El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 1
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El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3)

El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3)

Por Carol Luján

© inepub.com

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Camila cerró la puerta sin mirar atrás. El golpe seco bastó para sentenciar a Jerome, que se quedó de pie, con los puños cerrados y la garganta seca. Que se quedó en silencio y con el vacío de lo que alguna vez fueron.

Quería correr tras ella y decirle que se quedara, pero se contuvo.

El amor había sido reemplazado por el peso del dolor, y él no encontraba la forma de volver a ella.

Camila le había pedido espacio y eso iba a darle.

Sabía que su mujer estaba sufriendo, y él fue el causante de ese sufrimiento.

Por más que intentaba explicarle y disculparse por lo sucedido, ella lo seguía rehuyendo.

Cada vez que trataba de acercarse, ella se alejaba aún más.

Jerome, durante estos últimos dos meses, había sido consciente de cómo, viviendo bajo el mismo techo, Camila estaba a cientos de kilómetros de él. De cómo, durmiendo en la misma cama, un muro los separaba.

«Siempre te elegiré a ti», le dijo innumerables veces. Pero parecía que esas palabras, en lugar de acercarla, la envolvían en un silencio ensordecedor y en un mutismo que le resultaba insoportable.

Necesitaba despejarse; en aquella casa tan silenciosa, sin el correteo y las risas de su hijo, se iba a volver loco.

Se colocó las gafas de sol que cubrieron sus bonitos ojos azules; del color de las playas de Fuerteventura, como le decía su esposa antes de todo esto; agarró la correa de Alemán, la enganchó al animal y salieron a dar un paseo.

El día estaba soleado y el sol calentaba lo justo para que no se notase la humedad del ambiente. Sabía que una caminata le vendría bien para olvidar, por un rato, la frustración e impotencia que sentía desde hacía semanas y que hoy estaba exacerbada al verlos partir.

Suspiró. Soltó al perro, se quitó la camiseta y ambos echaron a correr. Necesitaba dejar de pensar y, sobre todo, dejar de sentir por un momento.

Apremió la carrera cuando comenzó la cuesta que lo llevaba hasta los cafetales.

Necesitaba ponerse a prueba. Necesitaba saber que aún estaba en forma, que seguía fuerte a pesar de llevar más de un año sin estar en un campo de batalla.

Necesitaba sentir que había algo que controlaba.

Su cuerpo era lo único que sentía que aún estaba bajo control.

Vio bajar la camioneta de Marion. Se apartó a un lado del camino y la saludó con la mano.

Continuó con la carrera mientras la cuesta se hacía cada vez más empinada.

No fue consciente de cómo la mujer se recreaba con su mestizo torso desnudo, que, a pesar de las cicatrices, seguía siendo agradable de mirar.

—¡Comandante! —le gritó Mathis desde uno de los bancales de los cafetales—. Pensábamos que ya no venía.

A Jerome le sorprendía que lo siguieran llamando así.

Hacía tiempo que había dejado de ser el comandante Ngona, fugitivo de la guerrilla rebelde del Zaire, para convertirse en Jerome.

Un simple agricultor de la República Democrática del Congo.

Un hombre que vivía de lo que cultivaba en sus tierras y de sus animales.

Un padre de familia que adoraba a su mujer y a su hijo.

«Camila...», volvió a pensar en ella y suspiró. Necesitaba sacársela de la cabeza, por lo menos, por unas horas.

Se acercó al grupo de hombres y mujeres que trabajaban en sus tierras mientras se ponía la camiseta.

Se había dado cuenta de cómo observaban las cicatrices de su cuerpo y aún le molestaban esas miradas poco discretas.

Entonces, vio todo el material en el suelo y recordó que había quedado con Marion para recoger los componentes del sistema de regadío que había pensado instalar en uno de los cafetales.

Con lo ocurrido esa mañana, lo había olvidado.

Se dirigió con Mathis al cuarto de herramientas, que tenía en uno de los laterales de los cultivos, más animado de lo que había estado durante el día.

Tenía previsto empezar al día siguiente con la construcción del nuevo sistema de regadío.

Ese era tan buen día como cualquier otro.

Quería no pensar, no sentir, solo estar ocupado.

Sabía que, cuando empezaba con algún proyecto, se olvidaba de todo y el tiempo pasaba volando.

Si el nuevo sistema de regadío funcionaba como él creía, esperaba implantarlo en el resto de sus cultivos y proponerlo en Saint Germain y a los demás agricultores de la zona.

Podía ser una buena forma de conseguir agua sin necesidad de esperar a las lluvias o ir hasta los pozos o al río, que estaban a varios kilómetros.

Incluso se podría construir una estructura para conseguir agua potable.

Por el momento, se iba a centrar en crear un sistema de regadío que sirviese para recoger la humedad condensada en el ambiente y convertirla en agua para sus cultivos.

