El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 16 #2
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—Nos interrogaron a todos por separado —prosiguió—.

Ninguno sabíamos que los demás estaban retenidos.

Nos preguntaron sobre lo que Dengo había hablado antes de morir.

De los diez hombres que fuimos al reconocimiento en Makelele, solo cinco de nosotros estuvimos presentes cuando lo capturamos: Étienne, Nocólas, André, Jerome y yo —les explicó—.

Los únicos que estuvieron cuando... —trataba de buscar las palabras exactas para no decir más de lo debido—.

.. los que estuvieron cuando el general murió, fueron nuestros dos comandantes.

A los cinco soldados que se quedaron en el campamento base los soltaron a las horas.

A Nocólas, a Étienne y a mí nos dejaron un día más.

Querían comprobar si cambiábamos nuestra versión de los hechos.

Pero lo cierto era que no teníamos ni idea de lo que habían hablado.

Nosotros tres nos quedamos vigilando el perímetro de la zona de ataque, por si aparecía el enemigo.

Esas fueron nuestras órdenes en ese momento.

No preguntamos, y así cumplimos —les aclaró—.

A los comandantes los tuvieron más horas interrogándolos.

Su versión fue la misma que la nuestra, excepto en una cosa: Dengo, antes de morir, les dijo que tenía documentos secretos de Mobutu.

Documentos en donde figuraba el dinero que había robado durante todos los años de dictadura al pueblo zaireño.

Esos papeles contenían los bancos, números de cuenta, cajas de seguridad del presidente y del mismísimo Dengo —les informó—.

El general solo quería salvar su pellejo.

Si lo soltaban, podían hacerse con ellos y con todo lo que encontrasen.

Jerome y André estaban a otras cosas y no lo tomaron en serio y.

.. y Dengo murió. Parece ser que, hace unos días, alguien se enteró de esa conversación y se la comentó a un alto mando de la FARDC.

Ellos sí la tomaron en serio. Aunque Mobutu esté muerto, quieren volver a recuperar el dinero que robó.

—No entiendo —dijo Marion—. Si solo estuvieron los dos comandantes con ese general, y ellos no habían dicho nada a la FARDC, ¿cómo se enteraron de esa conversación?

—Se enteraron por mí —dijo un hombre que acababa de entrar al reservado, bien trajeado.

Llevaba una americana y pantalón marrón, un chaleco a juego y una camisa blanca que resaltaba la corbata azul marino, roja y amarilla que llevaba puesta.

Su sombrero, del mismo color que el traje, no dejaba ver bien su cara.

Se sentó al lado de Renaud, dejó su cerveza sobre la mesa y se quitó el sombrero.

Camila lo reconoció. Era Valerién y se alegró de verlo.

—Siento lo de esta mañana. Pero si me entretenía con vosotras, podían sospechar que estaba ayudando a los comandantes. Además, debía avisar a Renaud que ya salíais del despacho de Mwenze para que os entregase la nota.

Camila sujetó la mano del hombre, agradecida.

—Esta mañana te habría matado si fuese capaz de hacerlo.

El hombre se rio.

—Parece que sí es capaz. La pistola y las navajas que compraron, ¿para qué son entonces?

—preguntó Renaud, divertido, mirando el bolsito que tenía sobre la mesa—.

Las dos mujeres se miraron entre sí. ¿Cómo podían saberlo?

—. Vuestro querido amigo Jules, por unos francos, desembuchó todo cuando le preguntamos.

—Maldito chiquillo —se quejó Marion.

—Así que vosotros también nos habéis estado siguiendo.

—Sí —contestó Valerién—. Necesitábamos saber que estabais bien. Mientras la FARDC estuviera tras vosotras, no nos podíamos acercar.

—¿Y ya no están tras nosotras? —preguntó su amiga, preocupada.

—Oh, sí que lo están. Pero los porteros de la entrada no les dejan entrar por no cumplir con las reglas de vestimenta del club. —Se río—. Dudo que quieran meterse con ellos. Están esperando a que salgáis.

Camila estaba bastante sorprendida con todo lo que le estaban contando.

Las habían estado siguiendo miembros de la FARDC y los hombres de Jerome, y no se habían enterado hasta ahora.

Miró alrededor, desconfiada. Se sintió insegura y desconcertada.

Se dio cuenta de que no tenía el control de nada, por mucho que se engañase a sí misma pensando que las armas le daban algo de seguridad.

—¿Y qué es eso de que la FARDC se enteró por ti de la conversación que mantuvieron los comandantes? —preguntó Marion a Valerién con bastante curiosidad.

El hombre miró al suelo como si aquello le avergonzara. Suspiró y habló.

—Cuando estuvimos en vuestra casa —dijo, mirando a Camila—, el comandante y yo estuvimos hablando de los viejos tiempos.

El general Dengo salió a colación en una de nuestras conversaciones.

Mientras Jerome y yo nos echábamos unas cervezas, me contó lo que el general les había dicho para salvar su jodido culo.

—Tomó su jarra, bebió de ella y prosiguió—.

