El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 22
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Jerome lo buscó entre la oscuridad de la celda que olía a orín y excrementos. Sus sollozos le indicaron que estaba en la esquina izquierda del fondo. Se acercó y notó cómo temblaba. Se agachó, poniéndose a la altura del bebé gorila.

—Tranquilo —susurró.

Fue a acariciarlo, como haría con su hijo, y el animal le dio un manotazo.

Respiró hondo. Con un gorila adulto sabía qué hacer, pero con un bebé, que tenía la altura y la fuerza de un niño de casi tres años, no.

Se sentó junto a él y dejó que se acostumbrase a su presencia.

El pequeño primate comenzó a olisquearlo, como había hecho en su momento el espalda plateada aquella mañana.

Pareció relajarse. Extendió otra vez su mano derecha para acariciarlo, y esta vez el animal la olió en lugar de darle otro golpe.

El pequeño se acercó más a él y comenzó a olerle la cara, el cuello y los hombros. Se entretuvo en sus hombros y su pecho. Se subió sobre sus piernas y se abrazó a él como el bebé que era. Le recordaba tanto a su hijo cuando estaba asustado y buscaba consuelo.

—Ya estoy aquí. Tranquilo. Te sacaremos de aquí —le dijo mientras acariciaba su áspero pelaje con mucha ternura.

Se levantó del terroso suelo con el pequeño enganchado a su cintura con las extremidades traseras, y a su cuello con las delanteras. Igual que hacía su hijo cuando lo tomaba en brazos.

—Cuidaré de ti.

Los cinco hombres que esperaban a que saliera de la choza se quedaron mudos en cuanto lo vieron con aquel bebé gorila enganchado al torso.

André lo miraba sin poder creer lo que veían sus ojos. Le recordó a cuando Jerome llevaba en brazos a su hijo las últimas veces que se habían visto en Kinshasa. Notó cómo se le erizaban todos los poros del cuerpo.

Edmund lo miraba sorprendido por lo que aquel hombre había conseguido con el primate. Por muy bebé que fuera, había conseguido que confiase en él.

Olivier lo miraba con una sonrisa. El comandante Ngona siempre lo sorprendía. Sabía que de ahí saldría una buena historia para uno de sus reportajes.

Reimon supo que aquel hombre tenía el don. El don del que hablaba su abuelo. El don que solo unos pocos hombres tenían. Hombres capaces de entender a los animales y el bosque. Le gustó conocer a otro hombre que fuese como él. Sonrió.

El cazador furtivo, desde el suelo, lo miraba furioso. Habían sido semanas de trabajo en esas malditas montañas y, al final, también se quedarían sin el bebé gorila.

—¡Que os follen! —les gritó cuando los vio alejarse de allí.

Los cinco hombres salieron del poblado, dejando a los cinco cazadores inmovilizados y con vida.

Sabiendo que habían salvado la vida de tres gorilas adultos.

Y que no habían usado ningún arma contra nadie, ni contra ningún animal.

Ahora quedaba saber qué pasaría con aquel bebé que llevaba enganchado a su cuerpo.

Estaban eufóricos.

Jerome, lo único que sentía, era que tenía que cuidarlo y protegerlo.

Lo veía tan frágil e indefenso que, si le decía a André lo que en realidad estaba pensando, este le diría que no.

Abrazó aún más al animal, queriendo transmitirle tranquilidad y seguridad, y acarició su brillante pelaje negro.

Imaginaba que sus padres, por muy animales salvajes que fueran, estarían sufriendo su pérdida.

—Los encontraremos. Te lo prometo.

Llegaron al bais , donde había comenzado aquella locura de rescate, al amanecer, y encontraron las huellas de su manada. Para su sorpresa, André no puso ningún reparo en buscar a la familia del gorila. Algo en él se había conmovido cuando conoció al bebé.

Reimon conocía muy bien a la tropa del pequeño gorila.

El Parque Natural de los Volcanes no solo se encargaba de protegerlos y cuidarlos.

También se encargaba de estudiarlos y monitorearlos.

Mokeli era uno de los cinco hijos de Makasi y Nkéka, una de las tres hembras que formaban parte de su séquito.

Decidieron seguir sus huellas, pero antes optaron por descansar.

Estaban agotados después de la tensión de la noche y de la caminata sin descanso del día.

El sol aún estaba en lo alto, pero necesitaban recuperar fuerzas.

Una pequeña siesta de treinta minutos bajo los árboles de la selva no les vendría nada mal a ninguno.

—Lo último que me esperaba era que los comandantes Kahenga y Ngona fueran los que nos sacasen de este entuerto en el que nos habíamos metido —les dijo Olivier, divertido, sentado y apoyado contra uno de los árboles.

Jerome observó que todos dormían. Hasta el pequeño Mokeli descansaba plácidamente, tumbado sobre la hierba, al lado de Reimon y junto a las mochilas que habían podido recuperar de la choza de los cazadores furtivos.

Tomó al periodista del brazo, lo levantó de donde se iba a acostar a descansar y, junto con André, se alejaron del grupo.

—Yo tampoco me lo esperaba. Pero es cierto que estamos aquí por ti. —El hombre lo miró con atención—. Dime que no cometiste la estupidez de buscar y encontrar los documentos del general Dengo.

