21
A cierta altura de las montañas, la vegetación cubría todo el espacio y el avance se hacía complicado.
Entre los tres iban rompiendo la maleza a golpe de machete.
Apenas podían caminar erguidos. La abrupta inclinación del terreno impedía que se pudiesen poner de pie sin riesgo de salir rodando ladera abajo.
Un sutil rastreo; ramas rotas, pisadas, excrementos y cualquier grito que indicara la presencia de una manada; era lo que requería toda su atención, por si Olivier y el belga estaban cerca.
Jerome, entre machetazo y machetazo, apartó parte de la maleza que se interponía en su camino.
Entonces, vio un pequeño grupo de ramas rotas en el suelo.
Su instinto le hizo mirar hacia arriba y encontró un cúmulo de hojas y ramas en uno de los árboles, que podía parecer un nido donde hubieran pasado la noche.
Avisó a los hombres y les señaló lo alto de la copa del árbol.
—Buen ojo —comentó Gustave.
El guía se agachó, observó la zona donde habían estado los gorilas y comprobó que, además de huellas de los primates, había huellas de cuatro botas de montaña diferentes y un par de colillas de Marlboro en el suelo, que parecían recientes. Acababan de encontrar el rastro de Olivier.
—Será guarro —dijo André, que, al igual que él, reconoció la marca de cigarrillos que fumaba el periodista, y guardó las colillas en una de las bolsas de plástico donde llevaban los bocadillos—. Deja que lo agarre.
Parecía que las huellas, tanto animales como humanas, se dirigían hacia el mismo sitio.
Siguieron caminando, siguiendo el rastro de las pisadas.
En un momento, se encontraron en un pequeño bais; un claro en medio del bosque; y vieron que el sol empezaba a esconderse.
Era hora de acampar y abrigarse. Aún no habían visto ninguna manada ni a su amigo.
Olivier iba dejando pequeñas pistas de su paso con aquellas colillas de Marlboro, como si de miguitas de pan se tratase.
Jerome se alejó de su pequeño grupo, necesitaba orinar, y entonces descubrió algo en el suelo le resultó extraño.
Las huellas que seguían, dejaron de ser de cuatro individuos para convertirse en seis.
Las siguió y comprobó que, más adelante, algo había ocurrido.
Los dueños de aquellas seis huellas habían creado un pequeño barrizal con marcas superpuestas, unas sobre las otras, como si se hubieran peleado.
«No podía ser», pensó. Esperaba estar equivocado.
Buscó las huellas de los primates, pero solo encontró un tipo de pisada. Del resto no había ni rastro. Volvió sobre sus pasos hasta dar de nuevo con ellas y descubrió que iban en dirección contraria a la de Olivier.
«Mierda».
Avisó a los dos hombres en cuanto terminó y les mostró lo que había encontrado. Gustave se agachó y, entre el barro, volvió a encontrar otra colilla.
—Parece que se los han llevado. Al igual que a este bebé gorila —dijo, señalando las huellas pequeñas y solitarias que se apreciaban más adelante.
—¿Quiénes? —preguntó André, imaginando la respuesta.
—A cinco kilómetros de aquí hay un antiguo poblado de cazadores furtivos. Está abandonado, pero a veces alguien lo utiliza.
—Mierda —contestó su amigo.
—No me extraña que se los llevasen. Vuestro amigo hacía preguntas que es mejor no hacer por estos lugares.
—¿A qué te refieres? —preguntó Jerome.
—Cuando llegaron, empezaron a preguntar por los gorilas, los accesos al parque y también por la caza furtiva.
Desde cuándo ocurría, si se conocía a quienes vivían de ella.
.. Son preguntas que es mejor no hacer. Son muy incómodas de contestar.
Cuando me propusieron ir con ellos y con el guarda del parque, los rechacé.
Yo vivo aquí. Dejo vivir, y que me dejen vivir.
—Habrá que ir a buscarlos —comentó André—. Esperemos que estén vivos todavía.
—Sus huellas así lo indican. Parecen recientes, el barro está húmedo. Pero lo siento, ya os lo he dicho, yo vivo y dejo vivir. Conmigo no contéis.
—No me jodas —dijo André, molesto—. ¿Cuánto quieres que te paguemos?
—No hay dinero que pague eso.
Jerome lo comprendió. El hombre tenía miedo a las represalias cuando bajase de la montaña. Seguro que los cazadores y él se conocían.
—¿Y si nos muestras dónde está el poblado? —le propuso—. Después te marchas. Ya buscaremos la forma de regresar sin ti.
Si sacaban vivos a Olivier y al belga, el guarda del parque que los acompañaba los podría llevar de nuevo a Ruhengeri.
Si no, con comenzar a descender hasta encontrar algún indicio de civilización sería suficiente.
