10
La camioneta iba lo más rápido que los caminos permitían.
Hacía semanas que no llovía y la tierra rojiza permitía conducir con facilidad.
Algún que otro derrape en una curva más pronunciada levantaba algo de polvareda.
Nada que impidiese que las dos mujeres, que se habían sumido en un silencio incómodo, aminoraran la marcha.
Los árboles de la selva se iban haciendo más escasos a medida que se alejaban del mundo rural y se aproximaban a la capital.
En ocasiones, podían ver cómo el Kwa las acompañaba cuando el camino se acercaba al caudal del río, dejando ver el monumental cuerpo de agua en toda su magnificencia.
En otras circunstancias, Camila habría disfrutado del paisaje que tenía ante ella; la naturaleza salvaje de su país siempre le había maravillado.
En estos momentos, sus pensamientos estaban en llegar a Kinshasa lo antes posible.
Si seguían a ese ritmo y no había nada que se interpusiese en su camino, antes del anochecer estarían en la embajada española y podrían descansar.
Por la mañana irían al campamento militar Camp Kokolo en busca de información.
Recordó que Jerome y ella, siete meses atrás, decidieron ir al mercado de Bandundu a buscar materiales y muebles para la construcción de su casa y amueblarla. Le tuvieron que pedir a Declan el camión de la misión para su transporte. En la camioneta no iba a caber todo.
—¿En serio vamos a llevar ese viejo trasto de la Alianza?
—le preguntó en cuanto se vio delante del anticuado camión—.
Zaireña , la última vez que lo utilicé, te recuerdo que se estropeó, me dejó botado en medio de la carretera y te acabé secuestrando.
Se acercó a él, se puso de puntillas para susurrarle al oído:
—Tan mal no nos ha ido, ¿no?
Él se rio de buena gana y le sonrió con picardía.
La abrazó por la cintura, se acercó a ella y, antes de que pudiese darse cuenta, estaban besándose en la parte trasera de la cabina, haciendo el amor mientras su hijo dormía plácidamente en la parte delantera.
Habían sido muchos meses separados. Muchos meses echándose de menos.
Muchos meses anhelando sus cuerpos. Estaba convencida de que ese día concibieron a Sophie.
Recordó que, en el mercado de Bandundu, eligiendo la cómoda que después tendrían en su dormitorio, apareció un grupo de militares de las FARDC y policías inspeccionando y registrando todos los puestos.
Buscaban a una muchacha tutsi . La acusaban de asesinar a una familia hutu .
Notó cómo su marido se tensó y, de inmediato, llevaba su mano a la cinturilla del pantalón, donde guardaba su arma.
—Jerome, mírame. —Él hizo lo que le pidió y se miraron a los ojos—.
Puedes estar tranquilo. Están buscando a esta muchacha.
A Angelic Patrice Lumumba. —Le enseñó la octavilla con su rostro y nombre—.
No te buscan a ti. ¿Me oyes? Todos los cargos y crímenes que había contra ti, el presidente Kabila los hizo desaparecer.
Ya no eres el comandante de la guerrilla rebelde de la Alianza.
Ahora solo eres Jerome Joseph Ngona, ciudadano libre de la República Democrática del Congo.
Notó cómo sus facciones se relajaban mientras respiraba hondo.
—A veces mi cuerpo y mi mente lo olvidan. —Se acercó a la cabecita de Jacques, al que ella porteaba, y lo besó en la coronilla.
—Lo sé. —En ocasiones, por las noches, lo tenía que despertar porque tenía pesadillas con la guerra—. Llevas muchos años huyendo. Ahora eso se acabó. Estás a salvo.
De regreso a Saint Germain, su marido había estado más callado de lo habitual.
Camila ya lo conocía, y cuando fruncía el ceño y los labios a la vez, algo rondaba en su cabeza.
Dejó que rumiara sus pensamientos hasta que él quisiese contarle.
Cuando algo le preocupaba, él necesitaba su tiempo y espacio.
Cuando estaba preparado, acudía a ella y se lo contaba.
—Lo que pasó en el mercado esta mañana con esa muchacha me ha recordado que, hasta hace poco, el que era buscado como fugitivo por la FAZ era yo.
Mi bando fue el que ganó en esa maldita guerra.
Gracias a eso estoy aquí con vosotros, yendo a buscar los muebles y materiales para terminar nuestra casa.
Gracias a que ganamos puedo ir a ver a mi hermana.
Puedo estar sin miedo a que nos persigan.
Puedo estar sin miedo a represalias hacia mi familia y hacia mí.
Hoy puedo decir que soy un hombre libre.
Un hombre que se puede permitir estar relajado y tranquilo en un mercado, paseando con vosotros, porque sé que estaba en el bando ganador.
—Hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—.
Zaireña , si algo de eso cambiase, prométeme que buscarás a André y a Nocólas. Ellos sabrán lo que hacer.
—Pero ¿por qué crees que las cosas pueden cambiar? —se preocupó.
