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La noche antes
Jerome observaba las estrellas sentado en el porche de su casa.
La luna estaba oscura y el firmamento brillaba más que en noches anteriores.
Podía vislumbrar una gran parte de la Vía Láctea en el horizonte.
Le encantaba todo lo que el cielo escondía por el día y mostraba en la oscuridad de la noche.
Su padre, cuando cumplió los siete años, durante un año le estuvo mostrando, desde el jardín de su casa, todas las noches, a la misma hora, cómo funcionaba el cielo.
—Jerome, acabamos de ver, durante todo este año, todo el firmamento —le dijo cuando cumplió los ocho—.
Hemos visto todas las estrellas con sus constelaciones, planetas, satélites.
.. Lo único que no podemos ver, porque estamos en el ecuador, son la estrella polar al norte y la sigma del Octante al sur.
Cuando vayas a París a estudiar, podrás verla, como pude hacer yo en su momento y como hicieron tus hermanos.
—Se quedó en silencio unos instantes y añadió—: Algún día veré la estrella del sur también.
Sonrió con nostalgia al recordarlo y suspiró. Su padre nunca llegó a ver la estrella del sur.
Miró a Marte, que seguía brillando ante sus ojos. Tal vez, porque durante más de diez años fue un hombre de guerra, sentía esa fascinación por el planeta rojo. No echaba de menos aquellos tiempos sangrientos, pero sí extrañaba la camaradería que se formaba con sus hermanos de armas.
Ahora, sus compañeros del día a día eran jornaleros a los que pagaba por trabajar sus tierras.
Notaba que lo respetaban, pero, al fin y al cabo, trabajaban con él por un jornal y eso podía cambiar en cualquier momento.
En cambio, con sus hombres en el frente, todos estaban para todos e iban a una.
Su cuñado Jules se lo había enseñado, y él había hecho todo lo posible por enseñárselo también a sus hombres.
Todos sabían que sus vidas dependían del otro y había conseguido que se compenetrasen a la perfección.
Eso era difícil de olvidar. Todos luchaban por todos y para todos.
Entre ellos, se daban la oportunidad de estar vivos, de seguir adelante, de sobrevivir batalla a batalla, misión a misión.
Así fue como sobrevivió durante más de diez años en la guerrilla.
Estaba vivo gracias a sus hombres. Hombres a los que consideraba hermanos de sangre.
Sonrió. Tal vez no habrían nacido de la misma madre, pero habían sangrado juntos en algún momento.
Entre ellos se cuidaban los unos a los otros.
No solo en el campo de batalla, también lo hacían ahora, aunque la guerra hubiera terminado.
Al último que había visto había sido a Valerién, uno de sus antiguos soldados, tres semanas atrás.
Tenía familia en Inongo, cerca del lago Mai-Ndombe.
Había pasado por Lombe a visitarlos con su mujer.
El hombre, de veintiséis años, se acababa de casar y estaban disfrutando de los días libres que el ejército le daba por matrimonio.
Estaba trabajando en el cuartel general de Kinshasa.
Había ascendido a cabo y se había convertido en el chófer del coronel Mwenze, su antiguo superior.
Se había alegrado por él, por su ascenso y por su matrimonio.
Se les veía muy bien juntos a la pareja de recién casados.
Hubo un momento de la visita en el que lo envidió.
Le recordó que hasta hacía unos meses él era igual de feliz con su mujer.
Decidió no pensar en eso. Ahora no quería pensar en ella.
Recordó que los invitó a quedarse unos días en casa y al final decidieron quedarse dos días y una noche con ellos.
Camila y Laetitia congeniaron enseguida.
Jacques fue su punto de unión. A la mujer de Valerién le encantaban los niños y su mujer solo tenía ojos para él.
Ambas mujeres disfrutaron de la compañía de Jacques mientras se iban conociendo.
Y los dos hombres se dedicaron a comer, beber cervezas, a trabajar un poco las tierras y hablar de los viejos tiempos.
Por fortuna, habían construido una casa bastante amplia para lo que solía haber en las inmediaciones de Saint Germain.
Estuvieron muy cómodos durante la visita.
Disponían de una amplia estancia diáfana que hacía de cocina, salón, comedor, y los pocos muebles que tenían eran los que delimitaban el espacio.
Separado por una puerta que daba a un pasillo estaban las tres habitaciones de las que disponía la casa y un baño dentro de la vivienda, todo un lujo en la zona.
