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Me dejé llevar por la música y la danza.
Notaba mi cuerpo muy ligero, como si flotara mientras bailaba y cantaba.
Sentía que levitaba. No sabía lo que cantaba, pero de mi garganta salían sonidos desconocidos para mí, que me hacían querer cantar más fuerte y más alto.
Creo que en algún momento llegué a gritar, porque las demás mujeres me acompañaron con sus gritos.
Todos los poros de mi piel se erizaron al escucharlas. Estaba extasiada. Estaba entre dos mundos, entre lo físico y lo etéreo.
Me fijé en el fuego. Un halo de luz a su alrededor y un precioso arcoíris difuminado me llamaban a tocarlo. Una mano firme y decidida me alejó del fuego abrasador. Supe que era Lucréce la que me protegía. Me apartó de allí, me tumbó sobre una esterilla de rafia y me cubrió con una sábana blanca.
—Es hora de viajar —le escuché decir.
Cerré los ojos e hice lo que me pidió. Mi cuerpo se relajó y comencé a viajar por lugares tan conocidos como invisibles para mí. Comencé a viajar por antiguas experiencias vividas que no recordaba haber vivido.
Mis pulmones se abrieron por primera vez y tomé mi primera bocanada de aire en el mundo.
Abrí los ojos y reconocí la habitación de mis padres.
Mi madre estaba en la cama, mi padre me sostenía entre sus brazos, y Lucréce felicitaba a mi madre por el gran trabajo que había hecho.
Yo era solo un bebé, pero lo entendía todo. Era muy extraño.
Me di cuenta de que acababa de nacer; aún tenía restos de líquido amniótico por el cuerpo. Sentí frío y lloré.
Mis hermanos entraron corriendo a conocerme mientras mi padre me cubría con una manta. Sentí el calor de su abrazo. Por fin había llegado a mi familia después de nueve meses de espera. Me sentí feliz.
Sentí el amor inmenso de todos ellos hacia mí. Supe que era amada, y en ese instante los amé. En ese momento, amé por primera vez.
Abrí los ojos desorientada y con ganas de llorar de alegría.
—Qué bonito.
Lucréce sonrió y me acarició la melena. Me volví a ir.
Corría por lo que me parecía el inmenso pasillo de mi casa, angustiada y aterrorizada.
Era la primera vez en mi vida que me sentía así.
Un disparo sonó a mi espalda. Supe que también habían matado a mi hermano.
Noté cómo su alma partía de su cuerpo. Fue limpio y sereno, su sufrimiento y su dolor habían desaparecido.
Había muerto para protegernos a mi hermana y a mí.
Podía sentir la rabia y el odio que bullían por las venas de sus asesinos. Aquellos hombres hacía tiempo que habían dejado de amar. En algún momento de sus vidas vendieron su alma al diablo.
Por primera vez en todos estos años pude sentir compasión por ellos. Se habían perdido y no sabían amar. Se habían olvidado. Solo entendían de codicia, avaricia y de un poder insano.
¡Qué triste una vida sin amor!
Agnès corría tras de mí. Podía sentir su miedo mientras corríamos hacia la casa del árbol. Me ayudó a subir. Y entonces pude sentir su indecisión. Por un momento quiso trepar también ella, y se contuvo para que no me descubrieran.
Quiso mirarme y decirme que todo estaba bien así, pero no lo hizo; no quería que me encontrasen.
Sentí cómo, de repente, aceptó que iba a morir. Levantó los brazos, escuché un disparo y vi cómo su alma partía.
Ya Agnès no estaba allí, por más que yo quisiera que esos ojos vacíos estuvieran llenos de vida.
Sentí cómo mi hermana, en aquel horror, había cometido un gran acto de amor. Mi hermana, al aceptar su muerte, me había dado la vida. Mis dos hermanos dieron su vida por mí.
Me incorporé sobresaltada y vomité. Lucréce sostenía mi cabeza mientras yo echaba todo lo que contenía mi estómago en un cubo de plástico.
«¿De dónde había salido ese cubo?»
Me limpié la boca y me recosté de nuevo.
Mis abuelos estaban ante mí. Hacía tiempo que habían partido. Se acercaron y me besaron en la frente. Recordé, en ese instante, cuánto los echaba de menos, a pesar de lo enfadada que aún estaba con ellos por haberme separado de mi tierra, de mi país, de todo lo conocido.
Pude sentir su enfado también. A los tres nos arrebataron lo más precioso que puede tener alguien. A los tres nos quitaron el amor de los nuestros.
Pero aquello también nos unió. Si las muertes de mi familia no hubieran ocurrido, jamás los habría conocido y jamás nos habríamos querido como nos quisimos.
Empecé a llorar. A pesar de todo, sentí que era afortunada. La vida no había hecho más que brindarme amor, y hasta ahora había sido incapaz de verlo.
Siempre había estado rodeada de amor, a pesar del dolor y del sufrimiento de las circunstancias. Solo ahora era capaz de entenderlo. Solo ahora era capaz de sentirlo.
—¿Cómo no me había dado cuenta, Lucréce? —le pregunté a mi amiga. Sabía que no entendía de qué le hablaba; yo era la que estaba viajando, pero en su rostro solo pude sentir el amor que profesaba por mí—. Te quiero. Sé que no soy de decirlo, pero te quiero.
