5
Camila notaba los rayos del sol calentando su blanca piel mientras estaba tumbada en la hierba. Su hijo hacía unos minutos que se había quedado dormido y lo había dejado descansando a su lado, bajo la sombra de unos irokos . Hoy habían ido solos al río.
Cerró los ojos y dejó que el calor la envolviera. Se había quitado el vestido y estaba en ropa interior. Parecía que el astro rey la acogía en su seno y la reconfortaba mientras la bronceaba.
Respiró hondo varias veces y se relajó.
Los sonidos de la selva se agudizaron a su alrededor. Podía oír el respirar rítmico de su hijo, las hojas de los árboles moviéndose, el chillido de los monos y los pájaros a lo lejos, el agua del río chocando contra las rocas. En ese momento se sentía tranquila.
Tocó su abdomen y las lágrimas brotaron de sus ojos.
Echaba de menos sentir a su hija dentro de ella.
Ahora debería estar en el séptimo mes de embarazo.
Se sentía vacía sin sus movimientos. Lo único que recordaba era que un día estaba en el hospital, trabajando, embarazada, sintiendo a su hija crecer en su interior, y que varios días después Sophie ya no estaba.
Comenzó a llorar.
Su llanto era sereno y tranquilo, como el entorno que la rodeaba. Nada que ver con el desbordamiento que había tenido hacía dos noches, donde acabó agotada de tanto llorar. A pesar de todo, se sentía mejor. Notaba el dolor que llevaba dentro, pero no era tan desgarrador como días atrás.
Tal vez algo sí hubiera cambiado esa noche que pasó con Jerome. Tal vez, como decía Lucréce, el sexo no solo servía para concebir y dar placer, sino también para sanar y restablecerse de los dolores del alma y del cuerpo.
Recordó lo que había pasado esa noche y volvió a excitarse.
Quizás necesitaba espacio de su marido, pero él le despertaba tal deseo y tanta pasión que, en ese momento, no le habría importado que estuviera allí con ella y volver a yacer juntos.
Jerome consiguió que volviese a sentirse viva, aunque fuese a través de la rabia y el sexo. Había conseguido que volviese a desear vivir de una forma distinta a como había vivido esos dos últimos meses, en los que había sido una muerta en vida.
Suspiró.
Se sentía en calma, a pesar del llanto. Sentía que su dolor se iba aliviando y aligerando. Siguió escuchando el ruido del agua. Notaba cómo el río fluía casi al mismo ritmo que su corazón. Escuchó el chillido de los monos más cerca. Abrió los ojos, extrañada, y el resplandor del sol la cegó.
Tardó unos segundos en adaptarse a la luz.
El verdor de la selva la maravilló mientras se secaba las lágrimas de las mejillas.
Miró hacia donde había escuchado los chillidos, pero no veía nada fuera de lo normal.
Se quedó como hipnotizada por la belleza que tenía ante sus ojos.
Era precioso. Le maravillaba su país y la naturaleza que lo habitaba.
Sabía que la selva podía ser peligrosa, pero le encantaba contemplarla.
Sentía a Dios en ella, aunque a veces no lo entendiera.
Volvió a escuchar a los monos y a los pájaros, pero esta vez más cerca. Se preocupó. La naturaleza salvaje tiene sus propias señales, y cuando los animales se acercan demasiado, lo mejor es alejarse. Algo se aproximaba, y no tenía intención de descubrir qué era.
Se vistió y sujetó a Jacques en brazos. Escuchó un chapoteo en el agua. Vio que algo flotaba en el río. Se acercó a ver qué era. No supo identificarlo, pero olía mal.
De repente, un cocodrilo salió de forma precipitada del agua y se abalanzó sobre lo que flotaba. Se cayó al suelo del susto y sin querer, despertó a Jacques. Los cocodrilos a esa altura del río no eran habituales.
—Ssssh —le dijo al niño, que comenzó a llorar, y lo besó en la frente—. Tranquilo.
En ese momento, lo que el reptil había capturado con sus mandíbulas salió a la superficie. El cuerpo de un hombre flotaba en el agua.
Se levantó lo más rápido que pudo y entonces se dio cuenta que no solo había un cuerpo, había varios cadáveres de hombres y mujeres con disparos en la cabeza, cortes en el cuello y miembros amputados, flotando río abajo.
