El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 19
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El cielo nublado impedía que la luna creciente iluminara el lago Kivu.

La pequeña barcaza, que transportaba a tres hombres con aparejos de pesca a la vista y armas y fusiles escondidos bajo sus asientos, recorría, a ritmo lento, los ocho kilómetros que los separaban de Ruanda.

La oscura madrugada era perfecta para una incursión en territorio extranjero.

El lago estaba tranquilo. No había más embarcaciones por la zona, y parecía que las patrullas ruandesas no tenían intención de salir a faenar.

Las luces de las ciudades en la orilla marcaban la línea del horizonte que debían seguir hasta llegar a la playa donde los esperaba el vehículo que los conduciría hasta Olivier Mende.

Según les había explicado Junior Kombo por teléfono, la última vez que se tuvo noticias de él, en Gisenyi, lo vieron con un mzungu belga, antropólogo y conservacionista ambiental.

El antropólogo se dirigía al Campamento de Investigación de Karisoke, en el Parque Nacional de los Volcanes, en las montañas Virunga.

El belga, con eso de ser mzungu , no había pasado desapercibido.

Era alto, rubio, de ojos verdes y bastante guapo.

En el hotel donde se hospedaba, los hombres de Junior obtuvieron la información sin dificultad; las distintas mujeres que trabajaban allí colaboraron por unos cuantos dólares.

Pero de Olivier, un hombre alto, delgado y congoleño, en un país del África negra, no llamaba tanto la atención.

No tenían más información. En su hotel, lo único que les pudieron decir era que había abandonado la ciudad.

Si Junior, con sus buenos contactos, no sabía dónde estaba Olivier, la única pista que les quedaba era el mzungu belga. Esperar a que escribiese otro artículo y lo publicase en el Congo Tribune no era una opción. Irían tras la pista del mzungu para ver si sabía algo de su amigo.

A lo lejos, en una de las playas del lago, vieron una luz roja indicando que aquel era el lugar donde debían desembarcar.

Jerome no veía la hora de llegar. Las embarcaciones, el agua y él no se llevaban bien.

Notaba cómo la indisposición de su estómago iba en aumento.

Necesitaba tocar tierra firme o echaría el emparedado que había cenado unas horas antes.

En cuanto sus botas tocaron la arena de la orilla, respiró. Estaba mareado y sofocado. Lo guardó para sí.

Una vez en la playa, sacaron de debajo de los asientos de la barcaza los dos fusiles AK-47 y las dos pistolas TT-33. El hombre de la linterna los condujo hasta el todoterreno que usarían para su incursión en Ruanda. Allí los esperaba otro hombre.

—Aquí tenéis el equipo de montaña. Abrigaos bien, allá arriba por la mañana y por la noche hace un frío de cojones.

Junior, que podría tener la edad de Jerome y se parecía bastante a su padre por lo delgado y bajo que era, les mostró dos mochilas de montaña con todo lo que necesitaban: un par de botas de montaña, un pantalón impermeable, un par de calcetines, muda de ropa interior, dos camisetas de manga larga, un jersey de lana, una braga para el cuello, un chubasquero, un frontal y unos prismáticos.

Les enseñó también las esterillas, el saco de dormir y una tienda de campaña por si decidían hacer noche allá arriba.

—Está bastante completo —dijo, mirando a André, que aún no se fiaba del contrabandista.

—También tenéis provisiones para esta noche, pero tendréis que comprar más.

Ruhengeri es buen sitio para aprovisionaros —les explicó Junior, y luego se rio—.

Joder, si parezco mi madre dando instrucciones.

—Todos rieron con el comentario—. En los laterales tenéis dinero y los permisos falsificados para acceder al parque.

Según mi padre, entre lo de esta mañana y lo de esta noche, la deuda por tu ayuda con los cascos azules está saldada.

—¿Lo de esta mañana? —preguntó Jerome, sin entender.

—Sí, tu mujer estuvo en Kinshasa buscando armas.

«¿Camila comprando armas?».

—¿Estás seguro de que era su mujer? —André no salía de su asombro.

—Sí. Se identificó como tal. Es mzungu , ¿no?

—Jerome y André se miraron y ambos asintieron—.

Esa tal Marion, la que nos presentaste, iba con ella.

—No había duda de que era su esposa. Conociéndola, debía de estar bastante asustada como para comprar armas.

Camila las odiaba. Incluso le había pedido que se deshiciera de algunas.

Solo conservaba su TT-33 para cuando salía de Lombe.

El malestar en su estómago creció. Tenía náuseas, pero logró controlarlas—.

Lo dicho, por parte de mi padre la deuda está saldada.

Por la mía, no. Me salvaste el culo de una buena.

Estaría en una prisión ruandesa si no nos hubieras avisado.

Cualquier cosa que necesites, sabes que puedes contar conmigo.

—Gracias por todo.

Jerome y Junior se despidieron con un abrazo y dos palmadas secas en la espalda. La reunión había terminado.

El hombre que los había esperado en la playa abrió el maletero antes de entregarles las llaves del automóvil y de su interior, sacó a un muchacho medio apaleado.