Uno de los dormitorios era para ellos; otro para cuando Jacques dejase el colecho; y otro para Declan, que solía quedarse algún que otro fin de semana con ellos.
En ese último cuarto era donde se habían quedado sus invitados.
Fuera, junto a la vivienda, había otro cuarto en donde estaba la estación de radio y sus herramientas.
El terreno en el que estaba ubicada la casa era tan extenso, que habían decidido ir ampliando su hogar según fuese creciendo la familia.
Ahora sabía que no iba a haber más ampliaciones, ni más familia.
Solo serían ellos tres. Sintió una punzada de dolor en su corazón.
Le habría gustado tener más hijos, pero no quería poner a Camila en peligro con otro embarazo.
Conrad le había explicado que, con el tratamiento adecuado y un buen control ginecológico, era posible llevar a término otra gestación.
Pero, como él bien le explicó en su momento, estaban en medio de un lugar perdido de la República Democrática del Congo, con muy pocos recursos médicos, y no quería arriesgarse a perder a su mujer o a otro bebé por mucha medicación y revisiones que se hicieran.
Estaba decidido. No iban a tener más hijos.
Negó con la cabeza. No quería pensar más en eso. Ni en Camila, ni en nada que le hiciera entristecer. Lo intentaba, pero su mente le saboteaba. Quería estar despreocupado y no estropear el día que había tenido. Estaba satisfecho y no quería que esos pensamientos le estropeasen el día.
A primera hora de la mañana tuvo la reunión con los agricultores de la zona y con algunos responsables de la misión de Saint Germain para enseñarles el sistema de regadío que había terminado de construir en la zona de cultivo.
Fue un éxito. Aquellos hombres se entusiasmaron al ver cómo podía recoger el agua del ambiente y regar con ella.
Ellos querían lo mismo para sus plantaciones.
El único problema era la financiación. No tenían recursos económicos para conseguir el material.
Pensó que, tras el éxito de la recaudación benéfica que se había hecho para el hospital, tal vez se podría hacer lo mismo para la misión de Saint Germain, más adelante.
Conocía muy bien los entresijos de la política de la República Democrática del Congo, por mucho que ahora fueran otros los que gobernaban.
A los poderosos les gustaba creer que con sus galas benéficas contribuían a que el mundo fuese un poco mejor.
Eso parecía acallar sus conciencias. Aprendió esa lección desde muy niño.
Recordaba haber escuchado una conversación entre sus padres. Estaban discutiendo. Su madre le reprochaba a su padre que no hiciera más por la gente del antiguo Zaire. Le pedía que hablase con el presidente y destinaran más recursos para el pueblo. La gente se moría de hambre.
— Cat , yo no puedo hacer nada. Estoy atado de pies y manos. El presidente no atiende a razones. Algunos lo hemos intentado. Pero tú sí puedes hacer algo. Siempre que te has propuesto algo, lo has conseguido. Podrías hacer una recaudación de fondos.
Su madre se rio con esa risa tan contagiosa que tenía. Se acercó a su padre, lo abrazó por el cuello y lo besó.
—Lien, vamos a organizar una de las fiestas más sonadas de todo Kinshasa. La haremos en diciembre, antes de las Navidades. La gente suele ser más generosa. ¿Y sabes qué? Las mujeres de tus oficiales me van a ayudar. Hasta el mismísimo presidente querrá acudir y mostrar al mundo lo generoso que es.
A partir de aquel momento, y aunque su madre hubiera fallecido, todos los años, cuando llegaba diciembre, se celebraba una gran gala benéfica organizada por las mujeres de los oficiales del Zaire.
Era el acontecimiento de la temporada navideña.
Todas, absolutamente todas las personalidades influyentes, poderosas y ricas del país acudían vestidos con sus mejores galas para contribuir a que la gente del antiguo Zaire viviese un poco mejor con sus donativos de miles de dólares.
Su padre, si coincidía que Jerome había regresado del internado en Francia, lo llevaba siempre que podía.
Para Jerome, ese siempre fue el pistoletazo de salida de las fiestas navideñas.
Le gustaba acudir y codearse con todas aquellas personas tan importantes.
No porque fueran influyentes, sino porque sabía que todo aquello había surgido de la necesidad de su madre de ayudar a los zaireños.
Toda la ayuda que podía entregar una mujer blanca, madre de cuatro hijos mestizos y casada con un oficial congoleño.
En un mundo de hombres congoleños, poderosos y ricos que gobernaban el segundo país más grande de África era difícil. La menospreciaban por ser mzungu .