18
Unas horas antes
—Nocólas, qué alegría que llames. —Escuchó al otro lado de la línea.
Jerome creyó haber reconocido su voz.
—¿Camila?
El sargento Lukama, que no estaba prestando mucha atención, en cuanto escuchó su nombre se hizo hacia adelante en la silla. Se apoyó sobre la mesa de la cafetería de la Biblioteca Nacional. Quería escuchar mejor la conversación.
—¿Jerome?
Sí, era ella. La duda que se había sembrado en él desapareció. Ella había dejado Ipeke y había ido a Kinshasa, como le había pedido. Cerró los ojos, agradecido. Había tenido sus reservas, tal y como estaba la relación entre ellos, no tenía la certeza de nada.
— Zaireña , ¿estás bien?
—Sí. ¿Y tú? ¿Estás bien?
Sonrió al escucharla.
—¿Qué coño hacéis?
André le quitó el teléfono de las manos antes de que pudiera contestar. La oyó al otro lado de la línea llamarlo por su nombre una y otra vez.
—¡Devuélveme el puto móvil!
Se levantó furioso hacia su amigo. Antes de llegar a alcanzarlo, vio cómo colgaba.
—Ni lo sueñes.
Los dos forcejearon, las tazas de las mesas se tambalearon y, al final, consiguió quitarle la batería del teléfono antes de que Jerome se lo quitase de las manos. Los pocos clientes que estaban en la cafetería los miraron con recelo al verlos discutir.
—¿Vosotros sois gilipollas o qué os pasa? Os he dicho que con estos malditos trastos nos pueden rastrear. No nos podemos permitir que nos encuentren.
—¡Solo necesito hablar con ella!
—Haya paz.
Intervino Nocólas, sabiendo que todos los estaban mirando en ese momento. Sabía que ambos comandantes estaban midiendo sus fuerzas y su rango.
André, que a sus treinta y seis años estaba en buena forma, se alejó de ellos, comentó algo con la camarera y trajo un bolígrafo y una servilleta.
—Escríbele una nota a Camila. Nocólas se la entregará.
—¿Desde cuándo me das tú las órdenes?
—Desde que dejaste la Alianza y has decidido enrolarte en esta historia.
—André se encaró a él y el único ojo sano del comandante lo miró con rabia—.
Las cosas han cambiado, Jerome. Formamos parte de las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo —dijo, refiriéndose al sargento Lukama y a él—.
Ya no somos unos malditos guerrilleros en medio de la selva sin apenas recursos para sobrevivir.
Ahora el gobierno nos abastece de armas, de medios de transporte, de hombres, de tecnología.
.. ¿Podríamos estar mejor? Sí. —Y bien que sabía que podrían estar mejor, pero no le dijo nada a su amigo.
No le apetecía hablar de los problemas con los que lidiaba a diario en la base militar—.
Pero te aseguro que estamos muchísimo mejor que en esa jodida selva.
—De eso sí que estaba seguro—. Si quieres acompañarme, tendrás que escucharme y hacer lo que te diga.
En la selva te sabías manejar muy bien. En Kinshasa todo es diferente.
Todo es más rápido, y Dios sabe lo que me ha costado adaptarme a esos cambios.
Así que no me vengas con gilipolleces. No olvides que tú decidiste ser un excomandante de la Alianza para dedicarte a tu familia y a tus cultivos.
—André nunca había visto con buenos ojos su decisión de retirarse del mundo militar, y cada vez que podía, se lo recordaba—.
Y yo decidí ser comandante de la FARDC. Así que, si no te queda claro quién da las órdenes ahora, ¿ves esa puerta? Puedes marcharte.
Jerome lo miró con cara de pocos amigos, pero tenía razón: en Kinshasa todo era diferente a la selva, y en estos momentos no sabría desenvolverse en todo el entramado mundo de la FARDC.
—Por poco que me guste que me mandes, no voy a dejar que vayas solo al este del país.
Antes, el que daba las órdenes era él. Ahora tenía que aceptar que el comandante, y el que sabía qué se traía entre manos era André.
Le entregó el móvil a Nocólas. Se dirigió al teléfono que había dentro de la cafetería, metió unas monedas y marcó el número que se había aprendido de memoria en estas últimas horas.
Seguía comunicando. Parecía que la línea estaba rota o que la embajada española ya había dejado de existir en el Congo.
Colgó el teléfono con rabia. Desde que lo liberaron ayer por la tarde, llevaba llamando a la embajada, pero no había forma de contactar con ellos. Todo apuntaba a que los padrinos de Camila ya se habían marchado del país.
—¿Por qué no te relajas? —le dijo Nocólas en cuanto se sentó de nuevo a la mesa—.
No entiendo qué coño te pasa. —Se quedó en silencio y no contestó.
Sabía a la perfección lo que pasaba, pero no quería hablar de ello—.
Con la llamada de antes ya sabes que tu mujer llegó a Kinshasa.
Ella sabe desenvolverse muy bien por la capital. Puedes estar tranquilo.
—Lo sé.
No era eso lo que le preocupaba.
