13 #2
Cuando los que la subestimaban se daban cuenta de que era más de lo que parecía, tenía que reconocer que le gustaba.
No era una mzungu que venía de turismo a conocer el país.
Era una mujer que había nacido y vivido en el antiguo Zaire.
Era una mujer que había perdido a su familia y se había repuesto de la tragedia.
Era una mujer que se vio obligada a aprender un nuevo idioma.
A vivir unas costumbres que desconocía cuando la llevaron a Gran Canaria.
Era enfermera. Era una mujer que había dejado la isla donde se crio para volver a sus orígenes y ayudar a su pueblo.
Era una mujer que había vivido los horrores de la guerra.
Una mujer que era madre y esposa. Una mujer que haría lo que fuera por su familia.
Era una mujer que era amiga de sus amigos.
Una mujer que, a pesar de las adversidades que se presentasen en la vida, había hecho y seguía haciendo lo posible por seguir viviendo.
Y sí, claro que sabía de armas. Tuvo que aprender a usarlas cuando se adentró en las provincias de Kivu del Norte y del Sur meses antes de estallar la guerra.
No le gustaban, pero en aquellos momentos fue necesario aprender a defenderse ante un posible ataque enemigo.
Nunca tuvo que usarla, pero había aprendido a manejarla y a dispararla.
Sabía que tenía cosas que mejorar como persona. Pero estaba orgullosa de ser quien era. En quién se había convertido a lo largo de los años. Una ligera sonrisa asomó en sus labios. Estos meses había olvidado quién era. Parecía que lo estaba volviendo a recordar.
El hombre le entregó el arma y la examinó.
Extrajo el cargador. Comprobó que no tenía balas.
Miró en la recámara. Estaba vacía. Volvió a introducir el cargador y corroboró que el dispositivo funcionaba bien.
Quitó el seguro y apuntó a la ventana que había a la salida de un baño.
Miró a través de la mira, disparó y escuchó un clic.
Sabía que, si hubiese estado cargada, habría hecho añicos los cristales.
Tenía buena puntería. Sonrió. Se acababa de acordar de su amiga Lucréce y de la conversación que tuvieron en el huerto sobre esa parte salvaje que todas las mujeres tenían.
En este momento le habría gustado tener la pistola cargada, disparar y romper el cristal de la ventana.
—Me llevo esta y la caja de balas. También quiero uno de esos cuchillos pequeños. —Ya que estaba abasteciéndose, usaría todo lo que sabía manejar—. ¿Quieres uno?
—Querida, nunca dejas de sorprenderme. Claro que quiero uno. Deja ver con cuál me quedo. Ese lo veo muy pequeño para mí.
Marion se acercó al expositor y estuvo probando los distintos cuchillos y machetes. Mientras, Camila no dejaba de observar la pila de pañales.
—¿Puedo guardar mis cosas?
—Sí, mzungu , puedes guardarlas, pero esto —dijo, refiriéndose a los mil dólares— los dejas donde están.
—Creo que no, Joseph. —Marion agarró la mano del hombre que iba a guardarse el dinero y le dijo—: A la señora Ngona no se le cobra.
—Vaya. —El hombre la volvió a mirar de arriba abajo con más detenimiento que antes—. Así que usted es la esposa mzungu del comandante Ngona.
—Sí. Soy la señora Ngona —dijo con orgullo.
—Está bien. Por ser la esposa del comandante, hoy las compras serán gratis. Salude a su marido de mi parte.
«¿De qué conocía ese hombre a Jerome?», se preguntó mientras guardaba todas sus cosas en la bolsa.
—¿Puedo ir al lavabo?
Quería largarse de allí cuanto antes.
El hombre le indicó que estaba al fondo, a la derecha.
Agarró la mochila y se dirigió al baño, mucho más tranquila.
Cerró la puerta con el pestillo y comprobó que el collar seguía a buen recaudo.
Sacó cien dólares del fajo de billetes y los metió en el bolsillo de su pantalón beige.
No quería sacar todo ese dinero cuando fuera a pagar el almuerzo.
Se quitó la gorra que aún llevaba puesta y la larga trenza que se había hecho cayó sobre su espalda, a la altura de la cintura.
Se refrescó el rostro y la nuca. Hacía tiempo que no sudaba tanto como hacía unos instantes.
Agradeció que la rebeca le quedara enorme y tapase los surcos de sudor que tenía en las axilas y parte del pecho.
Habría sido fácil descubrir que estaba bastante nerviosa.
Se quitó la camiseta, se refrescó y se miró al espejo. Hacía tiempo que no lo hacía.
