El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 9 #2
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Se levantó de la mecedora y entró en su casa con ganas de prepararse la cena.

Tenía hambre. Dejó que Alemán entrase con él y prendió la luz.

El generador diésel se puso en marcha, creando ese zumbido monótono al que, después de unos minutos, era fácil acostumbrarse.

Abrió el armario que hacía de despensa y encontró que solo tenía papas de la última cosecha y huevos recién recolectados.

No había querido ir al mercado estos días.

Mañana iría a Ipeke a ver a su mujer y a su hijo.

No había necesidad. Sabía que le había recalcado a Camila que solo iría a ver a Jacques, que le daba todo el espacio que necesitase.

No se podía engañar. Tenía ganas de estar con ella.

La echaba de menos. Llevaba meses echándola de menos.

Miró el anillo que tenía en su dedo anular y jugueteó con él.

«Aquí y ahora», se dijo. «Deja de pensar en ella. Ahora vas a preparar la cena».

Antes de que pelase las papas, tocaron la puerta.

—¿Qué hacéis aquí?

Marion, Conrad y Declan entraron en la casa, sin tiempo a que los invitase a pasar.

—Venimos a beber —dijo Marion, levantando un paquete de seis cervezas.

—Pues no tengo nada para daros de comer. —No entendía qué hacían allí—. Tengo papas y huevos si queréis.

—Con eso es suficiente. —Declan, cojeando un poco, se acercó a la cocina y comenzó a sacar todos los utensilios que necesitaba para preparar la cena.

Estaba como en su casa. Todos los viernes venía a almorzar y algún que otro fin de semana se quedaba con ellos—. Voy a preparar una tortilla española.

—Umm, qué rico —comentó Conrad con su acento inglés bien marcado mientras abría una de las cervezas—.

¿Quién te enseñó, Camila o nuestro enfermero español Emilio?

Porque si fue Camila, tengo que decir que cocinar no es su fuerte.

—Todos rieron. Conocían muy bien su destreza en la cocina—. ¿Una cerveza?

Se sentó en el sofá junto a Marion.

—No, gracias. Ya sabéis que no bebo alcohol. Y no, no fue Camila la que me enseñó. Fue una española muy guapa que cocinaba de maravilla —dijo con nostalgia.

—Una mujer guapa y española. ¿Algo que tengas que confesarnos, padre Declan? —preguntó Marion, divertida.

—Nada que confesar. Os recuerdo que no siempre he sido sacerdote y que, ante todo, soy un hombre —contestó mientras pelaba las papas.

Los dos hombres rieron por la contestación.

—¡Vaya! —Marion se levantó del sofá y se acercó a él—. Querido, me tienes que contar más sobre esa época tuya. —Lo miró de arriba abajo. Le tocó el brazo y comprobó que estaba fuerte para la edad que tenía—. Umm, tuviste que estar buenorro en tus años de juventud. Cuéntame más sobre esa española.

—Poco hay que contar. —Jerome sabía a la perfección que, sobre esa mujer, había mucho que contar—. ¿No ves que al final sigo siendo un hombre del Señor? Así es como acabó la historia.

—Pensaba que habría algo más de morbo en todo eso. —En su tono de voz se vislumbraba decepción.

—¿Me queréis decir a qué habéis venido? —preguntó Jerome, cambiando de tema.

Su amiga estaba preguntando demasiado sobre algo que era mejor no hablar.

—¿Se lo digo?

—No, Marion. No se lo digas, que te veo venir —la increpó Conrad. Parecía que habían bebido más de la cuenta.

—Vosotros dos ya habéis bebido, ¿no? —preguntó, refiriéndose a Conrad y a Marion.

—Sí, hay cuatro latas de cerveza vacías en el automóvil. Más las dos que bebieron en el mercado.

—Eres un soplón, Declan —le reprochó la mujer.

—Habrá que ponerle una penitencia —dijo Conrad.

Provocando la risa de los dos borrachos.

—¿Y quién trajo el vehículo? —Jerome estaba preocupado.

—El soplón cojo —contestó Marion.

Todos rieron. Hasta Declan, que hacía tiempo tenía asumida su cojera.

—Marion, no tienes filtro.

—Lo sé. —Cada vez parecía estar más borracha—.

Cuando bebo, es peor todavía. Por cierto, esto es una pregunta que me llevo haciendo mucho tiempo y que creo que muchos feligreses de Saint Germain se la tienen que estar preguntando como yo.

—Arrastraba la lengua al hablar—. Declan, todos sabemos que no bebes alcohol, así que mi pregunta es: ¿qué coño es lo que se convierte en la sangre de Cristo cuando estamos en misa?

—No se me había ocurrido. Buena pregunta. —Jerome sintió curiosidad.

El sacerdote hizo un silencio dramático y los dejó a todos expectantes.

—Agua. Lo que se convierte en la sangre de Cristo es agua. Aunque para los feligreses, en semana santa, les entrego vino.

—Vaya. —Conrad parecía sorprendido—. Eso es un sacrilegio. ¿La Iglesia te lo permite?

—No sé si la Iglesia me lo permite, pero tengo claro que Dios prefiere verme sobrio a verme enfermo por el alcohol. Eso está más que hablado con Él —comentó de forma alegre.

—¿Eres alcohólico? —preguntó Marion.