A ninguno de los dos comandantes les sorprendió. A los Kombo había que tenerlos siempre de tu lado; si no, pasaban estas cosas.

—A ver, cabrón, ¿te vas acordando de dónde está mi jodido dinero o te tengo que dar otro viaje en automóvil? —lo amenazó Junior.

El joven asintió, atemorizado por completo.

—Así me gusta.

Le dio un par de collejas en la cabeza. Otro hombre lo tomó del brazo y lo metió en un segundo vehículo aparcado más adelante.

—No sé con quién se creen que están tratando —refunfuñó Junior, refiriéndose al muchacho—. Buena suerte. Espero que encontréis a vuestro hombre. Si lo hacéis, avisadme. Seguid la RN 4 hacia el norte. Llegaréis a Ruhengeri.

Los tres hombres subieron al vehículo y partieron, dejando la barca abandonada en medio de la playa.

Los dos se miraron. Ahora estaban solos en un país que desconocían. No irían por la carretera principal, como les había propuesto Junior. Tomarían carreteras secundarias, como siempre que hacían algo al margen de la ley.

Esta vez, los ilegales eran ellos. Su falta de documentación era un problema.

Subieron al automóvil y Jerome sacó el mapa que llevaba en uno de los bolsillos laterales del pantalón, protegido por una funda de plástico, mientras André revisaba su mochila. Su amigo le entregó un paquete de patatas chips .

—Menudo marinero de agua dulce estás hecho —comentó, y ambos rieron.

Jerome comió un par de patatas y notó cómo su estómago revuelto comenzaba a calmarse—.

¿Te acuerdas, al principio en la Alianza, la primera vez que tu cuñado decidió ir en un barco por el río Congo para hacer una incursión en.

..? Ya ni me acuerdo dónde fue. —André se rio—.

Solo recuerdo que te pasaste todo el viaje potando por la borda.

—No me lo recuerdes —respondió, mientras ambos seguían riendo.

Comió otro par de patatas—. Creía que esa noche moría.

Eché hasta los higadillos. Después de aquello, decidí que cuando me tocara mandar, nunca usaría un barco para ninguna misión.

—Comió otra vez—. Me ha quedado claro que ahora no mando yo.

André soltó una carcajada.

—Sabes que el lago era la opción más rápida, ¿verdad? No tengo intención de que nos quedemos mucho tiempo en Ruanda. —Lo miró con atención—. Pero me alegra que tengas claro quién es el que manda.

Jerome lo miró de reojo y sonrió de forma socarrona. Sabía que su amigo disfrutaba demasiado teniendo el mando. Le dejaría hacer, siempre y cuando no le tocase demasiado la moral.

—¿Qué dice el mapa?

—Que arranquemos ya.

Parecía que su malestar había mejorado. Puso el motor en marcha, encendió las luces, pisó el embrague y metió primera. Salieron de la orilla este del lago rumbo a las montañas Virunga.

Condujeron toda la noche por caminos de tierra.

Tardaron cuatro horas, en lugar de tres, y estaban agotados.

En cuanto encontraron a la única cafetería abierta de Ruhengeri, a las seis de la mañana, vieron los cielos abiertos.

Solo podían pensar en un buen desayuno y en una buena cama para descansar.

El local, que a esa hora debería estar desierto, tenía cierto movimiento de montañeros en busca de un buen desayuno caliente. Hacía demasiado frío para él; llevaba mucho tiempo viviendo en la zona del ecuador y dudaba que fuese capaz de volver a aclimatarse a un sitio como aquel.

—Muchacha, ¿sabes de algún lugar tranquilo donde podamos hospedarnos? —preguntó André a la camarera, que no había parado de coquetear con ellos.

La joven, que no llegaría a los quince años, señaló al hombre que estaba tras la barra y luego les puso su mejor sonrisa.

—Padre, por aquí preguntan por ti.

El hombre, que rondaría los cuarenta y ya peinaba canas entre sus rizos negros, dejó de fregar los vasos. Le entregó el paño a la mujer que preparaba los cafés y salió tras la barra. Se sentó con ellos en la mesa, no sin antes observarlos de arriba abajo.

—¿Qué queréis?

—Buscamos un sitio tranquilo donde descansar —comentó André mientras leía la chapa de la camisa en la que estaba escrito el nombre de Jean.

—No parecéis investigadores de gorilas —dijo el hombre, observándolos con detenimiento.

—No lo somos.

—Comprendo. —Jean echó un vistazo al local, como buscando el momento perfecto para hablar—. Y además de un lugar para dormir, ¿queréis algo más o con eso es suficiente?

Jerome, que intuía que ese «algo más» podría ser ilegal, respondió:

—Buscamos información. A lo mejor tú podrías dárnosla. —Sacó cincuenta dólares del bolsillo y los dejó sobre la mesa. Al ver cómo se le iluminaba el rostro al hombre, retiró el billete antes de que pudiera hacerlo suyo—. Primero la información.

Jean frunció los labios, fastidiado, pero se resignó.

—Estamos buscando a un mzungu rubio, alto y de ojos verdes —le explicó Jerome—. Llegó hace tres o cuatro días.