20
Los tres hombres accedieron al Parque Natural de los Volcanes por una de las vías de acceso sin ser detectados por los guardas del parque.
No hizo falta usar sus falsas credenciales.
Aún no había amanecido cuando comenzaron a ascender hacia el campamento de investigación de Karisoke.
Allí había comenzado la expedición de Olivier.
El campamento estaba a casi tres mil metros de altura, entre los montes Karisimbi y Bisoke.
El hábitat de los gorilas era un área extensa, y la localización de las manadas resultaba dificultosa.
Cambiaban de sitio de forma habitual, moviéndose por altitudes de tres mil a cuatro mil trescientos metros.
Entendían que el periodista y el belga irían tras esas manadas, y ellos seguirían sus pasos hasta encontrarlos.
Ya había amanecido hacía rato cuando llegaron a Karisoke.
Los tres hombres descargaron sus mochilas y sus armas.
Se sentaron, sacaron agua y bebieron. El ascenso suponía un desnivel de mil doscientos metros en pocas horas, y notaba cómo su corazón latía a toda prisa en busca de oxígeno para adaptarse al cambio de altitud.
Descansarían unas horas allí para aclimatarse. Después, continuarían con el ascenso.
El frío mañanero había desaparecido, y en esos momentos, el calor y una suave lluvia creaban un fino halo de niebla alrededor del lugar donde estaban.
A casi tres mil metros, estaban metidos en una selva donde los verdes bosques de hegenia , arbustos con extrañas formas y cientos de plantas de infinidad de especies los rodeaban.
Jerome se levantó en cuanto notó que había descansado.
Decidió inspeccionar la zona. Sabía que los gorilas estarían a más altitud.
Podía estar tranquilo respecto a cazadores furtivos y a los propios animales.
Paseó por lo que fue el antiguo campamento.
Las viejas estructuras de madera, ahora cubiertas de verde musgo y humedad, eran lo único que se mantenía en pie de las zonas de investigación y de la cabaña de Dian Fossey.
Todo lo demás había desaparecido. La guerra, la naturaleza con sus inclemencias y el hombre habían hecho sus estragos.
Jerome, tal vez por haberse educado en un colegio europeo, donde la historia de los lugares importaba, cada vez que visitaba un sitio con ruinas, casas abandonadas o cementerios, trataba de imaginar cómo habían vivido allí sus moradores.
Quiénes eran, qué hacían, cómo entendían la vida.
Trató de imaginar cómo aquella mujer había vivido y sobrevivido sola en un lugar tan alejado del mundo y de la civilización durante tantos años.
Un lugar tan inhóspito y hostil, donde la lluvia, cuando caía, por el calor que hacía, se convertía en niebla.
Donde el frío, cuando llegaba, era un elemento disuasorio para su visita.
Un lugar donde los animales apenas se dejaban ver, y donde el propio ser humano era un peligro para ella misma y para los seres vivos que la rodeaban.
Él no se veía capaz de ello.
Continuó adentrándose en la selva y se topó con algo que no esperó.
Se quedó quieto donde estaba, y en cuanto supo lo que era, su respiración se entrecortó.
Tragó con dificultad y sintió una tremenda tristeza.
Ante él, un camposanto con más de una veintena de tumbas de gorilas se extendía a sus ojos.
En sus lápidas de madera se podían leer sus nombres, fecha de nacimiento y de muerte.
La fina niebla y el olor a tierra húmeda hacían del pequeño cementerio un lugar irreal y misterioso.
Se adentró en él, se agachó y posó una de sus rodillas sobre la hierba donde descansaban los restos.
Tocó la tierra donde yacían, cerró los ojos y pidió por aquellos gorilas.
Deseó que no hubieran sufrido durante su muerte.
Deseó que hubieran tenido una muerte rápida y sin dolor.
Eso era algo que siempre había tenido en cuenta cuando había matado a otro ser humano: evitar que sufriera.
Su objetivo era hacerlo rápido, preciso y certero.
Evitar cualquier sufrimiento innecesario bajo sus manos.
Solo se había saltado esa norma una vez.
Con Dengo había perpetuado ese sufrimiento el máximo posible.