—Porque ya no estoy en ningún bando. Dejé el bando ganador para ser libre y poder estar aquí hoy con vosotros.
Soy como cualquier hombre de la república, a merced de lo que nuestro presidente decida.
No debes olvidar que Kabila es nuestro actual presidente porque él y sus aliados, Ruanda y Uganda, lo han ayudado y lo han puesto ahí.
Ni tú, ni yo, ni el pueblo lo hemos elegido ni votado para que sea nuestro dirigente.
Los conflictos en las provincias del este continúan.
No sé si Kabila podrá resolver algo tan arraigado como el odio que se tienen las distintas etnias bayarwanda .
No sé si esta guerra que acabamos de dejar atrás no es más que el principio de una guerra más grande.
Ya lo has visto. Los batutsi y los bahutus están repartidos por todo el país.
Sus diferencias han llegado hasta Bandundu.
No sé hacia dónde nos dirigimos como nación.
—Suspiró—. Prométeme que, si algo me pasase, acudirás a mis hombres.
—Te lo prometo. Iré a buscar a André y a Nocólas y también buscaré al embajador de España. Me ayudaría, de mil amores.
Él, que iba atento a la carretera, dejó de prestarle atención, la miró y le sonrió.
—Sí, también acude a ellos.
Agarró su mano, que aún seguía en su muslo, y la besó. Siguió conduciendo con una sola mano en el volante mientras se aferraba con fuerza a la mano de ella.
Camila se acarició la mano, como si Jerome aún la tuviese agarrada. Le parecía que todo aquello había tenido lugar aquella misma mañana. Aún resonaban en sus oídos aquellas palabras:
«Prométeme que, si algo me pasase, acudirás a mis hombres».
Allí estaban ellas, rumbo a Kinshasa en busca de algo de luz sobre dónde podrían haberse llevado a Jerome. Necesitaba averiguar quién se lo había llevado y por qué. Quería recuperar a su marido.
Se vio obligada a dejar a Jacques con Lucréce.
Llevarlo consigo era una locura. No sabía a lo que iba enfrentarse.
Declan había vuelto a Saint Germain con Alemán.
Con su pierna tal y como estaba, no estaba lo bastante ágil como para adentrarse en una nueva aventura.
A saber, a dónde los llevaría. Marcel, después de la matanza en el poblado batutsi , no quería dejar sola a su familia, y ella así lo prefería también.
Se quedaba más tranquila sabiendo que él estaría para proteger a su hijo si fuera necesario.
Necesitaba sentir que Jacques, por lo menos, estaba sano y a salvo.
Que algo en su vida estaba bien. Que algo en su vida estaba bajo control.
Marion accedió a acompañarla. No quería que fuese sola hasta Kinshasa por aquellos caminos que a veces se volvían desérticos cuando se adentraban en la selva.
Las dos eran conscientes de los peligros que las solitarias carreteras de las zonas rurales podían esconder.
Al igual que Jerome, la mujer amaba la protección que las armas le daban y llevaba una pistola bajo su rebeca.
Tener un arma con ellas les daba cierta tranquilidad.
Dos mujeres solas por aquellos caminos eran un blanco demasiado fácil.
Trazaron un sencillo plan: solo pararían para repostar gasolina a plena luz del día.
En las estaciones de servicio comprarían comida envasada e irían al aseo.
Solo pararían unos minutos si la urgencia fisiológica lo requería.
Por la noche, seguirían el camino. Sin descanso.
Mientras una conducía, la otra dormiría, y así se turnarían hasta que llegasen a la capital y se sintiesen a salvo.
Se tocó los pechos. Le dolían. Aún seguía con la lactancia de Jacques.
Le gustaba el vínculo que se generaba entre ellos cuando le daba de mamar.
Si había tenido un día duro, en cuanto lo tenía en brazos, todo el estrés y preocupaciones se desvanecían y solo estaban ellos dos.
La calma volvía a ella. Le habría encantado tenerlo allí.
Necesitaba sentir algo de la calma que él le transmitía. Lo echaba de menos.
Suspiró. Quería tener a su hijo con ella en esos momentos.
—Querida, ¿vas bien?
—Sí, Marion. Voy bien. Quería darte las gracias por todo lo que me estás ayudando. Eres una buena amiga.
—Jerome merece esto y más. Sabes cuánto me ha ayudado con mi negocio desde que llegó a Saint Germain.
Ha conseguido que los agricultores de la zona confíen en mí siendo una mujer.
Tener al excomandante Ngona de mi parte me ha venido muy bien para hacer crecer mi negocio.
—Se rio—. Y, querida, también lo hago por ti.
¿Crees que dejaría que cualquier mujer viniese conduciendo sola desde Ipeke?
Claro que no. Sé que nosotras no somos amigas, pero qué menos.
—Bueno, no seremos las mejores amigas, pero yo sí te considero una amiga, Marion —le dijo con extrañeza.