4
Notó que su pecho se liberaba del peso de ella y se despertó. Había amanecido, y Camila estaba sentada a su lado, poniéndose el camisón.
—Buenos días, Zaireña .
—Buenos días.
Se giró hacia él y se fijó en el color amoratado que estaba tomando su piel mestiza. Le acarició el pecho con cuidado.
—¿Te duele?
—Solo molesta un poco.
—Lo siento —dijo al recordar los golpes que le había dado la noche anterior—. Estaba fuera de mí. —No se podía creer lo que había hecho—. ¿Me estoy volviendo loca?
Él se rio por la ocurrencia.
—No lo creo. Pero sí creo que estás muy enfadada conmigo.
—Sí, lo estoy. —Miró hacia el suelo, no sabía cómo decírselo—. Sabes que lo de anoche no cambia nada, ¿verdad? Sigo necesitando espacio, Jerome.
Él tensó las mandíbulas. Le dolió que dijera eso. Había pensado que los tres volverían a casa hoy. Pero, aunque ella dijera que lo de anoche no cambiaba nada, lo cierto era que lo cambiaba todo.
Ella por fin era capaz de llorar a Sophie, y le había permitido pasar la noche con ella, aunque lo culpase de la muerte de su hija. Tal vez para ella eso no fuera un cambio, pero para él sí lo era.
Habían avanzado más en una sola noche que en todas las semanas anteriores. Sabía que a los dos les había venido bien esa separación temporal.
—Está bien —respondió sin mostrar su frustración. Se colocó los pantalones, se levantó del suelo donde había estado tumbado y se colocó la camiseta—. Me iré en un rato.
Le extendió la mano para que se levantara del suelo. Ella la agarró, se incorporó y su rostro quedó a la altura de pecho.
—El próximo fin de semana volveré a ver a mi hijo —añadió con firmeza. No había negociación.
Se sintió tan agradecida de que lo entendiese y evitase una discusión que se acercó a él, se puso de puntillas y lo besó.
Lo que no esperó fue que el deseo volviera a avivarse en ella. Lo atrajo hacia ella, lo siguió besando y no paró.
Jerome gimió en cuanto notó sus caricias sobre su cuerpo. Esta vez fue ella quien lo tumbó sobre la hierba de la selva y comenzó a acariciar su fuerte torso cubierto de cicatrices.
Aunque pareciera extraño, Camila amaba esas marcas en su piel. Sabía que gracias a ellas se habían conocido y habían creado la familia que eran. Lo deseó con más fuerza.
Cuando vio que estaba preparado para convertirse en una sola carne, se inclinó sobre sus manos y se ofreció a él.
Jerome deslizó las manos por las sinuosas caderas, que desde siempre le habían vuelto loco, y marcó el ritmo de la urgencia contenida entre ellos. Ambos gimieron al unísono.
Comenzó a moverse con una necesidad creciente, en busca de más, dejándose llevar por la intensidad del momento. Él la siguió, acompasándose a su ritmo, cada vez con más entrega.
Los dos quedaron envueltos en un frenesí que los arrastraba sin remedio, donde el deseo y todo lo que callaban se mezclaban sin control.
Cuando Camila sintió que se desbordaba por completo, su cuerpo se tensó y se liberó.
La sacudida la dejó sin aliento. Aún temblaba cuando percibió que Jerome necesitaba más.
Quería que él culminase lo que habían empezado.
Elevó las caderas y aumentó el ritmo con una nueva urgencia.
Entonces, sin esperarlo, su marido se apartó y el descontrol lo alcanzó fuera de ella, cayendo sobre la verde hierba.
Se giró y lo miró sin comprender. Nunca había hecho algo así.
—¿Por qué lo has hecho? —le preguntó en cuanto vio que había terminado—. Nunca te habías salido de mí.
—Creo que es mejor así.
—¿Mejor para qué? —Él se quedó en silencio por unos instantes, mirando la cicatriz que se intuía bajo el abdomen de ella y, entonces, Camila lo comprendió—. No quieres que me quede embarazada de nuevo.
—Así es. No quiero tener más hijos. No quiero volver a pasar por lo mismo.
Camila bajó la mirada y asintió con pesar. Ella tampoco quería que se repitiera.
—Está bien. Si no quieres más hijos, no los habrá.
La decisión estaba tomada. Sólo tendrían a Jacques.
Lo acompañó hasta la camioneta para despedirse de él. Jerome llevaba a Jacques en brazos, en un último intento de mantener el recuerdo de él hasta el próximo fin de semana, cuando se volvieran a ver. Se despidieron con un beso en los labios, y Camila volvió a notar cómo el deseo afloraba en ella.
Él, que se dio cuenta, la atrajo más hacia su pecho y la besó con más fuerza. Se separó de ella, dejando los cuerpos de ambos con ganas de más. No estaban solos, Lucréce y su familia también habían salido a despedirlo.
