El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 13
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Aparcaron a las afueras de Ngaba, un bullicioso barrio de la ciudad, y se adentraron en él con la seguridad de que Marion sabía lo que se traía entre manos.

Conocía todos los atajos y callejuelas, y en ocasiones saludaba de lejos a algún conocido.

El barrio estaba construido con pintorescas casas de colores y, en la calle principal, había puestos callejeros de fruta, comida y bebidas.

Había todo tipo de comercios en los que vendían materiales de construcción, en los que hacían fotocopias en blanco y negro y a color, tiendas de ropa, peluquerías, farmacias.

.. Las calles estaban atestadas de gente comprando y haciendo negocios.

Marion tenía razón en que se escondiese detrás de toda aquella capa de ropa.

Algunos, cuando descubrían que era blanca, se la quedaban mirando con mucha curiosidad.

Los niños se acercaban a ella y le tocaban para saber si era real o no.

Cuando descubrían que era una mzungu , le pedían dinero; se le partía el alma; pero ahora no podía permitirse el lujo de sacar el fajo de billetes en medio de la calle.

Estaba acostumbrada a que, cuando salía del entorno de Saint Germain, las miradas se posasen en ella.

No había tantos blancos en el antiguo Zaire como antes de la descolonización de los años sesenta.

Pero cuando iba con Jerome, las miradas eran aún más constantes.

Iban cargadas de curiosidad y, en algunos casos, hasta llenas de odio.

La relación que mantenían era algo difícil de entender para algunos.

Había quienes lo veían obsceno y sucio, y en varias ocasiones los habían increpado por la calle.

Recordaba un altercado que tuvieron con una señora que reconoció a su marido como el comandante Ngona. Los carteles de «busca y captura» de la FAZ hicieron bien su trabajo en su momento.

—Soltaos las manos. —Le lanzó una naranja desde su puesto de fruta—.

Eres una whity de mierda. ¿Qué pasa, no tienes suficiente con tus mzungus que también tienes que fornicar con hombres negros?

Eres una roba-hombres de las mujeres negras.

¡A guarras como tú no las queremos por aquí!

—La escupió—. Y tu hijo —dijo, refiriéndose a Jacques, que llevaba en brazos en ese momento—, es un maldito bastardo café con leche.

Y tú —dijo, refiriéndose a Jerome—, deja en paz a las mzungu y fíjate en las mujeres negras.

¿Qué pasa, no somos lo suficientemente buenas para ti?

¡Parece que el comandante Ngona al final se ha vuelto un puto lameculos colonialista!

—gritó aún más alto para que todos la oyeran.

Después de aquello, llegó temblando a casa. Era la primera vez que habían insultado a su hijo por su color de piel y fue consciente, por primera vez, de que él nunca sería blanco para los blancos, ni negro para los negros.

— Zaireña , tranquila. No te puedes preocupar por lo que los demás digan o piensen sobre él.

He tenido que lidiar con esto toda mi vida.

Mis padres eran como nosotros, y mis hermanos y yo éramos como Jacques.

Confía en mí. Educaremos y enseñaremos a nuestro hijo las herramientas necesarias para que sepa afrontar estas situaciones.

Haremos que tenga un buen concepto de sí mismo y de su mestizaje.

Él encontrará su lugar en el mundo. Igual que lo encontraron sus tíos y yo. Al igual que lo has encontrado tú.

—Pero lo va a tener más difícil.

—Así es. Por eso nosotros se lo vamos a poner fácil. Le daremos un hogar donde crezca rodeado de amor y cariño. En nuestra vida hay hombres y mujeres de raza negra, de raza blanca y birraciales que lo adoran. Él va a crecer en un mundo rodeado de todo ese amor.

Fue un momento muy duro como madre, sobre todo porque lo único que quería era lo mejor para su hijo.

Aquella mujer había conseguido meterle el miedo en el cuerpo.

Había conseguido que se preocupase por algo sobre lo que ella no tenía ningún control.

Sobre lo que nunca se había planteado hasta ese momento. Ella no podía controlar a los demás.

Estuvo varios días con insomnio y angustiada, hasta que comprendió que no se podía preocupar por algo que no dependía de ella.

Tenía que confiar en Dios, en la vida y en que ellos actuarían como padres lo mejor que sabían para que su hijo supiera afrontar esas situaciones cuando ocurrieran.

Lo único que podía hacer era confiar, educarlo y mostrarle a Jacques todo el amor que le tenían.

Entraron en uno de los comercios de las calles menos transitadas de Ngaba.

Vendía todo tipo de semillas, sistemas de regadío y demás aparejos relacionados con la agricultura.

El joven que estaba sentado tras el mostrador de la pequeña tienda las llevó a la parte trasera del establecimiento y las acompañó hasta una destartalada mesa que había en el gran almacén.

Allí estaba sentado, tras ella, un congoleño que podría rondar los sesenta años, menudo y delgado.

Lucía varias cadenas de oro al cuello y anillos en sus dedos.

