6
La mujer que tenía ante sí no tenía nada de particular.
Había pensado que, como curandera, iría con algunos ropajes típicos de los bwiti , pero iba vestida con las ropas habituales de la zona: una bonita falda de colores naranja y azul, una camisa con el mismo estampado de formas y tonalidades, y un colorido turbante azul en la cabeza que resaltaba su belleza, a pesar de notarse el cansancio en su mirada.
Había imaginado que, por el hecho de ser curandera, sería una mujer mayor, de la edad de Lucréce, pero estaba más cerca de su edad que de la de su amiga.
La Sainte Mère se presentó como Ellie. Y, tras saludarlas, las guio a lo que parecía su dispensario, lleno de utensilios y hierbas, e invitó a ambas a sentarse junto a ella sobre una esterilla de rafia. Había preparado una infusión para cada una.
—Bebed, mujeres, bebed —dijo con suavidad.
Ambas aceptaron la taza y bebieron.
—Cuéntame, Camila, ¿a qué has venido?
Miró a su amiga y decidió ser franca con la mujer.
—No lo sé. Lucréce me pidió que viniera. Dice que tengo que curar mi alma.
La Sainte Mère rio de buena gana.
—Así que has venido porque esta maravillosa mujer te lo ha pedido. —Parecía que ambas se conocían de antes—. Me alegra que le hayas hecho caso.
La miró de arriba abajo y su rostro se tornó más serio.
—Sí, tenemos que curar tu espíritu. Se ha perdido y quiere volver a ti.
Camila tragó con dificultad. Todo aquello la agobiaba y le generaba cierto temor.
Era católica y las costumbres y religiones que profesaban algunas tribus africanas la incomodaban.
Sabía que muchas sincretizaban el cristianismo con religiones ancestrales, como el caso de los bwiti, pero las había visto sanar a personas, que como buena mujer de ciencia, habría dicho que era imposible.
Ahora su amiga la había traído ante una Sainte Mère para arreglar algo que se escapaba a su entendimiento racional. Imaginaba que aquella mujer debía ser tan especial como Lucréce.
—¿Tú también escuchas a los espíritus? —preguntó con curiosidad.
La mujer volvió a reír a carcajadas.
—No. —Seguía riendo—. Eso se lo dejamos a nuestra Lucréce. Yo solo los veo.
Aquello sí que la tomó por sorpresa. Miró a su alrededor buscando algún indicio de lo que la mujer le contaba, pero, como era de esperar, no vio nada más allá de lo que sus cinco sentidos le permitían percibir.
Se incomodó aún más. Estaba con dos mujeres que experimentaban el mundo de forma distinta a ella, más allá de lo que la ciencia podía explicar.
Una parte de ella sabía que era cierto. Sabía que había algo más allá de lo tangible. Su amiga se lo había demostrado en innumerables ocasiones. Aun así, le daba cierto temor. Lo desconocido y misterioso siempre provocaba eso en ella.
—No te agobies. —Parecía que la mujer le había leído el pensamiento—. Todos tenemos nuestros dones. Eso sí, unos los tenemos más desarrollados que otros. Tú no ves a los espíritus. Ni los escuchas. Tú los sientes.
Carraspeó incómoda y su piel se erizó.
—Tú tienes la capacidad de saber lo que siente el otro.
De ponerte en su lugar. De comprender sus motivaciones, aunque no las compartas.
De entender y ver más allá de sus acciones.
Ese es tu don. Sentir el espíritu del que está vivo y acompañarlo en sus emociones con tus actos.
Para eso has venido a este mundo. Por eso estás aquí, en el antiguo Zaire.
Sientes el dolor de nuestro pueblo. El dolor de nuestro país.
A veces, incluso demasiado. Quieres calmarlo.
Ayudarnos. Como nosotras dos. —Sonrió—. Eso sí, cada una lo hace a su manera y con el don que posee.
Tú lo haces con tu ciencia. Pero no olvides que también los curas con tu forma de estar y de entenderlos.
De darles el lugar y el espacio que merecen, donde pueden ser ellos mismos sin sentirse juzgados.
