El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 1
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El coronel Mwenze, sentado tras el bonito escrito de madera de roble, con su ordenador y varios documentos sobre la mesa, sonrió en cuanto los vio aparecer.

—Ngona, me alegra que ya esté aquí. Señora Ngona, no esperaba verla, pero tampoco me sorprende —continuó con esa sonrisa que Camila empezaba a detestar—.

Así que este es vuestro retoño —dijo, refiriéndose a Jacques, que estaba atento a todo lo que ocurría, en los brazos de su padre—.

No puede negar que es su hijo. —Miró a Jerome—. Hola, Jacques.

El niño le giró la cara y comenzó a llorar de nuevo.

Los dos se miraron se reojo, sin saber cómo aquel hombre sabía el nombre de su hijo.

—Estás con mamá y papá. Tranquilo. Todo está bien —dijo, tanto para su hijo como para él mismo. Sabía que aquella reunión no traía nada bueno.

—Siento haber interrumpido su salida del país, pero como le comenté en su momento, lo necesito, comandante —prosiguió en cuanto el bebé dejó de llorar.

—Ya le dije que no formo parte de esto. Creo que he sido bastante claro.

—Oh, sí. Ha sido bastante claro. Pero no soy hombre de darme por vencido y busco soluciones.

Les acercó los documentos que tenía al borde la mesa para que los leyesen.

Los dos leyeron los papeles que les mostraba y Camila creyó morirse.

La misma fotografía que usó la FAZ para informar que era un fugitivo de la justicia, aparecía en el documento.

Todos los delitos que había cometido su marido estaban escritos en aquellos papeles clasificados como confidenciales: traición, espionaje, instigación a la rebelión, asesinato de un comandante y dos soldados de la FAZ, tráfico de armas, secuestro. ..

Jerome sabía que su pasado volvía a buscarlo de nuevo. Frunció los labios, frustrado por la situación, y tomó aire.

—Comandante, sé que Kabila le condonó todos sus delitos cuando se proclamó presidente de la República Democrática del Congo, pero si yo en cualquier momento hiciera clic en este ordenador, este documento sería enviado a todas las agencias de inteligencia del mundo y dará igual a qué país vaya.

Será un fugitivo y estará en busca y captura por el Gobierno de la República.

Ningún estado le dejará entrar con estos antecedentes delictivos y lo deportarán. No me gustaría que le pasase.

Jerome miraba al hombre con atención y rabia, esta conversación le estaba gustando cada vez menos.

—Con no apretar ese botón sería suficiente para que eso no ocurriese —dijo Camila, tratando de mantener la calma.

El hombre se rio mostrando sus resplandecientes dientes blancos que contrastaban con su tez negra como el café.

—Cierto, pero como ya le he comentado al comandante en varias ocasiones, quiero que forme parte de nuestro ejército.

Y lo he intentado por las buenas —Hizo un chasquido con su lengua—, pero se niega y claro, he tenido que buscar la forma para que no se niegue.

Me guste o no, ésta es la única que he encontrado.

—Miró para él—. Ngona, o acepta formar parte de FARDC o estos documentos serán enviados hoy mismo a todas las agencias de inteligencia del mundo por si intentara escapar.

Además, los dos policías militares que están ahí afuera se encargarán de llevarlo a la prisión militar del Camp Kokolo para que sea la justicia militar la que juzgue cada uno de estos cargos.

—Así que era eso, quería que formara parte de FARDC a cualquier precio—.

Señora Ngona —Miró a Camila—, hay algunos cargos que no se sostienen mucho, pero no podrá negarme que hay otros que son más fácil de demostrar su culpabilidad.

Recuerdo algo de un secuestro a la ahijada del embajador de España en el antiguo Zaire.

—Camila tragó con dificultad—. Parece que usted también lo recuerda.

Puede que por su condición de esposa decida no testificar contra su marido, pero tal vez el sacerdote escocés, la anciana que los acompañaba o su padrino, que movió cielo y tierra para encontrarla, tengan algo que decir en un juicio.

—La miró con atención—. Le recuerdo que este país no es como España, donde se crio.

Aquí existe la cadena perpetua y la pena de muerte.