Había llegado incluso a disfrutar. Por haberse permitido esa licencia, ahora estaban en Karisoke.
Si lo hubiera matado de un solo disparo rápido, preciso y certero, jamás habría sabido de la existencia de esos documentos.
Pensó que la vida estaba llena de ironías. Esa era una de ellas.
Siguió avanzando por el cementerio y se topó, justo al fondo, en una esquina, con la tumba de la única humana que estaba allí enterrada. Con la sepultura de Dian Fossey.
Se fue a arrodillar, como había hecho antes, pero escuchó un ruido delante de él, entre los árboles.
Notó cómo todo su cuerpo se ponía en tensión y alerta.
Volvió a escuchar el crujir de hojas pisadas acercándose hacia donde él estaba, y comenzó a ver cómo las ramas de la espesa selva se movían. Cada vez se acercaban más y más.
Dio pasos lentos hacia atrás y buscó su fusil, creyendo que lo tenía colgado al hombro.
Recordó que lo había dejado junto a André y Gustave, al lado de su mochila.
Antes de poder dar con la pistola en la cinturilla del pantalón, entre la niebla, y ante él, apareció un enorme gorila de montaña.
Era negro, de lomo plateado, de unos doscientos kilos y estaba apoyado sobre sus cuatro extremidades.
Tragó con dificultad. Su corazón iba a mil. No se movió. Recordaba lo que les había dicho Gustave:
—Si en algún momento os encontráis con un gorila, estaos quietos.
Evitad hacer movimientos bruscos. No le miréis a los ojos.
Mantened la vista en el suelo. No sonriáis, puede interpretar vuestros dientes como un intento de ataque.
No suelen ser animales agresivos. Están acostumbrados a los humanos.
Pero siguen siendo animales salvajes. Si se sienten amenazados y gruñen, o se golpean el pecho, o corren hacia ti, agáchate contra el suelo.
No te resistas, no luches, ni trates de escapar.
Deja que haga contigo lo que quiera, hasta que se canse.
Bajó la mirada al suelo y se mostró sumiso. La adrenalina corría por sus venas y arterias, y el corazón bombeaba a toda prisa la sangre por todo su cuerpo.
Aun así, el animal continuó acercándose con lentitud.
Quedaron a un metro de distancia. Jerome podía ver sus enormes pies, con sus grandes dedos, ante él.
Su respiración se aceleró. Su instinto le instaba a huir, pero cerró los ojos, tratando de evitar un movimiento brusco, tratando de controlar la tensión de sus músculos que querían salir corriendo.
Notaba su olor y su aliento maloliente respirándole en el rostro.
Volvió a tragar con dificultad.
El primate lo rodeó, como si lo estuviera inspeccionando.
Abrió los ojos. Por ahora, no gruñía ni se golpeaba el pecho, pero temía que lo golpeara.
Ahora estaba a su espalda y notaba su respiración en el cuello.
Se había acercado aún más. Escuchó cómo inspiraba su olor, como si lo estuviera examinando.
Trató de calmarse, respiró hondo y se encomendó a Dios.
Lo tenía de nuevo ante él, a menos de un metro de distancia.
De repente, el gorila se puso de pie sobre sus dos patas.
Ambos estaban a la misma altura. Frente a frente.
Jerome creyó que estaba todo perdido. Antes de agacharse y dejar que el animal hiciese con él lo que quisiera, el gorila estiró una de sus extremidades superiores.
Su palma la extendió hacia él. Parecía que quería saludarlo chocando los cinco.
Aun así, no se movió. El animal se acercó y le tocó el hombro izquierdo.
Fue más suave de lo esperado. Volvió a extender la palma de la mano, pero se mantuvo inmóvil.
El gorila volvió a darle otros dos toques en el hombro y extendió otra vez la palma de la mano. Creía que el animal quería saludarlo.
Hizo lo que entendía que el primate quería y levantó la vista despacio hasta quedar, los dos, cara a cara.
Descubrió su hermoso rostro salvaje. Por un momento, le pareció humano. Por un momento, creyó que el animal le sonreía. Acercó su mano a la palma de la mano del gorila y juntó su mano con la de él.