Sin sentirse de menos, como vuestra raza blanca ha tratado de hacernos sentir durante siglos.
Se sorprendió por sus palabras. No habría imaginado que su capacidad de empatizar fuese un don. Siempre pensó que era una maldición. Muchas veces, su empatía era tan profunda que se perdía en el sufrimiento del otro, llegando incluso a olvidarse de sí misma.
—Sé que a veces sientes demasiado —prosiguió Ellie—. Por eso estás aquí. Tu espíritu se perdió porque no supo manejar tanto dolor cuando tu bebé murió.
Notó cómo se le hacía un nudo en la garganta y cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos. La mujer sonrió con ternura mientras le tomaba la mano.
—La buena noticia es que tu espíritu quiere volver a ti.
—La miró con atención y sonrió con pesar—.
Sé que te preguntas por qué has tenido que perder a tu pequeña.
—Camila tragó dificultad y asintió. La mujer la volvió a tomar de la mano—.
Recuerda: Dios de lo malo, siempre saca algo bueno.
Confía en él. Dios siempre tiene un plan para nosotros, aunque no lo entendamos.
La curandera se levantó con solemnidad y las invitó a salir de la cabaña. Parecía que ya habían terminado. Camila se secó las lágrimas, bebió lo que quedaba de su infusión y se puso en pie. Todo había pasado demasiado rápido.
Cuando abrió la puerta, se sorprendió al ver a una quincena de mujeres —todas vestidas de rojo y blanco también—, y a tres hombres con el torso desnudo y pantalones rojos que cubrían su desnudez.
Todos estaban en círculo, alrededor de un gran fuego que habían encendido durante el tiempo que ellas estuvieron dentro.
«¿Cuánto tiempo llevo ahí dentro?», se preguntó al ver todo aquello. Miró al cielo y el sol hacía rato que se había escondido.
En cuanto cerraron la puerta, algunas mujeres comenzaron a lanzar hierbajos al fuego, avivándolo aún más. Quedó en el ambiente un aroma delicioso, entre dulce y floral, que no supo reconocer.
Los hombres tomaron los tambores y tantanes y comenzaron a tocar. Habían esperado a que Ellie terminara con ellas para comenzar.
Camila supo entonces que se había equivocado al pensar que su visita a la Sainte Mère había terminado. Su visita a la selva no había hecho más que comenzar.
Algunas mujeres acompañaron a los instrumentos con cánticos y palmas, llenando la selva de música ancestral en aquella noche de luna menguante.
Una de las muchachas las sujetó de la mano y las invitó a bailar al son que marcaban los tantanes. Lucréce se animó a danzar sin pensarlo. Imaginó que su amiga había estado allí en otras ocasiones. En cambio, ella decidió rechazar la invitación y mantenerse al margen. Prefería observar.
No era la primera vez que acudía a una fiesta de las tribus de la zona, pero sí era la primera en la que todos iban vestidos de rojo y blanco. Sospechaba que aquello no era una celebración cualquiera.
Imaginaba que sería una ceremonia o ritual religioso. Prefirió deleitarse con el espectáculo que tenía ante sus ojos, donde hermosas mujeres congoleñas, vestidas a dos colores, bailando, cantando y danzando alrededor del fuego al ritmo de los tantanes y tambores.
Era hipnótico observarlas. Sus cuerpos se movían con libertad. Las normas, las reglas y los compases habían desaparecido y nada marcaba lo que debía hacerse. Cada una bailaba al son que su cuerpo sentía, sin importar quién las mirara.
Sintió que aquellas mujeres, en ese momento, eran completamente libres. El miedo y los juicios no existían. Eran ellas mismas, sintiendo la música en su interior.
Estaba fascinada por la belleza que vivía en ese instante: el fuego, el aroma del humo, la música, la danza, las mujeres, los colores, los tantanes... embriagaban todos sus sentidos. Era como si estuviera en trance.
De repente, la música dejó de sonar y las mujeres dejaron de bailar. Se desconcertó, no entendía qué ocurría.
La Sainte Mère , en la puerta de la cabaña, con un cuenco de barro en las manos, era el preludio de lo que vendría.
