19 #3
—Lo único que necesitaba era hablar con ella por teléfono. Saber que estábamos bien. O que no estamos tan mal como creo. —Se pasó la mano por la sien izquierda—. Necesitaba saber que aún me quiere. Estos días, en esa celda, pensé cosas que no sé si son verdad o no.
Jerome le confesó a André que el silencio de Camila, cuando se despidió de ella por última vez, lo descolocó.
Como sabía que en unos días volverían a verse, no le dio mayor importancia; ya lo hablarían con calma.
Pero durante esos días encerrado en aquella maldita celda, solo y sin luz, donde perdió la noción del tiempo entre interrogatorio e interrogatorio, hubo un pensamiento que lo torturó:
«Puede que me haya dejado de querer».
Esas palabras lo habían vuelto loco durante su pequeño encierro.
Eso era lo peor de estar en una celda mohosa, sucia y maloliente de dos por dos, sin nada que hacer.
Jamás imaginó que un encierro lo trastornaría tanto.
Nunca se había visto privado de libertad y a merced de lo que otros decidiesen hacer con su vida.
Donde lo único que podía hacer era pensar, y donde la mente le jugaba malas pasadas.
Lo único que lo sacaba de ese bucle mental eran los interrogatorios, en los que no paraban de preguntarle por el maldito general Dengo.
Aquellos días, encarcelado, le habían minado la moral más de lo que le habría gustado reconocer.
—Me podrías haber dicho por lo que estabas pasando.
—¿Y qué habrías hecho? ¿Me habrías dejado hablar con ella por el móvil?
André se rio. Al menos su amigo mantenía el sentido del humor.
—Sabes que no te habría dejado. Pero sí te habría dado una buena patada en el culo por pensar que te ha dejado de querer. No he conocido a una mujer que quiera tanto a su marido como ella te quiere a ti. —Se quedó pensativo—. Aunque ahora que lo pienso, tampoco es que tenga muchos amigos casados.
Jerome sonrió.
—Con esos comentarios no ayudas.
Ambos rieron, y el ambiente en la habitación se relajó.
—André, no sé cómo llegar a ella —se sinceró, abatido—. Lo he intentado una y otra vez. Cuando creí que lo había conseguido, me volvió a apartar de su lado.
—A veces tienes que esperar a que sea el otro el que dé el primer paso.
—Ya. —Eso era lo que le preocupaba—. ¿Y si no lo da?
—Pues tendrás que decidir cuánto tiempo estás dispuesto a estar en esa situación y después tomar decisiones.
—No sé si me gusta esa idea.
André se rio.
—Claro que no, es una mierda tomar ese tipo de decisiones. Nadie quiere verse en esa tesitura. Lo bueno que tienes es que tu mujer ya dio el primer paso para acercarse a ti. —Jerome lo miró con interés. No entendía a qué se refería—. Fue a Kinshasa a buscarte.
—No, André. Fue a buscaros a vosotros —le corrigió.
—Lo que yo te digo, te mereces una buena patada en el culo.
Si crees que fue a buscarnos a nosotros es porque ese encierro te ha afectado más de lo que dices.
Ella ha movido su lindo trasero mzungu hasta la capital, a buscarte a ti, para saber de ti.
Solo lo ha hecho por ti. Por nadie más. Dudo que, si yo desapareciera, Camila recorriese el país en mi búsqueda.
—Jerome sonrió. Viéndolo así, tenía razón.
No imaginaba a su mujer yendo en busca de André.
Al que sí imaginaba era a Nocólas. Miró su alianza y se sintió más animado—.
Las parejas pasamos por nuestros altibajos.
¿O crees que Nocólas y yo estamos siempre bien?
Vosotros no tenéis un problema de pareja.
A vosotros lo que os pasa es... —Le resultaba difícil decirlo sin emocionarse—.
.. lo que os pasa es que se os ha muerto vuestra hija —al hombre se le quebró la voz—.
Y cada uno está tratando de superar esa mierda como mejor sabe.
Tú yendo tras ella y tratando de pegar a tu mejor amigo.
.. —Jerome sonrió— ...y ella queriendo tiempo para sí misma.
Es normal que al final afecte al matrimonio.
Sus palabras lo tranquilizaron.
—¿Cuándo te has vuelto tan sabio?
—Cuando me subí a esa barca en el lago Kivu.
