El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 7 #2
18%

7 #2

Me reí por su comentario. Si yo hubiera sabido lo feliz que me hacía, me habría dejado de tanta monserga y me habría tirado a la piscina desde el primer día que lo conocí.

Vimos cómo nuestro amigo y enfermero se marchaba contento. Acababa de terminar su turno y solo le quedaba darme la guardia para poder salir del hospital e ir a casa a descansar. Me dio permiso para visitar a Conrad.

—¿Tan importantes son estos aparatos?

—Jerome, estos respiradores y monitores son un antes y un después en el Saint Hospital. Podremos tener una pequeña unidad de cuidados intensivos, por así decirlo. Si esto funciona como creemos, se salvarán muchas vidas.

—Me alegro.

Sabía que se sentía orgulloso por lo que había conseguido, porque yo también me sentía orgullosa de él. Lo volví a besar.

—Vamos a ver a Conrad. Anthony necesita descansar y yo quedarme tranquila.

—Toqué la puerta abatible de su consulta y entramos.

Allí estaba, organizando el despacho para comenzar a recibir pacientes.

Después, iría a hacer la ronda por el hospital—.

¿Me puedes echar un vistazo? Esta mañana me he despertado con cefalea y con edemas en miembros inferiores.

—Claro, pasa y siéntate. —Tomó mi brazo y lo cubrió con el esfigmomanómetro—.

Mañana, partida en mi casa. No os olvidéis.

Yo pongo la comida y vosotros la bebida —nos dijo mientras inflaba el aparato y colocaba el estetoscopio sobre mi arteria braquial.

—Escuchó los latidos y noté cómo su cara se preocupaba.

Me quitó los aparatajes—. Túmbate en la camilla.

—Miraba mis piernas hinchadas—. ¿Desde cuándo las tienes así?

—¿A cuánto tengo la tensión?

—La tienes a ciento cincuenta con noventa.

—Vaya. —Me sorprendí. Lo último que imaginaba era que mi cefalea y mi cansancio se debieran a la tensión alta—. Empecé ayer con las piernas edematizadas.

—¿Eso es alto? —Jerome estaba preocupado.

—Sí. Te voy a mandar reposo y controles de tensión arterial en casa, a diario, mañana y noche. Tendrás que estar tumbada del lado izquierdo. Estaría bien que te hicieras una analítica de sangre y orina en el hospital de Bandundu. Quiero descartar que haya proteinuria.

—Lo que sea. Haremos lo que sea —dijo Jerome.

—Hablaré con la enfermera para que te dé la medicación.

—La enfermera soy yo —dije, levantándome para buscar mi medicación.

Noté que la visión se me nublaba, pero no dije nada. No quería preocupar a mi marido.

—Jerome, ¿te importa avisar a Anthony? Estará en el cuarto de descanso esperando a tu mujer. Dile que venga. —Me tumbé, y esperó a que mi marido saliera—. Te acabas de marear, ¿verdad? —Asentí—. Estás pálida. —Sentí que la oscuridad me llamaba—. Camila. Camila.

—Conrad... —dije, sin apenas voz.

Me fui con ella. Me dejé atrapar por la oscuridad.

Sentí cómo mi amigo se asustó. Y cómo mi bebé también. Quitó los frenos de la camilla de ruedas y salió corriendo conmigo hacia la sala de parada. A partir de ahí, todo comenzó a suceder como a cámara lenta.

Conrad gritaba pidiendo ayuda, y todos mis compañeros corrían por los pasillos queriendo llegar lo antes posible hasta donde él estaba.

Sentía la adrenalina de todos ellos correr por sus venas.

Estaban excitados y asustados. Era la misma sensación que yo tenía cuando estaba ante una emergencia vital y quería salvar una vida a toda costa. Entonces, me di cuenta.

Mi bebé y yo éramos la emergencia vital.

Miré hacia mi cuerpo. Estaba convulsionando, rodeado de todos los sanitarios que había en ese momento en el Saint Hospital.

Me rompieron la camisa, mis pantalones, mi ropa interior, y comenzaron a introducirme todo tipo de catéteres, sondas y medicación por mi cuerpo: en mis venas, en mi boca, en mi uretra.

Estaban tratando de salvarnos. Fui consciente de que, a lo mejor, no saldríamos de esta.