La mujer llevaba una vestimenta roja, blanca y negra, y un turbante rojo en la cabeza. Su rostro estaba pintado con círculos y líneas blancas que resaltaban sobre su piel negra.
Si durante la conversación previa le pareció que estaba cansada, ahora parecía transformada. Estaba radiante, y su porte imponía aún más.
Ellie avanzó a través del círculo, seguida por dos mujeres más. Una llevaba otros cuatro cuencos en una bandeja, y la otra una jarra con un líquido humeante.
Fue acercándose a cada uno de los presentes y comenzó a pintarles el rostro.
Camila se sentía hechizada y relajada con todo lo que ocurría. Sospechaba que las hierbas que echaban al fuego tenían la culpa, o tal vez la infusión que había bebido.
Cuando fue su turno, la mujer tomó la arcilla blanca entre los dedos y pintó su coronilla. Después, dibujó tres líneas en su frente; una vertical y dos oblicuas; otras dos en sus mejillas, una en la garganta, y otra en el escote, entre los pechos.
Le subió el top y dibujó un círculo sobre el ombligo. Le bajó la cinturilla de la falda e hizo una línea horizontal donde estaba su cicatriz. Le subió la falda y pintó sus muslos con todos los dedos, como si trazara raíces. Mientras lo hacía, murmuraba algo en un dialecto que Camila no conocía.
Cuando terminó con ella, continuó con Lucréce, que estaba a su lado. La mujer que seguía a la Sainte Mère le entregó entonces un cuenco. Dentro había un puñado de pequeñas virutas marrones, y la segunda mujer vertió en él el líquido humeante de la jarra.
Era la única a la que le habían entregado aquel brebaje. Lo olió y el aroma era desagradable. Olía a hierbas podridas.
Miró a su amiga con cara de pocos amigos.
—¿Qué significa todo esto?
—Tranquila, confía en mí. Te voy a acompañar en todo momento —le susurró.
—¿Es lo que creo que es? —Lucréce asintió.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Si no se hubiera sentido tan a gusto, se habría marchado de allí. Pero estaba tan relajada que le dio igual.
¿Qué había bebido o estaban quemando en el fuego que la tenía tan despreocupada?
—No te lo dije antes porque no habrías venido.
Lucréce la conocía muy bien. Si hubiera sabido que se trataba de iboga , no la habría acompañado.
Había oído hablar de ella. Era una planta psicodélica utilizada por algunas religiones africanas, como los bwiti , en sus rituales religiosos para curar el cuerpo y la mente, y para conectar con Dios.
Decían que era sagrada, pero mal manejada podía causar la muerte. Habían tenido algún caso de sobredosis en el Saint Hospital.
—Acercaos al centro del círculo, junto a mí —pidió la Sainte Mère .
Tres mujeres, con los mismos cuencos que ella, se aproximaron al lado de la Sainte Mère . Camila miraba a su amiga con miedo. No sabía qué hacer. Una parte de ella quería marcharse; pero otra, mucho más lúcida y consciente que nunca, quería quedarse.
Quería recuperar su espíritu.
No tuvo dudas, había ingerido alguna droga.
—Confía en mí —le volvió a susurrar su amiga.
Dudó. Aun así, se unió al pequeño grupo en el centro del círculo. Esa parte lúcida y consciente iba ganando cada vez más fuerza dentro de ella.
—Bebed, mujeres, bebed hasta la última gota, hasta la última corteza. Que vuestros ancestros guíen vuestro espíritu y descubráis lo que necesitáis sanar.
La mujer levantó las manos y la música y los cánticos comenzaron a sonar, mientras sus tres compañeras bebían.
Camila comenzó a sentir que entraba en trance con el sonar de los tantanes y tambores.
Cuando vio que las mujeres seguían en pie y que no les había pasado nada, cerró los ojos y acercó el cuenco a sus labios.
Quería volver a ser ella. Quería recuperar su espíritu. Quería recuperar su vida.
Bebió la iboga hasta la última gota y hasta la última corteza. Separó los labios del cuenco y supo que la suerte estaba echada.
El ulular de la lechuza dio permiso para que el viaje ancestral comenzase.