24
Camila abrió la puerta de su casa y se topó de frente con su vecino Bastien. El hombre, que podría tener un par de años más que ella, traía en una mano a Alemán, agarrado por una soga, y en la otra una gallina muerta.
—Quiero hablar con tu marido —le pidió.
—No está.
—Pues cuando venga, quiero que arregle esto —dijo, enseñándole al animal muerto—.
Tu perro la ha matado. Quiero una gallina nueva.
—Miró al pastor alemán, sorprendida. Nunca había hecho algo semejante—.
Lleva varios días merodeando por mis tierras.
Al final, la ha cazado. Dile al comandante que mañana quiero mi gallina.
Camila, si no lo conociera, le habría cerrado con suavidad la puerta en sus narices.
Su tono imperativo no le gustaba. Pero Bastien era así con todo el mundo desde que su mujer falleció en el alud que ocurrió en la misión, unos años atrás.
Como sabía por lo que el hombre estaba pasando, no se lo tuvo en cuenta.
—Siento lo que ha hecho Alemán. —Se agachó a la altura del perro—. ¿Se puede saber qué haces merodeando en las tierras de Bastien? No quiero tener que atarte. Esta noche te vas a quedar castigado en el terreno de atrás. No te creas que vas a dormir con nosotros.
Camila no se dio cuenta, pero el hombre la miró con extrañeza al ver cómo le hablaba al perro. Se incorporó y habló con él.
—Voy a subir a la zona de los establos ahora. Si quieres, puedes venir conmigo y elegir una de las gallinas que tenemos.
—¿Y tu marido no va a poner objeciones?
—No te preocupes. Yo me encargo. —El hombre la miró, no muy convencido. No quería conflictos con el comandante—. ¡Jacques! Jacques, ¿dónde estás? —No lo veía—. Nos vamos a ver a las vacas y a las gallinas.
Su hijo apareció con una sonrisa en su bonita cara redonda, enmarcada por sus rizos castaños.
—Gallinas.
—Sí, gallinas.
—¿Se viene con nosotros? —preguntó, receloso.
—Sí, claro. Y Alemán también —le contestó—. ¿Con quién los voy a dejar si no?
Miró al perro y negó con la cabeza.
—Te salvas porque, después de lo que has hecho, no me atrevo a dejarte solo —le dijo al animal—. Venga, todos arriba.
Bajó la puerta trasera de la camioneta y el perro subió de un salto.
Tomó a su hijo en brazos y se lo entregó a Bastien para que lo llevara con él.
El hombre volvió a mirar al niño con recelo; nunca había tenido a uno en brazos.
Se subieron a la camioneta y se dirigieron hacia lo alto de la colina, donde estaban los cultivos.
Aparcó la camioneta al inicio de las tierras y fueron caminando por el sendero que los llevaba por los cultivos. Tuvo que llevar a Jacques en brazos. Camila observó cómo Bastien no dejaba de mirar y escudriñar los campos, resoplando como si lo que viera no le gustara.
—¿Algún problema?
El hombre la miró y, por un instante, se contuvo, pero le costaba mucho morderse la lengua.
—No sé en qué está pensando el comandante. Las papas tendrían que haber sido recogidas hace más de una semana. Si las deja más tiempo, se van a echar a perder. Los cafetales están secos. Tiene que ponerles más agua. Si no, morirán. Y los mangos están recogiéndolos. Aún les queda un par de semanas.
Agradeció su sinceridad.
—¿Y qué más haría falta hacer en las tierras?
—Eso, a quien se lo debería preguntar es a su marido, no a mí. Yo sé cómo trabajo mis tierras. Parece que el comandante no sabe lo que está haciendo.
Apartó al hombre a un lado y comprobó que nadie los escuchaba. No quería que la gente supiera que estaba sola en casa, aunque para los jornaleros era evidente que su marido no estaba.
—Cuando le he dicho antes que mi marido no está es que no está. Lleva fuera varias semanas y, la verdad, no sé cuándo volverá.
—¿Se está quedando sola con el niño? —preguntó—. ¿Pero su marido está loco? Tal y como están las cosas, es una locura. Yo no dejaría a mi mujer sola.
—Sí, estoy sola. —Bajó a Jacques al suelo, le estaba pesando, pero el niño quería seguir en brazos de su madre.
Lo volvió a agarrar—. Es una historia muy larga.
—No le apetecía contarla—. Pero se ha tenido que ir por razones ajenas a su voluntad.
—Se cambió al niño de lado—. Por eso le he preguntado si haría falta hacer algo más en las tierras.
¿Me podría ayudar? Yo no entiendo de esto.
No quiero que el trabajo que Jerome lleva haciendo todo este tiempo se venga abajo porque se haya tenido que marchar. Yo no entiendo de plantas y flores.
El hombre se rio al escucharla llamar a los cultivos «plantas y flores». No hacía falta que le jurase que no entendía nada de aquello.
—¿Está bien? Pero necesitaré más que una gallina para compensar.
—Pídeme lo que quieras y te lo daré.
El hombre carraspeó, incómodo. La miró de arriba abajo y se rascó la nuca. Por primera vez se dio cuenta de que la mujer era guapa, a pesar de ser mzungu .
—Traiga. —Sujetó al niño—. Parece que le pesa demasiado.
Ella se rio.
—Ha crecido en estas últimas semanas. Lo noto en los brazos. Gracias. —Lo miró con detenimiento—. Entonces, ¿por dónde quieres que empecemos?
