El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 11 #2
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Las horas pasaron rápido. Había mucho trabajo que hacer antes de que partieran al día siguiente para España.

Marion, Alicia y ella se dirigieron al ala izquierda de la casa a terminar de guardar y de embalar todo lo que habían ido acumulando a lo largo de sus casi treinta años en el país, que había tenido tres nombres distintos en el tiempo que vivieron allí: República Democrática del Congo-Kinshasa cuando llegaron, República del Zaire durante veintiséis años, y ahora, en el momento de su partida, República Democrática del Congo.

Cuando llegaron, hacía nueve años que había dejado de ser el Congo Belga.

El teléfono de Alicia sonó. Era Vicente avisando que había conseguido contactar con alguien de la FARDC. En cuanto supiera algo, la llamaría.

—Necesito descansar —comentó Marion, sentándose en uno de los sofás que estaban pendientes de embalar.

—Chicas, no os preocupéis. Id a dormir. —Miró el reloj—. Son las doce de la noche. Habéis tenido unos días muy movidos y agotadores. Berthe ha preparado tu habitación. Vais a tener que compartir la cama.

Las tres se dirigieron al dormitorio y, cuando Marion entró en el baño para darse una ducha, Alicia agarró una bolsa de pañales desechables de Jacques y la tomó del brazo.

—Necesito hablar contigo a solas. Vamos al despacho de Vicente.

Camila la acompañó hasta el despacho privado de su padrino. Vio que se dirigía a la caja fuerte, encajada dentro del armario empotrado que había en la habitación, y sacó un estuche de terciopelo azul que reconoció enseguida.

—De esto fue de lo que hablé con Jerome.

Abrió la caja y la belleza del collar que había en ella la sobrecogió. Siempre le ocurría lo mismo cada vez que veía el collar de diamantes y zafiros que había pertenecido a su madre.

—Quedamos en que unos amigos vuestros vendrían a recogerlo. No han aparecido. No sabía qué hacer con él. Lo hemos estado guardando porque así nos lo pedisteis. Ahora que nos vamos, no me lo quiero llevar a España. Es tuyo, siempre fue tuyo.

—¿Y qué hago con él?

Le enseñó la bolsa de pañales que tenía en la mano.

—Le he estado dando vueltas desde que llegaste. ¿Cómo te lo podías llevar sin que se notase que llevas una joya de más de quinientos mil dólares encima?

Abrió uno de los pañales. Lo rajó con el abre cartas que aún estaba encima de la mesa.

Sacó el collar de su estuche y lo metió dentro, para después volver a plegarlo.

Se convirtió, de nuevo, en un simple pañal desechable.

Solo se notaba que había algo en él si comparabas su peso con el de los demás.

—Creo que nadie sospechará que dentro de los pañales de un bebé se encuentra el desaparecido collar de diamantes Flor del Zaire —le comentó.

De repente, la luz de toda la embajada se apagó y Camila se estremeció.

—¿Qué ha pasado? —preguntó extrañada.

Se asomó a la ventana y vio que toda la calle y las casas de los alrededores estaban sin luz.

—Otra vez los malditos apagones. Las centrales eléctricas no están aguantando tantos hogares conectados a la red eléctrica. De vez en cuando ocurre. Tenemos un generador. En unos minutos se pondrá en marcha.

—¿Desde cuándo ocurre?

—Desde que llegamos después de la guerra. Cada vez son más las personas que huyen del hambre de las zonas rurales. Vienen a Kinshasa en busca de algo mejor. La ciudad está creciendo a pasos agigantados.

«Normal», pensó.

Cada vez que venía a la capital, cada dos o tres meses, veía nuevos barrios creándose en la periferia de Kinshasa. La gente venía buscando algo mejor. No sabía si al final lo conseguían.

El generador se activó y la luz volvió solo a la embajada, sacándola de los pensamientos en los que se había visto inmersa. Miró los pañales que estaban sobre la mesa y le pareció buena idea llevar el collar escondido allí.

—Voy a necesitar una mochila para llevarlo. Vinimos con lo puesto.

