El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 23
75%

23

La cara de Mathis, cuando Camila insistió en ir a la zona de los establos y los corrales, era todo un poema. El hombre no quería llevarla. Imaginaba el motivo. La última vez que había estado allí, había impedido que se sacrificase a la ternera Papaya.

Jerome le había pedido que no volviese por esa zona para evitar otra discusión sobre los animales.

Al igual que él no se entrometía en su trabajo en el hospital, no iba a permitirle que se entrometiese en el suyo.

Los asuntos de los animales y las tierras le pertenecían a él.

Pero ahora necesitaba leche para su hijo, y Jerome no estaba.

Piña era la candidata perfecta para alimentarlo.

No iba a marcharse de allí hasta que la botella que llevaba en las manos estuviera hasta arriba de leche.

—¿Y Piña? —preguntó al no encontrar a la vaca color beige.

En su lugar, encontró otra un poco más pequeña y de un color más oscuro.

—¡Zape! —Alejó a una de las gallinas que se había metido en el establo, y Jacques fue tras ella—. Piña fue vendida hace unos meses. ¡Zape! — Corrió tras la gallina y la echó del establo, teniendo cuidado de no tirar al niño.

Por un momento, estuvo a punto de quejarse por haberla vendido, pero respiró hondo. No era asunto suyo. Ambos habían acordado que no se inmiscuirían en el trabajo del otro.

—¿Y Papaya? —preguntó preocupada al no ver a la ternera—. Jacques, ven con mamá, deja a las gallinas.

Cerró la puerta del pequeño establo para que el niño no saliese tras ellas.

—Es la vaca que tiene delante. Ya no es una ternera.

Es toda una señora y está preñada. Aún no da leche.

—Vaya, sí que había pasado tiempo desde que no aparecía por allí—.

Teníamos que sacar dinero de alguno de los animales —le informó, a modo de reproche—.

Si quiere leche para su hijo, Calabaza es su vaca —dijo, señalando a la vaca color tierra que tenía a su izquierda—.

Da bastante leche. —Se agachó, apretó una de sus ubres y salió un chorro de leche—. Ya su ternero mamó. Es toda suya.

El hombre se puso de pie y se dispuso a marcharse.

—Mathis, ¿se va?

—Sí, señora. Tengo cosas que hacer en las tierras todavía.

—No sé ordeñar.

El hombre la miró con desgana. Agarró de mala gana un cubo que había en el lateral del pequeño establo, se puso de cuclillas y le explicó cómo se hacía mientras llenaba el cubo hasta arriba. Jacques había estado muy atento a su demostración.

—Es así de fácil —dijo cuando terminó—. Mañana, cuando vuelva, ya sabe cómo hacerlo.

Respiró hondo y trató de que no se notase lo poco que le estaba gustando cómo la estaba tratando.

—Si tuviese alguna dificultad mañana, ¿me podría ayudar? —Trató de poner su mejor sonrisa.

El hombre la miró con cara de pocos amigos y asintió mientras suspiraba. Al fin y al cabo, era la mujer de su jefe, por muy caprichosa que le pareciese.

Camila comprendió que al hombre no le caía bien, y sospechaba que era por el escándalo que montó cuando iban a sacrificar a la ternera. Lo entendía.

—Gracias, Mathis. Es usted muy amable. —Le volvió a sonreír.

Miró a su hijo y le dijo—: Aquí tienes tu cena.

—Llenó la botella y se fijó en que había sobrado bastante cantidad.

Recordó que Declan le había comentado que el hombre hacía unos meses había tenido su tercer hijo—.

Mathis, ¿quiere llevarse leche para su familia?

El hombre la miró sorprendido.

—No, señora. La que sobra la usamos para hacer queso.

—Por unos días que no se haga queso, no pasa nada.

Jerome vendrá en unas semanas. Ya volverán a la producción habitual.

—Sabía que se estaba saltando las normas que él le había impuesto, pero no estaba allí en esos momentos.