—Te quiero —le susurró mientras le acariciaba su dulce y angelical rostro.
Besó a su hijo en la frente e inspiró su rico aroma a bebé. Le entregó el pequeño a su mujer, metió al perro en la parte trasera de la camioneta y se subió al vehículo.
Camila vio cómo sacaba el arma de la guantera y la guardaba en la cinturilla del pantalón. Se estremeció. A veces olvidaba lo peligrosos que estaban siendo los caminos después de la guerra.
En cuanto arrancó, la tierra seca del camino se elevó, dejando una estela de polvo pardo en suspensión. Les tocó la bocina y sacó el brazo por la ventanilla a modo de despedida.
Lucréce acarició con cariño uno de sus hombros; quería darle apoyo y cariño, y ella lo agradeció; para después dejarla a solas con sus pensamientos.
Lo observó hasta que lo perdió de vista en el horizonte. Se marchaba a casa con Alemán y sin ellos.
Le habría gustado que se quedara un poco más. Tenía la misma sensación que cuando él partía a la guerra. Quería que volviese y que se quedara a su lado, pero también sabía que, si se quedaba, iban a acabar mal.
Le habría gustado decirle que lo quería, pero no sabía qué le pasaba. No podía evitar sentir la rabia que afloraba cada vez que lo veía, y pensar que, si no fuera por él, su hija estaría viva.
Se tocó los labios y recordó la boca de él sobre la suya.
Suspiró. No entendía qué le pasaba.
Besó a su hijo, que tenía en brazos, mientras se dirigía a la casa.
—Es tiempo para nosotros dos. ¿Qué quieres hacer esta tarde después de la siesta? Mamá había pensado en ir al río—le dijo.
—Al río.
Sus vivarachos ojos azules sonrieron y comenzó a balancearse a modo de celebración. Las últimas tardes, después de su caminata por la selva, había ido con Lucréce y los niños a una de las zonas que permitían el baño.
—Aprovechamos y merendamos allí.
—Plátano —siguió balbuceando.
—De acuerdo. Merendamos plátano.
—No. Plátano.
—¿Quieres un plátano ahora? —El pequeño asintió con la cabeza—. Está bien, vamos a ver si queda alguno.
Entró en la casa y, de la pequeña despensa, tomó la última pieza que quedaba. En la hora de la siesta iría al mercado a comprar fruta. Jacques adoraba los plátanos, y estos últimos días era lo único que había querido comer durante la merienda.
Fue a buscar a Lucréce al pequeño huerto que tenían en la parte trasera de la casa, mientras su hijo saboreaba la contundente fruta. La encontró recogiendo tomates y papas. Se puso a su lado y comenzó a meter las verduras y tubérculos en la cesta de rafia.
—Tenía pensado ir al mercado después, ¿hay algo que quieras que traiga?
—Pues sí, necesito harina y azúcar. Quería hacer galletas como las que me enseñó a hacer tu madre.
—Vaya, eso sería fantástico. A Jacques le encantarán. —Miró a su hijo, que estaba entretenido con René y Justine, haciendo un hoyo en la tierra—. Para qué te voy a engañar, a mí también me encantarán. Hace mucho tiempo que no las preparo.
—Después de ir al río las preparamos. —Se quedó en silencio, mirándola con esos ojos negros, enmarcados en pequeñas arrugas de expresión, tan profundos que la caracterizaban—. ¿Cómo estás, niña? Sabes que conmigo no tienes que disimular. Sé que anoche no dormiste con nosotros.
Se quedó en silencio por unos segundos, pensando si contárselo o no. Al final, se decidió. Después de todo, era su amiga.
—Creo que me estoy volviendo loca —dijo, mirando el tomate que tenía en la mano—. Anoche perdí el control. Nunca me había pasado.
—Está bien soltar el control de vez en cuando. Querer controlarlo todo nos vuelve rígidas y nos aísla de la fluidez de la vida.
—Ya, pero... —Le daba vergüenza contárselo—. Anoche le pegué. No sé por cuánto tiempo lo hice. Esta mañana tenía el pecho amoratado. Y a mí me duelen las manos de los golpes que le di. Nunca he sido violenta. —Estaba bastante preocupada por lo ocurrido anoche—. No me reconozco.
Lucréce sonrió.
—Tal vez es momento de que empieces a reconocer esa parte tuya.
—La miró sin comprender—. Todas las mujeres llevamos una mujer así dentro de nosotras.
Es necesaria. Tú la tienes dormida desde hace mucho tiempo.
La has despertado en pocas ocasiones, que yo recuerde.
Es normal tenerla dormida. Nos enseñan que está mal mostrarla, que solo podemos ser buenas niñas o buenas mujeres para ser amadas.
Ahora, esa mujer que también habita en ti está emergiendo.
Lo que ocurre es que aún no sabes manejarla bien y está descompensada —dijo, como si pegarle a su marido fuera normal—.