Ese era el mal olor que estaba impregnando sus fosas nasales. Olía a carne en descomposición.
Los monos volvieron a chillar y los pájaros a piar.
Estaban encima de ellos, saltando de una rama a otra.
Tuvo que zafarse de algunos mientras corría, dando golpes a diestro y siniestro con el brazo libre, haciendo lo posible por proteger a Jacques con su cuerpo.
Los animales seguían el rastro de la comida.
Corrió a toda prisa con Jacques en brazos por el camino de tierra, con la adrenalina disparada por todo su cuerpo. Estaba asustada. Su hijo también lo estaba y no paraba de llorar.
Entró en la casa bastante alterada y se encontró con Marcel, que portaba un arma en la mano, y a su mujer discutiendo. Lucréce los observaba en silencio. No entendía nada. Parecía que, en unos minutos, el mundo se hubiera puesto del revés.
—¿Estás bien? —le preguntó Marthe, interrumpiendo la discusión en cuanto la vio entrar con Jacques llorando—. El brazo te sangra y estás pálida.
—En el río... —Le estaba dando una crisis asmática—. Mi inhalador...
Marthe sujetó al niño, que seguía llorando, y Lucréce se dirigió al dormitorio y le alcanzó el inhalador. Tomó dos inhalaciones que la hicieron mejorar minutos después. En sus rostros se dibujaba la preocupación al verla en aquel estado.
—Me encuentro mejor. Gracias.
—¿Se puede saber qué te ha pasado? —le preguntó su amiga, en cuanto Jacques se calmó.
No sabía por dónde empezar. El cocodrilo, los monos, los pájaros, los cadáveres...
—El río está lleno de cadáveres —soltó de repente—. Es como cuando estuvimos en Katele, pero a estos los han descuartizado y les han cortado el cuello.
—Eso es lo que te decía, Marthe. En la radio avisaron de un ataque a un poblado a unos veinte kilómetros de aquí. Por eso he comprado el arma. Tenemos que protegernos.
—Las armas son peligrosas —le recriminó su mujer—. Tenemos a René y Justine en casa, y ahora está Jacques. Es peligroso para los niños.
—Habrá que guardarla en un sitio donde sepamos que los niños no van a tocarla —comentó Lucréce.
Los tres se quedaron atónitos ante su comentario. Todos sabían cuánto detestaba las armas.
—Llegan tiempos difíciles. Tendremos que protegernos.
Camila sintió cómo todos los poros de su piel se erizaban. Si Lucréce decía que llegaban tiempos difíciles, es que así sería. Tragó con dificultad. Una vez le había preguntado cómo sabía todas esas cosas antes de que ocurrieran, y se sorprendió ante su respuesta.
—Me las susurran al oído.
—¿Quién? —le volvió a preguntar.
—¿Quién va a ser, niña? —le contestó, como si ella conociera la respuesta—. Los espíritus. Los espíritus de la selva. Los espíritus de los muertos. Los espíritus del fuego, de la noche... Ellos me hablan y yo escucho lo que me tienen que decir.
La risa de René, que estaba jugando con Justine, la sacó de sus recuerdos y volvió a centrarse en lo que ocurría en la habitación. Miró a Lucréce, que estaba hablándole, pero se había despistado.
—Te curamos ese brazo y nos vamos ya.
—¿Cómo?
—Que nos tenemos que ir ya a la casa de la Sainte Mère .
Había olvidado por completo que el día anterior le había pedido que fuera con ella a ver a esa mujer.
—Pero es peligroso. —Aún estaba asustada; si cerraba los ojos, podía ver y oler aquella atrocidad.
—Os lleváis la pistola —dijo Marcel.
—No, hoy estará todo en calma —rechazó el arma—. Niña, tenemos que ir a ver a la Sainte Mère y que te vea, ¿me oyes? Tiene que ser hoy. Si no, será tarde.
Camila asintió, sintiendo que no tenía elección. Lucréce le había pedido que confiara en ella, y eso haría. Se armó de valor y salieron de la casa, aunque no supiera con exactitud para qué tenían que ir a ver a esa mujer.
Lo único que sabía era que, para ser atendidas por ella, había que ir recién duchadas y vestidas de rojo y blanco.
