El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 22 #2
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Dejó a Olivier de pie, sin saber qué hacer ni qué decir. Nunca había visto a su hermano, al que adoraba, ni al temido comandante Ngona, así de abatidos. Se sentó de cuclillas en el suelo, con las manos apoyadas en la cabeza. No sabía cómo arreglar aquello.

«Mierda, ¿qué coño he hecho? ¿Qué coño estoy haciendo?».

Jerome se acercó al grupo que descansaba plácidamente y buscó a André, pero no lo vio.

Imaginó que necesitaría espacio, y lo entendió.

Miró a Mokeli y pensó en Jacques. Quería estar ya en casa, con su familia.

Se sintió agotado y triste de repente. Se sentó sobre las hojas secas de los árboles y se apoyó en el tronco que tenía tras él.

En estos días, no se había permitido echarlos de menos.

Ahora notaba que la nostalgia por estar con ellos lo engullía.

En ese momento se dio cuenta de que le daba igual cómo estuviesen las cosas cuando llegase a casa. Prefería el silencio de Camila a estar en aquellas montañas. Ahora solo quería estar en Lombe, con ellos.

Miró al cielo y pudo ver un poco del claro azul que había hoy en la montaña.

«Sophie, cuida de ellos... y cuida de mí», se dijo, abatido.

Se colocó las gafas de sol, cerró los ojos y se quedó dormido imaginando que estaba de nuevo en casa.

Continuaron avanzando dos jornadas más y se cruzaron con otras manadas de gorilas, pero ninguna era la familia de Mokeli.

Olivier y Edmund aprovechaban cada vez que se encontraban con algunas de ellas para sacar fotografías y sus cuadernos de notas y así documentar la experiencia.

Jerome entendía que ese era su trabajo y para eso estaban allí.

Él, en cambio, había optado por disfrutar del contacto con la naturaleza, aunque estuviera lejos de casa.

A medida que daban un paso más en aquellas montañas, sentía que se iba acercando cada vez más a su hogar.

Cada vez quedaba menos para estar con ellos.

Su amigo André se había encerrado en sí mismo tras la discusión.

Con el único que parecía tener algo en común era con Reimon, que entendía y conocía aquellas montañas al dedillo.

Aquel hombre tenía una sabiduría innata del entorno y de toda aquella naturaleza, que lo sorprendía.

Aprovechó para aprender. En ciertos aspectos le recordaba a Lucréce.

Era como si supiera cosas de la naturaleza que solo él conocía.

Al amanecer, comenzaron su cuarto día en las montañas.

Avanzaron un par de kilómetros cuando el pequeño Mokeli comenzó a mostrarse inquieto.

Se soltó de sus brazos y empezó a correr por entre la selva.

Jerome echó a correr tras él. No quería que se le perdiera en aquella inmensidad.

Ahora que estaban tan cerca, no podían perderlo.

Hasta ahora no se había separado de ellos.

Mientras corría, escuchaba cómo los demás también se lanzaban tras él.

Ninguno quería perderlo a estas alturas del viaje.

Dejó de verlo y se detuvo en busca de alguna señal. El guarda del parque y él comenzaron a buscar huellas de nudillos que les indicaran hacia dónde se había dirigido y, en su lugar, encontró excrementos de gorila, bastante más grandes de lo que solía dejar Mokeli.

—Parece que sus padres están por aquí —señaló Reimon con una sonrisa en cuanto los vio.

Entonces, sin esperarlo, comenzaron a oír gritos y chillidos. Parecía que la familia del bebé estaba cerca. Se acercaron de forma sigilosa hacia donde venían los gruñidos y los encontraron.

Mokeli estaba en brazos de su madre. Su padre y el resto de la familia lo celebraban dando gritos y golpes en sus pechos. Olivier sacó su cámara y comenzó a disparar fotografías mientras todos se recreaban en la alegría del reencuentro familiar.

Todos estaban emocionados.

El gorila se bajó de los brazos de su madre y se aproximó al pequeño grupo de hombres. Volvió a trepar por las piernas de Jerome hasta quedarse enganchado de nuevo a su torso.

