CAPÍTULO 26
— Ha hecho un gran negocio, Lerman. Pronto mi equipo se pondrá en contacto con usted para el papeleo —me despedí antes de colgar.
Hilary levantó la vista de su ordenador y bajó el puño cerrado en señal de victoria.
— Punto para mí. Estaba segura de que Lerman aceptaría nuestras condiciones.
Arqueé una ceja, teniendo que reconocer su buen olfato.
— ¿Y cuándo te equivocas?
Se echó a reír.
— Por suerte para ti, nunca. Incluso cuando dije que la llegada de Hannah acabaría en boda y familia feliz. —Desvió la mirada hacia el móvil sobre la mesa. En la pantalla de bloqueo, una foto que les hice a las dos en el paseo a caballo del sábado.
— No lo voy a admitir.
Se rio y se levantó.
— No hace falta, McAllister. Esa cara tuya de estar enamorado y follando como un conejo ya lo dice todo —replicó, colgándose la correa del bolso al hombro.
— Debería despedirte por eso. —Me puse en pie, cogiendo las llaves del coche y el sombrero del perchero—. Antes de que te vayas, vamos a pasarnos por mi casa.
— ¿La póliza?
Asentí. Los documentos importantes se guardaban en la caja fuerte de mi habitación, como era el caso de la póliza de uno de los caballos que ella iba a necesitar esa semana.
Abrí la puerta, dejándola pasar.
— Eso también, pero quiero que conozcas a Hannah en persona.
Se detuvo, me miró y emitió un sonido burlón.
— Mmm... Por lo visto va en serio. —Se acomodó la carpeta contra el pecho—. Pues vamos a conocer a la famosa Hannah.
Caminamos hasta el cercado. A lo lejos, la vi concentrada en uno de los animales. Al notar mi presencia, se giró y esbozó una sonrisa que se desvaneció al ver a mi secretaria a mi lado.
— Hola... —Le acaricié la cara al acortar la distancia entre nosotros y pegué nuestros labios. Rápido e intenso.
— ¿En serio me has hecho venir aquí para sujetaros la vela? —La divertida voz de mi secretaria resonó a mis espaldas.
Me separé lentamente, ansioso por quedarnos a solas.
— He venido a presentarte a Hilary, mi secretaria. Pero claro que ella iba a apañárselas para hacerse notar antes —informé. Hasta me parecía tierno lo fácil que se sonrojaba Hannah.
— Espero que Logan esté cuidando bien de ti y de tu hija. Si no es así, dímelo. —Hilary le tendió la mano.
Hannah bajó la mirada hacia la mano en el aire y le devolvió el saludo.
— Sí que lo hace. —Sonrió—. Encantada de conocerte en persona,
Hilary. Ya he oído hablar mucho de ti.
Mi secretaria puso los ojos en blanco.
— Si ha sido porque a veces me quedo hasta tarde en casa de Logan, que sepas que nunca hemos tenido nada íntimo. Que quede bien claro.
— ¿Qué cuento es ese? —pregunté, arqueando una ceja.
Nunca había oído nada más absurdo, pero Hannah pareció entenderlo.
Hilary puso los ojos en blanco.
— Se le olvida que el único que es el jefe es él. Y que tú y yo, como empleadas, nos enteramos de todo lo que dice esta panda de cotillas.
Hannah relajó los hombros y pude notar que le cayó bien la loca a la que yo llamaba mano derecha.
— Decían que lo vuestro venía de lejos —soltó Hannah.
La irritación se apoderó de mí. Hilary soltó una carcajada.
— ¿Quién se ha inventado semejante gilipollez? —grité—. Quiero su carta de despido en mi mesa ahora mismo.
— Pues prepárate para volver a contratar a todo el haras —
respondió Hilary de buen humor—. Bueno, vamos, Logan, tengo que coger la póliza antes de irme.
A regañadientes, me despedí de Hannah. Faltaba poco para la hora de comer.
— Voy a aprovechar para trabajar desde casa y ver cómo está Mel.
Te espero para que comamos juntos.
— Vale, hoy voy un poco retrasada —asintió—.
