17
Camila no podía dejar de observar a aquellos militares que reían y bebían como si no hubiera un mañana, mientras la música sonaba en la pista de baile.
Con ellos había compartido tres semanas muy intensas en la selva.
Recordaba que, al principio, había sentido pánico cuando los conoció, y ahora que habían pasado más de dos años de aquello, se sentía agradecida de que hubieran hecho todo lo posible por su marido y por ella.
Estaba orgullosa de ellos y de Jerome. Si esos hombres aún eran capaces de moverse por él como lo habían hecho, cuando ya no era su superior, significaba que lo apreciaban de una forma que ella era incapaz de imaginar.
Sonrió.
Solo faltaban los dos comandantes para que el pequeño comando que se internó en la selva en busca de un cargamento de armas estuviera al completo.
De pronto, se dio cuenta de cuánto echaba de menos a su marido.
Hasta ahora no se había permitido extrañarlo.
Ahora que sabía lo que había pasado, que él estaba bien y que volvería a casa en unas semanas, se relajó.
Pensó que a él le habría gustado estar en ese pequeño reservado con todos ellos, bebiendo y riendo.
Se levantó de la mesa con su jarra de cerveza y la elevó.
—Señores —Miró a cada uno de los hombres—, señora —Miró a Marion—, un brindis.
Muchas gracias a todos. No sabéis cuánto os agradezco todo lo que habéis hecho por Jerome y por mí.
No tengo palabras para expresar cómo me siento.
—Unas lágrimas salieron de sus ojos color avellana—.
Solo puedo decir gracias. Por todos vosotros. Salud.
—¡Salud! —dijeron al unísono.
Todos bebieron de sus jarras.
—Hermana, no se me emocione ahora —dijo Étienne cuando la vio secarse las lágrimas—. Que me va a hacer emocionar a mí también. No puedo ver a una monja llorando.
Todos rieron a carcajadas, menos Marion.
—No entiendo —dijo su amiga, que no comprendió la broma.
—Ah, sí —dijo Nocólas—. Ahí donde la ves, con esa dulce cara de no he roto un plato, nos engañó a todos. Nos hizo creer que era monja.
—Sí —dijo Baslie—. Al final ni monja ni nada. Se estaba beneficiando al comandante. ¡Si hasta la dejó preñada!
Todos volvieron a reír y ella se puso roja como un tomate.
—No me lo puedo creer —dijo la mujer, muerta de risa, mientras la miraba sorprendida.
—En mi defensa, tengo que decir que el comandante se convirtió en mi marido en ese viaje.
—Ya —Valerién dejó la cerveza en la mesa tras beber—, pero, aun así, te lo beneficiabas.
Las risas de todos se podían oír desde la pista de baile. Camila se sentía bastante incómoda; no estaba acostumbrada a hablar de estas cosas, y menos de las relaciones con su marido. Se colocó mejor en su silla.
—Bueno, Renaud, ¿y te acuerdas del colchón?
Los hombres comenzaron a reírse.
—Claro que me acuerdo del colchón. Maldito colchón. No me dejó dormir en todo el rato que estuve en la habitación —se quejó el cabo.
—¿Qué colchón? —preguntó Camila, sospechando de qué se trataba.
—El de vuestra habitación —añadió Étienne—.
Aquella pensión tenía paredes de papel y nuestra habitación estaba debajo de la vuestra.
Cuando creíamos que habíais terminado y que podíamos dormir, empezabais de nuevo.
Lo que nos quedó claro es que el comandante sabe colmarte de placer por los gritos que dabas.
Volvieron a estallar las carcajadas. No se podía creer todo lo que estaba escuchando. Estaba muerta de vergüenza, mientras el resto no paraba de reír ante los comentarios.
—¿Podemos dejar de hablar de mi vida marital?
El calor y el color de sus mejillas eran tan evidentes, que bebió de su cerveza.
—Y una mierda —dijo Pierre—. Antes me tocó a mí, mientras organizábamos todo esto. Ahora te toca a ti.
—Querida, esto es muy divertido. Necesito saber más de ese viaje.
—Lo que podemos decir es que los que más follaron en esa misión fueron el comandante y la hermana Camila. —Valerién estaba muerto de risa—. De eso damos fe todos los que estamos aquí.
—Te podrás quejar —se quejó Pierre—. Tú, por lo menos, te tiraste a la recepcionista, aquella noche. Me tuve que quedar fuera de la habitación esperando a que terminases para poder entrar. Al final dormí en el puñetero pasillo. Esa te la tengo guardada, Valerién.
La cortina se abrió y una bonita muchacha, con una cámara Polaroid y que no llegaría a los veinte años, apareció, distrayendo la atención de los hombres. Camila lo agradeció.
—¿Una fotografía para el mural? —dijo, señalando las paredes del reservado—. Hacemos dos. Una para el local y otra para vosotros. ¿Os apuntáis?
—Claro que sí —dijo Pierre, acercándose a la joven con galantería—. Venga, una foto en grupo —los animó—. Nos la merecemos después de estos días.
