El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 11
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A media tarde del segundo día llegaron a Kinshasa.

Más relajadas, tomaron una buena comida caliente en una de las estaciones de servicio de la entrada de la ciudad.

Se asearon y aprovecharon para estirar las piernas.

Ambas estaban agotadas, y estaban deseando llegar a la embajada española y dormir en una cama decente.

A Camila siempre le sorprendía lo caótica que podía resultar su capital. Era una ciudad llena de contrastes.

Se podía encontrar grandes barrios residenciales, exquisitos centros comerciales y universidades destinados a una pequeña parte de la población.

Por otro lado, se podía encontrar barrios muy pobres, donde vivía la mayoría de los kinois y donde la basura campaba en la calle sin que nadie se diera cuenta de que estaba allí.

Estaba tan normalizada la suciedad que formaba parte del paisaje.

No eran conscientes de todas las enfermedades que aquello traía a sus habitantes.

Por un lado, tenía grandes vías asfaltadas y, por otro, en su mayoría, las carreteras eran de tierra, a pesar de lo saturadas que estaban de vehículos. Había colegios carísimos para los niños que vivían en familias privilegiadas, pero la mayoría de los niños de la ciudad no estaban escolarizados.

Más del setenta y cinco por ciento de la población no tenía para comer y, sin embargo, había zonas de la ciudad con grandes restaurantes donde podías elegir cualquier tipo de exquisiteces que se pudiese pagar.

Además, las aguas del río Congo, que proveía a los kinois de agua, estaban contaminadas por las aguas residuales de la propia ciudad.

Era la pescadilla que se mordía la cola.

Camila entendía que era normal que, ante todo esto y la guerra que acababan de vivir, la esperanza de vida no llegase a los cincuenta años.

Aún no entendía cómo sobrevivían, pero lo hacían.

Esa capacidad de tirar para adelante era lo que siempre le había gustado de su país.

Su gente aún tenía esperanza. No en sus dirigentes, en quienes la perdieron hacía tiempo.

Sino en ellos mismos. Se reinventaban una y otra vez.

Vendían cualquier cosa que se pudiera vender y que cayese en sus manos.

Plantaban en cualquier espacio que les permitiese sembrar, creando zonas rurales dentro de la misma ciudad.

Eran especialistas de todo sin título de nada.

Eran supervivientes natos y confiaban en ellos mismos para salir adelante.

Deseaba con todo su corazón que la situación cambiase y que Kabila supiese enderezar el país.

Aparcaron varias calles más abajo de la embajada española, cerca del río. Eran las siete de la tarde y la calle estaba bastante concurrida. Les resultó difícil aparcar. Hasta la puerta del garaje de la embajada estaba ocupada por un gran camión que impedía el acceso al edificio.

La vivienda en la que estaba instalada la embajada era de estilo colonial y constaba de una sola planta separada en dos alas.

El ala izquierda, donde se desarrollaba la vida privada de los embajadores, tenía cinco dependencias; tres dormitorios con sus respectivos baños; uno de ellos era para ella y su familia cuando estaban de visita, otro era el dormitorio de sus padrinos y un cuarto de invitados.

También tenía una estancia que hacía de despacho privado de Vicente y un salón de lectura que solía ser utilizado por su madrina.

Disponía de un salón comedor enorme, en el que comían todos juntos cuando estaban en la ciudad, que podía ser del tamaño de su casa actual.

Al fondo del pasillo estaba la cocina con dos cuartos.

Uno de ellos hacía las funciones de lavado, secado y plancha, y el otro era para el servicio.

Lo utilizaba Berthe, el ama de llaves, para asegurarse de que el servicio hiciese bien su trabajo.

Separada por un largo pasillo y una puerta, estaba el ala derecha de la vivienda.

En ella era donde se desarrollaba toda la vida política y burocrática de la embajada.

Constaba de un hall, una sala de espera y cuatro despachos donde estaban los administrativos, la secretaria del embajador y varios traductores.

Al fondo del pasillo se encontraba el despacho oficial del embajador.

Junto a este, una sala de reuniones igual de grande que el salón comedor del ala izquierda.

El soldado del ejército español, que siempre estaba en la puerta custodiando el edificio, las dejó pasar sin pedirles identificación.

A ella la conocía y lo entendía, pero que a Marion no se la pidiese le resultó extraño.

Entró en el hall de la embajada y se sorprendió.

Aquello era un hervidero de personas entrando y saliendo de los distintos despachos, cargados con cajas repletas de documentos, carpetas, ficheros.

.. Había gente cargando con sillas, mesas, sillones, lámparas, aparadores.

.. La puerta que delimitaba la vida privada de la pública estaba abierta de par en par.

Vio cómo cargaban la cuna, que habían comprado para Jacques hacía unos meses, en uno de los camiones que estaban en la calle.

No entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

Preguntó a uno de los administrativos si le podía indicar dónde estaban Vicente o Alicia, y no supo decirle.

Se dirigieron al ala privada sorteando cajas, maletas, camas.

.. hasta que encontraron a Alicia en su dormitorio, sacando toda la ropa de los armarios y dando órdenes sobre dónde y cómo quería que las colocasen en las cajas de mudanza.

—Camila, cariño, al final has venido tú. —Se abrazó a ella con fuerza—. ¡Qué alegría verte! ¡Qué bien que hayas llegado! Hola —le dijo a Marion en cuanto se dio cuenta de su presencia—. Soy Alicia, su madrina. ¿Y Jacques, no lo trajiste?

—Perdona, qué maleducada. Esta es Marion, una amiga. —Las dos mujeres se saludaron con un apretón de manos—. Jacques está con Lucréce. ¿Qué es todo esto? —preguntó, refiriéndose a todo el despliegue de cajas.

—¿Jerome no te contó?

—¿Has hablado con él? —preguntó esperanzada.

—Sí, claro. Por eso has venido, ¿no? A despedirte.

«¿A despedirme?». No entendía nada.

—¿Cuándo hablaste con él? —La expectación por saber iba en aumento.

—Hace seis días.

El hilo de esperanza que se había abierto en su corazón desapareció, y notó cómo su cuerpo se desinfló.

—Perdona, Alicia, pero no entiendo lo que está pasando.

No entiendo qué significa esta mudanza. No sé de qué o de quién me tengo que despedir, ni qué es lo que hablaste con Jerome.

Hace más de una semana que no hablo con él y hace cuatro días que se lo llevaron.

No sabemos quién, ni para qué. Estoy aquí porque ha desaparecido.

Alicia se sentó en un hueco que quedaba libre en la cama y trató de reaccionar a lo que acababa de escuchar.

—Hay que hablar con Vicente. —Se levantó y comenzó a rebuscar entre toda la ropa.

Debajo de la tonga de sombreros sacó su teléfono móvil y llamó—.

Cariño, ¿dónde estás? —Se hizo un silencio—.

Camila está aquí. —Otro silencio—. Jerome ha desaparecido.

—Un silencio más largo—. De acuerdo. Vamos para allá.

Atravesaron las dos alas y se encontraron a Vicente en la sala de reuniones, rodeado de documentos, ficheros, carpetas y gente entrando y saliendo de la estancia.

—¿Qué es eso de que Jerome ha desaparecido? —preguntó sin ni siquiera saludarlas.

—El jueves pasado, estábamos en su casa cenando y se lo llevaron dos hombres uniformados —esta vez habló Marion—.

Creemos que eran de las FARDC. Era de noche y estaba bastante oscuro.

El único que los vio fue el padre Declan.

Pero lo que sí sé es que media hora después oímos un helicóptero por la zona.

Imaginamos que iría en él. En Saint Germain, un poblado de mierda perdido en medio de la selva, ¿quién coño utiliza un helicóptero?

El gobierno —se respondió a sí misma—. Creemos que fueron ellos.

El embajador movía la cabeza como si estuviese pensando.

—Llamaré a alguno de mis contactos. No te puedo garantizar nada. No sé si me contestarán al teléfono.

—¿Por qué no te van a contestar?

—El gobierno nos ha invitado a marcharnos del país.

—Señaló todo el despliegue de papeles, muebles y demás enseres que había esparcidos por la sala—.

Mañana por la tarde salimos rumbo a Madrid.

Tenemos que dejar esto recogido y a buen recaudo.

Nos queda un arduo trabajo y una larga noche por delante.

Esta vez fue Camila la que se sentó en una de las sillas que estaba libre de documentos y carpetas.

«¿Qué estaba pasando?».

Su marido había desaparecido y sus padrinos eran expulsados del país.

Estaba aturdida. Sentía que la situación se le escapaba de las manos.

Sentía que perdía el control de su vida.

Todo estaba cambiando demasiado rápido. Le costaba asimilarlo.

La angustia que había intentado hacer presencia estaba volviendo a tocar de forma acuciante sobre su estómago.

Respiró hondo varias veces. Tocó su anillo de casada, tratando de calmarse.

No podía permitirse angustiarse ni entrar en pánico.

Ahora tocaba estar en lo que había que estar.

Necesitaba averiguar algo sobre Jerome. Aunque fuese lo más mínimo.

Vio cómo Vicente sacaba su móvil y comenzaba a llamar.

Se levantó de la silla con determinación.

No iba a dejar que la angustia la dominara.

Sabía lo que tenía que hacer para dejar de pensar y de sentir.

Hacía casi tres años que lo había aprendido.

Necesitaba estar ocupada, aunque estuviera agotada.