Voy a terminar con Spartacus y me voy a la casa principal.
Las dos se dieron un abrazo rápido. Le di un último beso a ella y nos fuimos.
— No bromeaba cuando hablé de despedir a esos cotillas, Hilary —advertí, mientras caminábamos de vuelta a los coches.
Suspiró.
— Es agua pasada, Logan. No merece la pena desenterrar muertos. Tú ignóralo y sé feliz con tu nueva novia.
Hilary aparcó primero y me esperó para que entráramos juntos en la casa principal. La bicicleta infantil aparcada en el porche revelaba que aquella casa ya no era tan triste, lo que se confirmó cuando el sonido de la música infantil en árabe nos recibió en el recibidor.
Sin percatarse de nuestra presencia, Melissa daba vueltas por el salón con un pañuelo rosa, descalza y tarareando. Sobre la mesa de centro estaban esparcidos los habituales cuadernos, hojas sueltas y ceras.
Hilary abrió los ojos de par en par, en shock.
— ¡Dios mío! Me he equivocado de casa.
— Este lugar nunca ha estado más en su sitio —respondí automáticamente, dándome cuenta de que me había acostumbrado tanto a aquella nueva realidad que no sé si sabría vivir sin ella otra vez.
Al escuchar mi voz, Melissa se dio la vuelta y se acercó a nosotros con una amplia sonrisa.
— Hola, Sr. Serio. —Desvió la atención hacia la secretaria, curiosa—. ¿Tú quién eres?
— Hilary, soy su secretaria. —Se presentó, señalándome—. ¿Cómo le has llamado?
— Sr. Serio —respondió la niña, creyendo que era lo más—.
Es porque casi no sonríe. —Se puso una mano en la barbilla y la otra en la cintura—.
Bueno, en realidad, no se reía. Pero ahora sí. Así que tenemos que cambiar tu apodo, ¿verdad, Sr. Serio? —Melissa hizo una pausa, frunciendo el ceño—. No, espera... Piensa, cabecita... ¿Cómo le vamos a llamar ahora?
Hilary me miró y arqueó una ceja.
— Ya me cae bien esta niña. Nos vamos a llevar muy bien...
Me quedé pensando si eso era realmente una buena noticia.
— Voy a por la póliza, no me destruyáis la casa —
anuncié, dirigiéndome a la habitación.
Incluso desde lejos podía oírlas parlotear como si se conocieran de hace años. Cuando volví, con el sobre en la mano, Hilary estaba sentada en el sofá, con un trozo de galleta en la mano mientras escuchaba a Melissa contarle todo lo que había hecho desde que llegó de Aurum.
— ¿Quieres un té también? —ironicé al notar que mi secretaria no tenía intención de moverse.
— No sería mala idea —se burló, poniéndose de pie—.
Sigue bailando así de bonito, Mel. Te estoy viendo desde aquí mientras hablo con el Sr. Serio.
— Estás tentando a la suerte —gruñí.
A Hilary le hizo gracia. A continuación, me tocó el brazo y me apartó de la niña, que se movía con el velo como si tuviera energía infinita.
—¿Qué pasa? —
indagué.
Suspiró, manteniendo la mirada en la niña antes de volver a mirarme.
— Igual me estoy volviendo loca, pero ¿te has dado cuenta de lo mucho que se parece a ti?
Entorné los ojos y aparté la cara para observarla mejor.
— ¿Estás borracha?
Resopló.
— Claro que no, Logan. Pero creo que aguantarte tantos años sí que me ha vuelto loca. —Desvió de nuevo la mirada hacia la niña—.
Pero en serio, fíjate bien... Su pelo es exactamente del mismo tono y textura que el tuyo, pero sus ojos... los miro y me parece que estoy viendo a una versión tuya en miniatura y en chica.
Hilary no conocía el pasado de Hannah. Precisamente por eso, sus palabras desencadenaron una reacción que no deberían haber provocado.
— Será mejor que te vayas —cambié de tema, entregándole el documento—.
Llámame si necesitas algo.
Suspiró, claramente irritada por no dar pie a continuar con la conversación, pero no insistió. Se despidió de Mel, la acompañé hasta su coche y se marchó.
