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Los dos enormes porteros que custodiaban la entrada del Club Sapeurs las miraron de arriba abajo con atención. Uno de ellos, el más fornido, les sonrió al gustarle lo que veía.
Las dejaron entrar mientras las volvían a ojear con descaro.
Marion y Camila se miraron entre sí y sonrieron.
Habían conseguido lo que querían: entrar con facilidad.
Otros, antes que ellas, fueron rechazados por no cumplir con las normas de vestimenta.
Teniendo en cuenta el tamaño de los hombres, nadie puso ninguna objeción.
Ella se había decidido por un vestido lencero de raso corto y tirantes, color azul cobalto, que destacaba sobre su piel, aportándole luminosidad a su blanca tez.
El vestido, acompañado por unos zapatos negros de tiras, de fino tacón, mostraba gran parte de sus delgadas piernas.
El conjunto le hacía parecer bastante más alta de lo que en realidad era.
El escote en uve era lo bastante pronunciado como para poder lucir el collar Flor del Zaire, y lo bastante comedido como para no mostrar más piel de la que quería.
La mejor forma que había encontrado para mantener el collar a buen recaudo era llevarlo consigo misma.
Nadie sospecharía que aquella pieza que llevaba sobre su cuello era un valioso diamante valorado en miles de dólares.
Sobre sus hombros llevaba una cazadora de cuero negra que hacía juego con un bolsito donde llevaba la pistola que había comprado aquella mañana.
La pequeña navaja la llevaba sujeta en un liguero del mismo color, por la zona externa del muslo.
El vestido, gracias a su tejido y caída, permitía llevarla sin que se notase que allí había nada.
Su melena rubia la llevaba alisada y con la raya en medio, tal y como la había peinado Linett.
Teniendo en cuenta su aniñado rostro, le daba cierta sofisticación.
Cuando se había mirado al espejo, antes de salir, le gustó lo que vio reflejado en él.
Le recordó a la Camila de veinte años que salía de fiesta con sus amigos de la universidad cuando vivía en su isla.
Aquella vida parecía tan lejana y tan extraña que sentía que había pasado toda una vida desde la última vez que salió de fiesta con sus compañeros.
Solo habían transcurrido seis años de aquello.
Marion, en su lugar, se había decantado por un vestido midi color rojo, con escote tipo barco que, con las enormes argollas doradas que llevaba en sus lóbulos, resaltaba sus preciosos hombros negros.
El tejido de licra le quedaba ajustado a su cuerpo, remarcando todas sus bonitas curvas.
El pelo se lo había soltado, dejando al natural su bonito pelo afro.
Camila, en cuanto la vio con aquellos interminables tacones dorados, no pudo evitar decirle que estaba impresionante.
Conociendo a Marion, esa noche aprovecharía las múltiples oportunidades que tendría para irse a la cama con cualquier pretendiente que surgiese.
A ninguna de las dos les faltó los labios de color rojo ni la máscara de pestañas.
En cuanto entraron al club, uno de los camareros se acercó a ellas, las saludó y las invitó a seguirlo. Como decía su amiga, una mzungu en aquel barrio no pasaba desapercibida. Nada más verlas, supieron que eran ellas a quienes estaban esperando en uno de los reservados del local.
A pesar de estar nerviosa por la reunión, no pudo evitar admirar tanto colorido y belleza de los sapeurs que estaban allí dentro.
Aquellos hombres, vestidos con elegantes prendas de alta costura, llevaban trajes de pantalón y americana hechos a medida, con chalecos, sombreros y bastones a juego, muy bien conjuntados.
Sus colores eran de lo más variopintos. Los había con tejidos a cuadros blancos y negros, con su bombín negro a juego.
Otros llevaban la típica falda escocesa a cuadros rojos, conjuntada con una americana negra y una corbata y boina con el mismo motivo que el tartán de la falda.
Otros mezclaban pantalones naranjas con chaleco verde, camisa blanca y americana a rayas naranjas, verdes y blancas.
El sapeur que más le impresionó fue uno que llevaba un chaqué de color blanco y chaleco violeta. Parecía preparado para ir a su boda en una mañana de primavera.
Aquel colorido, acompañado por la rumba congoleña de Papa Wemba que sonaba de fondo, llenaban de alegría y fiesta aquel desgastado y colorido local con sus sillas de colores y mesas de plástico.
