El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 9 #3
25%

9 #3

Jerome hacía rato que había dejado de escucharlos.

Se sentía agradecido por lo que estaba ocurriendo en su casa.

Allí estaban los amigos que primero fueron de ella y que ahora consideraba como suyos.

Le gustaba la vida que habían construido Camila y él.

Sí, la vida que habían construido juntos, porque esos amigos también eran de ella y habría estado bien que su mujer pudiera estar allí para disfrutar de ese momento.

Lo que estaba ocurriendo en su casa también formaba parte de la vida, y cuando la vida traía buenos momentos como esos, había que disfrutarlos.

Nunca sabías cuándo te iba a mostrar de nuevo su otra cara.

—Jerome —le increpó Conrad—. Jerome —volvió a repetir el médico al ver que no lo miraba. Entonces, lo miró con atención—. Veo que has ampliado la encimera de la cocina —le comentó mientras se levantaba a admirarlo—. Me gusta más así que como la dejamos la otra vez. ¿Qué material has usado?

—Ladrillos, lo mismo que la última vez. La he encalado y pintado. —El hombre asintió mientras lo observaba con detenimiento—. He aprovechado el tiempo libre de estos días. He avanzado con algunas cosas que estaban pendientes de terminar.

—¿Y el baño?

Jerome le sonrió. Los dos hombres habían estado trabajando durante varias semanas en él y habían tenido que dejarlo a medias porque no había llegado la bañera.

—Ven, que te lo enseño.

La bañera que había estado esperando estos meses atrás, hacía unos días que llegó y se entretuvo estos días en instalarla. No tenía pensado contarle a su mujer que ya tenía baño nuevo. Quería que fuese una sorpresa para cuando regresase a casa. Sabía que la disfrutaría.

—Madre mía —dijo Conrad en cuanto se lo enseñó—. Esto no se lo enseñes a Marga, que me va a pedir una igual para casa.

—Sabes que en cuanto le entren ganas de usar el baño estás perdido.

El hombre suspiró, sabía que tenía razón.

—Lo sé. ¿Has resuelto lo del agua caliente?

—Mañana, cuando vaya a ver a Camila y a Jacques, pasaré por el mercado de Ipeke. Preguntaré cuánto tardarían en traerme unos paneles solares.

—Avísame cuando te lleguen y los instalamos. Así, cuando me toque a mí montarlos, nos será más fácil. —No tenía ninguna duda de que Marga querría tener una bañera.

Los dos hombres coincidían en la misma afición. Les encantaba realizar las chapuzas de casa. Jerome era la cabeza y fuerza bruta, y Conrad se entretenía en los detalles mecánicos y eléctricos.

—Por cierto, ¿sabes algo de la casa de tus padres? —le preguntó mientras salían del baño.

—No, aún no hay respuesta y hace más de un año que la reclamé.

—Podrías hablar con alguno de tus antiguos compañeros. Ahora son altos cargos del gobierno. Ellos lo podrían agilizar.

—Lo he pensado, pero a veces creo que cuanto menos se acuerde el gobierno de mí, mejor.

Si después del verano sigo sin saber nada, hablaré con alguno de ellos.

La venta de la casa nos vendría muy bien a mi hermana y a mí.

Con la guerra y las malas cosechas, Louise no se ha podido recuperar del todo.

Sujetaron las cervezas que habían dejado sobre la mesa y comenzaron a beberlas.

—La posguerra está siendo muy dura —dijo Conrad—.

Menos mal que estamos perdidos aquí en medio de la selva.

Nadie, durante la guerra, se acordaba de nosotros ni para lo bueno ni para lo malo.

Puede que aquí no nos llegasen víveres ni medicinas con las carreteras cortadas y controladas por los distintos ejércitos, pero las cosechas se mantuvieron y no fueron arrasadas por ellos.

Los animales no los mataron y ninguno de los dos ejércitos llegó jamás a Saint Germain.

Pero en las zonas más pobladas ha sido un desastre.

La gente moría de hambre y enfermedades.

Y lo peor de todo es que siguen muriendo por lo mismo, aunque ya no haya guerra.

—Lo sé, Conrad. La situación actual es complicada.