Recuerdo que de niña te desenvolvías muy bien con ella.
Ponías tus límites a tus hermanos, peleabas con ellos.
No permitías que tu hermano Jacques abusara de ti.
Eras una niña muy salvaje antes de marcharte a España.
Recuerda a esa niña. Ella te enseñará a manejar esa parte tuya que se está despertando.
—Sonrió—. Al principio, cuando no sabes cómo usarla, es normal asustarse.
Puedes incluso hacer daño sin querer, como ocurrió anoche.
Cuando aprendas a manejarte en ella, nadie podrá contigo.
Serás poderosa. Cuando encuentres la forma de equilibrarla dentro de ti, serás imparable.
Camila no entendía muy bien a qué se refería Lucréce. ¿Cómo podía ser bueno tener una parte tan agresiva?
—Pero yo nunca he sido así.
—¿Estás segura?
La miró, tratando de recordar, pero no encontraba nada que se le pareciera. No lo recordaba.
La anciana se rio.
—Recuerdo a una mujer que le plantó cara a un teniente de la Alianza que iba armado con su fusil, sin importarle las consecuencias.
—Asintió con la cabeza—. Recuerdo a una mujer que enfrentó a Declan y le dijo cuatro cosas bien dichas cuando rechazó su matrimonio con el hombre al que amaba.
—Sonrió de forma tímida—. Recuerdo a una mujer que dio un puñetazo en la mesa y plantó cara a todos los invitados de una cena porque opinaban sobre su vida sin tener derecho a hacerlo.
—Su sonrisa se volvió más evidente—. Recuerdo a una mujer que me dijo en Rutshuru que había ido a ver a su marido y que no se iría sin verlo.
Recuerdo a una mujer que ayer, con solo una mirada, le hizo saber a su marido que estaba enfadada con él. ¿Vas recordando a esa mujer?
Asintió con una sonrisa franca. Claro que la recordaba. Era ella cuando se sentía acorralada y se plantaba ante cualquiera que quisiera achicarla. Le hacía saber que allí estaba ella y que no se iba a dejar empequeñecer por nada ni por nadie.
—Para que entiendas mejor de qué parte tuya te hablo, es esa mujer que, cuando llega su hombre a casa, no quiere que le haga el amor.
No. Esa es otra parte. Esta mujer quiere que su hombre la posea.
Es la que se pone a cuatro patas como un animal en celo para que la haga suya y grita como una loca cuando llega al éxtasis.
—Camila, sonrojada, miró al suelo—. Es esa parte tuya que va a su hombre y le hace todo lo que no se atrevería a hacer en otro momento.
Es esa parte salvaje que lo toma sin pedir permiso.
Estaba bastante azorada al escuchar hablar así a su amiga. Así había sido anoche con Jerome. Parecía que supiera lo que habían hecho en la selva.
—¿Vas entendiendo de qué parte tuya te hablo? Es una parte salvaje, visceral, animal... que todas tenemos.
—Sí, pero nunca he estado así de furiosa.
—Claro que no. Llevas dos meses sin sentir nada, y ahora que empiezas a sentir, esa parte se ha hecho presente. No aguanta que la hayas tenido tanto tiempo silenciada. Necesitas soltar todo el dolor que llevas dentro por haber perdido a tu hija.
—Es que estoy furiosa. No puedo evitarlo. Solo de pensar en lo que hizo Jerome... Lucréce, es que esa parte mía lo mataría —dijo con lágrimas en los ojos—. Y eso me asusta.
—¿Y qué es lo que crees que hizo para que tengas ganas de matarlo? —preguntó con curiosidad.
—Él asesinó a mi hija.
La mujer la miró con sorpresa.
—No, niña. Él no mató a tu hija. Él te salvó la vida.
—¿Tú también estás con esas? ¿Tú también defiendes lo que hizo?
Estaba harta de escuchar cómo todos lo defendían. Sí, ella estaba viva, pero su hija estaba muerta. Parecía que nadie, salvo ella, era capaz de verlo.
Se levantó indignada del lado de su amiga. Por primera vez se había sincerado con alguien y no había servido sino para escuchar lo bueno que era su marido por haberle salvado la vida, pero no lo vil que había sido al matar a su hija.
Lanzó con brusquedad la papa que tenía en la mano, agarró a Jacques y se fue hacia el río. Necesitaba estar sola. Se sentía al borde de la locura y sentía que nadie la entendía.
Lucréce la vio marcharse y se preocupó. Acababa de sacar de nuevo a esa mujer salvaje, pero estaba dirigiendo su rabia en la dirección equivocada. Las cosas estaban peor de lo que pensaba.
Dejó a medias el huerto, le pidió a su hijo que se quedara con René y Justine, y caminó más allá del pueblo. Necesitaba hablar con la Sainte Mère cuanto antes. El tiempo apremiaba. En unos días sería luna nueva.