Colocaron el tablero y las burras que le hacían de mesa en medio del cafetal. Sacó el plano en el que había estado trabajando desde hacía más de un mes y trajo las herramientas que creía que iba a necesitar. Quería crear el prototipo de regadío.

Comprobó que el material que necesitaba estaba en buen estado y se dio cuenta de que faltaban algunas tuberías, manguitos, válvulas, racores.

.. No estaba todo. Aun así, con lo que tenía podía empezar.

Le pidió a Mathis que lo ayudara mientras algunos de los jornaleros se dedicaban a trabajar en los cultivos y otros a cuidar a las pocas reses que tenía por ahora.

Ese año había plantado café, plataneras, batata, papa y, en cuanto recogiesen la última cosecha de papas, prepararían la tierra para dejarla en barbecho y plantar maíz a finales de julio, principios de agosto.

Estaba contento con cómo estaba saliendo todo con las tierras.

Si todo seguía así, tendrían una buena cosecha y podría aumentar en un par las cabezas de ganado las que ya tenía.

Por lo menos, en este aspecto, todo marchaba bien.

Se secó las gotas de sudor de la frente y, en ese momento, vio llegar a Marion. Traía más material en la parte trasera de la camioneta. Dejó lo que estaba haciendo y se acercó para ayudarla a descargar.

Marion rondaba los cuarenta y pocos años.

Su piel era más oscura que la de él; no era mestiza, pero podría pasar por una mujer birracial.

De no haber sido tan ruda en sus ademanes y en su forma de hablar, podría haber sido guapa.

Con el tiempo, se había acostumbrado a esa fuerza y a esa rudeza, y veía en ella a una mujer que se tuvo que hacer a sí misma tras el fallecimiento de su marido, unos años atrás.

Marion se había puesto al frente del negocio de su esposo y le había dado la vuelta.

De una simple tienda de aceite y vinagre había creado un pequeño imperio con el que proveía de materiales a los agricultores de la zona y alrededores.

Traía todo tipo de pienso para los animales, semillas para los cultivos.

.. Todo lo que uno quisiera para trabajar la tierra, ella lo conseguía.

Jerome sospechaba que no todo lo que traía venía de forma legal, pero ¿quién era él para juzgarlo?

Él también hizo cosas que rozaban la ilegalidad.

Para qué mentirse, había hecho cosas muy ilegales, tan ilegales que, si Laurent Kabila no hubiera ganado la guerra y no fuera el actual presidente de la República Democrática del Congo, él estaría ahora mismo muerto.

O en la cárcel. O sería un fugitivo de la justicia acusado de tráfico de armas, secuestro, robo, asesinato y, lo más seguro es que también de algún cargo más que no había cometido.

Suspiró.

Por fortuna, todo aquello ya pasó y ahora solo era Jerome Ngona.

Un hombre que, cuando se liberó de su promesa de venganza, regresó a sus orígenes en Kinshasa y encontró que la poca familia que había dejado atrás; sus abuelos y su cuñada, con dos de sus sobrinos; había desaparecido.

Unos habían muerto; y de los otros no se sabía nada, salvo que se marcharon del país. Solo quedaban su hermana Louise y él.

La mujer lo saludó con un golpe en el brazo.

Jerome, aunque sabía cómo era, siempre se sorprendía de su fuerza; le parecía estar ante alguno de sus hombres de la Alianza.

Ese saludo siempre le hacía sonreír con nostalgia.

Los echaba de menos. Extrañaba a sus amigos y compañeros; hacía tiempo que no los veía.

También extrañaba a los hombres que fueron sus camaradas y que murieron en la batalla.

Se acarició el brazo y pidió a Dios por ellos.

—Querido, he tenido que dar dos viajes —le reprochó—. Te esperé esta mañana en el mercado.

—Te pido mis disculpas, lo olvidé.

—Mmmm. —Lo miró de arriba abajo—. ¿Y Camila?

Jerome se giró y comenzó a descargar las cajas; no quería contestar a esa pregunta. La mujer, con esa fuerza que la caracterizaba, le sujetó del brazo.

—¿Y tu mujer? —volvió a preguntarle mientras lo obligaba a mirarla.

—No lo sé, Marion. No sé dónde está.

—A veces las mujeres, cuando pasan esas cosas, necesitamos tiempo.

—Sí, pero no debí hacerlo. Fue mi culpa.

—Querido, no te culpes. Solo eres un hombre. Tú de lo que te tienes que preocupar es de venir a tus tierras y de recoger el material para tu sistema de regadío. Dale tiempo.

—Se lo he dado. Se ha marchado con Jacques por unos días.

—Comprendo.

Sintió que Marion lo miraba con pena y no le gustó que lo viera así. Se apartó de ella y continuó descargando.

—Si te sirve de consuelo, me crucé con ella cuando venía para tus tierras. Iba camino de Saint Germain.

Suspiró aliviado. El pastor alemán se acercó a él y se rozó contra sus piernas, como si el animal notara su alivio. Sonrió, se agachó y lo acarició.