El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 8
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En cuanto escuchó la bocina de la camioneta, Camila sujetó a Jacques en brazos y salió a toda prisa del pequeño huerto en el que llevaban trabajando toda la tarde.

Jerome acababa de llegar. Su corazón estaba desbocado.

Estaba impaciente, nerviosa, excitada...

Estaba deseando verlo. Se rio. Hace unos días, solo era capaz de identificar la rabia y el deseo hacia él.

Ahora le despertaba todas esas emociones.

Necesitaba verlo. Quería hablar con él y contarle todo lo que había pasado.

Quería pedirle disculpas por no haber podido acompañarlo en su sufrimiento, por no haber entendido que él también lloraba la muerte de su hija. Quería pedirle perdón por haberlo culpado de su muerte. Se sentía tan angustiada por haberle generado tanto sufrimiento que necesitaba hablar con él.

Estuvo todo el día esperándolo. No sabía a qué hora llegaría. Le recordó a cuando estaba en la guerra, que para no pensar en él se centraba en el trabajo, en Jacques... cualquier excusa era buena para mantener a raya la angustia que generaba su ausencia.

Necesitaba su perdón.

Quería pedirle disculpas por haberse marchado sin decirle a dónde iba. Por haberse llevado a Jacques, alejándolo de él. Fue muy egoísta por su parte.

Necesitaba que la perdonase por todo lo que había hecho estos meses.

Por sus silencios. Por sus malas contestaciones. Sabía que no había sido ella misma. Había quedado atrapada entre dos mundos.

Necesitaba decirle que ella también lo quería. Que no se merecía cómo lo había tratado en estos últimos meses. Quería decirle todo lo que había descubierto.

Estaba deseando besarlo, abrazarlo y hacer el amor con él.

Quería volver a casa y estar juntos los tres.

Como antes. Pero sin ser igual que antes, ya que ninguno de los dos serían los de siempre.

Ahora eran otros. La muerte de Sophie había cambiado todo.

Aun así, quería seguir con su vida mientras la recordaban con amor y cariño.

Necesitaba volver a su normalidad. Una normalidad en la que era feliz. En la que sentía que lo tenía todo en la vida. En la que se sentía afortunada y plena. Una vida en la que quería estar con Jerome.

Alemán apareció a su lado, ladrando y dando saltos de alegría. Acarició a su perro y se rio. Se sentía dichosa. Había apostado por su familia y le dio las gracias a su hija. Sabía que, con su muerte, ella había tenido la oportunidad de vivir. Se sentía agradecida y feliz. Se sentía viva de nuevo.

Al girar la esquina de la casa se quedó de pie, quieta y sin apenas respirar, observando con extrañeza la estampa que tenía ante sus ojos.

Algo no encajaba en lo que estaba viendo.

Estaba la camioneta de Jerome, Alemán, Declan y Marion, pero por más que buscaba a su marido, él no estaba allí. Un nudo de angustia la golpeó en el estómago y el corazón le comenzó a latir a toda prisa.

«Algo no va bien», pensó.

—¿Dónde está Jerome? —preguntó con voz ahogada.

Solo se escuchó el murmullo del viento moviendo las hojas secas. Entonces, Declan habló.

—No lo sabemos.

Un escalofrío la recorrió. Abrazó a Jacques con fuerza, como si temiera que él también pudiera desaparecer.

Alzó la vista y vio la silueta de la luna creciente empezando a dibujarse en el cielo. Cerró los ojos y unas lágrimas cayeron por su mejilla al recordar las palabras de Lucréce.

«Me piden que te prepare para lo que está por venir antes de la luna oscura».

De repente, un sonido rasgó el silencio. Un ulular profundo, seco y firme. Camila giró la cabeza, justo a tiempo, para ver una lechuza negra levantar el vuelo desde una de las ramas de los árboles. Su corazón se encogió. La luna oscura había sido ayer.