—Se rieron—. Yo qué coño sé. —Los dos volvieron a reírse.
El ambiente en la habitación estaba bastante distendido y abierto a la confianza y familiaridad que se tenían.
André se quedó en silencio por unos momentos y habló—.
Nocólas y yo estábamos juntos en casa cuando nos detuvieron, ¿lo sabías?
—No, no tenía ni idea.
—Se lo llevaron en un vehículo y a mí en otro.
Creí que nos habían descubierto. Que sabían que somos unos putos maricas que nos queremos.
—Sonrió con pena—. Creí volverme loco solo de imaginarme lo que le harían.
Ni siquiera pensé en mí. —Suspiró—. Te juro que cuando empezaron a preguntarme por Dengo vi los cielos abiertos.
No me pude alegrar más al escuchar su nombre.
—Se rio, como si aquello le hubiese parecido una locura—.
Seguíamos a salvo. Nocólas estaba a salvo.
—Lo siento. A veces olvido que lo vuestro no está permitido. No caigo en la cuenta de cómo os afecta a vuestra vida.
—El miedo a que nos descubran siempre está ahí.
—Se encogió de hombros y suspiró—. Entiendo que te volvieras loco encerrado en aquellas cuatro paredes.
Yo también me volví loco las primeras horas sin saber de él.
No dejes que ese encierro te haga dudar del amor que siente Camila por ti.
Ya te dije que movió su lindo trasero mzungu para buscarte. Ella te quiere.
Los dos hombres se miraron con el aprecio que se tenían después de más de una década de amistad.
—Gracias, André. Tus palabras me ayudan.
—Sentía que acababa de quitarse un peso de encima—.
Eres un hombre afortunado, tienes a tu lado a un hombre que te quiere.
Me pidió que cuidara de ti. Me pidió que te cuidara por él.
Te prometo que voy a estar al cien por cien allá arriba.
Se lo prometí a Nocólas. Quiero volver a casa con mi familia sano y salvo.
En cuanto descanse, estaré preparado para subir.
—Me alegra escucharlo. Sé que soy afortunado. ¿Crees que Olivier estará bien? —Estaba preocupado.
—Ese hombre tiene más vidas que un gato. Como tú. Seguro que está bien.
André sonrió y miró su reloj de muñeca.
—Creo que ya es hora de dormir, ¿no crees? —dijo, mirando hacia el ventanuco por donde entraba la luz.
Los hombres se tumbaron en sus camas sin cambiarse y Jerome pensó que su amigo tenía razón en las dos cosas: Camila no podía haber borrado de un plumazo todo lo que sentía por él hasta hacía tres meses, y sí, su mujer tenía unas lindas posaderas mzungu .
—Tiene un bonito trasero, ¿verdad? —dijo, mientras rememoraba sus redondeadas nalgas, cuando yacieron juntos, en la selva, en Ipeke.
André se rio por el comentario; parecía que su amigo ya estaba mejor.
—Sí, tiene un culo muy bonito para ser mzungu . Espero por tu bien que ya lo hayas estrenado. —Rio.
Fue a reprocharle que del trasero de su esposa solo hablaba él, pero André ya estaba dormido antes de que pudiese hacerlo.
Se acostó en la cama y miró al techo. El bonito cuerpo de su esposa volvió a aparecer ante él. La imaginó sin ropa, en la penumbra, explorando esa zona aún desconocida para él. No pudo evitarlo y su vientre se tensó.
Se levantó en silencio, entró al baño y dejó que el agua caliente lo envolviera. Cerró los ojos y se dejó llevar por las imágenes que su deseo proyectaba. La imaginó de espaldas, entregada y vibrante, entre sus manos. No hizo falta más. Su cuerpo se sacudió mientras gemía contra su propio puño.
Deseó que ella estuviera allí.
Camila se despertó agitada. Había soñado con Jerome y sonrió. Todavía sentía sus manos sobre sus caderas, su piel ardiente junto a la suya y él dentro de ella.
Escuchó a Marion y Nocólas en la cocina. Sonrió con picardía y se mordió el labio inferior. Continuó con lo que el sueño había dejado a medias.
Su respiración se volvió irregular, su espalda se arqueó en busca de más, y ligeros jadeos amortiguados la llevaron al éxtasis.
Se relajó y sonrió.
Deseó que él estuviera allí.