El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 15
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—¿Qué quieres? —le preguntó Camila sin andarse por las ramas—. ¿Por qué nos sigues?

—Las estaba buscando. Vaya, qué guapa —dijo al fijarse en su nuevo corte de pelo.

Camila sonrió con sutileza ante el halago del joven, pero no se dejó engatusar tan fácil por sus palabras.

—¿Cómo nos encontraste? —preguntó Marion.

—Preguntando. ¿Una mzungu en esta peluquería? Solo podían ser ustedes.

—Chico listo. Lo que te digo, querida, no pasas desapercibida, aunque te disfraces.

—¿Para qué nos buscabas?

—Sé dónde está el Club Sapeurs.

Las dos mujeres se miraron. No sabían si podían confiar en el muchacho, pero necesitaban saber dónde estaba aquel local.

—¿Y por qué no dijiste nada cuando tu jefe os preguntó? —Camila desconfiaba de él.

El chico se quedó en silencio, dubitativo.

—¿Me prometen que no le dirán nada al señor Kombo?

Las dos se volvieron a mirar y asintieron.

—Mi jefe solo contrata a gente de Ngaba. Dice que así ayuda a la economía del barrio. Hace unos meses me mudé. Vengo todos los días caminando. No lo sabe. El Sapeurs está en mi nuevo barrio.

—¿Y cuál es tu barrio, muchacho?

—Mi nombre es Jules —le informó a Marion—. Si me lleváis hasta allí, os lo digo.

O confiaban en el muchacho o pasarían horas buscando. Kinshasa era enorme, tenía casi cinco millones de habitantes.

—De acuerdo, Jules. Sabes lo que fuimos a buscar a la tienda de tu jefe, ¿verdad? —El chico asintió—. ¿Sabes quién es mi marido? —Volvió a asentir mientras tragaba con dificultad—. Si nos engañas, no tendré ningún problema en usar contigo lo que compré esta mañana. Lo entiendes, ¿verdad?

El joven volvió a tragar.

—Solo quiero que me llevéis a Matonge. Me ahorraré una caminata de una hora.

Así que de esto se trataba. Quería ir cómodamente en la camioneta hasta su nuevo barrio. Si era cierto que estaba allí, sería más fácil encontrarlo.

—Espero por tu bien que ese club esté en Matonge. La señora Ngona no tiene mucha paciencia y, si te soy sincera, yo tampoco.

Marion le mostró el arma que llevaba en la cinturilla del pantalón y Jules carraspeó. Lo habían terminado de asustar. El joven fue caminando delante de ellas, como si las guiara. Parecía que sabía muy bien dónde habían aparcado.

—No sabía que fueras tan hija de puta —le dijo Marion en cuanto vio que el joven no las oía—. Lo has acojonado.

Camila sonrió.

—Era la intención. De todas formas, ¿no sabes reconocer un farol cuando lo ves?

—Querida, me gusta tu estilo. No se parece mucho al mío, pero funciona.

Las dos se sonrieron con complicidad.

Llegaron a la camioneta y salieron de Ngaba rumbo a Matonge. Su nuevo destino. Habían decidido que, si el club estaba en aquel barrio, alquilarían una habitación en un hotel cercano y descansarían lo que quedaba de tarde.

—Perdonad —les interrumpió Jules.

Camila miró al muchacho por el espejo retrovisor mientras conducía.

—Estoy aquí y no veo más maletas que las mochilas que tenéis.

—¿No crees que eres demasiado cotilla? —le reprochó Marion.

—He visto lo que lleváis en esas mochilas. Si queréis ir al Club Sapeurs, espero que tengáis otro tipo de ropa. Así no os dejarán entrar. Los sapeurs son muy exquisitos en sus gustos.

—¿Los sapeurs ? —preguntaron las dos a la vez.

—¿No sabéis lo que es un sapeur ?

—No —contestaron al unísono.

El chico sonrió.

—Además de llevarme a mi barrio, son cincuenta dólares por mi asesoramiento —dijo, recostándose sobre el asiento. Sabía que, si querían información, tendrían que pagar con algo más que con un viaje en camioneta.

—Chiquillo del demonio...

Marion se giró sobre el asiento y trató de golpearlo ante el chantaje que les estaba haciendo.

—Tranquila. —Camila le agarró la mano antes de que le pudiese dar el golpe.

Necesitaban saber a qué clase de club se enfrentaban.

De aquella manera no iban a conseguir nada—.

Tendrás tus cincuenta dólares si es verdad lo que nos cuentas.

Como no sea así, te recuerdo que sé dónde trabajas y dónde vives.

No sé si a tu jefe le gustará saber que ya no resides en Ngaba.

El muchacho, con el rostro desencajado, se incorporó del asiento y se quedó rígido. No era cómodo descubrir que podría salir mal parado si lo estropeaba.

Marion la miró de reojo y sonrió mientras hacía un asentimiento con la cabeza.

—Desembucha, Jules.