—Os daré unas mochilas y ropa. Aún no he guardado la ropa que dejaste la última vez que estuvisteis aquí. A Marion le puedo dejar algo de Vicente.

—Gracias. —Había una duda que le rondaba—. ¿A quién le pidió Jerome que viniese a buscar el collar?

Tenía que ser alguien de mucha confianza.

—Al comandante Kahenga y al sargento Lukama.

Hablé con ellos hace cinco días. Me dijeron que pasarían el viernes a buscarlo.

No aparecieron. Los he estado llamando todo el fin de semana.

Tienen el teléfono apagado o fuera de cobertura.

Por eso creí que eras tú la que venías a recoger el collar y a despedirte de nosotros.

No era normal que André y Nocólas se hubieran comprometido a buscar la joya y no hubieran aparecido.

Le pidió el teléfono y buscó a André en la agenda del móvil.

Lo llamó, aunque fuese de madrugada. El teléfono continuaba apagado o fuera de cobertura.

Llamó a Nocólas y lo mismo. El móvil no estaba operativo.

¿Qué estaba pasando?

Esperaba que mañana, cuando fuesen a su casa, le explicasen qué ocurría.

—Alicia, también voy a necesitar dinero.

—Tranquila, contaba con eso.

Sacó de la caja fuerte un fajo de billetes y le entregó mil dólares.

—¿Crees que sea suficiente?

Camila se rio.

—Si con mil dólares no es suficiente, entonces es que estamos metidos en un buen lío. Gracias. Muchísimas gracias por todo lo que me estáis ayudando.

—Ay, Camila, no sabes cuánto siento todo esto.

A veces tengo la sensación de que cuando más me necesitas, me tengo que marchar.

Me encantaría quedarme con vosotras e ir a buscar a Jerome, pero si no nos vamos, nos extraditarán.

Parece que Kabila quiere nacionalizar todas las empresas del país.

No quiere extranjeros al frente de ellas.

—Suspiró—. En principio, nos vamos nosotros y algunos embajadores de países europeos.

A Uganda y a Ruanda parece que aún no les ha pedido que se marchen, pero como lo haga.

.. Si te crees que van a abandonar el país sin hacer ruido, después de todo el apoyo que le han dado. .. No sé si esto va a acabar bien.

Las dos mujeres se quedaron sin saber qué decir. Si eso llegase a ocurrir, la inestabilidad del país prendería como un gran polvorín de pólvora seca.

Alicia la sujetó de las manos y descubrió que las dos tenían las manos frías a pesar de la cálida temperatura a la que se encontraban.

—Cuando tu marido aparezca, porque sé que va a aparecer —dijo con esperanza—, me gustaría que vinieseis a España por un tiempo. Solo hasta que se sepa qué va a pasar con el Congo.

—Madrina..., no sé. —Estaba aturdida con todo lo que estaba viviendo en estas últimas horas—. Ahora no estoy para pensar en eso. Solo tengo como prioridad encontrar a Jerome. Necesito ir paso a paso. No puedo con todo a la vez.

Porque si no, sentía que la angustia la iba a engullir de un momento a otro y no la dejaría actuar.

—Lo entiendo. Siento si te he agobiado. Prométeme que os lo pensaréis. —Ella asintió. Se lo pensaría—. Solo hazte una pregunta. ¿Estarías dispuesta a vivir otra guerra por mucho que ames a tu país?

El corazón comenzó a latirle a toda prisa. Sintió náuseas. No podía digerir todo aquello.

Se apoyó en la mesa del despacho, derrotada.

Sabía muy bien la respuesta a aquella pregunta.

No, no estaba dispuesta a vivir otra guerra.

No estaba dispuesta a vivir lo mismo por una segunda vez.

Quería que su hijo tuviese una vida tranquila, sin sobresaltos.

Quería que tuviera una infancia como la que tuvo ella, rodeada de amor y de su familia.

Donde la supervivencia no fuera su única preocupación.

Quería una vida donde su marido no desapareciera sin más.

Una vida donde pudiese bañarse en un río sin que apareciesen cadáveres flotando.

Cerró los ojos y suspiró. Todo era demasiado abrumador. Sabía que acababa de tomar una decisión y la asustaba.