntó Edmund, impresionado.

—Segurísimo.

Se acababa de ahorrar el tener que organizar una gala benéfica con los tiempos de guerra que parecía que se estaban acercando.

—No me jodas, Jerome. ¿En serio estás pidiendo eso?

¿Y con qué cara pido lo mío sin quedar como un bastardo avaricioso?

—Los tres se rieron. No se podía creer que fuera a hacer lo que iba a hacer—.

En Saint Germain hay un hospital, el Saint Hospital.

Una enfermera que trabaja allí me salvó la vida hace un par de años —dijo, mirando a su amigo—.

Mi recompensa que sea para los medicamentos que hagan falta en el hospital.

—Esto sí que no me lo esperaba, hermanito.

—Ni yo. —Miró a un Jerome sorprendido, con cara de pocos amigos, moviendo la cabeza hacia los lados. Aún no se podía creer que lo hubiese hecho—. La culpa es de tu mujer —le reprochó—. Ella consigue que uno haga cosas que en otro momento no habría hecho en la vida.