Con tal de salir de aquellas hermosas y peligrosas montañas, daba igual alejarse decenas de kilómetros de donde habían dejado el todoterreno.
—Está bien. Antes del anochecer estaréis allí.
Los dos hombres observaban con los prismáticos, desde lo alto, el pequeño poblado de cinco chozas que tenían ante sí.
Se miraron; sabían que estaban solos para lo que querían hacer.
Se sentaron en el suelo, sacaron las latas de atún en conserva y cenaron con la tranquilidad de quien sabe a lo que se enfrenta.
Mientras esperaban a que la noche se hiciera más oscura, planearon cómo harían la incursión al pequeño poblado.
—¿Crees que Olivier estará bien? —preguntó André, preocupado.
—No lo sé —Quería ser franco con su amigo—, pero está entrenado por los mejores.
André sonrió; sabía que su amigo tenía razón. Dada su habilidad para meterse en líos, algún que otro consejo le habían dado.
Se adentraron en el poblado con la esperanza de encontrarlo con vida, y avanzaron con sigilo hasta la parte trasera de las chozas de barro que cubrían su techo con láminas de uralita.
Solo dos viviendas de las cinco que había tenían ventanas.
En ese momento, ambas estaban iluminadas.
Las dos estaban ubicadas en la hilera de la izquierda, la más pegada a la montaña.
Allí creían que estaban los prisioneros y lo que imaginaban que era el centro de mando de los cazadores.
Habían visto entrar y salir a distintos hombres de allí.
Las otras tres chozas, en la hilera de enfrente, no habían mostrado ningún movimiento desde que comenzaron a observarlas desde lo alto.
Todo apuntaba a que los cazadores furtivos eran cuatro.
Jerome y André rodearon la choza donde creían que estaba el centro de mando. Su amigo se asomó con sigilo por la ventana, iluminada por varias velas y, tras mirar dentro, le señaló que allí había cuatro hombres. Jerome comprobó que colgado en la puerta había un candado abierto.
«No podía ser tan fácil», se dijo.
Sujetó el candado y, con sigilo, cerró la puerta, impidiendo que los hombres pudieran salir por ella. Si querían atacar, no les quedaría más remedio que hacerlo por la ventana o a tiros contra la puerta. Ganarían tiempo.
Se dirigieron a la otra choza y, dentro, estaban Olivier, el belga y el guardaparque.
Estaban atados y amordazados. Faltaba uno de los prisioneros.
Les extrañó. Comprobaron la cerradura de la vivienda, y estaba cerrada con candado.
André levantó la hoja de la ventana guillotinada y se coló dentro del habitáculo, generando cierta expectación entre los tres hombres.
Les pidió silencio, poniendo su dedo índice sobre los labios.
Cortó las bridas que les impedían el movimiento de manos y pies, y les indicó que salieran por donde él había entrado.
Jerome los esperaba fuera mientras vigilaba el poblado.
Olivier, en cuanto lo vio, sonrió. Se notaba que se alegraba mucho de verlos.
—Los gorilas —les susurró.
—¿Qué gorilas?
—Los tienen encerrados en las chozas —comentó el belga, que se llamaba Edmund.
Así que por eso los otros habitáculos no tenían ventanas. Eran jaulas. Allí tenían encerrados a los animales salvajes.
Después de la experiencia que había vivido esa mañana con aquel majestuoso espalda plateada, no podía dejarlos allí.
«Hay que liberarlos», se dijo.
—Hay que liberarlos —dijo el guardaparque.
Para Jerome aquello fue una señal de que tenían que sacarlos de allí.
—No —dijo André—. No podemos entretenernos más.
La misión había salido bien. No habían tenido que usar las armas. Los hombres estaban libres y Olivier estaba vivo. André vio cómo Jerome fruncía el ceño y los labios. Sabía lo que aquello significaba.
—Ni se te ocurra —le reprochó.
—Si todos participamos, podemos hacerlo.
—Me cago en la puta.
André no se lo podía creer. Ahora sí que estaba con su amigo de siempre. Con su comandante.
Jerome los alejó del poblado y les explicó lo que había pensado.
Tenían dos rifles, dos pistolas y dos machetes.
Iban a hacer bastante ruido y necesitaban algo con lo que atar a los cazadores.
El guarda del parque, que se llamaba Reimon, les informó que en la choza donde los encontraron había bridas como las que utilizaron para inmovilizarlos a ellos.
—André, tú te pondrás en la ventana donde están los cazadores. A medida que vayan saliendo uno por uno por la ventana, les vas a ir propinando un buen culatazo, en la nuca, con tu rifle. Sé que eres todo un experto —dijo con su sonrisa socarrona.
André se rio; aún se la tenía jurada por haberle propinado un tortazo a su mujer, dejándola inconsciente la primera vez que la conoció.
