18 #2
—¿En serio? ¿Eso es lo que le vas a escribir? Vete a tomar por culo —le dijo su amigo, molesto.
No comprendía a qué tanto alboroto para después escribir una nota con tres líneas de mierda.
Aunque André no lo supiera, aquello era toda una declaración de intenciones. Le estaba pidiendo a su mujer que regresase a casa. Que la esperaba allí, con Jacques. Que la quería, a pesar de que la última vez que se lo dijo, ella se quedó en silencio.
—Nocólas—Dobló la nota y se la entregó—, dale un fuerte beso de mi parte.
—Así lo haré. ¿Y tú? —dijo, acercándose a André—. ¿No te vas a despedir de mí con un fuerte beso? —Enarcó su ceja derecha—. ¿Estás seguro de que te quieres ir así, sin más?
André, que no esperaba aquel descaro delante de Jerome, titubeó. No sabía qué hacer. Siempre trataban de ser cautos, aunque él estuviera al tanto de su relación. No podían permitirse el lujo de que los descubrieran. Pero iban a estar dos semanas separados.
—Antes de irme, necesito ir al lavabo.
Se dio media vuelta y se dirigió al de caballeros.
—Eso me parecía a mí. —Nocólas esperó a que desapareciese tras la puerta del baño. Se acercó a su amigo y le dijo—: Jerome, desde que estamos juntos, es la primera vez que André va sin mí a una misión. Quiero a ese hombre de nuevo en casa, sano y salvo. Prométeme que lo cuidarás por mí.
—Te lo prometo. Cuidaré de él.
Se sintió conmovido por las palabras del sargento hacia su amigo.
Nocólas sonrió, agradecido, y lo dejó solo mientras lo observaba perderse tras la puerta del lavabo.
Imaginaba lo que vendría ahora. Siempre habían sido muy discretos, a pesar de ser la tapadera perfecta de los tres mejores amigos.
Por unos instantes, los envidió. Quería volver a recuperar con Camila la complicidad que ellos tenían en ese momento.
Salió de la cafetería después de pagar. El sol, que aún estaba en lo alto, lo encandiló. Buscó sus gafas como acto reflejo y recordó que estaban en la guantera de la camioneta. Un hombre que pasaba por allí se acercó a él.
—¿Unas gafas, señor?
Se sorprendió. Lo miró con detenimiento y vio que era un vendedor ambulante. Parecía que Dios se acababa de apiadar de él.
—Por supuesto.
Su sorpresa fue mayor cuando, entre todas ellas, encontró unas gafas idénticas a las suyas. A las que su mujer le había regalado tres años atrás. Lo vio como una señal. Tal vez no estuviera todo perdido para ellos.
Le pagó, se las colocó y cubrió sus bonitos ojos azules.
Se miró en el reflejo del cristal de la cafetería, sin ser consciente de que la camarera lo observaba con la atención que solía poner cuando un hombre le gustaba.
En ese instante, tuvo la certeza de que todo iba a salir bien.
Sonrió para sí mismo. Ahora quedaban dos semanas por delante y haría todo lo posible por encontrar a Olivier Mende, el periodista y amigo que los había entrevistado a André y a él cuando sacaron a la luz todos los trapos sucios del general Dengo.
Suspiró.
Esperaban poder encontrarlo antes que la FARDC. Creían que era Olivier quien tenía esos documentos que tanto anhelaban. Si no era él, no tenían ni idea de quién más conocía el paradero de aquellos papeles.
Cuando capturaron a Dengo, este les dijo que eran copias únicas donde estaban registradas todas las riquezas que tenía guardadas Mobutu.
Solo él conocía su paradero. Conociéndolo como lo hacía, tenía claro que nadie más sabría dónde estaba semejante tesoro.
El general no era hombre de compartir. Cuando surgió la entrevista, dos años atrás, se lo comentaron a Olivier como una anécdota más de la personalidad de Dengo.
El hombre sintió gran curiosidad. No era la primera vez que oía hablar de esos documentos.
Jerome creía que no eran más que una leyenda urbana, como muchas otras, que rodeaban al dictador.
Hacía más de un año que no veía al periodista.