Entraron al pequeño reservado y, tras la cortina, encontraron a Renaud sentado con una jarra de cerveza en la mano. En cuanto las vio, dejó la jarra en la mesa, se levantó y se cuadró ante ellas.
Se sorprendió al verlo. No lo habría reconocido.
El cabo llevaba puesta una elegante americana azul marino de rayas diplomáticas, con una camisa celeste y una corbata roja que destacaba sobre su tez negra.
En el bolsillo superior de la americana llevaba un pañuelo del mismo color carmesí, haciendo juego con la corbata.
Los pantalones beige eran tipo sastre, que en su conjunto le daba cierto aire distinguido.
Sobre la mesa había un sombrero del mismo color azul marino que la americana.
Tuvo que reconocer que, tal y como estaba vestido, el hombre estaba bastante guapo.
Por primera vez no le resultó repulsivo.
Aun así, como las apariencias engañaban, seguía sin fiarse ni un pelo de él.
Se sentó frente al militar, colocó su bolsito a su derecha, por si lo tenía que usar, y comprobó que la navaja seguía en su sitio. Pidieron al camarero una cerveza cada una, rebajada con refresco de limón. Aún no era momento de emborracharse.
Se fijó, al sentarse, en que la pared estaba cubierta de cientos de fotografías Polaroid de clientes del club.
Unos bebiendo, otros bailando. Unos solos, otros en grupo, otros en pareja.
.. Era una forma original de cubrir las viejas paredes del club.
Imaginaba que estaban allí para tapar la humedad que subía desde el suelo y que ya había estropeado algunos retratos.
—Están muy guapas. —Las miró de arriba abajo—. Me alegro de que hayan sabido entender las normas del club.
—Nos costó dar con él y con lo que se requería para entrar —le comentó Camila.
—Sí, con haberlo escrito en la nota habría sido más fácil —le reprochó Marion.
—La nota era justo como tenía que ser —sentenció—. No podía arriesgarme a que los dos hombres que las llevan siguiendo desde que salieron del cuartel general descubriesen el papel.
Camila se quedó petrificada. Las habían estado siguiendo. Sin pretenderlo, miró a ambos lados con desconfianza, hasta que se dio cuenta de que en el reservado solo estaban ellos tres.
Por ahora podía estar todo lo tranquila que se podía estar en compañía de Renaud.
—¿Qué es eso de que nos han estado siguiendo? —preguntó Marion, inquieta.
—Paso a paso —dijo el hombre—. Primero hablemos del comandante. Por eso estamos aquí, ¿no? —Miró a Camila.
—Sí, hablemos de Jerome.
Notó cómo el corazón comenzaba a latirle a toda prisa. Temía lo que podía contarle.
—Me pidió que le dijera que no se preocupase, que esté tranquila y que se encuentra bien. Aún tenía cosas por resolver. En una semana, a lo sumo dos, creía que regresaría a casa. —Suspiró aliviada—. También dijo algo raro —comentó—. Esperaba que, cuando volviese, usted también estuviera allí.
Carraspeó al escuchar aquello. Eso sí que la encontró desprevenida. Tomó el vaso con cerveza y bebió. No le iba a explicar a Renaud sus problemas conyugales.
—¿Por qué no se ha puesto en contacto conmigo?
—No lo sabemos con exactitud. —El hombre se encogió de hombros—. Sospechamos que están tratando de proteger a alguien. No quieren que la FARDC le haga lo mismo que nos hicieron a todos nosotros.
El camarero corrió la cortina y entró con las dos cervezas con limón que habían pedido. Se las sirvió y se marchó igual de rápido que había entrado.
—Pero, ¿qué os hicieron y a quiénes? —preguntó Camila en cuanto el hombre se marchó.
Necesitaba saberlo.
—Hace cinco días, la FARDC retuvo a los diez hombres que formamos parte de la misión de reconocimiento de Makelele. Misión en la que el general Dengo fue capturado como prisionero de guerra.
Y donde fue torturado y asesinado, recordó.
Conocía muy bien esa historia, pero no dijo nada.
Sabía que aquello se había tratado como un incidente más dentro del reconocimiento a Makelele, y no como una venganza a sangre fría que se había gestado durante años.
En el informe figuraba que Dengo había intentado huir y murió.