Al nombrar los documentos, el semblante de Olivier cambió por completo.

—¿Por qué lo preguntáis?

Los dos comandantes se miraron. Lo había hecho. Los había buscado y, al parecer, también lo había encontrado.

—Te dijimos que lo dejases estar —le reprochó André, enfadado—. ¿Tú no escuchas cuando se te dicen las cosas? Me cago en tu puto padre, Olivier.

—Ya nos lo puedes ir entregando. No querrás que lo que acaba de pasar esta noche sea una velada romántica en comparación con lo que te espera en manos de la FARDC.

—¿De la FARDC? —preguntó asustado, dando un paso hacia atrás y mirando a André. Sabía que Kahenga pertenecía al cuerpo militar—. ¿Saben que tengo los documentos?

—No. Estás de suerte. —El hombre soltó la respiración que había contenido en cuanto creyó que lo estaban buscando—. Pero con poco que rasquen, sabrán que los tienes tú —comentó Jerome—. ¿A quién más le hablaste de ellos?

Se quedó en silencio unos largos segundos, hasta que por fin habló.

—La mujer de Dengo me ayudó a conseguirlos. Nos ayudamos mutuamente a obtener lo que queríamos. Yo encontré los documentos, y ella el dinero que su marido había dejado bien guardado.

De ahí había salido todo este entuerto.

—Me cago en la puta. Venimos a salvar tu lindo trasero una vez más —le reprochó André—. Parecemos tus putos guardaespaldas. —El hombre sonrió. Tenían razón—. Ya he perdido la cuenta de las veces que te hemos sacamos de tus líos.

—Con la de anoche, siete. Con la de la FARDC… ¿ocho?

«Eran demasiadas», se dijo Jerome.

—Lo que yo digo. Tus putos guardaespaldas. —André se acercó y lo abrazó con fuerza. Había estado muy preocupado por él—. ¿Y qué le voy a decir a tu madre?

—A mamá no le digas nada. Ella no tiene que saber nada de todo esto. La preocuparías.

—Tienes suerte de que seas mi medio hermano, porque si fueras mi hermano entero, te aseguro que te reventaría la cara con gusto. —Lo volvió a abrazar—. ¿Dónde tienes los documentos?

—Los tengo a buen recaudo.

Se alejó de ellos y trajo su mochila. De uno de los bolsillos internos sacó una carpeta plastificada y se la entregó a su hermano.

André y Jerome lo miraban perplejos. No se podían creer que tuviera los documentos allí, que los hubiera llevado hasta las montañas Virunga.

—¿En serio esto es lo que significa para ti tenerlos a buen recaudo? Hace menos de siete horas que acabas de recuperar tu puta mochila de unos cazadores furtivos —le reprochó—. Jerome, agárrame, que le doy. En serio. Sujétame, que le doy.

El hombre se tuvo que alejar de ellos cuando André tiró los documentos al suelo y corrió hacia él. Le habría propinado una buena paliza si Jerome no lo hubiera detenido. Él también se la habría dado, si no fuera porque era el hermano de André.

—¿Pero tú has visto lo irresponsable que es?

—le preguntó, nervioso y frustrado—. Nos tuvieron tres días encerrados por estos putos documentos.

Y a él solo se le ocurre llevarlos encima como si fuesen documentos de lo más corrientes, por los que nadie nos encerraría ni mataría. Documentos que son secreto de Estado.

André se sentó, derrotado, en el suelo de la selva.

—Lo siento. No sabía que os iba a ocasionar tantos problemas.

—Tú nunca piensas en los problemas que puedes ocasionar.

Al final, estoy salvándote el culo cada vez que te metes en un lío.

No tienes ni idea de lo que mis hombres y yo hemos pasado.

No tienes ni idea de lo que están pasando nuestras familias por venir a buscarte.

Eres un puto egoísta. Solo piensas en ti.

—Suspiró. Él era el único responsable por haberlo consentido tanto tiempo—.

Me cansé de cuidar de ti. —Se levantó del suelo—.

A partir de ahora estás solo. —Se agachó y recogió la carpeta plastificada que había tirado—.

Estás solo —le repitió—. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la bolsa de plástico donde había estado guardando las colillas que Olivier había ido dejando tiradas por todo el camino—.

Esto es tuyo. —Se la estampó contra el pecho—.

Respeta donde estás. Esto es un santuario natural.

Deja tu mierda contigo. Por lo menos respeta algo. Joder.

—Lo siento —respondió, y agarró la bolsa antes de que cayera al suelo—. André levantó la mano para que no dijera ni hiciera nada más. Estaba cansado de él y de su actitud despreocupada. Se alejó de los dos—. Jerome... —Olivier le sujetó del brazo—. Habla con él.

Negó con la cabeza.

—No tienes ni idea de lo que hemos pasado.

Si quieres arreglar esto, hazlo tú. Ya eres un hombre.

Yo también estoy cansado, Olivier. —Lo miró a los ojos, fatigados—.

¿Sabes dónde querría estar ahora? —Los ojos azules del comandante brillaron de emoción—.

En casa, abrazado a mi mujer y a mi hijo, en lugar de aquí contigo. Hazte cargo y resuélvelo tú.

El hombre tragó con dificultad al escuchar aquella confesión.