El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 1 #2
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Camila no le había dicho adónde iba, pero sin apenas ropa, sin automóvil, con un bebé en brazos y teniendo que ir a trabajar al hospital, imaginaba que no habría ido muy lejos.

Ahora Marion confirmaba sus sospechas. Al menos, en ese aspecto podía estar tranquilo, porque después de la primera conversación que tenían en semanas sin que su hijo estuviera involucrado, estaba bastante intranquilo.

No solo porque se hubiera ido, sino porque las palabras y la rabia que salieron de su boca no las esperaba.

—No importa cuánto me abraces, Jerome. No puedes devolverme lo que me quitaste. Solo tú tienes la culpa de todo esto. No debiste hacerlo, pero lo hiciste.

—Sabes que siempre te elegiré a ti. Siempre te elijo a ti.

—No, Jerome. Ese día te elegiste a ti mismo. Deberías haberla elegido a ella. Necesito espacio.

Agarró a Jacques, y allí se quedó, como un estúpido, mirando cómo su mujer y su hijo salían por la puerta de su casa sin saber adónde iban y sin poder hacer nada.

Ya lo había hecho todo, y por fin ella le revelaba qué era lo que le pasaba.

Camila lo culpaba de lo ocurrido. Era lo que había temido todo ese tiempo, y lo único que le quedaba era darle ese espacio que le pedía.

Al principio de ocurrir todo, creyó que ella lo entendería, pero cuando vio que llevaba dos semanas sin salir de la cama, supo que su mujer no estaba bien.

La culpabilidad que ya sentía se intensificó aún más.

No solo había cometido un acto imperdonable, sino que ahora su mujer sufría por ello.

No sabía qué hacer. Era una mujer fuerte, pero esto.

.. esto era diferente. Algo en ella se había roto y no encontraba la manera de recomponerse.

Ahí fue cuando pidió ayuda a los compañeros del hospital de Camila, a Lucréce, a su hermana, a Declan, a Marion... Él era incapaz de llegar a su esposa. Él solo no podía.

Y entonces fue cuando ella empezó a mejorar.

Comenzó de nuevo a abrazar a Jacques, a jugar con él, volvió al trabajo; pero con él seguía igual.

Su encantadora mujer era un témpano en la distancia y no dejaba que se acercase, que la tocase.

A sus preguntas solo contestaba con monosílabos, y cuando tenía que hablar con él, solo lo hacía si era para comentarle algo sobre Jacques.

Tenía la sensación de que había perdido a su esposa. No sabía cómo recuperarla.

Al menos, esa mañana había cambiado algo.

Tuvieron una conversación muy diferente a las que solían tener.

Y eso lo intranquilizaba. Llevaba tantas semanas acostumbrado a su silencio que no sabía si esas palabras eran un avance o, por el contrario, significaban que lo que estaba roto era su matrimonio.

Decidió dejar de pensar en eso. «Aquí y ahora», se dijo. Ese siempre había sido su lema en estos últimos años y necesitaba volver a recuperarlo.

Cuando estaba en la guerrilla, solo vivía el momento; jamás pensaba en qué podría pasar al día siguiente, o en unas horas, en unos minutos.

Vivía tan al límite que no sabía si mañana estaría vivo o si en un rato estaría muerto.

Se dedicó a vivir el aquí y el ahora, y momento a momento había ido sumando días, semanas, meses, años.

.. Pero todo cambió cuando apareció ella.

Con Camila empezó a pensar en el futuro, a imaginar cómo sería su vida si dejaba la lucha, cómo sería tener una familia, ser algo más que un soldado, ser marido, padre.

.. Con ella sintió que era posible un futuro para él.

Estaba tan agradecido de que ella hubiese aparecido en su vida que a veces no sabía si era capaz de mostrárselo o hacérselo saber.

La amaba y quería volver a recuperar a su mujer.

No se iba a dar por vencido. Cuando llegase el fin de semana, iría a Saint Germain a ver a su hijo e intentaría un acercamiento con su esposa.

«Todo irá bien», se dijo para animarse.

Ahora estaba allí, en sus tierras de cultivo, y era en lo que se iba a centrar.

Terminó de descargar la camioneta y, tras despedirse de Marion, se puso de nuevo a trabajar. Había mucho por hacer.

Se dirigió a la caseta de herramientas; se le habían quedado atrás las llaves que necesitaba para empatar las tuberías.

—Comandante.

Se giró, y una mujer de no más de veinte años, bien parecida, estaba apoyada en el dintel de la puerta.

—Estel, qué bien que estés aquí. —Así lo ayudaría a cargar con las herramientas.

—¿Te parece bien que esté aquí?

—Claro. ¿Por qué me iba a parecer mal?

La joven se acercó a él y lo besó. Aquello sí que lo encontró desprevenido.

—¿Pero qué haces, mujer? —le preguntó en cuanto consiguió apartarla.

—Cuando el otro día me llevaste a casa, y hoy llegaste sin camiseta, vi cómo me mirabas y supe que me deseas tanto como yo a ti.

«¿De qué estaba hablando?».

