El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 14
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Se miró al espejo y le gustó lo que vio.

Sonrió. Su melena ahora estaba por encima de los hombros, a mitad del cuello.

Se sentía como hacía tiempo que no se sentía.

Por primera vez se reconocía después de tanto tiempo.

Movió la cabeza hacia los lados, con una sonrisa, y su cabello, aún húmedo, se movió en libertad.

Estaba encantada. Sentía que se había quitado un peso de encima.

Que había dejado atrás algo que pesaba mucho.

Miró la trenza rubia que estaba en el suelo, enroscada cual serpiente, y de repente lo supo.

Estaba dejando atrás el sufrimiento por la pérdida de su pequeña.

Ahora solo había dolor por no tenerla a su lado.

Ahora era capaz de reír, aunque su niña ya no estuviera con ella.

Ahora era capaz de volver a ser ella misma, aunque, en lugar de cuatro, fuesen tres.

Ahora era capaz de conectar de nuevo con la alegría y las ganas de vivir, aunque Sophie solo fuese un bello recuerdo de lo que pudo ser y ya no sería. Quería vivir.

Se le cuajaron los ojos.

Echaba de menos a su hija. Aun así, estaba agradecida por haberla tenido sobre su pecho, aunque fuese unos segundos antes de su partida.

Estaba agradecida por haberla sentido moverse dentro de su cuerpo los meses que compartieron juntas.

Estaba agradecida por haberla sentido viva durante ese tiempo.

La quería y la querría siempre. Eso nunca cambiaría.

Miró otra vez su trenza en el suelo y comenzó a llorar.

—Querida, ¿qué ocurre?

—Es que... es que me veo guapa —dijo con una sonrisa, a pesar de que las lágrimas caían por su rostro—. Hacía meses que no me veía así.

—Camila, ¿sabes por la mierda que has pasado en estos últimos meses? Es normal que no te vieses guapa. Es normal que no te vieses. Es normal que no vieses a nadie, ni siquiera a Jacques ni a Jerome. Estás muy guapa con ese corte de pelo.

Se sorprendió por lo que le acababa de decir su amiga.

¿Cómo podía saber lo que le pasaba?

—¿Tanto se notaba que no estaba presente?

Marion la tomó de las manos y se las agarró con fuerza.

—No sé si se notaba o no, pero sé lo que es perder a tus bebés y es muy duro llevarlo sola, sin hablarlo con nadie.

—¿Tú también los perdiste? —preguntó sorprendida.

—Estas cosas nos pasan a las mujeres más de lo que pensamos.

—Le secó las lágrimas que caían por sus mejillas—.

Pero no las hablamos. Las callamos. ¿Sabes lo que pasa si no las nombramos?

No existen. Es como si nuestras pérdidas no fuesen importantes para el mundo, las escondemos, las tapamos.

.. Como si al no retener a nuestros hijos en nuestros vientres fuésemos menos mujeres.

Como si nos diese vergüenza. —Suspiró—. Cada vez que los perdía me sentía una mala mujer y una mala esposa.

Cuando la regla me bajaba, sufría. Quería tener un bebé.

Cuando dejaba de venirme, también sufría.

Temía perder al bebé. Era horrible —reconoció—.

Creía que no estaba cumpliendo con lo que se esperaba de mí como mujer.

Que era defectuosa. —Suspiró de nuevo—. El único que se quedó fue Alfonse.

Ahí está, con veintitrés años, siendo un buen hombre, un buen padre de familia y haciéndome abuela cada vez que puede —dijo con orgullo—.

Eso no quita que mis otros hijos no vivos no me duelan. Es duro.

—Lo siento, Marion. No lo sabía. —Camila se quedó en silencio, sin saber si decir lo que le pasaba o no, pero ya que se estaban sincerando, añadió—: Estos meses me he sentido mala madre por haber sobrevivido a mi hija —le confesó—.

Me he sentido culpable por haber elegido vivir en lugar de morir con mi pequeña.

Por no haberme ido con ella. Elegí vivir y me he estado sintiendo culpable por eso.

—Se le humedecieron los ojos—. Gracias a que estoy viva puedo estar aquí contigo, yendo en busca de mi marido, sabiendo que mi hijo está bien.

Si yo hubiera muerto, ¿qué sería de Jacques si su padre ha desaparecido?

—Movió la cabeza, queriendo deshacerse de esa idea.

Se secó una de las mejillas y suspiró—. Estos días también me he sentido mala esposa.

He estado culpando a Jerome de lo sucedido.

No se lo merecía. Me ha sido imposible estar con él en estos meses.

Él necesitaba de mí y no pude estar a su lado.

¿Pero cómo iba a estarlo si no estaba ni para mí?

—Se le humedecieron los ojos de nuevo—. La última vez que lo vi nos despedimos con un beso y me dijo que me quería.

Yo me quedé en silencio, no le dije nada.

¿Y si no vuelvo a verlo? Yo lo amo, ¿sabes?

Nunca he querido a nadie como lo amo a él.

—Claro que lo amas. Él lo sabe, Camila. —Por segunda vez desde que se conocieron, la llamó por su nombre—. Pero la pérdida de Sophie os ha dañado mucho a los dos.

De repente, comenzaron a oír un llanto a sus espaldas. La peluquera, que las había estado escuchando, lloraba a moco tendido.

