El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 15 #2
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—Veía tan normal que me pegase que era incapaz de entender que perdía a mis hijos por sus palizas.

Él me echaba la culpa por perderlos y yo lo creía.

Era un hijo de puta. —Movió la cabeza hacia los lados como si no pudiera creer lo que había vivido—.

Solo fui una vez a Saint Hospital a tratar mis golpes y heridas.

Imagina cómo quedé. Una médica que trabajaba allí me explicó que si seguía recibiendo palizas era normal que perdiera a mis niños.

A lo mejor era posible que en una de ellas yo tampoco sobreviviese.

—Se quedó en silencio, pensando lo siguiente que iba a decir—.

Me dijo algo que me abrió los ojos. Me explicó que lo que yo estaba viviendo se llamaba maltrato.

Que lo tenía tan interiorizado que no me daba cuenta de que aquello no era normal.

Me explicó que cuando follaba sin querer follar, se llama abuso.

Que cuando yo no quería follar y él me forzaba, se llamaba violación.

Esa mujer me enseñó que solo se debe follar cuando una en realidad quiere follar, nunca antes.

Me enseñó que un no es un no. Que un sí, si el otro quiere, puede ser muy divertido.

Entendí que mi marido era una mala persona, un hijo puta.

La siguiente vez que me preñé, me fui a casa de mi madre.

La doctora le dijo a mi marido que yo necesitaba reposo en cama, que necesitaba mucho cuidado para que el bebé pegase.

Con esa excusa estuve siete meses alejada de él.

Gracias a ella, mi hijo Alfonse está aquí.

La doctora Chevalier fue un ángel. —Camila sintió cómo su piel se erizaba y palideció del golpe—.

Ella me abrió los ojos a lo que en realidad estaba ocurriendo en mi vida.

Así pude tener a mi hijo. —Se quedó en silencio.

Camila trataba de procesar lo que acababa de escuchar—.

¿Te encuentras bien? Parece que has visto un fantasma.

—No lo he visto. —Le sujetó la otra mano y se las apretó—. Lo he oído de tu boca. Esa doctora que te ayudó es mi madre. Se llamaba Chantal y fue médica en Saint Germain.

Las mujeres se emocionaron. Ninguna de las dos se lo podía creer.

—Ay, Camila. —Marion comenzó a llorar.

Se abrazó a su amiga, queriendo consolarla.

—Ahora eres tú la que está siendo un ángel para mí ayudándome en este viaje. —Le dio un beso en la mejilla—. Gracias.

—Todo esto es muy fuerte. —La mujer apenas podía articular palabra—.

Nunca se lo pude agradecer. Cuando volví a Saint Germain, ya se había marchado.

Bueno, vosotros os habíais marchado —rectificó.

Se quedó en silencio unos instantes—. Siento que estoy saldando la deuda que tenía con tu madre a través de ti.

Entonces... —temió decir lo que iba a decir— Entonces Chantal murió asesinada.

Camila asintió con tristeza.

—Joder, siempre me pregunté qué habría sido de ella. Lo último que esperaba era que hubiera muerto así. Lo siento.

—Gracias. No sabes cuánto me ha conmovido conocer esta historia de mi madre contigo. —Se quedaron en silencio—. Siento todo lo que te pasó. No es justo.

—La vida no es justa. Aun así, estamos aquí para vivirla y disfrutarla.

Esta noche, cuando terminemos con ese hijo puta y descubramos dónde coño está tu marido, tú y yo nos vamos a emborrachar.

Tengo la sensación de que este viaje está siendo demasiado intenso.

Lo necesito. Estoy viviendo en poco tiempo muchas emociones, y no llevamos ni veinticuatro horas en Kinshasa.

Camila se empezó a reír.

—He tenido esa misma sensación desde que llegamos a la ciudad. Te prometo que nos emborracharemos.

Las dos se volvieron a tumbar sobre la cama, exhaustas de tantas vivencias y emociones a la vez. Marion tenía razón: todo estaba siendo muy intenso y muy vivido. Camila sentía que, desde que llegaron a la ciudad, estaba en una montaña rusa de emociones.

Unas veces lloraba; otras reía; otras sentía miedo; otras desconfianza.

Otras veces se llenaba de confianza y certeza; otras sentía que la culpabilidad la embargaba.

Era como si todo lo que no había podido sentir en los últimos meses lo estuviera viviendo de golpe, a la vez, en un solo instante.

Y a su lado estaba Marion, también viviendo todo eso como su compañera de camino.

Escuchó su respiración rítmica. Se acababa de quedar dormida. Le agarró de la mano, agradecida de que estuviera allí. No sabía si ella sola hubiera podido con un viaje como aquel. Se giró hacia ella y, sujeta a su mano, cerró los ojos, sintiéndose tranquila y serena.

Ambas mujeres se quedaron dormidas con la certeza de que el recepcionista del hotel las llamaría a las siete para despertarlas.

El teléfono sonó y Camila descolgó el auricular que estaba en su mesita de noche. Escuchó el pitido de la línea al otro lado mientras seguía escuchando el sonido de la llamada.

—Joder, para ese maldito ruido de una puta vez —se quejó Marion.

Se incorporó de repente. El móvil estaba sonando.

Con rapidez se bajó de la cama y lo buscó por la habitación, no sabía dónde lo había dejado.

Lo encontró debajo de las bolsas de las compras que habían hecho aquella tarde.

Miró la pantalla y era sargento Lukama. El corazón le iba a saltar de emoción.

—¡Nocólas, qué alegría que llames!

—¿Camila?

No era la voz del sargento. Conocía muy bien esa voz. Sonrió.

—¿Jerome? —Su corazón saltaba de alegría.

Marion se incorporó como un resorte de la cama.

— Zaireña , ¿estás bien?

—Sí. ¿Y tú? ¿Estás bien? —Escuchó voces al otro lado de la línea. Estaban discutiendo—. Jerome, Jerome... —Oyó un golpe seco y se hizo el silencio—. ¡Jerome! —El teléfono comenzó a comunicar—. ¡Maldita sea!

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé—Desesperada y con las manos temblando, llamó al número de Nocólas, pero no estaba operativo. Llamó al teléfono de André y tampoco. Lanzó el teléfono contra el colchón y se sentó en la cama, derrotada—. ¡Grrrr! —gritó.

Solo sabía que no sabía nada.