Por unos instantes, sintió que sus ojos negros y profundos se fundían con sus ojos azules.
Que su dura y rugosa piel negra se fundía con su mano mestiza.
Por unos instantes, sintió que el gorila y él se habían fundido en un solo ser.
Sintió que eran un solo ente. Que respiraban, latían y sentían a la vez.
Al unísono. De repente, tuvo la sensación de que todo lo que estaba a su alrededor desaparecía.
Solo estaban ellos dos, unidos por sus miradas y su tacto.
Se sintió sobrecogido y sus ojos brillaron.
El gorila de montaña mantuvo la postura unos segundos más y entonces relajó su extremidad.
Se apoyó en el suelo a cuatro patas y movió hacia arriba su cónica cabeza, coronada por una bonita cresta castaña, como si estuviese despidiéndose de él.
Jerome lo imitó y se despidió también. El animal se dio la vuelta y se marchó, mostrando su precioso pelaje plateado en el lomo.
Se quedó de pie, mirando cómo el gorila se perdía de nuevo entre la niebla y la espesura de la selva, hasta desaparecer.
Durante unos minutos, permaneció quieto, sin moverse.
No sabía qué acababa de pasar. Había sido la experiencia más aterradora, sobrecogedora y fascinante que había tenido en su vida.
No se dio cuenta de que aún tenía su brazo extendido, como si todavía estuviera tocando al impresionante y majestuoso animal de pelaje negro y plateado.
Sabía que aquella vivencia jamás la olvidaría.
Bajó muy despacio el brazo derecho que había tenido levantado y leyó la inscripción de la lápida que tenía ante sí:
DIAN FOSSEY
1932 – 1985
NADIE AMABA MÁS A LOS GORILAS
DESCANSA EN PAZ, QUERIDA AMIGA
ETERNAMENTE PROTEGIDA EN ESTA
TIERRA SAGRADA
PORQUE TÚ ESTÁS EN CASA, DONDE TÚ PERTENECES
Cuando leyó: eternamente protegida en esta tierra sagrada , un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Así sentía aquel lugar tras la experiencia que acababa de tener. Era una tierra sagrada que había que proteger.
Se despidió de la mujer con un movimiento de cabeza, como había hecho con el gorila, y salió de allí en busca de sus compañeros de viaje. No podía creerse lo que acababa de vivir.
Avanzó por donde había caminado antes y todo, absolutamente todo, lo veía ahora de forma diferente.
Era como si hubiera pisado y vivido en aquellas tierras durante siglos.
Como si supiera qué hoja, qué árbol, qué arbusto iba a encontrar a cada paso que daba.
El piar de los pájaros era más agudo. El olor de las plantas era más intenso.
Los colores de la selva eran más brillantes.
La niebla era más fina. Sus sentidos estaban exacerbados.
Todo era muy extraño. Imaginaba que la adrenalina aún estaría corriendo por su cuerpo.
—¿Dónde coño estabas? —le preguntó André—. Estábamos preocupados, llevas casi una hora fuera.
«¿Una hora?», pensó.
No podía llevar tanto tiempo fuera. Miró el reloj de André y, en efecto, había pasado una hora desde que salió del punto de encuentro.
«¿Qué había pasado?». Para él solo habían pasado unos minutos.
—Lo siento, he perdido la noción del tiempo. Gustave, comentaste que los gorilas están a partir de los tres mil metros, ¿pueden bajar de esa altitud?
—Sí, aunque no suele ser habitual. A veces bajan a los bosques de bambú, pero mientras haya galium , se quedan por encima de los tres mil.
—Comprendo.
—Jerome, ¿estás bien? —preguntó André, que temía que su amigo hubiese vuelto a las andadas de estos días atrás.
Sonrió con una sonrisa franca y sincera.
—Estoy muy bien.
Se sentó junto a ellos y sacó el bocadillo de carne de cerdo que Jean, el dueño de la cafetería, los había preparado a cada uno. Lo comió con ganas. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que dio el primer bocado.
Lo que acababa de vivir lo guardó para sí. No comentó ni dijo nada. Era un secreto entre aquel espalda plateada y él.