Mi amiga rio.
—Lo sé, niña, lo sé. Yo también te quiero.
Me dio una taza con la misma infusión que bebimos al llegar a la Sainte Mère , y sació mi sed. No me había dado cuenta de lo sedienta que estaba.
«¿Cuánto tiempo llevábamos allí?»
Miré al cielo. Aún era de noche. El fuego seguía crepitando, la música seguía sonando, y los cánticos llenaban la oscuridad de la selva. Me volví a recostar y me dejé llevar de nuevo al otro lado.
Ahora estaba en las alturas de la selva.
No, no estaba en la selva. Yo era la selva.
Yo era los árboles, el cielo y el río. Era el okapi, el cocodrilo y la víbora.
Yo era el sol, la luna, el elefante, el leopardo…
Yo era todo, y todo era yo. Era como si yo fuese el mundo. Como si yo fuese la creación de Dios.
Y los vi. Descendí y los observé. Un hombre abrazaba a una mujer que yacía en el suelo; mientras otros lo miraban incrédulos.
Lloraba en silencio. Era capaz de sentir su dolor.
La mujer había muerto, y él quería morir con ella.
No quería vivir sin ella. Sentía que, con su muerte, lo había perdido todo: su fe, su esperanza, su ilusión de volver a ser feliz.
Sentía la rabia bullir en su interior. Si no moría, quería venganza.
Se levantó, dejando a la mujer muerta en el suelo, y mató al hombre que tenía enfrente.
Entonces, lo supe. La mujer que estaba sobre la hierba era yo. Estaba muerta. Estaba viviendo mi propia muerte. La muerte que había experimentado dos años atrás.
Quise acercarme a mi marido para que supiera que estaba bien, pero no pude. Debía irme. Era la hora. Mi familia me esperaba.
Me alejé poco a poco de la selva, sintiendo un amor inmenso por aquel hombre, sabiendo que en poco tiempo me dio lo que nunca creí merecer, y sintiendo todo su dolor ante mi pérdida.
No quería marcharme y dejarlo así. Él merecía ser feliz.
Algo me atrajo de nuevo a la selva. Como si una fuerza me imantara.
Busqué de forma desesperada una bocanada de aire.
Me incorporé en la esterilla buscando ese oxígeno que me faltaba.
Mi corazón latía a mil por hora. Acababa de experimentar mi propia muerte.
Acababa de sentir cómo era estar muerta, y cómo Jerome sentía mi pérdida.
Había sido demasiado intenso para mi cuerpo y mi mente.
Me dolía todo. No quería generarle ese sufrimiento a nadie. Y menos, a él.
Necesitaba salir del ambiente denso que se respiraba alrededor de la hoguera. Necesitaba ir al baño. Necesitaba respirar aire fresco. Lucréce me acompañó más allá del grupo bwiti y me dejó refrescarme tras desahogarme junto a uno de los árboles.
No dijo nada, ni yo dije nada.
Aquello estaba siendo tan revelador y tan rápido que no sabía si sería capaz de procesar toda la información que me llegaba.
—Me quiero ir a casa.
—Claro que sí, niña. Nos vamos a casa.
El aire fresco y húmedo del camino me despejó.
Los olores, colores y sensaciones de la selva eran más intensos que nunca.
Las estrellas brillaban como nunca. La noche era más oscura que nunca.
La luna estaba más cerca de mí que nunca.
La brisa acariciaba mi piel con más dulzura que nunca.
Las lechuzas ululaban más agudas que nunca.
El agua del río fluía más viva que nunca. Todos mis sentidos estaban exacerbados.
Lo que no sabía, ni imaginaba, era que a la iboga aún le quedaba tiempo en mi torrente sanguíneo. Y cuando me acosté en la mullida cama de Lucréce, mi alma, que aún no había vuelto, gritaba por regresar.
—Quiero que hables con Conrad en cuanto entres por esa puerta. —Señaló la entrada del pequeño hospital.
—Sí, hablaré con él. —Lo besé en sus labios carnosos, me bajé del vehículo con la facilidad que puede tener una embarazada de cinco meses y me despedí de él. Lo vi bajarse de la camioneta y cerrar la puerta con llave—. Jerome, ¿se puede saber a dónde vas?
—Te acompaño. No me quedo tranquilo hasta que hablemos con él.
Me reí. Lo adoraba, pero cuando se ponía tan protector me exasperaba. Lo entendía, estaba preocupado por mí y por nuestro bebé.
Esa mañana me había levantado con dolor de cabeza y los tobillos hinchados. Sabía que este embarazo estaba siendo diferente al de Jacques. Con él nunca me había sentido tan cansada.
Nos encontramos con Anthony. Estaba eufórico.
La noche anterior pusieron en marcha uno de los dos respiradores que enviaron desde Kinshasa, junto con los monitores cardíacos.
—Jerome, tienes que venir a verlo. —Nos llevó por todo el pasillo hasta la sala de urgencias—. Gracias a tu gala benéfica nos han enviado este maravilloso aparato que va a salvar vidas.
Allí estaba, reluciente, el nuevo respirador.
Gracias a la idea de mi marido; organizar una fiesta benéfica entre altos cargos políticos, militares y personas influyentes del país; habíamos recaudado una considerable suma de dinero, y pudimos comprarlos.
—Camila, te tenías que haber casado antes con él.