El espalda plateada, que se había dado cuenta de su presencia, se acercó a cuatro patas hacia donde ellos estaban. Jerome fue a soltar al pequeño, pero este se aferró aún más fuerte a él. Lo último que quería era que pensase que eran los hombres que se habían llevado a su hijo.

Bajó la mirada, igual que había hecho en su primer encuentro con un animal de esa envergadura, y el gorila se puso de pie, a dos patas, con el brazo extendido, chocando los cinco.

Jerome levantó el rostro y, sorprendido, se encontró con el mismo gorila del cementerio.

Sonrió, sin mostrar los dientes, al reconocerlo.

Era su nuevo amigo. Levantó su brazo derecho y lo saludó.

Volvió a sentir la misma sensación de unidad que la primera vez que se encontraron.

El animal se golpeó el pecho y gruñó. Jerome sabía que no debía tener miedo, le estaba agradeciendo que le devolviese a su hijo. Dejó de golpearse y de gruñir. Movió su cabeza a modo de saludo, con aquella cresta castaña tan característica, y él lo imitó.

Mokeli se soltó y se dirigió a su padre, que lo recibió con los brazos abiertos, para después colocarlo a su espalda. Se volvió a apoyar sobre sus cuatro extremidades y se marcharon. Toda su familia se alejó de donde ellos estaban.

—¿Qué coño acaba de pasar? —preguntó André, que, al igual que el resto del grupo, se había agachado y observado desde el suelo lo ocurrido.

—Nos acaba de agradecer que le trajésemos a su hijo sano y salvo.

Estaba feliz de haber devuelto al pequeño a su familia.

—También te acaba de reconocer como a un igual —explicó Reimon.

—¿Como a un animal? —bromeó André.

Todos rieron.

—No. Te acaba de reconocer como el líder de tu tropa.

—Su voz se tornó seria—. Te ha reconocido como un líder compasivo, comprensivo y equilibrado.

Un líder leal, que protege a su familia y a los suyos por encima de todo.

Un líder sabio y fuerte, que actuará con inteligencia cuando sea necesario.

—Todos lo escuchaban con atención. Era hipnótico cómo hablaba—.

Lo que acaba de pasar solo lo había visto una vez.

Esta es la segunda vez que ocurre ante mí.

Makasi te ha elegido porque sabe que eres como él.

Los animales son capaces de reconocer a sus iguales.

—Sonrió—. Cuando te sientas perdido, recuerda cómo te has sentido cuando tu palma de la mano y la suya se han unido.

Eres como él, él es como tú. No lo olvides nunca.

«¿Cómo podía saber Reimon lo que había sentido con tanta precisión?».

—¿A quién le ocurrió la primera vez que viste algo así? —le preguntó, sospechando la respuesta.

El hombre hizo una mueca con la comisura de los labios, queriendo aparecer en ellos una sonrisa ladeada.

—A mí, cuando solo era un crío de doce años. Por lo que me contó mi abuelo, era la segunda vez que él lo veía. ¿Sabes por qué?

Jerome asintió.

—Porque la primera vez que lo vio le pasó a tu abuelo.

El hombre se rio.

—Ellos nos eligen. A ti te ha elegido para que recuerdes el poder que hay dentro de ti. Ese es tu don. Vas a tener que volver a mostrarlo al mundo tarde o temprano, comandante Ngona.

—¿Has sabido quién era en todo momento? —preguntó André, sorprendido.

—Claro, teniente Kahenga, ¿o debería decir comandante Kahenga? Vosotros dos sois bastante conocidos aquí, en Ruanda. Vuestra lucha a favor de nosotros, los tutsis , es épica. Mi pueblo siempre les estará agradecido.

La cara de André y Jerome era de sorpresa; jamás imaginaron que su lucha en su país, a favor de los tutsis , hubiera traspasado fronteras.

—Creo que este momento merece ser inmortalizado por una fotografía —propuso Edmund.

El hombre colocó su cámara sobre una piedra, encuadró y añadió el temporizador. Los cinco hombres quedaron inmortalizados para la posteridad en medio de la inmensidad de las montañas Virunga.

—Volvemos a casa —le dijo Jerome a André.

Los dos asintieron con una sonrisa.