CAPÍTULO 27
Volví al trabajo riéndome sola después de que Logan y Hilary se fueran. Fue una grata sorpresa descubrir que no parecía ser el tipo de persona del que los peones iban cotilleando por ahí. Sentía que podía confiar en ella.
— Tranquilo, grandullón... —le dije al pura sangre inglés que casi me da una coz durante la maniobra—. Duele, pero es por tu bien. Te lo prometo.
Spartacus era uno de los caballos elegidos para el estudio.
Era campeón en todas las modalidades en las que competía, y tal vez por eso, se le exigía más y era más arisco. Su mirada oscura no presagiaba nada bueno hacia mí, pero me dejó trabajar.
— Buen chico... —Le acaricié el pelo, retomando las maniobras.
Mi estómago ya protestaba por haberme pasado de la hora, y el cercado estaba vacío. Ante la proximidad del fin de mi contrato, iba a contrarreloj para dejarlo todo listo, lo que hizo que me retrasara esa mañana.
Continué con las maniobras, pensativa. Me había olvidado de lo bueno que era tener a alguien con quien compartir el día y terminarlo con buenas dosis de sexo ardiente. A Logan se le daba muy bien, tanto que me sentía un poco escocida, pero no me quejaba.
Me tentaba la idea de quedarme, aunque me seguían preocupando las consecuencias que eso tendría para Mel. Logan demostraba ser una buena pareja.
Cariñoso, atento, maduro. Ayer me había llevado a cenar fuera otra vez y me dijo que quería ponerle nombre a nuestra relación. Así que, ahora estábamos saliendo.
Incluso me dolían un poco las mejillas de las sonrisas tontas que se me escapaban a cualquier hora del día. Era feliz.
El sonido de las pisadas amortiguadas en la tierra me devolvió a la realidad. Pensé que podría ser él, impaciente al ver que estaba tardando más de lo previsto.
Me parecía tierno aquel gesto de preocupación viniendo de un hombre rudo como el ranchero.
Mi sonrisa se desvaneció al encontrarme con Thompson.
Si ya no era agradable antes, la cosa empeoró después de liarme con Logan.
No es que lo fuéramos pregonando a los cuatro vientos, pero en un rancho donde había empleados y cámaras por todos lados, resultaba difícil esconderse.
Así que simplemente lo vivíamos, y cuando él quería robarme algún beso mientras trabajábamos, yo me dejaba.
— ¿No te alegra verme, Hannah? ¿O preferías que fuera el jefe?
La ironía me dio de lleno, pero no iba a darle esa satisfacción.
Me limité a seguir con mi trabajo e ignorarlo.
Se enfureció.
— Te estoy hablando —rugió, agarrándome del brazo.
Me zafé de él, sintiendo que la sangre me hervía.
— No vuelvas a tocarme en tu vida —gruñí entre dientes.
— ¿O qué? ¿Vas a gritar? —Volvió a acercarse.
Me tensé.
— ¡Si hace falta, lo haré!
Sus ojos brillaban con un fulgor peligroso, como los de alguien al borde de la locura.
— ¿Estás borracho? —Lo fulminé con la mirada—. Si Logan te ve así, te despide en el acto.
Thompson soltó una carcajada irónica, apenas capaz de mantenerse en pie. Spartacus se agitó.
— Me importa una mierda ese cabrón —replicó con desdén—. Pensé que eras diferente, Hannah... —Dio un paso hacia delante.
Yo retrocedí, haciendo un recuento mental de lo que podría usar del maletín de trabajo que tenía a mis pies para defenderme.
— Pero no, eres tan zorra como las demás. Igual que la difunta y la secretaria —continuó.
Tragué saliva, lista para salir corriendo si era necesario.
— Todo el mundo sabe que Charlotte era una puta, y que la secretaria sigue siendo el plato de segunda mesa del jefe. Que después de salir de trabajar, se pasan horas en su casa follando, igual que hizo contigo. No respetaste ni a tu hija, pedazo de zorra.
Si antes temblaba de rabia, la ceguera me invadió por completo cuando mencionó a Mel. Lancé el brazo en su dirección, asestándole un puñetazo en la cara.
— ¿Me has pegado, desgraciada? —Me miró incrédulo, llevándose la mano a la zona. Y se abalanzó sobre mí.
Obligué a mis piernas a correr, pero me tiró del pelo, tirándome al suelo y poniéndose a horcajadas sobre mi estómago. Grité e intenté quitármelo de encima, pero él era más fuerte. La rabia parecía hacerle aún más pesado.
— ¡Socorrooo! —volví a chillar.
— Cállate la puta boca, zorra. —El fuerte tortazo me llenó la boca de sabor a sangre.
— ¡Socorrooo! ¡Que alguien me ayude!
Me tapó la boca y me sujetó el cuello con la otra mano. Aproveché los brazos libres para forcejear, intentar escapar, pero no servía de nada.
El aire empezó a faltarme. Las lágrimas me nublaban la vista. Intentaba gritar, pero no salía nada más que sonidos ahogados. La tierra volaba junto a mi cara mientras veía a Spartacus agitarse, lanzando coces al aire.
Maldita sea la hora en que lo até fuerte para que no se soltara.
Arañé donde mis manos alcanzaban, pero estaba perdiendo las fuerzas.
En ese instante, al borde de la inconsciencia, sentí miedo de lo que podría hacerme y, sobre todo, de no volver a ver a mi hija.