—Querida —Marion se levantó y se acercó a ella. La sentó en el asiento del tocador en el que había estado ella antes—, ¿qué te ocurre?

La mujer se sorbió los mocos y se enjugó las lágrimas.

—Las estaba escuchando hablar y me he emocionado.

Tengo una hija. Se llama Marie. Tiene un año.

Pero antes de ella tuve un bebé que no llegó a nacer.

Lo perdí aquí, en la peluquería, mientras trabajaba.

Mi marido no lo sabía. Quería confirmar que todo estaba bien antes de dar la noticia a mi familia.

Una tarde empecé a manchar, fui al baño y lo eché.

Cayó en la vasija del váter. Tiré de la cisterna y desapareció.

Ya no estaba. Me sentí tan vacía y tan culpable.

.. Era tan pequeñito, tan diminuto… No se lo dije a nadie.

Ni siquiera a mi marido. No quería que pensase que no podía tener hijos.

Acabábamos de casarnos y no quería que me repudiara.

—Se quedó en silencio—. Nunca se lo he dicho.

Cree que Marie es nuestra primera hija —sollozó—.

Le llamé Gaspard, siempre he pensado que era un niño.

Gaspard es mi primogénito y Marie es mi segunda hija.

El silencio las envolvió a las tres mientras se enjugaban las lágrimas.

Camila se levantó de su asiento, se arrodilló ante ella y la abrazó.

Instantes después, oyeron la campanilla de la puerta y dos mujeres entraron a la peluquería.

Al ver a las tres mujeres medio llorosas, les preguntó una de ellas:

—¿Qué os pasa?

—Aquí hablando de hijos que hemos perdido y abortado —dijo Marion con bastante brusquedad, molesta por la interrupción.

Las dos mujeres se quedaron de pie, sin saber qué decir o hacer—.

¿Ninguna ha tenido un aborto o qué? —Las dos mujeres negaron con la cabeza—.

Pues ya lo sabéis. Algunas mujeres hemos perdido a nuestros cachorros y duele.

—Se secó las lágrimas que aún caían por sus mejillas.

Una de las recién llegadas se acercó a donde estaba la peluquera, aún con los ojos rojos, y le acarició la cabeza.

—Linett, no tenía ni idea. Yo no he perdido a ninguno de mis hijos, pero una prima mía sí tuvo un aborto. Fue muy duro para ella. Lo siento mucho. ¿En qué te puedo ayudar?

—Fue hace tiempo ya. No te preocupes.

—Mi hermana no puede tener hijos y su marido la repudió —dijo la otra mujer, que hasta ahora no había hablado.

Todas fijaron su mirada en ella.

—Es muy duro también. Ella aún no lo tiene superado. Lo ha perdido todo. Por eso vive con nosotros y me ayuda con los cuatro niños que tengo.

—Lauren, no lo sabía —le dijo la peluquera—. Lo siento.

La mujer se encogió de hombros.

Camila estaba sorprendida. Cuántas mujeres perdían a sus bebés o no podían tenerlos, y apenas se hablaba de ello. No se hablaba de cómo la mujer asumía esa pérdida en solitario, cómo se veía afectada la familia.

En aquel local había cinco mujeres y cada una o había tenido una pérdida o conocía a alguien que había pasado por ello. Todas coincidían en lo duro que era y en lo solas que se sentían.

—Tal vez deberíamos hablar más sobre estas cosas —propuso Camila—.

A veces creo que lo que me pasa me ocurre solo a mí.

Ahora veo que no. —Sonrió—. No os conozco —les dijo a las tres mujeres—, pero os aseguro que esto que ha pasado aquí ha sido uno de los momentos más sinceros que he tenido en mi vida.

Me he sentido comprendida y acompañada. Siento que no estoy sola en esto.

Que es algo que nos pasa a muchas mujeres.

Que es normal que, aunque tenga un hijo que sí está vivo, hasta hace nada, me resultase imposible mirarlo sin pensar que su hermana estaba muerta.

Que es normal que, aunque tenga un marido al que quiero, no le pueda demostrar mi amor porque yo me siento muerta por dentro.

Que es normal que haya veces que me cueste la vida levantarme de la cama, porque querría dejar de recordar que mi hija ya no está.

Que es normal no querer tener más hijos por miedo a que vuelva a ocurrir lo mismo.

Gracias. Es lo único que os puedo decir. Gracias.

Todas estaban con los ojos cuajados. Ninguna sabía qué decir. Ya todo estaba dicho.

Lo que cada una había vivido, a su manera, era un dolor compartido. Un dolor sentido no solo por ellas. También por mujeres que vivieron antes que ellas. Por mujeres que vivían en la actualidad. Por mujeres que tendrían esta experiencia en un futuro.

Agarró la mano de Marion y se la apretó con fuerza. Se sentía tan agradecida de que ella estuviera allí. No llevaban ni veinticuatro horas en Kinshasa y tenía la sensación de llevar semanas.

Por primera vez se sentía centrada y conectada consigo misma. Hacía tiempo que no se sentía así. Sospechaba que lo ocurrido en medio de la selva tenía algo que ver.

Se despidió de las mujeres con la sensación de haber compartido algo tan antiguo como ancestral. Se sentía reconfortada.

La campanilla de la puerta, al marchar, sonó. Entonces, lo vio a lo lejos, apostado en la acera de enfrente.

El muchacho de la camisa naranja las estaba siguiendo de nuevo.