Volví al porche sintiendo las piernas pesadas y el corazón acelerado. Me quité el sombrero, como si de alguna manera pudiera evitar que sus palabras me martillearan la cabeza.
Me parece que estoy viendo a una versión tuya en miniatura y en chica.
Volví al salón con la cabeza a mil. Barajando todas las posibilidades, por remotas que fueran.
— Eso sería imposible —murmuré, jugando con el cuero entre los dedos. Estaba tan confundido que hasta me había olvidado de guardarlo.
— ¿Qué ha dicho, Sr. Serio? —Su dulce voz invadió mis oídos.
— Estaba hablando solo, Mel —respondí, aturdido.
Me cogió de la mano.
— Ven, siéntate aquí —ordenó, tirando de mí hacia el sofá.
Me dejé llevar y que mis piernas cedieran en el sofá. Sujeté su pequeña cara entre mis manos, analizando cada centímetro, cada marca, cualquier cosa que pudiera definir nuestro parecido.
Ya me había fijado en sus ojos antes, por supuesto. Pero, tal vez como un mecanismo de defensa, no me permitía hacerme ilusiones con la posibilidad de ser su padre. Si no fuera verdad, sería demasiado cruel.
— Haces cosquillas —se divirtió ella, creyendo que era una broma, mientras yo estaba al borde del colapso.
Angustiado por haber encontrado solo lo que era evidente hasta ahora. El color de sus ojos y su pelo. Pero aún era muy poco para hacerme ilusiones con Hannah.
Dejé que Melissa se apartara, frustrado y sudando tanto que el aire acondicionado no daba abasto. Me levanté, angustiado, me desabroché la camisa y me la quité, sin importarme si arrancaba un par de botones por el camino.
El sonido de la televisión quedaba lejos, un ruido sin importancia, pero que me mantenía anclado al presente.
Fue entonces cuando sentí los curiosos ojos de Melissa fijos en mí, como si hubieran descubierto algo nuevo.
— ¿Qué pasa? —pregunté, sin entender.
— Agáchate —pidió, y yo me agaché, atento a sus movimientos.
Su pequeña mano fue directa a la parte interior de mi bíceps, casi en la axila. Tocó la marca de nacimiento y, con los ojos fascinados, preguntó:
— ¿A tu mamá también se le antojó una fresa cuando tú estabas en su barriga?
Fruncí el ceño, aturdido.
— ¿Cómo dices?
Sonrió, se apartó un poco, tocó el dobladillo de su camiseta y se la levantó a la altura de las costillas.
— Mira, yo tengo una igualita aquí. Pero mami dice que se le antojó...
Su voz se fue desvaneciendo a medida que mis ojos se clavaban en la pequeña mancha de su piel. Era exactamente igual a la mía en forma y color, aunque más pequeña.
Me fallaron las piernas. La vista se me nubló. Me faltó el aire.
— No puede ser... —murmuró, sin dar crédito a aquella jugada del destino, desviando la mirada vidriosa de su mancha a la mía.
— Que sí, mira... —respondió Melissa, creyendo que yo estaba dudando de ella—. Te juro que no es de rotulador.
De pronto, una risa floja se mezcló con las lágrimas que brotaron sin pedir permiso. Abracé el pequeño cuerpecito y me levanté, sintiendo una felicidad indescriptible.
— Es demasiado bueno para ser verdad —declaré, repartiendo besos por su mejilla, su frente y su cabeza.
— ¡Tranquilo, Sr. Serio! ¿Qué está pasando? —preguntó, perdida.
Aparté la cara para mirarla mejor.
— Dios nos ha hecho un regalo, Mel. —Sentía que la sonrisa me partía los labios.
Paseó la mirada por el salón.
— No lo veo. ¿Es invisible?
Solté una carcajada. Nunca había sido tan feliz.
— Es invisible, Abejita. —Le besé la cara—. Quédate un ratito más con Gloria, voy a coger otra camisa y a buscar a tu madre para que comamos.
Ella asintió, sin comprender la magnitud de lo que acababa de ocurrir.