Debía ser Joseph Kombo, el dueño de todo aquello.

El lugar estaba lleno de cajas de cartón y madera distribuidas en cuatro pasillos que llegaban hasta el techo.

El comercio, que solo estaba atendido por un dependiente, contrastaba con el bullicioso almacén.

Siete personas cargaban y dispensaban material por doquier en distintas camionetas que venían en busca de mercancía.

Al lado de Joseph, de pie, había otro hombre, mucho más alto, grande y corpulento que él, vigilando todo lo que acontecía en aquel almacén. Comprendió que debía ser el guardaespaldas. Dejaba ver con intención su pistola semiautomática en la sobaquera que llevaba puesta.

—Sabes que Ignace os tiene que registrar —les dijo el hombre—. Son las normas.

—Por supuesto, no tenemos nada que ocultar —contestó Marion.

Camila creyó que le iba a dar algo; en la mochila llevaba el collar Flor del Zaire y mil dólares en efectivo. El corazón comenzó a latirle a toda prisa. Solo quería salir corriendo de allí. Trató de calmar los nervios jugueteando con su alianza de casada.

—Aquí está mi arma.

Marion sacó su pistola con extrema lentitud y la colocó sobre la mesa. Vació su mochila, colocando la comida y ropa de Vicente, y dejó que el guardaespaldas la registrara de arriba abajo.

Camila la imitó y sacó todas sus pertenencias de la mochila, dejando ver los mil dólares, la ropa que le había preparado Alicia y los pañales que colocó de tal forma que el collar no quedase a la vista.

—¿En serio llevas pañales en la mochila? —le espetó Marion.

—Claro… Ponte a limpiar orines y cacas de los pañales de tela cuatro o cinco veces al día y verás como los pañales desechables se convierten en todo un lujo —se excusó mientras el hombre la cacheaba.

—Joder, qué asco —dijo Joseph, poniendo cara de repugnancia al imaginarse limpiando los pañales.

Ignace también había hecho un gesto de desagrado cuando la escuchó.

—Mmmmm, puede que no sea mala idea vender pañales en mi negocio.

—Qué placer verte, Marion —comentó el hombre mientras se levantaba de la mesa en cuanto confirmó que las dos mujeres no representaban ningún peligro.

Se acercó a ella, le dio dos besos en la mejilla y se sentó sobre la mesa.

—Querido, como siempre, es un gustazo venir a Kinshasa para hacer negocios contigo.

Ella lo miró de arriba abajo, como solía mirar a la mayoría de los hombres.

—No te esperaba tan pronto. Solo hace un mes que estuviste por aquí. Mis chicos, en cuanto te vieron llegar a Ngaba con la mzungu , me avisaron. Te tengo preparado el material que hablamos la última vez.

Camila supo entonces que las habían seguido desde que llegaron al bullicioso barrio.

De repente, se fijó en uno de los muchachos que pululaba por el almacén y recordaba haberlo visto por las calles en distintas ocasiones.

La camiseta naranja que llevaba destacaba sobre su piel y era imposible no acordarse de él.

—Esta vez no me lo voy a llevar. No sería inteligente en estos momentos. Venimos buscando algo para ella.

El hombre la miró de arriba abajo como si por primera vez se hubiera percatado de su presencia. Se dirigió al armario que tenía a su espalda y lo abrió.

Comprendió en ese momento lo que significaba para Marion «ir de compras».

Nada que ver con lo que significaba para ella.

Ante sus ojos, un arsenal de todo tipo de armas bien expuestas se desplegó.

Había pistolas, rifles, machetes, cuchillos, revólveres.

.. Ante aquel despliegue armamentístico no pudo más que preguntarse: ¿a qué se dedicaba Marion en realidad?

Joseph agarró los pañales que aún estaban encima de la mesa y Camila creyó que se le cortaba la respiración.

Los apartó a un lado y colocó una de las pistolas encima de ellos.

Respiró. No se había dado cuenta de nada.

Se quedó observando los pañales, esperando que el collar siguiese bien escondido, mientras notaba las gotas de sudor correr por su espalda.

Creía que en cualquier momento el corazón se le iba a salir por la boca.

—Esta es una Walther P99. Creo que te podría ir bien.

Apartó la vista de los pañales con dificultad y se centró en lo que habían venido a hacer. Si comprar un arma era necesario para protegerse de Renaud y de cualquier indeseable, lo haría. Pero lo haría a su forma.

Observó el tablero donde estaban todas las armas con atención y allí la vio.

—Quiero la Jericho 941 compacta de nueve milímetros que tienes en el segundo estante.

Los tres que estaban allí dejaron de hacer sus quehaceres. Hasta el chico de la camiseta naranja, que estaba cargando unas cajas, dejó de cargar. La habían vuelto a subestimar. Una mujer, blanca y menuda, que no aparentaba sus veintiséis años, ¿cómo es que sabía de armas?

Estaba cansada de que, por su aspecto físico y su condición de mujer, no la tomasen en serio.