CAPÍTULO 28
En un segundo, sentía el peso de Thompson aplastándome el pecho. Al siguiente, mi cuerpo cogió aire con fuerza, como un soplo de vida.
Me llevé las manos a la garganta, sin saber si sentía desesperación o alivio.
Todo estaba oscuro, confuso. La cabeza me daba vueltas, volviendo a la consciencia.
— ¡Desgraciado! Te voy a matar. —Oí el grito furioso que pareció ser el de Logan.
Enseguida vino el sonido del primer golpe seco, seguido de otros, y luego gritos.
No podía pensar con claridad. El cuerpo me respondía con lentitud.
Me arrastré por el suelo de tierra, buscando desesperadamente recuperar el control de mi cuerpo mientras veía a Logan encima del veterinario, completamente fuera de sí asestándole puñetazo tras puñetazo.
— Lo... —intenté llamarlo, pero me ardía la garganta. Era como tragar un manojo de clavos—. Logan... —Lo intenté de nuevo, pero no me oyó.
Empezaron a llegar empleados, gritando órdenes contradictorias. El caballo seguía relinchando y lanzando coces. Todo era un absoluto caos. Yo no lograba reaccionar más rápido, como si me hubieran dado un dardo tranquilizante.
¿Cuánto tiempo me desmayé? ¿Me hizo algo Thompson?
No lo sabía, pero al lograr levantar la cabeza y ver que mi ropa seguía intacta, sentí un ligero alivio.
Venga, Hannah, reacciona, me ordenó la mente y yo me obligué a obedecer. Apoyé las manos en el suelo, poniéndome a gatas para levantarme. Las piernas me temblaban, torpes, pero no me di el lujo de flaquear.
Al dar el primer paso, me di cuenta de que cojeaba y entonces me percaté de la falta de una de mis botas.
Logan rugía como un león furioso. Le sangraban las manos. La ropa —que esta mañana estaba intacta— ahora estaba toda sucia, rasgada. Estaba completamente fuera de sí, rodando por la tierra, dando golpes y recibiéndolos.
— ¡Dios mío! —exclamé con desesperación, acercándome.
James y otros empleados intentaban separarlos, pero era como si las manos de Logan estuvieran pegadas. Su ira era tal que no le permitía soltarse de Thompson.
— Te lo advertí, pedazo de mierda. No te saldrías con la tuya si le hacías algo.
— ¡Para, Logan! —Intenté meterme entre ellos, agarrándole del brazo.
No parecía escucharme, asestando golpes sin parar.
Ignoré las lágrimas calientes que me resbalaban por las mejillas y tiré de nuevo, pero era como mover una montaña.
— Logan, por favor... —Mi voz salió como un susurro.
La sangre salpicaba por los aires y caía en la tierra blanca. El sonido de las voces sobresalía, la gente estaba en shock, intentaban separarlos, pero no conseguían nada.
La rabia por toda aquella situación de mierda me incendió. Toda la fragilidad fue cobrando mayores proporciones. Poco a poco, tomé las riendas de la
Hannah fuerte.
De un solo tirón, agarré a Logan por la camisa. Hasta él se asustó, cayendo hacia un lado y saliendo de su trance.
— Hannah...
No le hice caso, concentrada en un objetivo. Con los ojos y las emociones a flor de piel, me agaché frente a Thompson, que tenía la cara destrozada por los golpes, los dientes rotos y la sangre a borbotones. Sus ojos mantenían ese tono de desafío que me encargué de borrar.
— Me das asco, desgraciado. —Me aclaré la garganta y le escupí encima—. Me aseguraré de que nunca más le hagas a otra persona lo que intentaste conmigo.
Levanté el pie que aún tenía calzado y, con toda la fuerza que me quedaba, bajé el pequeño tacón, apuntando directo a sus pelotas.
Cuanto más gritaba, más apretaba. Que Dios me perdone, pero el placer que sentí fue indescriptible.
De fondo, oía a los peones emitir sonidos de dolor, aunque no fuera con ellos. Nadie se atrevió a intervenir. Yo temblaba de rabia, de odio...
de asco.
— Hannah, ya basta. —Logan me tocó los hombros, su voz parecía lejana al apartarme—. Deja que la policía se encargue del resto.
— Ya me he vengado de este cobarde... —espeté, sintiendo asco.
