3
La casa de Lucréce era una vivienda más bien pequeña para las cinco personas que vivían allí.
Se encontraba a las afueras de Ipeke, alejada del bullicio del pueblo, pero lo suficientemente cerca para ser una casa cómoda para cualquier cosa que la selva y el río no proveyeran.
Estaba hecha de barro, y el techo a dos aguas estaba cubierto por paja, sostenida por una estructura de madera y plástico para evitar las filtraciones de agua.
Tenía dos habitaciones: una para ella y René, su nieto adoptivo; y otra para su hijo Marcel, su esposa y su hijo mayor.
También contaba con un salón bastante amplio que hacía las veces de cocina y comedor, donde se desarrollaba la vida de la casa.
En la parte exterior tenía un pequeño porche sostenido por unos postes de madera que ayudaban a mantener el tejado.
El baño estaba en una caseta al lado de la casa.
Lucréce y su familia, a pesar de los escasos medios económicos que tenían, habían hecho de su hogar un lugar acogedor. Camila, cada vez que venía de visita, sentía que había llegado a casa. El olor de su cocina le recordaba a su hogar cuando vivía con sus padres en la misión de Luebo.
Durante esos días, ellas dos y los niños compartieron el pequeño dormitorio. Ella dormía en una cama con Jacques; y Lucréce en la otra con René. Pero ahora que había llegado Jerome, su amiga se ofreció a dormir en el salón para que ellos tuvieran intimidad.
—No, Lucréce. Muchas gracias. Dormiré en el salón —comentó su marido, mientras extendía la esterilla de rafia en el suelo—. Dormid vosotras en el dormitorio con los niños. Gracias por dejarme quedar esta noche.
Camila se quedó de piedra. Era la primera vez que Jerome, desde que regresó de la guerra, se negaba a dormir con ella.
Una punzada de dolor se hizo presente en su maltrecho corazón.
Notaba que le faltaba el aire, pero no dijo nada.
Se metió en el dormitorio, donde René y Jacques ya dormían, y buscó su inhalador.
Le dio varias inhalaciones y esperó a que se le pasase, mientras Lucréce, su vieja amiga, se cambiaba y preparaba para meterse en la cama.
—¿Va todo bien? —le preguntó.
—Sí, va todo bien —respondió. La crisis asmática no parecía tener intención de marcharse.
—Me agrada que Jerome haya venido. A Jacques se le ve más contento. Y a ti... a ti te veo más viva. —Se metió en la cama.
—¿Más viva?
—Sí, más viva. Cuando llegaste estabas pálida y taciturna, sin chispa, parecías una muerta en vida.
—A veces, Camila olvidaba lo directa que podía ser su anciana amiga—.
Ahora que está aquí te veo viva, enfadada, pero con vida.
Hasta tienes más color en las mejillas. Es bueno que él esté aquí. —Sonrió para sí—. Es muy bueno.
Se giró y comenzó a roncar a los pocos minutos.
Camila no sabía qué tenía de bueno que su marido estuviera allí. En esos momentos estaba con una crisis asmática y se sentía rechazada. Volvió a aspirar del inhalador, pero la crisis no mejoraba.
Salió de la habitación con mucho cuidado para no despertar a ninguno de los niños, y caminó muy despacio por el salón para no despertar a Alemán ni a Jerome. Lo último que quería era despertar al perro y que ladrara.
Cerró la puerta de la casa con cuidado y respiró el aire fresco y húmedo de la noche. Se apoyó en uno de los postes de madera del porche y contempló la oscuridad del cielo y de la selva. El ruido de las hojas al moverse con la brisa la envolvió en tal estado de paz que sonrió.
«¿Acaso estoy disfrutando?», se preguntó.
Era tal el silencio que, si aguzaba el oído, estaba segura de poder oír hasta el último sonido de la selva.
La noche estaba preciosa. Las estrellas titilaban, la luna menguaba.
Se podía divisar algún que otro planeta brillar en el firmamento.
Notaba cómo el inhalador iba haciendo su trabajo y ya respiraba mejor.
Dejó que la paz la embargara mientras cerraba los ojos y notaba cómo el aire entraba a la perfección en sus pulmones.
—¿Te encuentras mejor? —le susurró.
Jerome la conocía muy bien. Sabía que acababa de tener una crisis asmática.
Camila pegó un brinco. No se había dado cuenta de que él estaba sentado en la silla más alejada del porche.
—Sí —respondió, sentándose en la silla que había a su lado.
—Está bonita la noche, ¿verdad? Aquello que ves brillar tanto y de color rojizo es Marte.
Los dos, siempre que podían, disfrutaban de las noches despejadas y trataban de descubrir qué estrellas y planetas los acompañaban esa noche.
—Sí, la noche está preciosa. —Sonrió—. ¿No puedes dormir?
—El suelo de la casa no es muy cómodo.
—Podías haber dormido conmigo en la cama.
¿Le estaba proponiendo que durmiesen juntos?