Y en el trayecto que las llevaba hasta Matonge, descubrieron una subcultura de la que hasta ahora no habían oído hablar, pero que sí habían visto infinidad de veces en los barrios de Kinshasa.

Los sapeurs eran hombres que vestían lujosas y elegantes prendas de ropa, de los diseñadores más exquisitos del mundo.

Utilizaban las calles de la capital como pasarela.

Eran unos auténticos dandis . Con su estilo y su forma de vestir, llenaban de color y arte las calles de la ciudad.

Podían vivir en chabolas, no tener para comer, pero siempre tenían un traje de Kenzo, una camisa de Yves Saint Laurent, una corbata de Pierre Cardin.

.. Aportaban luz, alegría y esperanza, a su vida y a la comunidad.

Ser sapeur , en la capital del Congo, significaba apostar por la paz y la tranquilidad. Rechazar la violencia. Traer alegría de vivir a sus comunidades y desafiar las circunstancias mostrando que algo más era posible entre toda aquella miseria.

Para entrar en el Club Sapeurs no era necesario que vistiesen con sus mejores galas. Era necesario ir arregladas para poder ver y vivir el espectáculo que se forma allí todas las noches. Sus fiestas y concursos eran famosos en toda Kinshasa.

Las dos se miraron. Ambas sabían que tenían que ir de nuevo de compras. El descanso que tanto anhelaban tendría que esperar unas horas más.

A las cinco de la tarde, las dos mujeres estaban tumbadas y agotadas, sobre la cama de matrimonio de la pequeña habitación que habían escogido para pasar la noche.

Habían elegido el hotel más limpio que encontraron.

Estaba solo a dos calles del Club y de toda la zona de locales nocturnos de Matonge.

Las dos suspiraron a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo, y se rieron.

El día había sido largo e intenso, y aún quedaba la noche. En unas horas tendrían que prepararse para ir al encuentro con Renaud. Habían decidido descansar dos horas. Después se pondrían en marcha para arreglarse, cenar y acudir al dichoso local.

—Querida, dices que no te fías de ese hombre con el que nos vamos a ver esta noche, ¿puedo saber qué es lo que te hace desconfiar? Necesito ir preparada.

Camila suspiró. No le gustaba recordar aquello. Pero era justo que Marion supiese a qué tipo de hombre se iban a enfrentar.

—Mientras estuve en la selva con Jerome y sus hombres, él era uno de sus soldados.

—Se quedó en silencio unos instantes y prosiguió—.

Cada vez que podía me insinuaba cosas que estaban fuera de lugar.

—Negaba con la cabeza—. Procuraba encontrar algún momento en el que yo estuviera sola para decirme todo tipo de insinuaciones sobre lo que me haría si no estuviéramos rodeados de tanta gente.

—Carraspeó y tragó con dificultad—. Una noche me alejé del grupo.

Estaba buscando a Jerome, pero no lo encontré.

En su lugar lo encontré a él. Te puedes imaginar lo que intentó.

.. —Volvió a tragar con dificultad. Hablar de eso la incomodaba—.

Traté por todos los medios de librarme de él, pero era más fuerte que yo, y no lo conseguí.

Traté de gritar. Lo impidió. Sé que si Jerome y dos de sus hombres no hubieran aparecido. ..

—Hijo de puta —la interrumpió—. Estoy harta de los hijos de puta como él.

Nos quitan la dignidad —dijo furiosa—. No te confundas, lo que ese hombre hacía cuando estabas sola no fue insinuarse.

A eso se le llama acoso. —Camila asintió—.

Sé que las palabras violación, acoso, abuso o maltrato son términos muy fuertes para tus delicados oídos.

—Le extrañó que dijera aquello—. Estoy cansada de que minimicen lo que nos hacen, usando palabras delicadas.

Sé que suenan duras, dolorosas y crueles.

—Marion seguía fuera de sí, como si aquello fuera algo más que una simple apreciación a sus palabras—.

A las cosas que nos ocurren hay que llamarlas por su nombre.

Si no, estamos perdidas. Estamos restándole importancia a lo que nos pasó.

Esos hijos de puta no pueden salirse con la suya.

Lo que nos ocurre a las mujeres es importante.

Sus ojos estaban encendidos de rabia. Camila sabía que ese enfado no era con ella, tenía que ver con alguien del pasado de su amiga. La miró con cariño, se acercó a ella y le sujetó la mano.

—¿Quién te quitó la dignidad, Marion?

La mujer la miró sorprendida. Como si hubiera sido descubierta en algo que no quería que saliera a la luz. De repente, Camila cayó en la cuenta. Cada vez que nombraba a su marido, lo llamaba el hijo puta . No había parado de utilizar ese término en todo su discurso.

—¿Quién fue, Marion? ¿El hijo puta de tu marido?

La mujer sonrió al saberse descubierta y se le humedecieron los ojos.

—Eres muy lista, Camila. —Su amiga se sentó en la cama—. Era imposible retener a mis bebés por sus golpes en mi vientre.

Camila se llevó las manos a la boca al escucharla. Aquello sí que no se lo esperaba.

—Lo siento.