El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 19 #2
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—La de mzungus que vienen por aquí con esa descripción... —Se rio—. A mí todos me parecen iguales.

—Es belga y, por lo que dicen las mujeres, bastante guapo —puntualizó André.

—Ah, sí. Ya sé quién es. —Miró a su hija—.

Las mujeres del bar estaban como locas con él.

—Negó con la cabeza, como si no entendiese el motivo—.

Llegó hace tres días. Ayer por la mañana salieron hacia Karisoke.

De allí tenían previsto adentrarse en las montañas en busca de los gorilas y pasar allá arriba unos cuantos días. Iban bien cargados de provisiones.

—¿Salieron? —preguntó Jerome—. ¿Iba con alguien más?

—Si quieres subir a esas montañas a investigar a los gorilas, o a cualquier otra actividad que quieras hacer —puntualizó—, será mejor que vayas con un buen guía que te proteja.

Alguien que sepa leer el terreno y encontrarlos.

Son muy escurridizos esos jodidos monos.

—Parecía que la información de Junior era fiable.

El belga estaba por allí—. También iba con uno que no paraba de escribir en su libreta y de sacar fotos.

Hasta nos sacó fotografías dentro del local.

Dijo que era para el reportaje que iba a escribir. Que nos daría publicidad.

Los dos hombres se miraron y sonrieron. Lo habían encontrado. Olivier Mende estaba allí.

—Entonces necesitaremos un guía para mañana. ¿Conoces a alguno que sea de fiar y no haga muchas preguntas? —André lo miraba con atención, con el único ojo que le quedaba sano.

Jean levantó la mano y con un gesto llamó a otro hombre que estaba al fondo de la cafetería.

Este, que no llegaría a los treinta años, parecía estar acostumbrado a aquellas temperaturas mañaneras.

Llevaba camiseta de manga corta y pantalón corto, dejando a la vista sus fibrosos músculos.

André notó que debía recorrer a menudo aquellos parajes.

Al ver cómo su amigo lo observaba, le dio un puntapié por debajo de la mesa. André, al darse cuenta, dejó de mirarlo con curiosidad.

—Les presento a Gustave. Él los acompañará y les dirá todo lo que necesiten saber para su viaje a las montañas.

También los llevará a ese lugar tranquilo donde descansar.

Si necesitan permisos para entrar al parque, también se los conseguirá.

Y si quieren alguna mujer que los relaje antes del viaje, no duden en decírselo.

Jean dio un par de palmadas en la espalda de Gustave, se levantó feliz de haber ayudado y de tener cincuenta dólares más en el bolsillo. Se marchó, dejando libre el hueco de la silla, que de inmediato fue ocupado por su nuevo compañero de viaje, quien comenzó a hablar con André.

Jerome, sin pretenderlo, miró a través de la ventana y vio, con la claridad del nuevo amanecer, las majestuosas montañas. Allí estaban, con sus bosques de selva, con sus volcanes, empezando a iluminarse. Se sintió impresionado. Siempre las había contemplado desde la otra vertiente, desde su país.

Nunca se había visto en la necesidad de subirlas, pero sí sabía qué era lo que ocurría allá arriba y a qué se enfrentaban. Allá arriba, a lo que menos debía temer un hombre era a los gorilas y a la selva. Allá arriba, a quien había que temer era a los cazadores furtivos.

La carne de gorila, de alto valor en el mercado, no solo era vendida a africanos pudientes como alimento, también se enviaba a Europa y a Estados Unidos de forma ilegal.

La gente pagaba precios desorbitados por jactarse del prestigio de servirla en sus mesas.

Otros las usaban como trofeos en sus colecciones privadas: cuerpos enteros, cráneos, manos que servían como ceniceros…

También existían quienes los vendían como animales exóticos a coleccionistas que los mantenían enjaulados por sumas astronómicas.

Para los cazadores furtivos, las montañas Virunga eran su propio campo de batalla, hubiera guerra o no.

No solo combatían con los animales, también estaban dispuestos a matar a cualquier guarda, turista o investigador que se interpusiera en su camino.

Hacía trece años, según se decía, habían asesinado a la investigadora Dian Fossey, fundadora del centro de investigación de Karisoke.

A lo largo del tiempo, decenas de guardas forestales habían sido asesinados por proteger a los gorilas y al parque.

Miró a Gustave, que organizaba con André todo lo que necesitaban para el viaje, y supo que, si le hubieran pedido ir de cacería, también los habría guiado. Gustave era de esos hombres que se vendían al mejor postor con tal de sobrevivir.

Sabía que la situación tras el genocidio de Ruanda había sido complicada para la mayoría. Gustave solo estaba sobreviviendo, como él mismo lo había hecho en algún momento de su vida.

Respiró hondo.

Volvió a mirar la cumbre del monte Karisimbi, el más alto de los ocho volcanes. Otra vez sentía que se adentraba en territorio enemigo. Cada vez le gustaba menos esa sensación, pero también era en la que se sentía más cómodo.