—Sí. Hace más de quince años que estoy limpio. —Estaba orgulloso de su logro, sobre todo porque los últimos meses estaban siendo difíciles y había podido seguir adelante sin necesidad de beber. Solo Dios, su todo, y él sabían lo complicado que le estaba resultando.

—No lo sabía. Pensaba que no bebías porque no te gustaba. ¿Podrías usar zumo de uva?

—¿Y recordar cómo sabe el vino? No, Conrad.

—Querido, me acabas de cortar todo el vacilón. —Marion miró la cerveza que tenía en la mano y la dejó sobre la encimera de la cocina.

Declan agarró la lata que acababa de dejar a su lado y se la entregó.

—Que yo tenga un problema con el alcohol no significa que vosotros no podáis beberlo.

—¿Y qué te pasó para verte metido en esa mierda?

—Marion, no me apetece hablar de eso. Además, estamos aquí para animar a Jerome. Creo que mi historia con el alcohol no es muy divertida.

—¿Animarme a mí? —preguntó.

—Sí, claro. Esta mañana fui a llevar algunos materiales a Declan y te vimos arreglando la tumba de Sophie. Camila y Jacques no están. Nos pareció una auténtica putada que tengas que comerte solo la muerte de tu hija.

—Ya lo tenías que decir —le reprochó Conrad.

Aquello sí que lo había encontrado desprevenido. No esperaba que sus amigos estuvieran allí para hacerle pasar estos momentos de soledad y tristeza más llevaderos.

—Bueno, alguien le tenía que decir a este hombre que nos preocupamos por él —se defendió Marion—. Porque por eso estamos aquí, porque nos preocupamos por él. ¿O no?

Recordar la muerte de Sophie los entristeció a todos al instante.

—Gracias —dijo, rompiendo el silencio que se acababa de crear—. Muchas gracias. —Tenía un nudo en la garganta. No esperaba esa muestra de afecto de ellos—. Os lo agradezco de verdad.

Conrad tragó con dificultad. Aún recordaba aquel horrible día en el que tuvo que sacar a Sophie, una bebé sana y bien formada, del vientre de su madre, porque si no lo hacía, las dos morirían.

Declan se dio la vuelta y siguió preparando la tortilla de papas, pero como los hombres no lloran, aguantó el tipo.

Tenía ganas de sujetar a Camila por las orejas y traerla hasta casa para que acompañase a su marido en su dolor.

Parecía que se había olvidado de que no solo ella había perdido a su hija.

Y Marion, más dada a mostrar sus emociones que todos ellos, se le cuajaron los ojos y dejó que las lágrimas brotaran de ellos.

—Esto es lo que hacen los amigos, ¿no? —Se secó las lágrimas de sus mejillas—. Además, gracias a esta velada ya conocemos el secreto de Declan. Convierte el agua en la sangre de Cristo. Eso no lo puede decir ningún otro cura.

Todos sonrieron. Jerome sabía que Marion estaba tratando de relajar el ambiente con su sentido del humor.

En ese momento tocaron la puerta.

—¿Esperamos a alguien más? —preguntó Declan.

—Sí, le dije a Anthony y a mi mujer que íbamos a estar aquí.

—Anthony, ¿ese enfermero nuevo que lleva unos meses trabajando en el hospital? A ese sí que me lo follaba yo.

—Marion —le reprendió Conrad—, que hay un sacerdote en la sala.

Jerome se levantó con una sonrisa en los labios, pensando que Marion le recordaba demasiado a sus hombres. Se dirigió a la entrada, abrió la puerta e invitó a pasar a Anthony y a Margarita. Venían con otro paquete de cervezas en la mano. Parecía que esta noche iban a tener fiesta.

—Querido, te recuerdo que Declan nos acaba de reconocer que antes de cura es un hombre. Así que puedo hablar sin problemas sobre follar.

—Madre mía —dijo Margarita—, acabamos de llegar y ya estáis hablando de sexo. —Se acercó a su marido y le dio un beso en los labios para después sentarse a su lado—. Parece que estáis entretenidos.

—¿Cómo fue el turno? —les preguntó a los dos enfermeros que acababan de llegar.

—Estuvo tranquila la tarde. ¿Qué hace ella aquí? —le susurró a su marido en cuanto vio que no la miraban. Conrad se encogió de hombros—. Sabes que no me gusta nada.

—Anthony, querido, siéntate aquí a mi lado. Dejemos a los tortolitos juntos y que ellos hablen de sus cosas. Cuéntame, ¿de dónde eres? Por tu acento diría que de Kinshasa. —Lo miró de arriba abajo—. ¿Estás follando?

El enfermero, que se acababa de echar un buche de cerveza en la boca, la esparció como un aspersor por todo el salón. A sus treinta y siete años, ninguna mujer había sido tan directa con él.

—Marion, en serio. ¿Qué te pasa? —preguntó Conrad.

—Me pasa que necesito follar. —Bebió un sorbo de cerveza—. Llevo sin un hombre en mi cama casi un mes. Eso es demasiado para mí.

—Bueno, mujer, tampoco es tanto tiempo. —Declan trató de calmarla.

—Si tenemos en cuenta que llevas sin estar con una mujer… ¿cuánto? ¿Treinta años? Entiendo que un mes sea poco para ti. Vosotros dos, tortolitos, ¿cuándo fue la última vez que follasteis?

—¿Hay que contestar a eso? —preguntó Margarita.

—Yo hace dos días —dijo Anthony con cierta timidez. Aquella mujer, con su brusquedad, le imponía.