Por un momento, se ilusionó como un niño chico con un juguete nuevo, pero lo desechó.
Habían sido muchas noches recibiendo su rechazo para acabar, al final, cada uno en un extremo de la cama.
Necesitaba darle su espacio, tal y como ella le pedía, pero él también lo necesitaba.
Estaba enfadado con ella. Sentía que lo estaba castigando al alejarlo de Jacques.
—Prefiero dormir en la esterilla.
Volvió a sentirse rechazada, y la rabia, que hasta ahora estaba mansa, se avivó dentro de ella.
—¿Me estás diciendo que prefieres dormir en una esterilla y pasar una mala noche antes que dormir conmigo?
—Ssshh, baja la voz. Están todos durmiendo —le susurró mientras la tomaba del brazo y la alejaba de la casa para no despertarlos.
Ella se soltó con una fuerza inusual. Sospechaba que iba a comenzar una discusión, así que se adentraron más en la selva para que no los oyesen. No estaba dispuesto a quedarse callado.
—Sí, prefiero dormir mal a tener que dormir contigo. ¿Acaso no entiendes que estoy muy enfadado por lo que has hecho?
—¿¡Que estás enfadado conmigo por lo que he hecho!? —No se lo podía creer—. ¡Solo te he dejado una semana sin ver a tu hijo! Tú, en cambio, me dejaste sin mi hija. La mataste. La asesinaste.
Jerome se quedó bloqueado por completo, sin saber qué decir ni qué hacer. Era la primera vez que Camila le reprochaba lo ocurrido.
Así que era eso lo que pasaba. No solo lo culpaba de la muerte de su hija, también creía que la había asesinado.
Necesitaba procesar lo que acababa de escuchar.
—¡Y no me vengas con que siempre me eliges a mí! ¡Ahora estás eligiendo una maldita esterilla antes que dormir en la cama conmigo!
Camila esperó a que dijera algo, pero él no decía nada. Parecía que no la estuviera escuchando. Jerome aún no podía creerse que ella pensase que la había asesinado.
—¡¿Estás oyendo lo que te digo?! —Su silencio la enfureció aún más—. ¡¿Me estás escuchando?! —Comenzó a golpearle el pecho con los puños.
Permitió que lo golpeara. Ahora entendía el sufrimiento de su esposa. No solo había perdido a su hija, sino que creía que él la había matado. Tal vez lo había hecho. Ya no lo sabía. Verla así y escuchar sus palabras le estaban hiriendo demasiado.
Quería calmar su dolor, y si golpearlo la ayudaba, la dejaría hacerlo hasta que se cansara.
—¡Maldito seas! —Seguía golpeándolo—. ¡Di algo! —Estaba fuera de sí. Necesitaba escuchar que no la había asesinado, necesitaba que él hiciera algo que la sacara del bucle en el que se había ido metiendo estos días. Ese pensamiento la estaba torturando—. ¡Haz algo!
—Si hiciera lo que me gustaría hacerte en estos momentos, no creo que te gustaría.
Ella levantó la mano para golpearlo en el rostro, pero él la detuvo con firmeza. Por un segundo, ambos quedaron inmóviles, con la respiración entrecortada. El calor de su piel la desconcertó.
—Pues hazlo —lo desafió, con sus labios temblorosos.
Si era lo que ella pedía, lo haría. Le bajó el brazo con brusquedad y se lo colocó por detrás de la espalda. La miró, con el mismo dolor que ella sentía, con la misma rabia sofocada y la besó con ternura mientras le soltaba el brazo.
Era lo que había querido hacer desde el primer día que llegaron a casa sin Sophie. Quería besarla, calmar su sufrimiento y el suyo. Calmar su dolor. Decirle que lo superarían juntos, que saldrían de todo esto.
Pero ella se había encerrado en sí misma. Lo había apartado de su lado una y otra vez. Lo había dejado solo, mientras él lloraba en silencio la pérdida de su hija.
Camila quiso apartarse. Quiso empujarlo. Pero sus manos, en lugar de rechazarlo, se aferraron a su espalda. El calor subió por su cuello.
«Dios, ¿cómo puedo estar furiosa con él y desearlo al mismo tiempo?».
— Zaireña —susurró su nombre, y fue entonces cuando su rabia, su coraza y su resistencia se rompió.
Su cuerpo traicionó a su mente. Sus dedos se cerraron sobre la tela de su camisa. Su respiración se volvió errática. Y sus labios buscaron los de Jerome. No pudo detenerse. Se aferró a él con desesperación, como si ese beso fuera lo único que la mantuviera en pie.
Aquel beso había despertado en ella algo que creía dormido.
«No. No puede ser. No puedo desearlo después de todo lo que ha pasado», pensó.
Pero su piel ardía, y su cuerpo la traicionaba.
Jerome se sorprendió al recibir aquel beso. Había pensado que volvería a golpearlo, pero no, lo había besado. Y con tal ansia, que despertó en él la necesidad que llevaba tanto tiempo contenida en su cuerpo.