Se puso delante de mí, recorriéndome con la mirada, ansioso, al evaluar mi estado, que no debía ser de los mejores.
— ¿Cómo estás? ¿Te duele algo? —indagó, preocupado.
Suspiré, viendo lo lamentable que estaba él también. Me dolía la garganta, pero no le iba a dar importancia ahora.
— Estoy bien —respondí en voz baja—. Solo quiero salir de aquí.
Asintió para confirmar. Le ardían los ojos. Desprendía furia. Nunca lo había visto con ese aspecto tan violento.
— James, ocúpate de todo —sentenció, severo.
— Descuide, señor.
Logan bajó la mirada hacia el hombre derrotado en el suelo, lo miró como si estuviera ante un saco de estiércol y apretó la mandíbula, implacable.
— Por si no ha quedado claro, estás despedido —
decretó con autoridad—. Removeré cielo y tierra para que te pudras en la cárcel. Y, si algún día sales, me aseguraré de que no trabajes ni en el peor antro de este país.
El silencio era denso, solo interrumpido por el relincho de
Spartacus que estaba siendo calmado por una empleada. En el suelo, Thompson gemía de dolor, sangrando y manchado de tierra.
Logan barrió a los empleados de alrededor con la mirada y, sin disminuir su gélida furia, continuó:
— Que sirva de lección: no toleraré ningún tipo de violencia ni falta de respeto dentro de este rancho, ya sea con personas o animales.
Y, si me entero de que andan difundiendo mentiras en mi nombre, el de Hannah o incluso el de Hilary, ¡estáis despedidos! ¿Queda claro?
— Sí, jefe —se atrevieron a responder algunos.
La tensión se palpaba en el ambiente.
La furia no solo provenía de su voz. Provenía de la forma en que la vena de la frente se le hinchaba, las aletas de la nariz se le dilataban y de cómo miraba a los empleados.
Cuando estuvo satisfecho con la reacción que quería provocar, Logan me pasó el brazo por los hombros, yo le rodeé la cintura y caminamos juntos hacia fuera del cercado. La cabeza aún me daba vueltas. Solo cuando la luz me dio de lleno pude respirar, dándome cuenta de lo que acababa de pasar.
Lo peor había pasado, pero algo en mí jamás volvería a ser igual. Cerré los ojos, sintiendo el peso de la violencia que ninguna mujer debería conocer — y la culpa silenciosa al saber que, a diferencia de muchas mujeres, yo tuve a alguien que llegó a tiempo para salvarme.
Aquello dolió en el alma.
Nos acercamos a la camioneta. En el reflejo, me di cuenta de mi verdadero estado, no solo emocional, sino físico. Magullada, sucia, despeinada y vulnerable.
— No quiero que Melissa nos vea con estas pintas —dije cuando me abrió la puerta.
— No lo hará. Mandaré que nos traigan ropa. Pero antes, la policía te tomará declaración y, posiblemente, te manden a que te hagan un parte de lesiones.
Solté una pesada respiración. Era una mierda tener que pasar por esto por culpa de un imbécil que se creía con derecho a abusar de una mujer.
Antes de entrar, me volví hacia él y le toqué el rostro magullado, sintiéndome fatal.
— Te ha hecho daño —susurré.
— No te preocupes por mí, amor. Concéntrate en ti —replicó, cariñoso, pero la fuerza con la que tocó la sangre de mi boca delataba la rabia que sentía.
El mundo se desmoronaba a nuestro alrededor, pero no pude evitar darme cuenta de cómo me había llamado.
— ¿Amor?
Esbocé una sonrisa, la mejor que la situación me permitía.
Él asintió, su mirada se suavizó durante ese segundo extra de silencio.
Fue entonces cuando noté que algo nuevo intentaba asomar, un brillo diferente, casi de alegría. No estaba ahí cuando nos vimos esta mañana.
— ¿Qué ha pasado? —pregunté, recorriendo su cuerpo con la mirada.
Además de sucia, la camisa —que no era la misma de cuando lo vi con Hilary— estaba toda rasgada. Por fuera del pantalón, con botones arrancados, cortes en la tela.
Fruncí el ceño.
Fuera lo que fuese que me quería enseñar, estaba por ahí.
Seguí barriéndolo con la mirada atentamente, pasando por el cuello, el pecho y, fue entonces cuando mis ojos se clavaron en la parte abierta cerca de la axila.