—Por una reunión con los jornaleros. Tú, como la señora de estas tierras, les dirás que seré yo el que dará las órdenes hasta que el comandante regrese.
Agradecida, se acercó a él con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla de su afilado rostro.
Camila no fue consciente de la tensión que se generó en el cuerpo del hombre. Hacía tres años que nadie le daba un beso.
—Gracias, Bastien.
El hombre volvió a carraspear, incómodo, mientras miraba a Jacques, al perro y a ella.
Se rascó la nuca. No sabía si aquello sería tan buena idea.
Olivier no era la primera vez que se daba cuenta de que sus acciones tenían repercusiones.
Repercusiones que no solo le afectaban a él, sino también a personas a las que quería y apreciaba.
Llevaba tiempo sintiendo que estaba perdiendo el control de su vida.
Cada vez se metía en situaciones más complicadas en busca de la verdad.
En busca de hacer un periodismo riguroso y de investigación que lo llevaba a lugares cada vez más oscuros y tenebrosos del ser humano.
Estos días atrás había acabado secuestrado y traicionado por uno de los guías que lo acompañaban.
Su reportaje, sobre los espaldas plateadas y la caza furtiva, lo había puesto en esa situación.
Por eso había ido dejando las colillas por las montañas.
Su instinto no le había fallado. Sabiendo que iba con Edmund, estaba seguro de que los buscarían si no sabían nada de ellos durante días.
Había intentado alejarse de todos, incluso de su familia, para evitar que les salpicara alguno de sus asuntos. No lo había conseguido.
—¿Por qué no me dijiste nada? —le preguntó André, preocupado, al escuchar a su hermano.
El hombre bebió de la botella de cerveza que tenía sobre la mesa de la cocina.
—Porque no sabía cómo explicarte que o llevaba aquellos documentos conmigo o no estaban seguros en ningún lugar.
Porque con el tipo de periodismo que estoy haciendo, me estoy consiguiendo enemigos cada vez más poderosos y peligrosos.
Los señores de la guerra que ahora están expoliando las minas de coltán en el Congo.
Los traficantes de armas en la frontera entre Ruanda y el Congo.
Ahora, los cazadores furtivos que dejamos inmovilizados allá arriba, en las montañas.
Esa es la razón por la que me voy moviendo entre distintos países y territorios.
No quiero que me encuentren. Necesito protegeros.
No he podido hacerlo. Lo siento. Al final os ha salpicado toda mi mierda.
Jerome sintió lástima por el hombre. En algún momento de su vida, él se vio alejado de los suyos para no perjudicarlos.
Pero también sintió admiración por él. Tenía tanta fe y determinación en lo que hacía, que se había convertido en un gran periodista.
Ya no era aquel muchacho que conoció hace más de una década, que no tenía muy claro qué quería hacer con su vida.
Suspiró, preocupado. También comprendió por qué Junior les había pedido que, si lo encontraban, lo avisaran.
—Siento que estés en esa situación. Sé lo que es no querer hacer daño a los tuyos y no poder evitarlo. Vas a tener que desaparecer por un tiempo de la frontera entre Ruanda y el Congo. Los Kombo te están buscando.
—Te dije que no eran de fiar —le reprochó André.
—A nosotros nos ayudaron. Tu hermano es el que tiene problemas.
—¿Te crees que no lo sé? Por eso trato de ser invisible. Cuando publico un artículo o un reportaje, hace días que me he marchado de donde dice que estoy escribiendo la noticia.
Se quedó en silencio por unos instantes, buscando las palabras adecuadas.
—Vosotros aportasteis a nuestro país un camino hacia la democracia.
Que, por cierto, aún estoy esperando —puntualizó—.
Pero hicisteis algo por cambiar las cosas.
Yo necesito saber que también tengo algo que aportar a mi país.
La única forma que sé es mostrando al mundo la verdad de lo que está ocurriendo.
El reportaje que escribiremos entre Edmund y yo —dijo, mirando a su amigo belga—.
Será para National Geographic . Por primera vez escribiré en una publicación internacional.
Esa revista tiene tanta repercusión mediática que podría dar algo de visibilidad a las montañas del Congo y a lo que ocurre en ellas.
Podría dar visibilidad a lo que está ocurriendo en nuestro país.
—¿Por qué no dejas esto por un tiempo? —le pidió su hermano—. Sería lo mejor.
—¿Lo mejor para quién? ¿Para ti? ¿Para mamá?
—le preguntó—. Necesito contar al mundo la verdad de lo que está ocurriendo en nuestro país.
Si no lo cuento yo, nadie más lo hará. Siento que se han olvidado de nosotros.
Que no importamos. —Volvió a beber de la botella de cerveza—.
Si seguimos así, en menos de un año entraremos en guerra de nuevo.
Europa y EE. UU. nos han dejado solos con Ruanda y Uganda.
Países que nos expolian y nos roban nuestros recursos para después vendérselos a ellos.
Es una puta locura. Kabila se los quiere quitar de encima y, por ahora, no puede.
Hay bastante tensión entre los países aliados.
—Se rio—. Menudos aliados. Estamos vendidos. Estamos solos.
Jerome y André se miraron. Si era cierto lo que Olivier estaba contando, tarde o temprano habría una segunda guerra en el Congo.
O los países aliados aceptaban las condiciones de Kabila o estaban perdidos.