Camila sabía que se arrepentiría toda su vida de lo que hizo cuando delató a Jerome y su pequeño comando, pero no sabía cuán lejos iban a llegar las repercusiones de sus acciones. Tenía ganas de acabar con aquel malnacido, pero su hijo estaba allí y no quería la viese cometer una estupidez.

Jerome la observó de reojo y vio sus puños cerrados. Su postura indicaba que su mujer en cualquier momento iba a saltar contra aquel hombre. Él también lo haría si no fuese porque lo tenía entre la espada y la pared.

—Coronel, ante usted se presenta el comandante Ngona. —Se cuadró ante él.

Mwenze sonrió satisfecho por lo que acababa de escuchar, y Camila cerró los ojos. Se le acababa de partir el alma. Sabía que su marido no tenía otra opción si quería ser libre, todo lo libre que uno puede ser cuando lo chantajean de esa manera. Quería destruir a ese hombre.

—Comandante, me alegra que haya entrado en razón.

Es un placer tenerlo de vuelta. El lunes comienza aquí a primera hora de la mañana.

Tiene dos días para instalarse en Kinshasa, espero que la casa que les he conseguido sea de su agrado.

—Le acercó otro documento al borde de la mesa—.

Aquí tiene la documentación de la vivienda.

Por cierto, señora Ngona —Sujetó otro documento—, no sabía que fuera del Congo —dijo, levantando la fotocopia de su pasaporte—.

Pensé que era europea. Su país se sentirá orgulloso de usted si, como ciudadana abnegada y comprometida, colabora como enfermera civil en el hospital del Camp Tshatshi.

—Deje en paz a mi esposa. —La rabia era palpable en sus palabras—. Ella no tiene nada que ver en esto.

Mwenze le sonrió y volvió a dirigirse a ella.

—Señora Ngona, el próximo lunes la estarán esperando para su incorporación. No querrá meter en problemas a su marido cuando acaba de incorporarse a nuestras filas hace solo unos minutos.

El chantaje no era solo para él, también era para ella.

—Le he dicho que la deje en paz. Esto es entre usted y yo.

Camila vio que Jerome estaba a punto de perder los papeles, y eso significaría tener más problemas de los que ya tenían.

—Allí me verá —dijo furiosa.

«Me encanta que los planes salgan bien», se dijo Mwenze con satisfacción.

—Una cosita antes de terminar. Para el mundo, ustedes se han incorporado libremente a la FARDC. No querrá acabar en la cárcel, ¿verdad?

Así que, además, debían actuar como si fuera un placer formar parte del ejército.

—Sí, mi coronel.

—Comandante, señora Ngona, pueden retirarse. Un soldado los llevará a su nueva casa. Buenas noches.

—Coronel Mwenze. —Jerome se cuadró ante él, con Jacques aún en brazos, que había estado atento a la conversación—. Buenas noches.

—Coronel —dijo Camila, acercándose y apoyándose en la mesa.

Miró al hombre directamente a sus oscuros ojos negros y le dijo—: Me encantaría decirle buenas noches, pero no puedo, lo único que le puedo decir es que se vaya a tomar por culo, hijo de la gran puta malnacido.

Sé que mi marido lleva solo unos minutos bajo su mando y a mí me cuesta adaptarme, espero que no me lo tenga en cuenta.

Agarró con rabia el documento de la vivienda que le había conseguido como militar de la FARDC, se giró sobre sus talones y salió del despacho, dejando a un Mwenze y a un Jerome completamente sorprendidos por lo que le acababa de decir.

El coronel jamás habría imaginado de esa mujer aquel comportamiento.

Sonrió divertido cuando salieron de su despacho.

Le gustaba la gente con carácter y esa joven lo tenía.

Tendría que tener cuidado con ella. Ya encontraría la manera de atarla en corto.

Miró el documento del pasaporte donde figuraba su nacionalidad y sonrió. Ya sabía cómo hacerlo.

Jerome quería besarla en ese momento. Había hecho lo que a él le habría gustado hacer si no fuera porque en estos momentos Mwenze era su superior y lo tenía acorralado.

Tenía que buscar la manera de salir de aquella situación como fuera, pero por ahora, tenía que hacerse a la idea de que acababa de convertirse de nuevo en el comandante Ngona, le gustase o no.