El camino hacia la casa de la Sainte Mère fue más largo de lo esperado. Habían tardado casi treinta minutos en llegar.
Cualquiera podría pensar que el lugar, rodeado de tanta selva, estaba desierto, pero en medio de aquella espesura había tres personas sentadas en el suelo, haciendo cola en la puerta de la cabaña para ser atendidas por la mujer.
Una mujer venía a tratarse un dolor en el hombro; otra un orzuelo en el ojo; y un hombre, un cólico nefrítico. Camila comprendió que visitaban a una curandera.
Mientras esperaban, las noticias sobre la masacre ocurrida a veinte kilómetros de allí fueron el tema de conversación. Se rumoreaba que lo ocurrido había sido un conflicto entre dos tribus bayarwandas por unos terrenos en la orilla norte del río.
Al no ponerse de acuerdo entre ellos, los batutsi habían llegado al poblado bahutu y los habían matado.
Los batutsi habían firmado con spray en una de las cabañas: «El Ángel de la Muerte ha llegado».
Camila no comentó nada de lo que vivió en el río. No quería generar más angustia de la que ya se estaba viviendo en esos momentos. Se palpaba el miedo en sus voces ansiosas y en sus rostros.
Y, para qué engañarse, a ella también le generaba miedo y angustia.
Lo que había visto parecía más un encarnizamiento que una simple disputa por unas tierras.
Parecía que el conflicto bélico que había terminado un año atrás seguía dejando víctimas.
No sabía si alguna vez se resolvería. El odio y la venganza aún estaban presentes entre las distintas tribus bayarwandas .
Lucréce respiró hondo y se levantó del suelo. Camila, preocupada por ella, también se levantó y la siguió. Sabía que le vendría bien dejar de escuchar aquellas noticias.
Cada vez que cerraba los ojos, las desagradables imágenes volvían a su cabeza, y parecía que hasta el olor aún seguía impregnado en sus fosas nasales.
—¿Estás bien? —le preguntó a su amiga.
—Sí. Es solo que no quiero seguir fomentando el miedo que está generando esta matanza.
Sé que es preocupante, pero no quiero preocuparme.
Las cosas hay que ir tomándolas según van viniendo en la vida, y por ahora todos los que estamos aquí estamos vivos y a salvo.
Tenemos que centrarnos en lo que hemos venido a hacer hoy. Eso es lo importante ahora.
—¿Me quieres explicar qué hacemos aquí?
—Venimos a curarte. ¿Es que no lo ves?
—¿A curarme? ¿Y de qué me vas a curar? —Seguía sin entender.
—Sé que, para ti, esto —Señaló a la mujer que quedaba pendiente para ser atendida— es tu día a día. Estás acostumbrada a curar el dolor físico con tus medicinas, aparatos y vacunas. Pero lo que venimos a hacer aquí hoy no tiene nada que ver con el dolor físico.
Le sujetó la mano.
—Hoy venimos a curar tu espíritu. —Camila tragó con dificultad—.
Niña, tu alma se perdió el día que tu hija murió.
Si tuviéramos tiempo, sé que con la ayuda de todos los que te queremos lo superarías.
Como has hecho siempre. Pero, como ya te dije, el tiempo apremia, y tienes que estar preparada para lo que viene.
—¿Y qué es lo que viene, Lucréce? —Comenzaba a preocuparse; la conversación sobre la masacre del poblado no ayudaba a tranquilizarla.
—No lo sé, niña. No lo sé. Solo sé lo que me susurra Dios. Me pide que te prepare para lo que está por venir, antes de que llegue la luna oscura.
Las dos mujeres miraron al horizonte y vieron la luna menguante asomando entre los árboles de la boscosa selva, mientras el sol se fundía en el ocaso.
El viento sopló entre las hojas. Y, sin previo aviso, un sonido grave y gutural retumbó en la selva, como un llamado desde otro mundo.
Camila se estremeció. Elevó la mirada y, en lo alto de un árbol, la vio. Una lechuza negra la observaba en absoluto silencio.
Sus ojos amarillos, fijos en ella, parecían ver más allá de lo físico. Camila sintió que su cuerpo entero se tensaba.
En dos días sería luna nueva.