Durante más de una década había vivido en alerta constante, con el peligro pisándole los talones a cada paso.

Allá arriba, si surgía algún conflicto con los cazadores furtivos, sabría cómo actuar.

Su cuerpo estaba entrenado para eso. Tal vez por eso se había embarcado en toda esta locura sin pensárselo dos veces. Se sentía cómodo en la lucha.

Sin embargo, en casa, el silencio y la ausencia de su familia lo hacían sentirse incómodo. No estaba acostumbrado a no saber qué hacer ni cómo actuar para resolver sus problemas conyugales.

Se preguntó si estaría allí si las cosas en casa fueran diferentes.

Miró a su amigo, que estaba concentrado en lo que el guía le decía, y sonrió.

Supo que sí, que habría estado allí con él y por él.

No lo habría dejado solo en esto. Pero sabía que, si todo hubiera estado bien entre Camila y él, habría tomado la decisión desde la calma y la tranquilidad.

Lo haría porque quería, no desde la impulsividad de huir de una situación que lo estaba desgastando por dentro.

Una parte de él temía regresar a casa. No sabía lo que se iba a encontrar. Y otra parte quería llegar, estar allí para descubrirlo. Salir de esa incertidumbre que no sabía cómo manejar.

Se dio cuenta de que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Estaba volviendo a pensar en ella. Se había prometido no hacerlo. Quería centrarse en lo que tenía por delante: encontrar los documentos de Dengo.

—¿Os parece si descansamos primero? —les propuso—. A la hora del almuerzo nos vemos aquí de nuevo y organizamos el ascenso a las montañas. Estoy agotado y no me concentro.

André lo miró sin comprender qué le pasaba a su amigo. Habían estado en situaciones mucho más agotadoras, con menos descanso, bajo más tensión, y Jerome nunca había dejado una misión a medias. ¿Qué coño le ocurría?

—Espero que descanses —le reprochó al entrar en la lúgubre habitación que solo disponía de un ventanuco en la parte superior de una de las paredes, dos diminutas camas y un baño—.

Necesito que estés atento. No puedo permitirme subir allá arriba contigo descentrado.

—Jerome, que solo pensaba en echarse en la cama, asintió con la cabeza sin prestar verdadera atención a lo que decía su amigo.

Y a André le dio la sensación de que lo estaba ignorando—.

Te necesito centrado en lo que estamos haciendo.

—Jerome se tumbó en la cama y volvió a asentir—.

¡Joder! ¿Oyes lo que te digo? —André acababa de perder la poca paciencia que le quedaba.

Tiró la mochila al suelo, haciendo más ruido del que pretendía—.

¿Qué coño te pasa? —Jerome se incorporó y lo miró de repente, como si lo hubiese sacado de una ensoñación—.

¿Tu vida en Saint Germain, con tu mujercita, te ha hecho olvidar que fuiste comandante de la guerrilla rebelde?

—Jerome lo miró con rabia. No esperaba esas palabras, ahora que se había propuesto no pensar en Camila—.

¿Qué pasa, se te han aflojado los cojones desde que estás con ella, o qué?

—Vete a la mierda. —La rabia se apoderó de él y se encaró con su amigo—. No vuelvas a decir eso. No vuelvas a nombrar a mi mujer.

André volvió a increparlo con furia. Algo le pasaba a su amigo, y necesitaba que lo soltara. Si allá arriba se ponía fea la cosa, estarían jodidos.

—Creo que sí. Ahora que eres un hombre que juega a las casitas con Camila, ya no tienes lo que hay que tener para subir allá arriba. Te has vuelto un flojo.

—¡Vete a la mierda!

Esta vez sí se había pasado. Jerome saltó hacia él y lo tumbó en la cama, levantando el puño.

—¡Te he dicho que ni la nombres!

—¿Y ahora me va a pegar? —André detuvo el golpe y forcejearon—, mi comandante —Esta vez le habló al que fue su superior, no a su amigo—, ¿desde cuándo se enfurece por estas mierdas de comentarios?

Jerome lo miró con atención y vio lo que estaba haciendo. Estaba a punto de golpear a su amigo. André tenía razón. Esos comentarios rara vez le afectaban. Bajó el puño y tragó con dificultad. No estaba enfadado con André. Estaba enfadado consigo mismo.

Lo soltó, se puso de pie y se sentó, derrotado, en la cama.

«El cansancio me está jugando una mala pasada».

—Lo siento —se disculpó.

—¿Qué pasa, Jerome? —preguntó André, preocupado.

—Me he prometido no hablar ni pensar en lo que me pasa durante este viaje.

—Pues ya puedes hablarlo. —André se sentó frente a él, en la otra cama—. No pienso subir allá arriba contigo así. Sería una locura hacerlo.

Su amigo tenía razón. Tal y como estaba en ese momento, subir no era la mejor de las ideas.

—Camila se marchó de casa con Jacques hace dos semanas —dijo con pesar.

André abrió su único ojo como un resorte. Aquello sí que no se lo esperaba.