Sabía que tenía eclampsia. Los dejé trabajando. Confiaba en ellos y, sobre todo, confiaba en Dios. Allí ya no podía hacer nada, salvo rezar porque mi hija y yo saliéramos adelante.

Sí, sabía que el bebé que esperábamos era una niña.

Era capaz de sentir cómo estaba luchando conmigo para estar viva.

«Lucha, Sophie, lucha».

Busqué a mi marido. Necesitaba estar a su lado.

No quería que él se sintiese solo sin mí, yo sabía que mi cuerpo estaba bien atendido en aquella sala.

Lo encontré sentado, completamente desolado, en una de las sillas que estaba al lado de la sala de parada; tenía su cabeza apoyada con las dos manos.

No se podía creer lo que ocurría. Hasta hacía unos minutos, su mujer y su bebé estaban bien.

Estaba aterrado. Todo su cuerpo temblaba.

Lo escuché rezar. Me coloqué ante él y le acaricié el hombro.

Quería que supiera que yo estaba allí con él.

Se incorporó y sentí cómo su mirada se clavaba en mí. Tragué con dificultad. Sentí su soledad. Estaba abrumado. No quería volver a perderme. No quería una vida sin su hija. Él, desde el principio, había dicho que era una niña, y no se equivocaba.

Se levantó en cuanto vio salir a Conrad de la sala de parada.

—¿Cómo están?

Mi amigo movió la cabeza hacia los lados.

—Están muy graves. El bebé solo tiene cinco meses.

Si lo sacamos ahora no sobrevivirá; pero si la dejamos dentro, Camila morirá.

—Noté su corazón partirse—. Podría mantener con vida a tu esposa de forma artificial.

Los nuevos respiradores nos ayudarían hasta que el bebé sea viable.

Después, podría hacerle una cesárea. Lo siento.

No puedo salvarlas a las dos. —Tragó con dificultad—.

Tienes que elegir a una de ellas, aunque no te puedo garantizar que alguna de las dos sobreviva.

«No», grité, pero no me oyeron. No quería perder a mi pequeña. Mi pequeña merecía vivir. No quería volver a perder. Otra vez no. Yo ya he vivido.

—¿Me estás diciendo que tengo que elegir entre mi mujer o mi hija, y que aun así no hay certeza de que alguna se salve?

—Sí. Necesito que tomes una decisión y que sea rápido. Lo siento.

—¿Quién tiene mayor probabilidad de vivir? —Notaba cómo su cabeza no paraba de pensar buscando la mejor solución.

Conrad sonrió, hastiado.

—No lo sé, Jerome. Estamos en un pequeño hospital perdido en medio de la República Democrática del Congo. Nosotros haremos todo lo posible, pero la última palabra la tiene el Señor.

Sentí cómo su alma gritaba al igual que la mía.

Estaba destrozado. Era la decisión más difícil que nunca había tenido que tomar en su vida.

Nadie, jamás, debería tomar una decisión así.

Yo estaba igual de destrozada que él. Quería agarrarle la mano, pero no podía.

Quería abrazarlo, pero no podía. Quería decirle que no importaba lo que decidiese, que yo lo seguiría amando.

Que entendería que la eligiera a ella. Yo ya había vivido. Pero no me oía.

—Está bien. Salva a mi mujer —dijo con lágrimas en los ojos.

No quería perderme y tampoco quería que mi hijo me perdiera.

Sabía que acababa de sentenciar a muerte a su hija.

Sabía que acababa de perder a mi hija. Cerré los ojos.

Sabía que ya no había marcha atrás en cuanto Conrad entró de nuevo en la sala.

Lo miré y sentí que un intenso dolor lo atravesaba.

La culpa se había alojado en él. Comenzó a llorar.

Yo solo quería consolarlo y que me consolase.

No podía. No me veía, ni me oía. Nuestra hija iba a morir y nos necesitábamos el uno al otro, pero yo no estaba disponible para él.

Noté un fuerte dolor en la zona baja de mi abdomen.

Supe que la estaban sacando de mi vientre.

Miré al cielo y me enfadé con Dios. No era justo.

Miré a mi marido en busca de consuelo, pero no lo encontré.

Grité desesperada. La rabia había inundado mi alma.

Estaba cansada de perder y supe que él también lo estaba.

Entonces, no pude más que sentir compasión por mi esposo.

Cómo consolar a alguien que acababa de tomar la decisión más difícil de su vida.