Cuando uno es chófer de los altos mandos, escucha conversaciones que en otras circunstancias jamás escucharía.

Los jefes no son conscientes de que estamos con ellos en el automóvil.

Es como si fuésemos invisibles. —Suspiró con pesar, como si aquello, de ser invisible, le molestase—.

Hace una semana escuché una conversación por teléfono entre Mwenze y otro oficial.

Hablaban de unos documentos que, si los encontraban, podrían recuperar parte del dinero que Mobutu nos robó.

No sabían por dónde empezar a buscar. —El hombre volvió a beber—.

Hablé con el coronel sobre la conversación que había mantenido con Jerome.

¿Cómo no iba a ayudar a recuperar el dinero que ese malnacido nos robó al pueblo en toda nuestra cara?

Camila cerró los ojos unos instantes y lo comprendió. Aquello había sido el detonante para que detuvieran a todos los hombres que estuvieron en el reconocimiento de Makelele.

—Te aseguro que no pensé que la FARDC fuese a hacer lo que hizo. Lo último que me imaginé es que nos retuvieran a todos por esos malditos documentos. Joder, me siento fatal por lo que pasó. Maldito dinero y maldito poder.

—No, Valerién. —Camila tomó su mano para que dejase de sentirse culpable—.

El dinero y el poder no están malditos. Lo que está maldito son los actos que cometen algunos hombres y mujeres por conseguir ese dinero y ese poder.

Cuando el dinero y el poder los usas para hacer el bien, para apoyar a la comunidad, hasta para darte un capricho, se convierten en un regalo para quien lo recibe y para quien lo da.

No te tortures por lo que ocurrió. Tu intención fue ayudar.

¿Quién no querría recuperar el dinero que Mobutu robó al pueblo?

Los que están malditos son ellos. No dejes que sus actos se conviertan en algo tuyo.

—Sabía muy bien de lo que hablaba—. No dejes que la culpa te acompañe por algo que hicieron otros.

El hombre tomó su mano con la que le quedaba libre y se la apretó, como si quisiera darle las gracias por sus palabras.

—Lo siento. Siento que los comandantes estén metidos en todo este lío por mi culpa. Siento habernos metido a todos en este puto entuerto.

La cortina del reservado se abrió y el sargento Lukama apareció tras ella, vestido con una elegante americana a cuadros vino y verde, una camisa blanca y unos pantalones de pinza color mostaza.

El contraste de los colores, junto con su piel más clara que la de los otros hombres y las gafas de pasta negra que llevaba, resaltaba aún más su atractivo.

Camila no pudo evitar alegrarse, por fin, un amigo de verdad.

Se levantó de la silla y lo abrazó.

Nocólas la abrazó con fuerza. La levantó del suelo dándole un sonoro beso en la mejilla. Seguía estando fuerte para llevar tiempo fuera del campo de batalla.

Tal vez, con eso de ser los dos de la misma edad y ser las parejas de dos hombres como André y Jerome, se entendían tan bien.

Se habían hecho muy buenos amigos. Siempre que podían, ambas parejas hacían por coincidir.

Para el mundo, André y Nocólas solo eran buenos compañeros de armas que compartían casa para ahorrar gastos.

Así debía seguir siendo.

—Estás guapísima —le dijo en cuanto la dejó en el suelo y la miró con más detenimiento.

—Tú también estás muy guapo. En realidad, todos estáis guapísimos —les dijo a los hombres de la mesa—.

No os habría reconocido estando tan elegantes.

Me acostumbré a veros con vuestras ropas malolientes en aquel camión, y ahora me parecéis unos auténticos caballeros.

—Todos sonrieron gustosos por el cumplido—.

En serio, parecéis unos auténticos sapeurs . Estáis impresionantes.

—Estáis muy buenos —dijo Marion, que no podía mantener la boca cerrada ante tanto hombre guapo.

Los hombres rieron a carcajadas ante su comentario. Estaban orgullosos del efecto que habían causado en las dos mujeres.

—Ahora dime dónde has estado metido —le reprochó, como si estuviera molesta—. Te he llamado infinidad de veces desde que llegamos a la ciudad. Desde... desde ayer.

Parecía que había pasado más tiempo.

—Lo sé. He recibido los mensajes de texto de tus llamadas —dijo, sacando el teléfono del bolsillo interno de la americana.

—Entonces, has estado con Jerome esta tarde. —El hombre asintió con una sonrisa—. Dime que está bien —dijo con el corazón en un puño.

—Claro que está bien.

Camila por fin pudo tomar una respiración completa. Desde que llegaron al local, hasta ahora, no se había dado cuenta de que su respiración era muy superficial.

—Me dijo que te diese un fuerte beso. —Le dio otro sonoro beso en la otra mejilla—. Aunque creo que no era en la mejilla. —Rio—. También me dio esto para ti —le entregó una servilleta mal doblada.

Cuando la abrió, reconoció la letra de su marido:

Nos vemos en casa a mi vuelta.

Te quiero.

Jerome.