El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 17 #2
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—Y así es. Pero hay algunas mujeres que queremos desafiar la tradición de la SAPE y también queremos vivirlo.

También queremos ser sapeuses . Disfrutar de los trajes y prendas de alta costura.

Ir elegantes y lucirnos por las calles como si fuésemos auténticas estrellas de rock.

Queremos transmitir esperanza a las mujeres.

Queremos transmitir que es posible algo mejor para nosotras y que, si queremos, podemos cambiar las cosas.

—Parece que las dos conseguís cambiar las cosas.

—Querida, las tres conseguimos cambiar las cosas. No olvides que tú también haces de tu pequeño mundo, un lugar mejor. De esto se trata, ¿no? Si no, mira a esos seis hombres que están aquí por ti.

Camila sonrió.

—Me caéis muy bien las dos.

—Y tú a nosotras, querida —dijo Marion, volviendo a mirarla con detenimiento—. Te invito a esa copa que te acabas de pedir.

La mujer y Camila se rieron.

—Oh, no, querida —dijo Elise, imitando a Marion—. A todo esto —Señaló todas las cervezas que acababa de terminar de servir el camarero—, os invito yo.

En ese momento vio cómo Renaud se dirigía a la salida del local. Parecía que se marchaba. Respiró hondo y se armó de valor. Quería agradecerle a cada uno de los hombres todo lo que habían hecho por ellos. Aunque el cabo fuera un hijo de puta —como decía Marion—, necesitaba decírselo.

—Perdonad —les dijo a las mujeres—. Vengo ahora. ¿Te encargas de llevarles las cervezas a los hombres, Marion? Elise, muchísimas gracias. Nos vemos ahora.

Salió corriendo tras el hombre, le tocó en la espalda y pareció sorprendido de verla.

—¿Se marcha?

—Sí. Lo que venía a hacer ya lo he hecho. Buenas noches, señora Ngona.

—Cabo, quería darle las gracias por lo que ha hecho hoy. Ha sido muy generoso por su parte. Se lo agradeceré siempre.

El hombre cerró los ojos y los volvió a abrir.

—Ha sido un placer.

Camila se dio cuenta de que el hombre estaba en tensión, con los puños apretados. De todos los hombres, era el único del que no entendía por qué estaba ahí esa noche. Seguía sin fiarse de él.

—¿Por qué me ha ayudado, Renaud? No nos vamos a andar por las ramas. Sé que con Jerome no se lleva bien. Usted y yo, desde luego, no somos los mejores amigos.

El hombre pareció relajarse y que la confrontación tan franca lo divirtió.

—Tiene razón, Jerome y yo no nos llevamos bien en el día a día, pero en el campo de batalla es diferente: nos entendemos a la perfección.

Él fue mi comandante y siempre lo será. Me ha salvado muchas veces el culo y yo a él.

Los dos lo sabemos y nos respetamos como militares que somos.

En estos momentos, a quien estoy ayudando es al comandante Ngona, no a Jerome Ngona, el hombre.

—Comprendo.

Le gustó su franqueza.

—Y en cuanto a por qué la he ayudado hoy, es sencillo. Usted es uno de los nuestros. Por eso todos los hombres se han volcado con usted en esta pequeña misión.

El escalofrío que sintió al ver la foto volvió a recorrerle todo el cuerpo.

—¿A qué se refiere?

El hombre sonrió y la miró con intensidad.

—Usted aún no se da cuenta, ¿verdad? —Camila lo escuchó con atención—. ¿Sabe qué ocurre? Que le sale de forma tan natural que no sabe el efecto que provoca en las personas.

No sabía a qué se refería.

—Cuando estuvimos en la selva y aparecieron los guardias civiles, usted, con unas palabras amables, evitó un pequeño conflicto armado que a saber cómo habría terminado.

Con dos muertos, seguramente —dijo, refiriéndose a los guardias—.

Consiguió que ocho hombres armados no tuvieran que utilizar sus armas.

¿Quién consigue eso? —Le preguntó de forma retórica—.

Cuando al comandante Kahenga y a su sacerdote les mordió esa maldita serpiente, todos los hombres que íbamos en aquel camión supimos que daba igual que fuese André o cualquier otro de nosotros el que estuviera herido o moribundo.

Usted iba a hacer todo lo posible por cualquiera de ellos.

—Lo veo muy seguro, Renaud.

El hombre sonrió con una ligera inclinación en la comisura de sus labios.

—Lo que yo le digo. No se da cuenta. Se olvida de que André le metió tal golpe con la culata de su AK-47 que la dejó inconsciente. Casi la mata. Aun así, usted lo dio todo para salvarlo.

Era cierto, en ningún momento se planteó no atenderlo por lo que le había hecho.

—O que el sargento Nocólas fue muy desagradable con usted al principio de conocerla. Aun así, resolvió sus problemas de visión. Si eso lo hizo por ellos, claro que sabemos que haría lo mismo por cualquiera de nosotros. Sé que lo haría hasta por mí.

Camila empezaba a entenderlo.

—Después evitó que Lutongo matase al comandante.

Sé que para usted a quien salvó fue a su marido.

No tengo muy claro que mi mujer hiciera lo mismo por mí —hizo ese inciso.

Fue toda una revelación descubrir que el cabo estaba casado—.

Para nosotros, usted salvó a nuestro comandante.

Y bueno, cuando apareció en las provincias del este y ayudó en el hospital de campaña de la Alianza.

.. Camila, usted será la esposa del comandante Ngona, pero es uno de los nuestros, lo entienda o no.

Hoy, todos estuvimos haciendo lo que teníamos que hacer para cuidarla y protegerla de la FARDC.