Se desabrochó la camisa, dejó sus firmes pechos al aire, se volvió a acercar a él y lo besó de nuevo. Jerome dio un paso atrás y consiguió zafarse de ella.

—Creo que estás confundida. Lo siento si te he hecho pensar que te deseo. No era mi intención. Cuando te llevé a casa solo trataba de ser un buen vecino. Estel, estoy casado. —Trataba de ser amable con la mujer.

—Sé que Camila se ha marchado de casa. —Tragó con dificultad—. Os escuché a Marion y a ti. Jerome, sé que me deseas. Y yo te deseo.

Se volvió a acercar a él.

—Estel, quiero que te vayas. Márchate. —Se aproximó a ella y le cubrió los pechos con la camisa—.

Conoces a mi mujer. —Volvió a intentar besarlo—.

Ella va a volver a casa. Quiero que te vayas.

Esto es impropio de una muchacha como tú —subió el tono de su voz; estaba enfadado. Una negativa era una negativa.

Vio cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Sabía que había sido muy brusco, pero la amabilidad parecía que no funcionaba con ella.

Estel salió corriendo del cuarto, y él se quedó de pie, temblando.

Habría sido demasiado tentador. En otro momento de su vida, habría aceptado la propuesta de la mujer.

Ya no era aquel hombre. Ahora, con quien quería estar era con su esposa.

Se sentía bastante frustrado y excitado.

La camioneta avanzaba a ritmo ligero por los campos de cultivo que llevaban a la misión de Saint Germain.

Jerome estaba contento porque hoy iba a ver a su hijo.

Lo había echado de menos. Quería abrazarlo, oír su risa, escuchar sus largas conversaciones balbuceantes que nadie, salvo él mismo, entendía.

Tenía ganas hasta de escuchar su llanto.

Alguna que otra noche, durante estos días, se había despertado en la oscuridad creyendo que lo oía llorar, hasta que recordaba que no estaba y se volvía a tumbar en la cama, deseando que toda esta situación se resolviese lo antes posible.

Aun así, tenía que reconocer que estos días a solas le habían venido bien.

Llegaba de las tierras relajado y tranquilo.

No tenía que estar buscando la forma de entablar una conversación con ella, ni que estar midiendo sus palabras, sus actos, y sintiendo que todo lo que hacía estaba mal.

Llevaba dos meses tratando de llegar a ella.

Le estaba resultando una misión titánica.

Nunca había estado en un campo de batalla donde llegar a su objetivo le costase tanto.

No se había dado cuenta de lo desgastado que estaba hasta que ella se marchó.

Recordaba que el padre Declan le había dicho una vez que la base de un buen matrimonio era la comunicación.

Eso era lo que quería, hablar y resolver las cosas.

Pero en ningún momento le explicó qué hacer cuando una de las partes no quiere comunicarse.

Era frustrante y agotador. Estos días de tregua le habían venido bien para agarrar fuerzas y organizar sus ideas.

No se iba a rendir. No era hombre de hacerlo.

Por muy terca que fuese su mujer, iba a conseguir que se sentasen a hablar tarde o temprano.

Decidió cambiar de estrategia. Le daría el espacio que pedía, dejaría que lo echase de menos y aprovecharía cada vez que fuera a ver a Jacques para intentar un acercamiento.

Se bajó de la camioneta con ganas de enfrentarse a la situación, aunque también algo inquieto. Tomó aire y se adentró en la misión de Saint Germain en busca de su familia.

—¿Cómo me estás diciendo? —le preguntó a un Declan que no entendía nada, por la cara de desconcierto que tenía—. Y si no están aquí, ¿dónde están?

—Te diría que contigo, pero veo que no es así —respondió el sacerdote, y Jerome se sentó en el banco de la iglesia que tenía más a mano.

—La última vez que la vi fue el lunes pasado. Me pidió el todoterreno, me dijo que lo necesitabais porque el vuestro se había estropeado.

No se lo podía creer. Pensaba que estaba en Saint Germain por lo que le había dicho Marion, y ahora no tenía ni la más remota idea de dónde estaban su mujer y su hijo.

Por un momento se preocupó, pero la preocupación cedió ante la rabia, que ganaba cada vez más espacio en su interior. Estaba furioso y, en ese momento, era incapaz de ver que su mujer lo estaba pasando mal.

—Le daré el espacio que me pidió, pero ¡no le pienso permitir que me prive de estar con mi hijo! ¡¿Me oyes, Declan?! ¡Ahí se está equivocando! —gritó, fuera de sí.

Salió de la iglesia como alma que lleva el diablo, dejando al sacerdote sin saber qué decir. Declan nunca lo había visto en semejante estado.

Habían estado en situaciones muy complicadas durante la guerra, donde siempre se había mostrado impasible, frío, y actuaba como si supiera qué hacer en todo momento. Pero ahora que Camila se había llevado a Jacques, entendía que estuviera furioso, y con motivo.

Sabía que su niña estaba sufriendo, pero no estaba poniendo las cosas fáciles. Se persignó y rezó por los dos.

—A veces no te entiendo —dijo, mirando al crucifijo de madera que tenía enfrente.

Salió de la iglesia dando un portazo. Hoy se había enfadado de nuevo con Dios.