10 #2
Desde que empezaron a construir la casa y Jerome comenzó a trabajar las tierras, se convirtió en la proveedora de todo tipo de materiales de construcción y enseres agrícolas. Jerome y ella se hicieron muy buenos amigos. Compartieron muchas veladas juntas en su casa.
—Pues, querida, si somos amigas, lo disimulas fatal. Cada vez que nos vemos me miras con cara de perro.
—¿Con cara de perro?
«¿Pero a qué venía aquello?». Se giró desde el sillón del copiloto y la miró con atención.
—Sí, me miras con esa cara de mzungu , como si te sentase mal que me lleve bien con tu marido.
—Siguió atenta a la conducción—. No sé por qué.
Todas vosotras al final me acabáis mirando así.
Hasta Margarita la otra noche. Se cree que no la oí hablar con Conrad.
Al final, prefiero tener amigos hombres.
Todavía quedaba trayecto antes de llegar a Kinshasa. Iba a ser largo e incómodo seguir así. Tal vez era el momento de sincerarse.
—No me importa que te lleves bien con Jerome.
Cuando lo veo contigo es como si lo viese con sus soldados.
Con esa camaradería que tienen ellos. Me gusta verlo así.
Sé que los echa de menos, y me alegra que tú se la des.
Yo no puedo. Soy su mujer. —Suspiró. Ahora o todo se arreglaba o todo se iba al traste—.
Lo que me disgusta es... es cómo lo miras.
Lo miras como si te lo quisieses... como si te lo quisieses.
.. —Le estaba costando decir la palabra.
—...como si me lo quisiese follar —la mujer terminó la frase por ella.
—Yo no lo diría así, pero sí. Lo miras como si quisieras algo más con él. Si fueras otra mujer me daría igual —Hacía tiempo que había superado sus celos—, pero... pero yo sí te considero mi amiga —le confesó—. Siento que me estás faltando al respeto. Me duele.
Ya lo había dicho.
—Querida, tu hombre está buenísimo. ¿Cómo quieres que lo mire?
—Se rio—. Me gustan las cosas bonitas y tu marido es bonito de mirar.
Pero tranquila, no tienes que preocuparte.
Él solo tiene ojos para ti. Te quiere. —Se quedó en silencio unos segundos mientras pensaba—.
No sabía que mis miradas te hiciesen pensar que te estoy faltando al respeto.
Lo siento. Nunca ha sido mi intención hacerte daño, Camila.
Los hombres casados no los toco. Solo traen problemas.
Bastantes problemas tuve en su momento con el hijo puta de mi marido como para meterme en más líos de cama.
—Se calló por unos instantes y prosiguió—.
Prometo dejar de mirar a tu marido con cara de deseo.
Si lo hago, te pido mis disculpas de antemano.
Parecía que habían llegado a una tregua.
—Está bien. Prometo dejar de mirarte con cara de perro. Aceptaré que mires con deseo a cualquier hombre. Incluido a mi marido. Entiendo que es tu forma de ser. Aunque eso no va a evitar que las demás mujeres te sigan mirando con mala cara.
—¿En serio tú crees que sea por eso?
—Por supuesto, Marion. —Parecía mentira que no se diera cuenta—. A nadie le gusta tener una amiga que parece que en cualquier momento se va a... se va a...
—Se va a follar a tu marido. —La mujer asintió como si estuviera pensando—. Ahora lo entiendo. Esto sí que no me lo esperaba. Alguien me podría haber dicho algo alguna vez, ¿no crees?
—Sí, pero no se atrevieron. A veces das miedo.
—¿Te doy miedo?
—Prueba a estar tres semanas con hombres que se comportan como tú en medio de la selva y se te quitan todos los miedos. No, querida —dijo, usando la expresión que ella siempre utilizaba—. No me das miedo. En otra época, sí me lo habrías dado.
—Ahora que somos amigas, porque sé que ahora somos amigas. Jamás he tenido una conversación tan sincera con una mujer como la que estoy teniendo ahora contigo —le reconoció—. Hay una cosa que te tengo que decir.
Camila la miró con atención, estaba segura de que no le gustaría lo que le iba a contar.
—Tienes que aprender a decir la palabra «follar». Veo que te cuesta. —Camila, que no esperaba aquello, se echó a reír a carcajadas—. En serio. Dila. Verás como te libera.
—Follar —susurró.
Le costó decirla más de lo que creía. Su educación le impedía ser malhablada.
—No la he escuchado bien. Dila más alto.
—Follar.
—¡Más alto!
—¡Follar! —gritó. Algo de la tensión que sentía se alivió en ella.
—Quiero que grites: ¡Que les follen a todos! —Dudó—. ¡Hazlo!
—¡Que les follen a todos! —gritó.
—¡Otra vez!
Y esta vez las dos gritaron a pleno pulmón:
—¡Que les follen a todos! Repítelo. ¡Que les follen a todos!
Las dos mujeres empezaron a reír a carcajadas.
—¿A que ahora te sientes mejor?
—No sabía que decir «follar» fuera tan liberador. Lo necesitaba.
—Lo sé, querida. —Sonrió—. Las tetas, cuando están llenas de leche y no está tu cachorro cerca, duelen un huevo.
Camila se sorprendió, no esperaba que la mujer se hubiese dado cuenta de lo mucho que le dolían los pechos.
Marion siempre le había gustado por lo auténtica que era. Con ella no había dobles raseros. A pesar de ser malhablada, ruda y brusca, era clara, directa y muy divertida. Lo agradecía.
Después de aquello, la tensión que había separado a las dos mujeres desde que se conocieron desapareció.
En su lugar, un silencio acogedor las envolvió en la cabina de la camioneta.
Camila notó como la incertidumbre del viaje en el que habían embarcado se hizo más llevadera y menos agobiante.
Se alegraba de haber aclarado la situación entre las dos.