—No entiendo por qué has estado poniendo en duda que ella fuese a venir hasta aquí. —Prefería no explicárselo. Entonces, Nocólas se rio—. Aún me acuerdo cuando la vimos por las calles de Rutshuru, embarazada y buscándote. ¿Te acuerdas, André?
—Sí, claro que me acuerdo —contestó con una lentitud impropia de él.
Sabía que algo le pasaba a su amigo, pero este no había hecho nada por contárselo. En muy raras ocasiones Jerome perdía los nervios como acababa de perderlos hacía un rato.
—Joder, ese día me tuve que quitar el sombrero ante ella.
Siempre pensé que los tenía bien puestos, pero después de aquello…
Además, los hombres darán con ella. La protegerán de la FARDC si fuera necesario.
Deja de preocuparte. Ellos moverían cielo y tierra por vosotros.
A ti te respetan y admiran, fuiste su comandante durante muchos años, y a ella.
.. ella conquistó nuestros rudos corazones poco a poco en aquella maldita misión.
Es uno de los nuestros. No tienes que preocuparte.
Jerome sabía que podía confiar en sus hombres.
—Dejemos de hablar de todo esto. Lo que ocurra con Camila ya no depende de nosotros. Es cosa de nuestros hombres. —Quería dejar de pensar y de hablar de ella. Quería centrarse en las próximas dos semanas que tenían por delante—. Ahora nos toca actuar a nosotros. ¿Conseguiste el permiso de vuelo?
—Sí. Eso venía a contaros cuando os descubrí con el móvil —les reprochó—. Mi contacto lo enviará a la base aérea de Ndolo y de allí saldremos hacia la ciudad de Goma. Te acabas de convertir en prisionero de la FARDC. —Le dio un golpe en el hombro.
Jerome no tenía nada claro que aquello le gustara, pero era la única forma que tenían de volar hasta Goma.
Ninguno de los dos disponía de pasaporte en esos momentos para poder entrar en Ruanda por tierra ni por aire.
Su amigo, como comandante de la FARDC era, el único que tenía acceso a transporte aéreo.
Era el inconveniente de que a uno se lo llevasen retenido en medio de la noche con lo puesto.
—En Goma —continuó Jerome—, Kombo Junior nos irá a buscar y nos llevará hasta Gisenyi en una embarcación.
Además, nos ha conseguido un todoterreno que recogeremos cerca de la orilla del lago Kivu, en Ruanda.
Le pedí que fuese preguntando sobre nuestro hombre.
Sabéis que tiene muy buenos contactos. Estoy seguro de que algo conseguirá.
—¿Confías en ellos? —le preguntó André—. Sabes a lo que se dedican.
—Sí, confío en los Kombo. Me deben una.
Dos años atrás, cuando les ordenaron ir a Bandundu en busca de armas para la Alianza, se enteró por el coronel Mwenze de que la ONU estaba haciendo controles exhaustivos en las fronteras de Ruanda.
La noche anterior se había enterado de que los Kombo tenían previsto trasladar un gran cargamento al antiguo Zaire.
Antes de marcharse a Bandundu, pudo contactar con ellos y les informó de lo que estaba ocurriendo en la frontera.
El contrabandista y él habían trabajado juntos en varias ocasiones transportando armas para la Alianza, y se entendían bien.
Gracias a esa información, evitó que les requisaran miles de dólares en armas y que su hijo Junior y varios de sus hombres fuesen detenidos por la ONU como traficantes de armas.
A día de hoy, Kombo padre había ampliado su negocio hacia la capital, queriendo tener una vida más tranquila. En su lugar, Junior era el que se había quedado a cargo del negocio en las provincias del este.
—Os he sacado fotocopias de lo último que ha escrito en estos tres meses.
—Les entregó los artículos del Congo Tribune que había fotocopiado en la biblioteca—.
Según las zonas de las que escribe, debe estar por la provincia de Gisenyi, cerca del lago Kivu.
Con la información que os dé Junior, iréis más a tiro hecho.
—Les entregó un mapa de Ruanda con todas sus carreteras actualizadas—.
Tenéis que devolverlo en quince días o la bibliotecaria me multará.
Jerome se rio.
—¿Cuándo te has vuelto un chupatintas?
—Desde que tu mujer me regaló estas gafas.
—Los tres se rieron—. Ahora estoy todo el día metido en la oficina.
No seré apto para el combate según ese matasanos, pero yo sigo entrenando y sigo dando en la diana cuando entreno con mi arma.
Nunca se sabe si algún día puedan aceptar a un sargento cegato en algún regimiento.
Conociendo a Nocólas, no dudaba que lo seguía haciendo. Su falta de vista lo había retirado del campo de batalla y ahora llevaba una de las unidades administrativas del Camp Tshatshi.
André miró su reloj.
—Es la hora. —Se levantaron de la mesa y se fijó en que Jerome no había escrito la nota—. Después de la que has liado, escribe la puta nota a tu mujer.
Se quedó mirando la servilleta y el bolígrafo. ¿Qué le escribía? Solo había una cosa que quería preguntarle, y sabía que esa nota no tendría respuesta a su pregunta hasta su regreso. Con lo fácil que hubiera sido preguntársela por teléfono.
Se sentó en la mesa y escribió:
Nos vemos en casa a mi vuelta.
Te quiero.
Jerome.