Daba igual qué decisión tomara, en ambas perdía.

Todos salíamos perdiendo. En esta historia, nadie ganaba.

—Jerome, entra.

Margarita salió a buscarlo. Se secó las lágrimas. No le gustaba que lo viesen llorar. Entró en la sala y Anthony le entregó a nuestra pequeña. Aún estaba con vida.

Dios, era tan pequeña, que su corazón se llenó de amor.

—Ey, mi niña preciosa. Mi «petit» . Mi Sophie. Ese es el nombre que tu madre y yo elegimos para ti. Lo siento. —La culpa lo invadía—. Lo siento tanto... ¿Puedo enseñársela a Camila?

—Sí, aunque ella no te oye. Sigue inconsciente.

Se acercó a mi cuerpo, en el que aún trabajaban para salvarme, y me la mostró.

Se me partió el corazón. ¿Cómo no iba a amarlo?

Colocó a nuestra hija sobre mi pecho y, por unos instantes, sentí su respiración y su corazón junto al mío.

Sentí su amor y su agradecimiento por este instante de vida.

Mi hija sabía que iba a morir, pero no le importó.

Había vivido lo que tenía que vivir en esta existencia. Se sentía amada. Estaba en paz.

De repente, dejó de respirar y murió. Mi alma entonces se quebró. No quería vivir así. Lo quería todo. La quería a ella.

Mi corazón se paró.

—¡Joder, está en asistolia!

Comenzaron a reanimarme, pero yo ya no quería seguir. Quería irme con ella.

—¡No, no me puedes hacer esto! ¿Me estás oyendo? ¡Vuelve a mí, maldita sea! —gritaba mientras lo sacaban de la sala—. Deja que la muerte de nuestra hija sirva para algo. No me digas que su sacrificio no ha merecido la pena. Jacques y yo te necesitamos.

Y yo, que estaba partiendo con ella, me quedé a medias.

Me quedé en el mundo de los muertos, agarrada a mi hija, y en el mundo de los vivos, agarrada a mi marido y a mi hijo.

Sentí cómo la culpa me invadía al ver que mi hija tiraba de mí.

Ella debía seguir su camino, y yo me aferraba a la vida.

Sentí que ambos mundos me arrastraban. Quería estar en los dos, pero no podía.

No sabía a quién soltar, ni con quién quedarme.

Una descarga en mi corazón me despertó. Y mi espíritu, que aún se debatía hacia dónde ir, se quedó allí, atrapado entre los dos mundos. Atrapado en el vacío de ningún lugar. Mi alma se había perdido en medio de la nada. Estaba sola y aterrada.

Me incorporé y comencé a llorar de forma desconsolada. A mi lado estaba Lucréce. Me sentía vacía y sola.

—Mi bebé. —Me abracé a ella.

—Sí, cariño.

—Jacques y Jerome me necesitan, necesitan que yo esté para ellos. Los he dejado solos.

—Sí, niña, necesitan que estés para ellos. Y también necesitas estar para ti. —Me colocó su mano en el corazón—. No olvides que, si no estás para ti primero, no podrás estar para ellos. Tienes que elegirte.

Me volví a recostar y seguí llorando. El sueño me acompañó y, mientras descansaba, una fuerte luz apareció ante mí.

Vi a mi pequeña a mi lado, aún le sostenía la mano.

En todo este tiempo no la había soltado.

Le sonreí. Sentí todo su amor hacia nosotros.

Supe que quería que la soltase. Necesitaba marcharse.

Ella también estaba entre los dos mundos.

—Te amo, siempre lo haré y nunca te olvidaré —le dije.

Necesitaba que supiera que era una bebé muy amada y deseada. Le solté la mano con mucho pesar y la vi partir. Me sonreía. Sabía que no iba a estar sola. Sabía que iba a estar acompañada por sus abuelos, bisabuelos y sus tíos.

Yo estaba eligiendo vivir por mí y para mí. Estaba eligiendo vivir por nuestra familia. Su muerte tenía que merecer la pena. Mi vida tenía que merecer su vida.

La luz se fue desvaneciendo y un fogonazo vino a mí. Mi espíritu ya no estaba entre dos mundos, ahora solo estaba en uno. Y mientras mi alma se recolocaba en mi cuerpo, caí en un sueño profundo, sabiendo que mañana sería luna nueva.