El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 16 #3
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«Yo también te quiero». Claro que estaría en casa, se dijo, ¿cómo no iba a estarlo?

Santo Dios, no podía ni imaginarse lo mal que debía haberlo pasado cuando le pidió espacio.

Se sentía fatal. Su marido le había pedido, a través de dos de sus hombres, que le diesen el mismo recado.

Quería que ella volviera de nuevo a casa con él.

Eso haría. Volvería a casa. Lo esperaría como había hecho cada vez que fue a la guerra.

—¿Cómo salió todo? —le preguntó Valerién a Nocólas.

El sargento se sentó en una de las sillas que quedaba libre y, en cuanto lo hizo, pareció que aquello fue la señal para que entrase el camarero a preguntarle qué quería de beber. Pidió lo mismo que el resto de los hombres.

—Bien. Hace un par de horas los dejé donde me pidieron y me marché. —No quiso dar más información para no comprometer a nadie.

—Entiendo —dijo Renaud.

—Pues lo siento, pero no lo entiendo —se quejó Marion—. Está claro que vosotros sabéis más que nosotras sobre lo que ha pasado. Y así debe ser. Pero me gustaría saber por qué coño no ha sido capaz de ponerse en contacto con Camila. Nos habríamos ahorrado muchas historias en este viaje.

—Cuando los comandantes salieron del cuartel general, algunos hombres nos reunimos con ellos y nos pusieron al día de lo que se había hablado con exactitud con Dengo —comentó Nocólas—.

Lo que no terminábamos de entender es cómo la FARDC tenía conocimiento de esos documentos antes de que se descubriese que el general era el que los tenía.

Alguien más, aparte de Dengo, lo sabía. Entonces, Jerome y André empezaron a ponerse muy raros, como si se hubiesen dado cuenta de que alguien más sabía de aquella conversación.

Se levantaron del bar donde nos habíamos encontrado, pagaron y me pidieron que les hiciese de chófer.

Los llevé hasta la sede del periódico Congo Tribune .

Pensé que tendría que esperar por ellos, pero en unos minutos salieron, y entonces fue cuando tuvimos que montar todo este despliegue por vosotras.

El comandante Kahenga, que es un tozudo, no quería que utilizáramos nuestros móviles porque dicen que nos pueden rastrear con ellos —resopló, como si aquello fuera imposible.

—Es cierto —le interrumpió Valerién—, he escuchado, como chófer del coronel, cómo dan órdenes para utilizar los satélites y localizar a alguien a través de su teléfono móvil. Es una locura.

—Así que al final tiene razón. —Miró su teléfono, que había dejado sobre la mesa, y lo apagó—.

Y yo tachándolo de loco paranoico. —Se rio—.

Vaya con la tecnología. —Camila miró el móvil y le dio miedo pensar que alguien podría saber dónde estaba solo por tenerlo encendido.

Sacó el teléfono que había sido de Alicia, y que ahora era de ella, y lo apagó también—.

Anoche Jerome estuvo llamando a la embajada, pero daba todo el rato comunicando.

—Cortaron el teléfono —explicó ella—. Ya no hay embajador de España en la República Democrática del Congo.

Todos se miraron. A nadie le pasaba desapercibido lo que aquello implicaba para el país.

—No aparecimos por allí porque no sabíamos si estabas en la capital o no —continuó Nocólas—.

Además, lo que empezó siendo una retención por parte de la FARDC se ha convertido en una misión para proteger a alguien del poder de la FARDC.

Nosotros hemos hecho nuestra parte de buscaros y protegeros. Ahora les toca a ellos hacer la suya.

Había algo que no entendía. Por qué la FARDC las estaba siguiendo a ellas.

—¿Pero por qué nos han puesto vigilancia?

—Eso lo puedo contestar yo —dijo Valerién—.

Cuando aparecisteis en el cuartel general preguntando por el comandante, a Mwenze le resultó extraño que Jerome no se hubiera puesto en contacto contigo.

Os ha puesto a dos soldados para confirmar sus sospechas de que los comandantes saben más de lo que dijeron.

—Joder, si al final eres un puto espía —le dijo Marion.

—Es lo bueno de ser invisible para los altos cargos —dijo Renaud a Valerién—. Todo tiene su parte positiva.

Al cabo, se le dibujó una sonrisa en la cara al darse cuenta de que tal vez ser invisible fuera mejor de lo que pensaba.

La cortina se abrió, y Camila, que esperaba ver entrar al camarero con la jarra de Nocólas, descubrió que Pierre, Étienne y Baslie, los más jóvenes del pequeño comando, llegaban al reservado vestidos como unos auténticos sapeurs . ¿Qué hacían ellos allí?

—Los que faltaban —dijo Nocólas—. Estabais tardando.

—¿Y qué quieres? Después de saber que las mujeres estaban bien y que los soldados no podían entrar al club, teníamos que ir a casa a cambiarnos. No hemos podido ir más rápido con el puñetero tráfico —se quejó Étienne.

Así que ellos eran los que las habían estado cuidando de los soldados de la FARDC.

Se levantó y los saludó a los tres con un fuerte abrazo.

A Pierre, el más joven de todos, le dio también un tierno beso en la mejilla.

Con él había vivido mucho más que con el resto de los hombres mientras estuvo en el hospital de campaña de la Alianza.

Le tenía mucho cariño por todo lo que la ayudó en aquellos momentos.

El ambiente del reservado se relajó. La tensión que todos habían vivido a lo largo del día desapareció.

Ahora era tiempo de disfrutar.