El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 2
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El día estaba despejado y Camila podía sentir la humedad en el ambiente.

Corría algo de brisa que evitaba que el sudor se le pegase a la ropa.

Un mechón de pelo se soltó de su larga trenza rubia y revoloteó ante sus ojos.

Se lo colocó detrás de la oreja con despreocupación y continuó disfrutando de la deliciosa tarde y del paseo que la reconfortaba.

Todos los días, desde que había llegado a casa de su amiga Lucréce, salía a pasear a la hora de la siesta de su hijo.

Aprovechaba cuando Jacques dormía para pasar un rato a solas.

Aunque adoraba estar con él, tenía que reconocer que últimamente necesitaba más tiempo para ella.

Por eso se había tomado unas vacaciones del trabajo.

Disfrutaba el día con su pequeño y, cuando dormía, podía dejarlo en la casa al cuidado de Lucréce o de alguno de sus hijos o nietos cuando venían de visita.

Empleaba esos momentos a solas para caminar y conectar de nuevo consigo misma.

En el día a día, con el trabajo en el hospital, el cuidado de Jacques y atender la casa, apenas tenía tiempo para ella.

Había contratado a Anne, la primera novia que tuvo Hubert, para que cuidara del niño los días en que Jerome y ella no podían estar con él, porque o bien tenía turno en el hospital o porque él tenía que dedicar tiempo a las tierras; no siempre podía dejarlas en manos de los jornaleros.

Como decía su padrino: «el ojo del amo engorda al caballo».

Además, sabía cuánto disfrutaba su marido en las tierras.

Cada vez que plantaba un cultivo nuevo, se le ocurría una idea para conseguir agua sin recorrer kilómetros o llegaba el momento de la cosecha, regresaba a casa exultante y feliz.

Era lo que siempre había deseado, dedicarse a lo que estudió y así ponerlo en práctica, en lugar de estar en medio de la selva, luchando en una guerra sin sentido.

Hubo un tiempo en el que se alegraba al verlo así; pero ahora, cada vez que lo miraba...

Suspiró.

Al principio, cuando se enteró de lo ocurrido, se quedó desconcertada por completo.

No podía creer que él hubiese hecho eso.

Se quedó congelada, sus emociones estaban planas, como si hubiera dejado de ser ella misma.

Solo cuando recordó las sabias palabras de Jerome, al principio de conocerse: «Cuando siento que una situación me desborda, procuro pensar en cosas que me hacen sentir bien», comprendió que estar con su hijo la hacía sentir bien.

Era ahí cuando no se sentía tan vacía. Jacques la alentaba a seguir con su vida, aunque no sintiera nada, aunque el vacío se hubiera instalado en ella.

Pasar más tiempo con él la ayudó a salir del letargo en el que estaba su vida. Compartir momentos con los amigos la ayudó a sobrellevar mejor los días. Ir a trabajar la ayudó a olvidarse de lo que había pasado. Volver a su rutina diaria la reconfortó.

Pero cada vez que veía a su marido, algo dentro de ella crecía, y sabía que no era bueno. Jerome no la hacía sentir bien.

Ahora, después de la última discusión que habían tenido, sabía a la perfección lo que se había gestado dentro de ella estos últimos meses. Sentía rabia y resentimiento.

Oyó un ladrido a lo lejos que la sacó de sus divagaciones.

Le extrañó. La familia de Lucréce no tenía perro.

Volvió a escucharlo y, a lo lejos, vio a su pastor alemán correr hacia ella.

Se alegró de verlo. Lo había echado de menos, pero se puso en guardia.

Si Alemán estaba allí, él también lo estaba.

La rabia hizo presencia. Le había pedido espacio y no se lo estaba dando.

Se agachó y acarició al animal mientras hacía por calmarse. Tal y como estaba, no podía entrar en la casa. Lo último que quería era montar un espectáculo delante de la familia de Lucréce. No lo merecían.

Se acercó a la casa y escuchó la risa de su hijo y la voz de Jerome.

Miró por la ventana y los vio jugando. No pudo evitar sonreír al ver la estampa.

Su hijo estaba disfrutando con su padre y no paraba de reír por la mataperrearía que este le hacía en ese momento.

Jacques corría por el pequeño salón, con sus rizos castaños revoloteando sobre su cabeza, mientras Jerome hacía como que lo iba a atrapar. Su hijo estaba muerto de risa.

Tenía que reconocer que esos momentos los había echado de menos.

Ella era más estricta y menos permisiva con el pequeño, y no lo había visto reír así en estos días.

Se rio al ver cómo Jacques era ahora quien perseguía a su padre por todo el salón.

Las carcajadas del niño, cuando lo alcanzó, eran tan contagiosas como las de su marido.

Jerome lo sujetó en brazos y lo elevó por encima de su cabeza. Su hijo estaba volando y era feliz.

No se dio cuenta, pero era la primera vez en meses que ella reía. Un atisbo de amor asomó a su corazón. Estuvo durante unos instantes amándolos, pero la rabia volvió a ocupar su lugar, esperando el momento adecuado para salir con fuerza. Llevaba mucho tiempo contenida.

—Camila —dijo Lucréce en cuanto la vio entrar—. Mira quién ha venido a vernos.

Jerome le hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo y dejó a su hijo en el suelo para que fuera a saludarla. No dijo ni hizo más.

—Sí, ya lo veo —respondió ella.