La atrajo hacia él y la besó con la misma intensidad con la que ella lo hacía. Llevaba tanto tiempo deseando que aquello ocurriera, que ahora que estaba sucediendo, notaba una urgencia imposible de contener.
La dulzura y la paciencia desaparecieron. El hambre, la necesidad y el grito de su alma ocuparon su lugar. Había estado al borde del abismo durante demasiado tiempo.
Camila sintió que se derretía contra él. Su cuerpo había cedido y ahora no podía hacer otra cosa que aferrarse a su piel, a su calor y a la única certeza que tenía en ese momento.
La besó como si su vida dependiera de ello. Como si ese beso pudiera arrancar el dolor de sus entrañas.
—Jerome —Su nombre escapó de sus labios, pero no sabía si era un ruego o una maldición.
Él deslizó sus manos por su espalda y la atrajo hacia su cuerpo.
El contacto de su piel caliente contra la suya envió una oleada de fuego a su vientre.
Camila gimió con suavidad cuando la tomó por las caderas y la levantó con facilidad.
De forma instintiva, enredó sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo su deseo contra ella.
La tumbó sobre la hierba húmeda de la selva. El sonido de los insectos y las hojas movidas por la brisa se mezclaba con sus respiraciones agitadas.
Cuando al fin la hizo suya, arqueó la espalda y dejó escapar un gemido entrecortado.
—Mírame —le suplicó con voz ronca.
Camila abrió los ojos y se encontró con los suyos. Ojos que alguna vez la hicieron sentir protegida y que ahora la hacían sentir vulnerable.
Se aferró a sus hombros mientras el ritmo entre ellos aumentaba con cada latido. A cada movimiento sentía una sacudida interna, como una descarga eléctrica que recorría todo su cuerpo, haciéndola olvidar el mundo, el dolor y el pasado.
Solo estaban ellos dos y el fuego entre sus cuerpos.
Una espiral de placer la tomó por sorpresa y la hizo temblar bajo él.
Jerome la sostuvo, sintiendo como se deshacía entre sus brazos, y fue entonces cuando su propio descontrol lo alcanzó también.
Enterró el rostro en su cuello y ahogó un gemido en su piel.
Llevaba demasiado tiempo anhelando volver a ella.
Cuando todo terminó, se quedó tumbada, experimentando aún la vibración en su cuerpo.
Y entonces, sin previo aviso, las lágrimas aparecieron en sus bonitos ojos color avellana y, de lo más hondo de su ser, un llanto profundo y antiguo salió. Por fin se había dado el permiso de sentir.
Jerome guardó silencio, la abrazó y la sostuvo con fuerza mientras Camila se aferraba a su pecho, temblando.
—No puedo. No puedo más —sollozó contra su piel—. ¿Por qué Dios permite esto?
Jerome cerró los ojos, sentía su propio dolor desgarrarlo por dentro. Él tampoco lo sabía.
—No tienes que hacerlo sola —le susurró—. Estoy contigo.
Ella no respondió. Por primera vez, era capaz de llorar la muerte de su hija.
Por fin se había roto el fuerte muro de contención que había levantado durante estos meses.
Un dolor desgarrador invadía su alma. Sentía que su maltrecho corazón se iba a partir de un momento a otro.
Sentía que era incapaz de aguantar otra pérdida, que no soportaría vivir una vida sin su pequeña.
Tenía la sensación de que la vida no era justa con ella.
Su hija había muerto y ni siquiera había podido despedirse de ella. Dolía demasiado su pérdida.
Jerome sabía que su mujer no había llorado la muerte de Sophie.
No la había visto derramar ni una sola lágrima en todos estos meses, ni siquiera cuando la llevó al cementerio a enseñarle su tumba.
Era como si hubiera levantado una barrera alrededor de sí misma, sin dejar que nada entrara ni saliera.
Al único que permitía entrar era a Jacques.
La sostuvo entre sus brazos en todo momento.
No la soltó ni un instante. Quería que supiera que él estaba allí.
Pasase lo que pasase. Siempre estaría por ella y para ella.
Siempre la elegiría a ella, a pesar de todo y después de todo.
Quería que supiera que él la entendía. Que los dos compartían el mismo dolor.
No supo cuánto tiempo estuvo llorando. Solo sabía que la luna menguante estaba en lo alto del cielo y, cuando se quedó dormida, ya se había escondido entre la espesura de la selva.
Fue demasiado doloroso escucharla.
Acarició su larga melena rubia cuando notó su respiración rítmica y relajada, y la besó en la coronilla. Miró la cicatriz bajo su abdomen y sintió una punzada en el pecho. No podía decírselo todavía. Todavía no.
Agarró el camisón de ella, que estaba a su lado, y la cubrió. No pensaba despertarla.
Cerró los ojos y, después de mucho tiempo, durmió tranquilo, sin pesadillas ni sueños que lo despertasen en medio de la noche.
Ninguno de los dos fue consciente de los haces de luz que brillaban entre la espesura de la selva.