Pero gracias a sus artículos en el Congo Tribune , sabía de él.
Fueron tan sonados sus artículos sobre el general Dengo que el periódico le ofreció una buena oferta de empleo.
Dejó el periódico local de Bandundu para comenzar a hacer reportajes cada vez más comprometidos y con mayor repercusión mediática.
Durante la guerra coincidió con él en alguna ocasión más.
Estuvo como corresponsal en las provincias del este.
En la actualidad, tal y como había leído en sus artículos, se estaba moviendo por la zona de los Grandes Lagos, entre la República Democrática del Congo y Ruanda.
Sus artículos eran interesantes. Hacía una comparativa de cómo se estaban recuperando ambos países: Ruanda, tras el genocidio ruandés de cuatro años atrás; y el Congo, un año después de la guerra, como extensión del conflicto del país vecino.
La República Democrática del Congo, tal y como reflejaban sus artículos, aún tenía un arduo trabajo por delante.
El conflicto entre tutsis y hutus continuaba en las provincias del este.
A eso había que añadir las luchas armadas de estos grupos milicianos por los recursos naturales del país: cobalto, oro, diamantes, cobre, uranio, casiterita y coltán.
Kabila estaba haciendo lo posible por echar a estas milicias armadas, pero era tal la riqueza que resultaba complicado que se marchasen. Nadie quería renunciar a lo que el Congo les daba. Había mucho por hacer.
Sin embargo, en Ruanda, según el último artículo, fechado seis días atrás en la ciudad de Gisenyi, hablaba sobre la transición que estaba viviendo el país tras el genocidio.
Ruanda se estaba recuperando económica, política y socialmente gracias a que crearon varias estructuras judiciales y sociales para la estabilización del país.
Primero se creó el Tribunal Penal Internacional para Ruanda.
Su objetivo era perseguir a los líderes e instigadores del genocidio tutsi .
Después iniciaron, en sus propios tribunales, centenares de procesos penales contra los activistas hutus del exterminio y de la violencia sexual que hubo.
Además, el gobierno trataba de subsanar la enorme herida étnica entre hutus y tutsis .
Creaban programas donde se trabajaba el apoyo al pueblo, programas de unidad y reconciliación para vivir de forma pacífica.
La idea era que nadie pudiera vengarse de nadie. Los tribunales internacionales y los ruandeses se estaban encargando de hacer justicia por el casi millón de tutsis asesinados y las quinientas mil mujeres, niñas y ancianas tutsis violadas.
Jerome, después de leer aquellos artículos, veía grandes diferencias entre los dos países. El problema no estaba solo en sus gobernantes. El mayor problema eran las riquezas que tenían ambos.
Ruanda era un país pequeño que vivía de las riquezas que expoliaba al Congo.
El Congo era un país de gran extensión, difícil de controlar, y enormemente rico en cuanto a recursos naturales.
Todos querían llevarse una parte del pastel.
Por eso, las milicias ruandesas hutus , escondidas en la selva, continuaban en las provincias del este, generando caos y muerte.
Por el contrario, los tutsis ruandeses, que apoyaron a Kabila durante la guerra junto con Uganda, estaban en estos momentos sentados junto a él en el gobierno, queriendo llevarse también una parte del pastel.
Las noticias no eran nada esperanzadoras.
Todo parecía apuntar a que el presidente no era más que una marioneta a la que manipulaban sus aliados, buscando hacerse más ricos todavía a costa del Congo.
Esperaba que Kabila pudiera poner en su sitio a los ruandeses y ugandeses.
Si no, su país y la población tendrían grandes problemas.
No quería imaginárselo. Si lo hacía, podía ver el fantasma de la guerra acechando como perro hambriento.
Lo último que quería era un nuevo conflicto armado en su país.
Él solo quería vivir tranquilo y en paz.
En su terreno. En su casa de Luebo. Junto a su mujer y su hijo.
Retirado de todo conflicto. Donde el mundo olvidase que una vez existió un comandante de la guerrilla rebelde del Zaire llamado Jerome Ngona.
Ya había vivido muchos combates, muchas luchas y una guerra.
Era más que suficiente para toda una vida.