Tragó con dificultad.
El reflejo le devolvió a una mujer ojerosa, pálida, con los pómulos marcados y más delgada que de costumbre. Sus pechos habían menguado y su melena se veía opaca y sin brillo.
No se reconoció.
Cubrió el reflejo del espejo con su mano.
Se sentía una extraña de sí misma, y eso dolía.
Necesitaba volver a recuperar a la mujer que se perdió cuando su vida y la de su hija pendían de un hilo.
Necesitaba recuperar a la mujer que era feliz en Saint Germain con su familia y con todos los que quería.
Se apoyó en el lavamanos, sin atreverse a mirarse, y negó con la cabeza. Necesitaba apartar de su mente lo abrumada que se sentía y pensó en Jacques. Él era quien le había devuelto las ganas de seguir adelante cuando se sentía muerta por dentro.
Trató de sacarse leche de forma manual. No tuvo éxito. Sabía lo que aquello significaba. La leche se le había retirado. Se sintió triste, pero no se dejó sentir, ya lo sentiría más adelante.
Se vistió con una de las camisas que le había puesto su madrina en la mochila y, cuando se vio con ella, se sentó en la vasija del baño.
Quería llorar. Tampoco se lo permitió. Era una camisa premamá de cuando estaba embarazada de Sophie.
Se apretó las mejillas para impedir que las lágrimas saliesen.
Siempre funcionaba. Respiró hondo durante unos minutos y cuando pudo controlar el llanto, se enroscó la trenza, se colocó la gorra y salió del baño con la cabeza alta.
Ahora necesitaba encontrar a Jerome y salir de toda aquella pesadilla.
Marion, a la que había dejado haciendo negocios, estaba echando un vistazo a todo el material que se llevaría en unas semanas. Lo que Camila no imaginó es que la mercancía incluía un número considerable de armas.
No se lo podía creer.
Había escuchado que muchas de las cosas que vendía no las conseguía de forma muy legal, pero no imaginaba que también vendiera armas. Los rumores eran ciertos. Sospechaba que aquello sería para un tipo de clientes un poco más exquisitos. Sonrió. Ahora entendía de dónde había sacado Jerome su arma.
Suspiró.
La vida no dejaba de sorprenderla. Si hubiese sido otro momento de su existencia, habría puesto el grito en el cielo, pero a estas alturas ya le daba igual. Había visto y vivido tantas cosas en la recién proclamada República Democrática del Congo que ya no se extrañaba.
—¿Entonces no te suena de nada el Club Sapeurs? —le preguntaba Marion mientras revisaba la siguiente caja.
—¡Eh! —les gritó a los hombres que estaban cargando uno de los pequeños camiones que acababa de llegar—. ¡¿A alguno os suena el Club Sapeurs?! —les preguntó en cuanto le prestaron atención. Todos negaron con la cabeza. Ninguno sabía de ese local—. Lo siento.
Miró la hora y todavía no eran las doce y media. Iban bien de tiempo.
—Añade pañales desechables a esta caja. Probaremos con seis paquetes, a ver qué tal se venden. Querido, ¿cerramos el trato?
El hombre asintió y los dos desaparecieron tras una de las puertas del almacén para firmar su acuerdo.
En lo que esperaba, se sentó en una de las sillas que había frente a la mesa y se quedó a solas con Ignace. Seguía vigilando el almacén celosamente. Ahora entendía por qué.
De repente, escuchó un golpe tras la puerta en la que había desaparecido Marion.
Se asustó. De nuevo, oyó otro golpe seco, seguido de un chillido de mujer y se levantó.
Antes de que pudiese dirigirse a donde estaba su amiga, el guardaespaldas la agarró con fuerza por el hombro y la obligó a sentarse.
Comenzó a pensar cómo podía hacerse con el arma que se iba a llevar. Estaba sobre la mesa. Pero no estaba cargada.
«Piensa, Camila, piensa. Tienes que ayudarla», se dijo.
Entonces, vio los dos cuchillos que se iban a llevar y, antes de que le diese tiempo a levantarse, escuchó otro ruido que le resultó bastante familiar.
A Marion no le estaban haciendo ningún daño. Su amiga estaba disfrutando dentro de aquella habitación.
Se puso roja como un tomate.
Miró a Ignace y supo que, si el hombre hubiera sido blanco, estaría igual de colorado que ella. Los jadeos eran cada vez más intensos.
El hombre, cuando se sintió observado, desvió su mirada.
Estaba sudando como un cerdo mientras aquellos dos gemían y gritaban cada vez más alto.