—Vaya, nunca había visto las cosas de esa forma —dijo, sorprendida.

No imaginaba que sus actos hubieran influenciado tanto como decía el hombre.

—Claro que no. Es algo que le sale de forma natural, como le acabo de decir. En este momento, estoy ayudando a Camila Oramas. No a la mujer del comandante Ngona.

Le sorprendió la honestidad del hombre.

De repente, se apagó la luz, la música dejó de sonar y la gente del local comenzó a gritar y a correr. Se asustó porque no entendía qué pasaba. El hombre la agarró de la cintura y la apartó hacia una de las paredes, evitando que la pudieran tirar al suelo.

—Tranquila, es solo un apagón típico de Kinshasa.

Por primera vez, sentía que el cabo la estaba protegiendo en lugar de acosándola.

Era todo muy extraño. Empezaron a encenderse velas por todo el local.

Subieron a la barra un radiocasete enorme, que debía funcionar a pilas, y comenzó a sonar de nuevo la rumba congoleña por sus altavoces.

La fiesta en el Club Sapeurs continuaba, a pesar de no haber luz en esa parte de la ciudad.

—Lo que le dije, típico apagón de la capital.

De repente, lo miró con detenimiento y, por primera vez, vio al hombre y no al hijo puta que la había estado acosando en la selva.

—Gracias. Gracias por lo de hoy y por lo que me acaba de contar. Jamás habría creído que lo que hago influyera en alguien.

Se dio cuenta de que estaban muy pegados y de que aún la tenía sujeta por la cintura. Dio un paso hacia atrás, pero el hombre no la soltó. Aunque pareciese extraño, no sintió miedo. Sabía que no le haría daño, y no hizo nada por liberarse.

—Sigue sin ser consciente del efecto que provoca, ¿verdad?

—Su voz se volvió ronca—. Hace un rato, con Valerién, consiguió que yo dejase de culparlo por haberse ido de la lengua con el coronel Mwenze.

Logró que hasta él dejase de sentirse culpable por todo lo ocurrido.

Además de ser preciosa —dijo, mientras la observaba con detenimiento—, es usted una mujer excepcional.

Le soltó una mano de la cintura y le colocó el pelo tras la oreja a modo de caricia. Ella tragó con dificultad. Aquello sí que no se lo esperaba.

—Camila, no he conocido a ninguna mujer como usted.

El hombre le acarició el rostro con suavidad y los dos se quedaron mirando durante unos largos segundos.

Ella sorprendida por lo que creía que le acababa de decir, y él porque estaba dudando si besarla en sus bonitos y rojos labios o no.

La atrajo hacia él, y Camila notó su deseo bajo los pantalones.

El cabo apretó el puño y volvió la tensión a su cuerpo.

—El comandante es muy afortunado de tenerla como esposa —dijo de forma seca.

La soltó y se despidió:

—Señora Ngona.

—Cabo Renaud.

Se tuvo que apoyar en la pared mientras lo veía salir del local, las piernas le temblaban.

No sabía qué era lo que acababa de pasar entre ellos.

Creía que el hombre le acababa de declarar que sentía algo más por ella que una simple atracción, pero no estaba segura.

Esas cosas se le daban fatal. El único hombre que le había dicho algo parecido en su vida era Jerome, y estaba casada con él.

Esperó a que el temblor cediese y se dirigió al baño a refrescarse. Necesitaba aclarar sus ideas. Entró en el baño y se mojó la nuca y la frente. Se miró al espejo, y aunque no hubiese más que la luz de una vela en el lavamanos, sabía que su rostro estaba colorado y acalorado.

La puerta de uno de los dos inodoros se abrió y vio el reflejo de Marion en el espejo.

Se alegró de verla. Necesitaba contarle a alguien lo que le acababa de pasar.

Se sorprendió al ver que tras ella salía Elise, poniéndose su bonita americana.

Al principio no entendió qué hacían las dos mujeres dentro del baño, pero cuando vio la pintura de labios roja de su amiga, fuera de lugar, lo entendió todo.

Marion siempre la acababa sorprendiendo.

Era tan libre y le importaba tan poco lo que los demás pensasen de ella.

Sabía que su nueva amiga le gustaba cada vez más. Tenía mucho que aprender de ella.

Agarró unos trozos de papel de manos, se acercó a las dos mujeres y se los entregó.

—Arreglaos esos labios y poneos más guapas todavía. Esta noche, nos vamos a emborrachar.

Marion rio a carcajadas y las tres salieron del baño, dispuestas a disfrutar de la noche de Kinshasa.

Camila observó cómo Pierre y la fotógrafa charlaban animadamente junto al reservado.

Parecía que esta noche era él el que dormiría bien acompañado.

Étienne, Baslie y Valerién habían decidido salir a la pista de baile a mostrar sus dotes como bailarines.

Parecía que lo estaban consiguiendo. Un corro se formó alrededor de ellos y los estaban coreando.

Y Nocólas, al verlas tan animadas, se unió a ellas en busca de diversión y de compañía femenina.

De vez en cuando, al sargento le gustaba rodearse de mujeres.

No quería que nadie sospechase que el que le iba a quitar el sueño durante las próximas noches era el comandante, al que le quedaba un solo ojo.

Todo estaba planeado. En cuanto terminase la noche, saldrían por la puerta trasera del club, recogerían y abandonarían el hotel. Dormirían con Nocólas en su casa. Así despistarían a los soldados que las estaban siguiendo.

El ambiente festivo del Club Sapeurs se mantuvo hasta bien entrada la madrugada, sin saber que, a esas horas, en la ciudad de Goma, al este del país, un helicóptero de la FARDC aterrizaba con un nuevo prisionero: el excomandante Jerome Ngona.