Sujetó a su hijo en brazos y se dejó abrazar por él.

—¿Te importa agarrarlo? —le pidió a su amiga, tras darle un beso en la frente—. Necesito hablar con mi marido.

La mujer hizo lo que le pedía, tomó al niño de diecisiete meses en brazos y se dirigió a la cocina. La tensión podía cortarse con la hoja de un cuchillo. Ninguno de los dos, en lo que había durado esa breve conversación, había dejado de mirarse a los ojos. Ambos se estaban retando.

—Vamos fuera y hablamos —le ordenó Camila.

Jerome obedeció. Sabía que allí no era el lugar adecuado para aquella conversación. Qué mejor que la inmensidad de la selva, que lo aguantaba todo.

Caminaron en silencio por el sendero. Camila notaba cómo la rabia crecía dentro de ella, y cuando supo que desde donde estaban ya no los podían oír, se giró hacia él y, con el dedo índice en modo acusador, le gritó:

—¡Te pedí espacio y no me lo estás dando!

¿Cómo podía decirle eso? Jerome, que había tratado de mantener el control, explotó.

—¿¡Estás segura de que no te lo estoy dando!

? ¡Llevas una semana aquí y hasta hace unas horas no sabía dónde estabas!

¡Te busqué en Saint Germain, fui al hospital, y me entero de que te has tomado unas vacaciones y que no saben cuándo piensas volver!

¡Me volví loco! ¡Ya solo me quedaba ir a casa de mi hermana o a Kinshasa a buscarte!

¡Llegué a pensar que te habías ido a España!

—¿Cómo me voy a ir a España? —preguntó sorprendida. Ella no se marcharía del país ni lo dejaría todo solo porque su vida se hubiera puesto patas arriba en estos meses.

—Conociéndote como te conozco, me puedo esperar cualquier cosa de ti.

Fuiste capaz de atravesar el país de punta a punta al comienzo de la guerra.

Y después de esto, ¿qué querías que pensara?

Me he tenido que poner en todas las situaciones posibles que podían pasar por tu cabeza. Irte a España era una de ellas.

Camila tragó con dificultad. No podía negar que tenía razón. Era capaz de eso y mucho más.

—De todas formas, si te pedí espacio y aún no he vuelto, es porque sigo necesitándolo —se defendió, sin querer dar su brazo a torcer.

—Tranquila, tienes todo el espacio del mundo —le señaló la selva—.

Yo a lo único que he venido es a ver a mi hijo; no te he venido a ver a ti.

En este momento me da igual lo que hagas o adónde quieras ir.

—Le dolió escuchar esas palabras. Era cierto que había pensado que venía por ella; él no había parado de repetirle en todo este tiempo que siempre la elegiría a ella—.

Pero te digo una cosa —Ahora era él quien levantaba el dedo índice en modo acusador—: si te crees que me vas a privar de estar con mi hijo, estás confundida.

Esta semana te he dejado todo el tiempo y espacio del mundo.

Pensé que serías más razonable conmigo, que estarías más cerca de casa para poder ver a Jacques.

No lo has sido. Te informo de que el próximo fin de semana quiero pasarlo con él.

O lo llevas a casa o, si no, volveré de nuevo aquí y seré yo quien me lo lleve.

—Ni te lo vas a llevar ni te lo voy a llevar. Él me necesita.

Su hijo era lo único que la mantenía cuerda en esos momentos. No se lo podía permitir.

Jerome, al escucharla, lo pensó mejor. Sabía que Jacques le hacía bien a su mujer. Fue él quien la motivó a levantarse de la cama y a volver de nuevo a su rutina diaria.

—Entonces seré yo quien me quede aquí hasta mañana.

El próximo fin de semana también vendré y me quedaré.

Tendrás todo el espacio que quieras, porque lo único que pienso hacer es estar con él.

Hablaré con Lucréce para ver si es posible quedarme en su casa.

Mi hijo también me necesita, y yo lo necesito.

Soy su padre. A estas alturas, no sé si lo entiendes o no.

No me prohíbas estar con él. Hasta ahora te lo he consentido todo.

Entiendo que lo estás pasando mal y estás sufriendo, pero esto no te lo voy a permitir.

Si vas por ese camino, te estás equivocando conmigo.

Se dio la vuelta y se marchó, dejando a Camila sin saber qué decir ante eso. Tenía razón. Era su padre, y durante una semana los había privado a ambos de su mutua compañía. No había sido justa ni con su marido ni con su hijo. Pero estaba tan furiosa que no veía más allá de eso.

¿Qué le estaba pasando? Ella nunca había sido así.

No había pensado en lo que significaba para Jerome que se llevase al niño lejos de él.

Tampoco en lo que significaba para su hijo estar sin su padre.

Solo había pensado en ella, en lo que necesitaba, sin importarle nada más.

Era como si todo lo que había sido como persona se hubiese esfumado.

Como si fuese incapaz de ponerse en el lugar del otro.

Como si su sensibilidad y sus sentimientos ya no estuvieran.

Como si todo lo que siempre fue se hubiera borrado de un plumazo.

Comenzó a caminar por el sendero, rumbo a la selva. Su delgada figura se veía tensa y agitada. Necesitaba despejarse y alejarse de él. Quería dejar de sentirse así y volver a ser ella misma. Miró al cielo y le pidió a Dios que la ayudara.