—¿Ya estáis hablando de política de nuevo?

—preguntó Marion—. Sois unos pesados. Vivid y sed felices con lo que tenéis.

El gobierno no va a hacer nada por nosotros.

A ver si os entra en vuestra cabeza de mzungu .

Porque tú serás medio negro —le dijo a Jerome—, pero para algunas cosas piensas como un mzungu y crees, como ellos, que el gobierno debería hacer algo por el pueblo.

No lo va a hacer. Nunca lo ha hecho. Por eso estamos como estamos.

Ahí tenía que darle la razón a Marion, su educación en los colegios y universidades francesas le hacían ver el mundo de forma diferente a como lo hacían sus paisanos que nunca habían salido del país.

—Somos nosotros, el pueblo, los que tenemos que hacer algo por nosotros mismos —continuó la mujer—.

Si esperamos a que vengan a darnos sus migajas, nos seguiremos muriendo de hambre y enfermedades.

Da igual quién gobierne el país o qué nombre decidan ponerle cada vez que suban al poder.

Todos hacen lo mismo. Solo miran por ellos.

Señores, haced que vuestro pequeño mundo de Saint Germain sea un lugar mejor.

Si todos los congoleños hiciésemos lo mismo, a nuestro país le iría mejor.

En ese momento, tocaron a la puerta. Jerome se levantó a abrir mientras los dejaba enfrascados en aquella conversación. Abrió la puerta de un modo despreocupado y se encontró de frente con dos hombres uniformados de las F.A.R.D.C. Ambos se cuadraron ante él.

—Comandante Ngona —dijeron al unísono.

—Excomandante Ngona —les rectificó.

—Comandante Ngona, tiene que acompañarnos.

—¿Cómo dice? —preguntó extrañado.

—Que le invitamos amablemente a que nos acompañe —volvió a repetir el soldado que le enseñaba el arma que tenía colgada en la sobaquera, mientras el otro sacaba las esposas.

En ese momento, lamentó haber dejado su arma sobre la cómoda del dormitorio. Miró hacia el interior de su casa, que seguían charlando. Ninguno se había dado cuenta de lo que pasaba.

—¿Me puedo despedir de mis invitados?

—No, comandante. Nada de juegos. —El soldado seguía mostrándole el arma y el otro le enseñó su AK-47 con un ligero gesto.

—Entiendo. —Al menor movimiento que hiciera, usarían sus armas.

—¿Quién es? —preguntó Declan, que acababa de acercarse a la puerta. Se sorprendió al ver a los dos soldados.

—Declan, por favor, no digas ni hagas nada.

No quería poner a nadie en peligro. No sabía de qué iba aquello. Ni tampoco sabía si los hombres que tenía delante eran de verdad militares de la República o si estaban dispuestos a todo con tal de llevárselo.

—Despídete de todos por mí. Recuérdale a Camila que sabe lo que tiene que hacer. Dale un beso de mi parte a ella y a Jacques. Dile que los quiero.

Y así se marchó, sin despedirse de ninguno de ellos, para que pudiesen seguir a salvo. No sabía a dónde lo llevaban, ni quién lo reclamaba, ni si volvería a ver a alguno de sus amigos alguna vez. Se marchó sin saber si la última vez que había visto a su familia sería la última.

Se bajó del todoterreno que, con la oscuridad de la noche, parecía negro, y ante sí se encontró con un helicóptero que lo estaba esperando.

Dentro había otros dos soldados con sus armas apuntándolo.

Se subió a la aeronave sin saber nada en absoluto de lo que le estaba deparando la vida.

Su cuerpo se tensó. Su mente comenzó a pensar todas las opciones posibles para salir de aquello.

Todos sus sentidos se aguzaron como cuando estaba en el campo de batalla.

En ese momento, dejó de ser Jerome Ngona, un simple agricultor de la República Democrática del Congo.

Ahora era el Comandante Ngona, antiguo miembro de la guerrilla rebelde de la República del Zaire.

El sonido de un helicóptero despertó a un bebé en Ipeke. Su madre, medio somnolienta, lo pegó a su pecho para calmarlo.

—Tranquilo, Jacques, ya pasó. Solo ha sido una pesadilla.