El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 12
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Las dos mujeres iban en la camioneta con el ánimo por los suelos.

Acababan de estar en Camp Kokolo, donde vivían André y Nocólas, y según les comentó su vecina, hacía más de cinco días que no pasaban por allí.

Creía que debían estar en alguna misión que surgió de improvisto.

Por lo general la avisaban para que se encargase de cuidar a Rayo, el gato que habían adoptado.

Hacía cuatro días, el animal se había escapado de la casa por una de las ventanas y había aparecido en su puerta maullando.

Quería comida y agua. En el momento de su visita, el felino atigrado salió a la puerta y se rozó entre sus piernas, como si les estuviera diciendo que él era lo único que iban a encontrar de los dos hombres.

Tenía el presentimiento de que no podía ser casual la desaparición de Jerome y de los dos hombres.

Algo había pasado con la antigua unidad Delta Sur de Rutshuru para que tres de sus hombres estuvieran en paradero desconocido.

Tenía que ir a la FARDC a preguntar, ¿pero, dónde?

No sabía dónde estaban destinados los demás miembros de la unidad.

Aunque había uno que sí.

Valerién estaba en el cuartel general de Kinshasa como chófer del coronel Mwenze. Al coronel lo conocía muy bien de cuando estuvo colaborando con la Alianza en las provincias del este al inicio de la guerra.

—Menos mal que estáis aquí —comentó Vicente en cuanto llegaron. Su voz hizo eco en el hall vacío de la extinta embajada española—. Me acaban de avisar de que Jerome ha estado retenido en el Cuartel General de Kinshasa.

Suspiró aliviada. Lo habían encontrado.

—Iré a hablar con el coronel Mwenze. Tal vez nos pueda ayudar.

—Te paso el teléfono de mi contacto y también el número de un buen abogado de aquí de Kinshasa, por si lo necesitas.

Te dejo el teléfono móvil de Alicia. Llévatelo.

Cualquier cosa que necesites me llamas. Haré todo lo que esté en mi mano desde España.

—Se acercó a ella, la abrazó y le susurró—: Tienes las tarjetas de crédito en uno de los bolsillos de tu mochila.

Entendió que su padrino no se fiaba de Marion y que no tenía muy claro si con mil dólares en efectivo llegaría muy lejos. Ella tampoco lo tenía claro. Los sobornos estaban a la orden del día y si querías conseguir información, había que pagar.

—Siento dejarte sola en estos momentos.

—No se preocupe, querido, no está sola. ¿Verdad que no? —Le dio un buen empujón en el brazo con esa brusquedad que la caracterizaba—. Yo estoy con ella.

—Gracias por apoyarla —dijo Alicia, que acababa de llegar con las dos mochilas que había preparado esa mañana. Una de ellas llevaba los pañales de Jacques y algo de ropa para ella, y la otra tenía algo de comida y ropa para Marion—. Aquí tenéis. —Le entregó a cada una la suya.

—Os agradezco lo que estáis haciendo por Jerome y por mí. Sin ustedes, todo esto sería mucho más difícil.

Se acababa de emocionar. Sabía que en cuanto salieran, no volvería a ver a sus padrinos a menos que ella regresase a España.

Los abrazó con todas sus fuerzas. No quería despedirse de ellos.

No sabía cuándo sería la próxima vez que estarían juntos.

Se secó las mejillas, se colocó la mochila al hombro y se marchó sin mirar atrás.

Ahora tocaba ir a buscar a su marido y volver a casa con él.

Entraron en el cuartel general después de pasar varios controles de seguridad y pidieron ver al coronel.

Camila estaba bastante optimista con la visita.

Esperaba que el coronel las ayudase y arrojase algo de luz a toda aquella situación.

Después de media hora esperando en la antesala del despacho, las hicieron pasar.

—Señoras. —Les extendió la mano tras ponerse de pie y ambas lo saludaron—.

Me alegra verla, señora Ngona. —Las invitó a sentarse en las sillas que había frente a la mesa de roble.

Reconoció la mesa como la que tenía en su tienda de campaña cuando estaban en Kivu del Norte—. No esperaba verla por aquí.

—Coronel, si fuera en otras circunstancias, me encantaría decirle que me alegra verlo también.

No es el caso. Estoy aquí por mi marido.

Hace días que se llevaron a Jerome y tengo entendido que está retenido aquí, en su cuartel general.

Necesito que me ayude. No sabemos nada de él desde hace cinco días, ni los motivos de su arresto.

El hombre hizo un pequeño silencio.

—Su información está equivocada. Su marido no se encuentra aquí. —Esas palabras cayeron como un jarro de agua fría—. El excomandante Ngona dejó de estar en mis instalaciones ayer por la tarde. Fui yo personalmente quien se encargó de darle la noticia del fin de su estancia en el cuartel.

Aquello sí que la tomó por sorpresa.

—¿Y dónde está?

—Si usted, que es su mujer, no lo sabe, imagínese qué puedo saber yo cuando salen de aquí.