Contuve la respiración y parpadeé, asustada.
— ¡Dios mío! —exclamé, llevándome las manos a la boca.
Me acerqué, levantando el brazo despacio para tocar la manchita que pintaba la curva entre el brazo y la axila casi totalmente cubierta por vello oscuro.
Sabía que estaba observando mis reacciones, pero no fui capaz de apartar la vista. Sentía los ojos muy abiertos, la respiración acelerándose otra vez.
— ¡Logan! Melissa...
ella... ella tiene una igual...
— En las costillas —terminó él, esbozando una lenta sonrisa al soltar la bomba—: Melissa es mi hija.
Jadeé, incrédula. La verdad siempre había estado ahí, delante de nuestros ojos, y lo cambiaba todo.
Mi cabeza barajaba mil posibilidades al mismo tiempo. Y en ninguna de ellas veía cómo era posible.
Tenían algunas características y comportamientos en común, como la manía de rascarse la frente, por ejemplo, pero ¿ser padre e hija?
— ¿Có-cómo? —Fue lo único que logré articular. Sentía que las lágrimas se agolpaban en mis ojos, me picaba la nariz por la emoción.
Logan me tocó la cara, poniéndome el pelo alborotado detrás de la oreja. Sus ojos también brillaban por el llanto contenido.
— Siempre quise ser padre y temía que algún trauma mientras era atleta pudiera impedírmelo.
Ya sabes que los accidentes pueden causar lesiones irreversibles —explicó, y yo asentí—.
Cuando tomé esa decisión, no di mi consentimiento para que se compartiera mi material.
El tiempo pasó y yo simplemente me olvidé de ello.
No tenía motivos para acordarme. Cuando me contaste sobre la concepción, me acordé, pero me pareció demasiado improbable.
Hasta que hoy, al ver a Mel, Hilary notó nuestro parecido y sembró, sin saberlo, la duda, y todo volvió a tener sentido.
—Logan hizo una pausa, soltando una risa tonta que contrastaba con todo lo que acabábamos de vivir y reveló—: En el punto álgido de mis dudas, Melissa vio la marca y...
sin tener la menor idea, me dio la mejor noticia de mi vida.
Yo estaba boquiabierta.
— Dios mío, esto tiene tantos motivos para ser improbable —
señalé lo evidente—. El error de la clínica al usar material no autorizado. El hecho de que se usara dentro del Estado. Por lo que yo sé, estas cosas viajan lejos para no generar un reconocimiento paterno.
Logan asintió, sin apartar la mano de mi cuerpo. Le gustaba tocarme, como si, de alguna manera, le tranquilizara.
— Tomaré las medidas oportunas al respecto. Nos haremos la prueba de ADN y luego se lo contaremos a Melissa.
El corazón me latía a mil por hora, aprensiva.
— ¿Y si no lo es? ¿Y si queremos ver lo que no existe?
Acercó nuestros rostros, garantizando con una certeza que me conmovió:
— Estoy seguro de que es realmente mi hija, amor. Mi corazón me lo dice. Pero aunque me equivoque, cosa que dudo, ya la siento como hija mía. El amor y el instinto que despierta en mí son demasiado fuertes para que los cambie un papel.
Parpadeé, inmersa en aquella nueva realidad. Sería demasiado devastador si no fuera cierto.
— Quiero a Melissa, Hannah. Me encanta teneros aquí conmigo. Y, por si aún no ha quedado claro, te quiero a ti —declaró en voz baja, cerca de mis labios.
Contuve el aire, perdiendo el control de las lágrimas.
A diferencia de él, a mí sí me importaba el tiempo. Pensaba que podía ser pronto, pero sería inmadura si negara la fuerza de todo lo que estaba pasando entre nosotros y lo que sentía.
¿A quién quería engañar?
Agarré los jirones de su camisa, acercándolo más a mi cara y esbocé una lenta sonrisa.
— Yo también te quiero, Logan McAllister —murmuré.
Él sonrió y me besó con amor, cariño y deseo.
Allí, frente al cercado donde casi ocurre una tragedia, sentí que mi corazón por fin se permitía vivir el sueño que, aun sin valor para admitirlo, siempre había anhelado.
Y ahora, con esa delicada sorpresa del destino, sabía que todo sería más fácil, porque tendría a mi lado a un hombre fuerte, capaz de apoyarme y caminar conmigo.