—Si deciden salir a disparo limpio por la puerta, ya sabes lo que tienes que hacer.
André asintió. Sabía que usaría el arma sin contemplación alguna.
—Reimon, tú, que estás fuerte, te encargarás de atarles las manos y los pies con las bridas.
Recuerda inmovilizarlos con las manos a la espalda.
—Le entregó uno de los machetes—. Cuidado con la ventana, no vaya a ser que disparen los que estén dentro.
Estad atentos. Si ves que comienzan a usar sus armas, quiero que vengas corriendo hasta este punto, por detrás de las chozas.
Tú solo tienes este machete para protegerte.
El hombre asintió con determinación.
—Nosotros tres —les dijo a Olivier y a Edmund— iremos a las chozas y dispararemos a los candados para abrir esas puertas.
Lo haremos a la de tres. Recordad que los gorilas, ante tanto ruido y tanta detonación, estarán asustados.
Se comportarán como los animales salvajes que son.
Las puertas se abren hacia afuera. Usadlas para protegeros.
Que no os vean. Si os ven, ya sabéis lo que tenéis que hacer, agachaos y esperad a que pase todo.
Entregó una pistola a cada uno y él se quedó con su AK-47. Solo esperaba no tener que usarla contra nadie ni contra ninguno de los animales.
André se acercó a él y le habló sin que los demás lo oyeran.
—Sería más fácil matar a todos esos cazadores ahora que están encerrados en esa maldita choza.
Jerome tragó con dificultad. Sabía que tenía razón.
—Sí, pero ya no soy militar, y ellos tampoco. —Señaló a los tres hombres—. Ahora soy un civil. —Le entregó el otro machete que sobraba.
—Si la cosa se desmadra, no dudaré en usar mi rifle —le informó—.
Y espero que tú tampoco dudes en usarlo.
Quiero llevarte a ti y a Olivier sanos y salvos a casa.
Tú le prometiste a Nocólas que me devolverías a casa.
Yo se lo prometí a tu mujer la primera vez que me despedí de ella en Rutshuru hace dos años.
Recuerda quién fuiste una vez, comandante.
—Le puso su mano sobre el hombro—. ¿Estás dispuesto a usar tu arma?
—Estoy dispuesto a vivir.
André sonrió y le dio un sonoro golpe en la espalda. Estaba contento de tener a su amigo al cien por cien.
Todos estaban colocados en sus sitios: André y Reimon al lado de la ventana del centro de mando de los cazadores; Olivier, Edmund y él ante las puertas de las distintas chozas, esperando a que diera la señal.
Jerome oía el ruido de los animales dentro de sus chozas.
Los habían oído y olido. Estaban inquietos.
En cuanto bajase el brazo, a la de tres, comenzaría la fiesta.
Respiró hondo.
Levantó el dedo índice, el medio y el anular.
Bajó el brazo, y los disparos comenzaron.
Los gritos y gruñidos de los feroces animales empezaron a oírse dentro de las chozas.
Esperaba no haber herido a ninguno. Disparaban a ciegas sobre los candados.
Abrieron las puertas casi a la vez y se escondieron tras ellas.
De los tres gorilas que había en las chozas de Olivier y Edmund, dos salieron corriendo despavoridos hacia la selva. El otro se irguió, comenzó a golpearse el pecho mientras gruñía, y luego, al volver sobre sus cuatro extremidades, se adentró también en la espesura.
En su choza, Jerome sabía que había un gorila. Lo oía, pero no salía.
«Tal vez lo he herido», se dijo, preocupado.
—No va a salir —dijo la voz de un hombre que Jerome no conocía.
Cerró la puerta que lo protegía y se topó con uno de los cazadores, que tenía las manos en alto. Miró hacia donde estaban André y Edmund, que tenían a cuatro hombres atados de pies y manos, tirados en el suelo, semiinconscientes, y lo entendió. No eran cuatro. Eran cinco cazadores.
—Es una cría de año y medio, y no pertenece a esa manada. No irá tras ellos. Si lo hace, ellos lo rechazarán o lo matarán. De cualquier forma, morirá. Creo que se va a quedar aquí con nosotros —dijo con una sonrisa de satisfacción.
Se acercó a él y lo cacheó. No estaba armado.
—¿Hay alguien más, aparte de ti y de los otros cuatro?
—Solo somos cinco.
—¡Reimon, trae más bridas! —le gritó—. Las manos a la espalda —le ordenó—. Encárgate de inmovilizarlo —le pidió en cuanto estuvo a su lado.
No podía dejar a aquel bebé en manos de aquellos furtivos. Tenía la edad de su hijo.
—¡Estás loco! —le gritó Olivier en cuanto lo vio meterse en la choza en la que aún estaba el gorila.
«Tal vez», pensó.