—Conmigo no contéis. Según mi madre, esas máquinas te roban el alma.
—Eso no son más que supersticiones, Marion. Anímate.
—Mejor no, prefiero mirar cómo os roban el alma —dijo, alejándose del grupo.
Los seis hombres se colocaron en línea y a ella la dejaron en medio.
Todos pusieron sus mejores poses y la imagen quedó inmortalizada para las paredes del Club Sapeurs.
La joven le entregó la segunda fotografía y salió del reservado seguida de Pierre y Baslie, que se habían entusiasmado con ella.
Le hizo gracia la forma de cortejar a la mujer.
No sabía si alguno de los dos tendría posibilidades esa noche. Todo era posible.
Miró la fotografía y aquella imagen le resultaba familiar, como si ya la hubiese visto antes.
Entonces, lo recordó. Era similar a la fotografía que le había enseñado su padrino tres años atrás, donde se podía ver a cinco militares vestidos con ropas de camuflaje, portando sus armas, en medio de la selva.
Jerome estaba en el centro, acompañado por sus soldados.
Ahora era ella la que estaba en el centro, rodeada de seis de sus hombres.
Era como si la imagen le estuviese mostrando que ahora ella también formaba parte de aquello.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
No sabía decir si le gustaba ser parte de ello o no.
Aunque no le gustaba la violencia que se generaba alrededor de la guerra y los militares, debía reconocer que le gustaba la sensación de sentirse protegida y cuidada por ellos.
Incluso por Renaud, que hasta ahora había mantenido las formas y las distancias, algo que agradecía.
Guardó la Polaroid en su bolso, junto a su arma, terminó su jarra y salió del reservado buscando algo de tranquilidad. Continuaba con la sensación de vergüenza en su cuerpo por todo lo que habían estado hablando los hombres.
A veces le gustaría ser más como Marion o como los hombres con los que estaba compartiendo la noche.
A veces le gustaría hablar de sexo sin que la incomodara y le hiciese sentir vergüenza.
Sabía que su educación católica tenía una clara influencia.
Quería sentirse más libre y menos cohibida.
Ese no atreverse había hecho que Jerome y ella, al principio de conocerse, tuvieran malos entendidos.
«Dios mío, si nunca había estado con un hombre hasta los veinticuatro años», pensó.
Ahora que conocía lo que las relaciones sexuales aportaban a su vida, quería dejar de sentir que el sexo no se podía nombrar.
Hablar de él más abiertamente. A veces se sentía como una mojigata, como si fuese pecado decir que disfrutaba con su marido.
Quería dejar de sentirse así. Quería sentirse más segura de su sexualidad.
«¿Acaso no era un regalo de Dios?», se preguntó.
Eso haría.
Vio a Marion dirigirse al baño y lo supo. Ahora tenía una amiga a la que no le incomodaba hablar de sexo. Aprendería de ella. Sonrió para sí y fue en busca del camarero. Esa noche invitaba ella. Se acercó a la barra y pidió jarras de cerveza para todos.
—Muchacha, espero que esas ocho jarras no sean para ti sola —le dijo una mujer, cuya piel de ébano resplandecía, y que se había acercado a la barra a pedir una copa.
Camila no pudo evitar admirarla. Llevaba el pelo corto y ensortijado, teñido de rubio platino, y vestía como una sapeur , con su conjunto de americana y pantalón azul marino, una camisa rosa con chorreras en la zona del pecho y una corbata de un tono más fuerte que el de la camisa.
La mujer transmitía una elegancia con esa vestimenta que no pudo evitar sonreírle con descaro.
—Oh, no. Las cervezas son para mis amigos.
—Volvió a mirarla con detenimiento y recordó que Jules le había explicado que los sapeurs eran solo hombres.
Le parecía mentira estar delante de una mujer que se atreviese a saltarse el código de la SAPE—.
Vaya, estás impresionante con ese traje. Perdona si he sido muy descarada.
La mujer se rio a carcajadas.
—Muchacha, la idea de vestirme así es que me miren. —Le extendió la mano—. Mi nombre es Elise.
—Yo soy Camila —la saludó con un apretón de manos—. ¿Te dejaron entrar vestida así?
La mujer se volvió a reír.
—Y más les vale. ¿Ves al hombre del chaqué blanco que está allí? —Camila asintió, señalaba al sapeur que más le había impresionado—. Es mi hermano y el dueño de esto. Aunque yo dirijo el club y me llevo una parte.
—Vaya, eres sapeur y empresaria.
—Podría decirse que sí, pero las mujeres somos sapeuses .
—¿Y esas cervezas? —preguntó Marion, que acababa de llegar a la barra—. Estoy seca —le gritó al camarero.
—Marion, te presento a Elise.
—Vaya. Estás impresionante —dijo al observar la vestimenta que llevaba la mujer.
—Eso mismo le he dicho yo. Además de sapeuse es empresaria, como tú.
Las dos mujeres se miraron con más detenimiento que antes.
—Una pregunta, tenía entendido que la SAPE era solo para hombres —comentó Marion.