Cuando volviese a casa, todo volvería a la normalidad—.

Écheme la culpa a mí. La asumiré sin ningún problema.

El hombre sonrió. Si era así…

—Bueno, con solo una vaca lechera y un ternero que mama, tampoco es que hagamos mucho queso.

Llenaron una de las botellas de plástico que había por allí.

—Comandante. —Una muchacha de unos veinte años apareció alegremente por la puerta. En cuanto la vio, la sonrisa de su rostro se desdibujó—. Al ver su camioneta pensé que era él... —Gesticulaba nerviosa e iba dando pasos hacia atrás—. Iba a preguntarle... Ya hablo con él en otro momento.

—¿Necesitabas algo de Jerome, Estel? —Había reconocido a la joven. Hacía unos meses, había llevado a sus dos hijos a vacunarse a Saint Hospital—. A lo mejor yo te puedo ayudar.

—No. —Seguía gesticulando de forma nerviosa—. Ya cuando venga el comandante hablo con él —dijo desde la puerta.

—Está bien. Ya hablarás con él cuando vuelva. —Camila imaginaba a lo que venía. Miró la leche que aún quedaba en el balde. Si se la llevaba a casa, sin nevera, se estropearía—. Estel, ha sobrado leche. ¿Te la quieres llevar?

La mujer la miró igual de sorprendida que Mathis cuando se lo propuso en su momento. Miró al hombre en busca de aprobación, y este asintió.

—Está bien, señora. —Parecía que la mujer se relajó y dejó de gesticular tanto—. Le vendrá muy bien a mis pequeños. Gracias.

—Hasta que venga mi marido —Se encargó de recalcar esas dos últimas palabras—, vendré a buscar leche y a visitar las tierras. —Alguien tenía que hacerse cargo de ellas, aunque no supiese con exactitud qué hacer—. Lo que sobre, os lo podéis llevar.

—Gracias. —La mujer miraba hacia el suelo, como si estuviera avergonzada. Apenas se atrevía a mirarla a la cara—. Muchas gracias, señora.

—Llamadme Camila. No soy vuestra señora. Soy la esposa —volvió a recalcar— del hombre que os paga por vuestro trabajo. Nada más. —La mujer agarró otra de las botellas de plástico y la llenó—. Recordad hervir la leche antes de dársela a los niños. Evitaréis enfermedades.

Estel se despidió de los dos dando las gracias, sin apenas levantar la mirada del suelo.

—No debería haberle dado nada. Esa mujer lo que venía a buscar del comandante, usted no se lo podría dar —le comentó el hombre de forma brusca.

Agradeció su franqueza porque así no se sentía como una mujer celosa que veía fantasmas por doquier.

—Lo sé, Mathis. Lo sé. —Sonrió.

—Si yo fuese usted, no me fiaría de ella. Yo me preocuparía.

Lo miró con atención.

—Mathis, no es en ella en quien debo confiar. Es en mi marido. Confío en él. Estel es una mujer a la que le gustan los hombres guapos. Como a mí. No voy a reprocharle nada por tener tan buen gusto. No voy a preocuparme.

Dejó al hombre sin saber qué decir. Estaba cansada de que se responsabilizase a las mujeres por acciones que pertenecían a los hombres.

Ellos eran los que tenían el compromiso con sus esposas.

No se iba a enemistar con una mujer por él.

Pero sí pondría límites. Dejaría claro que no era tonta y que sabía a la perfección a qué había venido al establo.

Hacía tiempo que había tenido que asumir el efecto que Jerome provocaba en las mujeres y en algunos hombres. Era el mismo efecto que había generado en ella el día que lo conoció.

Al principio lo había llevado mal. Se sentía insegura e incómoda.

Pero un día, al poco de volver de la guerra, se dio cuenta de que su marido, cuando terminaba de trabajar en las tierras, con quien quería estar era con ella.

Se dio cuenta de que cuando venía tarde del hospital, a quien estaba esperando era a ella.