Sospechó que aquello le estaba incomodando igual que a ella.
Entonces, sin querer, su mirada se posó en la entrepierna del guardaespaldas y pudo vislumbrar el bulto que se levantaba de sus pantalones.
No sabía dónde meterse ni a dónde mirar.
Jamás había visto uno tan grande. Ni siquiera en sus pacientes.
No imaginaba qué mujer sería capaz de albergar semejante miembro.
Cuando los dos llegaron al clímax, los jadeos llenaron el silencio que había en el almacén desde que los mozos se habían ido a almorzar. Camila miró al techo e Ignace a la salida trasera. Los dos hacían como que aquello no estaba ocurriendo.
Pero sí que estaba ocurriendo.
En cuanto todo cesó, Ignace comenzó a reír de repente.
Al principio, con suavidad, pero poco a poco aumentó su risa hasta que rompió en una fuerte risotada.
Camila no aguantó más y se unió a él con una sonora carcajada.
Acabaron riendo a lágrima viva. La situación había sido de lo más surrealista y estrambótica que había vivido en su vida.
No recordaba cuándo fue la última vez que rio de aquella manera y se sintió aliviada.
Las carcajadas le habían ayudado a liberar la tensión que llevaba acumulada desde hacía días. Al final iba a tener que agradecer a Marion su sonora e impetuosa aventura.
La apasionada pareja salió del cuarto igual de digna que cuando entró.
Como si no hubiera pasado nada entre ellos, mientras Ignace y ella trataban de contener la risa y que no se notase que los habían escuchado.
Pero Camila no podía apartar la vista de la camisa mal abrochada de su amiga y le estaba costando horrores no reírse y no decirle nada.
—Marion, la camisa la tienes mal abotonada —le informó, al fin, en cuanto salieron del almacén.
—Ay, querida, qué torpeza la mía.
—Parece que lo pasaste bastante bien con el señor Kombo.
No pudo evitar hacerle el comentario. Era tan evidente que no nombrarlo le pareció hasta descortés.
—Sí, querida. El hijo puta de mi marido estará muerto, pero este cuerpo y yo estamos muy vivos.
Siempre que vengo, dejo que ese hombre me ponga del revés.
Me hace todo lo que quiero. Ahí, donde tú lo ves tan pequeño y esmirriado, sabe manejarla estupendamente.
Una vez lo intenté con Ignace, pero cuando vi el pedazo de rabo que tenía, no dejé que me la metiera. Me la hubiese sacado por la boca.
Camila comenzó a reírse a carcajadas al recordar lo grande que parecía el miembro del hombre. Le volvió a dar otro ataque de risa solo de pensarlo y de revivir la situación tan incómoda que hacía unos minutos había vivido con aquel hombre.
—Me alegra que estés de tan buen humor —dijo con afecto—. Vamos a comer, tengo hambre.
Pararon en uno de los puestos callejeros y pidieron fufu, hecho con mandioca y plátano, al que le añadieron salsa de aceite de palma, tiras de pollo frito y un mango ya cortado.
Se sentaron en uno de los dos grandes escalones que hacían de acera y disfrutaron de la comida y de su bebida de cola.
Durante unos minutos, pudo dejar a un lado lo que había vivido en estas semanas y se sintió tranquila y en paz mientras almorzaba y observaba en silencio a todos los que, con sus coloridas ropas, deambulaban por la concurrida calle.
Varios niños, en cuanto se dieron cuenta de que era blanca, se acercaron a ella y le pidieron dinero. Les entregó algunos dólares con la condición de que no enviasen a ningún otro niño a por más dinero. Marion tenía razón, llamaba demasiado la atención en aquel barrio.
Se quedó observando a dos muchachas que acababan de salir de la peluquería con unos peinados trenzados preciosos.
Las dos mujeres no debían tener más de quince años y, cada vez que veían un escaparate, se paraban a mirar su reflejo para deleitarse de lo guapas que las habían dejado.
Le hizo gracia su coquetería y le entró calor.
El sol a esa hora del mediodía estaba cascando fuerte.
Se quitó la gorra y se secó el sudor de la frente.
Su larga trenza volvió a caer sobre su espalda.
La agarró, se la llevó a un lado del cuello y comenzó a juguetear con ella.
Miró la hora y vio que era la una de la tarde.
Sabía que aún quedaban ocho horas hasta la cita con Renaud.
Algo dentro de ella había surgido como una imperiosa necesidad y sentía que tenía que hacerlo.
—Acompáñame —le pidió a Marion.
Tiró de ella y desaparecieron dentro del local.