Esa respuesta no le gustó.

—¿Podría saber el motivo de su detención?

El hombre se rio de su ocurrencia.

—Señora Ngona, es confidencial. El excomandante nunca estuvo detenido. Se le invitó amablemente a que visitara las instalaciones del campo.

—Comprendo. —No le iba a decir nada más—. Gracias.

Salió del despacho más desconcertada todavía.

¿Dónde estaba Jerome y por qué no se había puesto en contacto con ella?

¿Creería que estaba aún en casa de Lucréce? ¿Se habría puesto en contacto con ella a través de la radio, creyendo que había vuelto a Saint Germain?

Sacó el teléfono móvil y llamó de nuevo a André y a Nocólas. Seguían apagados.

¿Por qué no se había puesto en contacto con la embajada en cuanto lo liberaron?

Aunque la relación entre ellos no estuviera en su mejor momento, sabía que Jerome lo primero que habría hecho era hablar con la embajada y ponerse en contacto con ella.

Sus últimas palabras antes de que se lo llevasen fueron para ella.

Estaba segura de que él sabía que ella ya estaba en Kinshasa buscando a André, a Nocólas y a sus padrinos, como le había prometido.

—Algo no va bien —dijo mientras esperaban el ascensor—. Algo no encaja.

—Lo sé, querida. Tu marido se habría puesto en contacto contigo, si hubiera podido.

Asintió.

—Necesito hablar con Valerién.

En ese momento, se abrieron las puertas del ascensor y el cabo Valerién apareció ante ella. Camila pensó que, si antes hubiera nombrado al hombre, antes habría aparecido.

—Señora Ngona. —El soldado se cuadró ante ella mientras salía del ascensor.

Camila tuvo el impulso de abrazarlo. Por fin alguien de confianza a quien poder preguntar por Jerome, pero se contuvo. Estaban en su trabajo.

—Valerién, necesitamos hablar contigo.

—Lo siento, señora. No puedo atenderla.

—Necesito saber de mi marido.

—Ya le he dicho que no puedo atenderla —dijo, mirándola con atención a los ojos.

Camila notó tanta determinación en sus palabras que no insistió más. El hombre no la iba a ayudar. No había esperado esa reacción de alguien que hacía un mes había dormido en casa junto con su mujer.

Valerién pasó a su lado y la dejó sin saber qué hacer. Su cabeza no paraba de dar vueltas mientras buscaba alguna solución.

—Si esto es parte de un plan de rescate, me gustaría conocer al genio que lo diseñó. —Suspiró preocupada.

—Lo sé. Necesito salir de aquí y despejar la mente.

Se sentía en un callejón sin salida.

Se dirigieron al patio de armas y, mientras caminaban hacia la camioneta, un grupo de soldados que estaban desfilando se dirigía hacia donde ellas estaban.

Se apartaron y los dejaron pasar. En ese momento, uno de los soldados le tomó la mano y le entregó algo que parecía un papel.

Cuando se dio cuenta de quién era, su respiración se entrecortó y su estómago se encogió.

El hombre siguió formando con el resto de los soldados, dejándola con una sensación desagradable en el cuerpo.

Aquel hombre le seguía repugnando, a pesar del tiempo que hacía que había intentado propasarse con ella.

—Marion, vámonos de aquí. —Necesitaba saber qué le había entregado aquel soldado y no tenía ninguna intención de descubrirlo dentro del patio de armas de uno de los cuarteles generales de la FARDC.

En cuanto se montaron en la camioneta y su amiga arrancó, abrió el papel que le acababa de entregar y lo leyó.

—Hoy a las 21 horas en el Club Sapeurs. —Respiró hondo, no se podía creer que su única opción fuera el cabo Renaud—. Vaya mierda —dijo frustrada.

—Querida, se te están pegando mis malos modales. —Ambas se rieron—. ¿Qué ocurre?

—Ocurre que no me fío de él.

—Si no te fías de él, yo tampoco —dijo, para después tragar con dificultad—.

Tendremos que ir de compras. —Marion arrancó y le dijo—: Ponte las gafas de sol que tiene tu marido en la guantera.

Recógete el pelo. —Sacó, del lateral de la puerta del vehículo, la gorra de «I love Gran Canaria» que Jerome usaba para ir a las tierras para no quemarse con el sol y se la entregó—.

Cubre tu larga melena con esto. En mi mochila hay una rebeca que quiero que te pongas.

Te va a quedar inmensa, pero cubrirá tu blanca piel.

—¿Y todo esto para qué? —le preguntó mientras se hacía una trenza.

—Sabes a la perfección que vayas donde vayas siempre llamas la atención. Eres una mzungu en un país de negros, eres un blanco fácil. —Se rio ante su propio chiste—. Tenemos que cuidarnos. Necesito que pases desapercibida.

Camila carraspeó y se ajustó mejor el cinturón del vehículo. Algo le decía que esas compras no eran como las imaginaba.