Que cuando quería ir a visitar a su hermana, con quien deseaba vivir ese momento era con ella.

Que cuando la esperaba para almorzar, con quien quería comer era con ella.

Que cuando acudían a misa, era su mano la que tomaba al dirigirse juntos a la iglesia.

Ahí comprendió que daba igual cómo las demás mujeres lo miraran. Lo importante era que su marido, con la única mujer con la que quería compartir todo eso era con ella.

Dejó de darle importancia a lo que se gestaba fuera, a las miradas y a los gestos de otros, y empezó a darle importancia a lo que se gestaba dentro de casa. A las miradas y a los gestos de él. Lo único que importaba eran ellos tres, y la pequeña familia que habían creado.

Ese día, en ese momento, toda su inseguridad e incomodidad desapareció.

—Jerome. —André lo zarandeaba para despertarlo—. Jerome. —Abrió los ojos y por un momento no supo dónde estaba, hasta que recordó que aún estaban en las montañas—. Ven, quiero enseñarte una cosa.

Se desperezó, le entregó su frontal y ambos hombres caminaron en la oscuridad, por el silencio de la selva.

Silencio solo interrumpido por ulular de alguna lechuza negra, el crujido de las ramas al pisarlas y los pequeños haces de luz que salían de sus frentes.

El vaho caliente de su aliento formaba una bruma ligera al chocar con el frío de la noche.

Se acarició la barba de más de una semana.

Pensó que, gracias a ella, su rostro se mantenía caliente a esas horas de la madrugada.

Se preguntaba qué querría André a esas horas.

De repente, se encontró ante un enorme precipicio.

Sonrió. Frente a él, las montañas Virunga, con seis de sus ocho cimas iluminadas por la luz de la media luna y las estrellas.

Apagaron el frontal y se sintió sobrecogido.

Una de las cimas de los volcanes, en su cráter, estaba cubierta de agua.

La luz de la luna y las estrellas se reflejaban en ella como en un espejo.

Parecía que el agua había dejado de serlo para convertirse en un brillante mar de plata líquida.

Era precioso. Era increíble lo hermosa que era la naturaleza de aquellas montañas.

En el cielo, Marte seguía palpitando con su destello rojo, recordándole que una vez fue un hombre de la guerra y que aún seguía siéndolo.

Resopló. Quería dejar de ser ese hombre.

—¿A que es precioso?

—Gracias. —Estaba emocionado ante aquel espectáculo—. Es impresionante.

—Sabía que te gustaría. —Se sentaron en el borde del precipicio y contemplaron aquel hermoso paisaje. Solo por ese momento, y por el reencuentro de la familia de Mokeli, ese maldito viaje ya merecía la pena—. Prométeme que vas a estar bien.

Jerome lo miró, sin comprender a qué venía aquello.

—Te prometo que voy a estar bien. —Se rio.

—Necesito que estés bien para lo que te voy a enseñar.

—¿Qué ocurre, André? —preguntó, preocupado.

Sacó de dentro de su chubasquero algunos de los documentos de Dengo.

Encendió su frontal, y Jerome vio una fotografía que lo hizo estremecer.

No podía ser que eso estuviera allí. Siguió comprobando el resto de fotografías, así como los documentos que las acompañaban.

Maldijo su suerte. No podía ser que todo eso hubiese estado en manos de Dengo.

—Lo siento.

—No se lo podemos entregar al coronel Mwenze.

—No. No podemos. Solo podemos darles estos. —Le mostró otro fajo de documentos que aún guardaba bajo su chubasquero—. Esos hay que destruirlos —dijo, refiriéndose a los que Jerome tenía en sus manos.

Maldito Dengo y maldita FARDC. Estaba asqueado de que su pasado siguiese persiguiéndolo. André le entregó un mechero, y lo encendió. Prendió fuego a todas las fotografías y documentos que tenía en las manos.

Debía proteger a su familia a toda costa.