El viudo CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Me desperté cuando los primeros rayos de sol teñían el cielo de colores. La habitación aún estaba predominantemente a oscuras, e invitaba a quedarse en la cama unos minutos más. Me habría quedado, si no estuviera tan nerviosa y no hubiera dormido tan mal esa noche.

El brazo de Logan descansaba sobre mi pecho mientras respiraba suavemente, con la barbilla apoyada en mi coronilla. Aunque me faltaba un poco el aire por el peso, me gustaba tenerlo así.

A lo largo de esos días durmiendo juntos, pude darme cuenta de que no le gustaba taparse y mantenía el aire acondicionado a temperatura de Polo

Norte.

Me pareció muy tierno cuando, sin que yo se lo pidiera, puso la habitación un poco más cálida, preocupado de que pudiera resfriarme de madrugada. Él seguía durmiendo desnudo, y todas las noches se aventuraba bajo mis mantas, lleno de segundas y terceras intenciones.

Esbocé una sonrisa tonta al notar el contraste de aquel abrazo. Yo, enrollada de los pies al cuello, asomando solo la cara, tiritando de frío. Él en pelotas, sudando y con la cobra despertándose para atacar.

¡Dios mío! ¿Cuándo me he convertido en una ninfómana?

Me reí de mi propio pensamiento tonto. Si no estuviera tan nerviosa, lo despertaría con un oral inolvidable.

En vez de eso, suspiré, le quité el brazo de encima y me senté en el colchón, pasándome la mano por la cara.

Los resultados estarían hoy.

Me levanté, me puse el albornoz sobre el pijama largo y salí de la habitación, caminando en silencio hasta la puerta que estaba unos metros más adelante, y me apoyé en el marco.

El ambiente que antes era impersonal, había adquirido toques coloridos e infantiles. Aunque todavía no nos habíamos mudado aquí,

Melissa se había adueñado de la habitación. Ayer llegué del trabajo y me encontré con la sorpresa: los dos se habían ido al pueblo y habían vuelto con una tienda de niños en la parte de atrás de la camioneta.

Las cajas con los muebles que requerían más tiempo para ser montados seguían apiladas en un rincón.

Otras ya estaban abiertas, con artículos de decoración, juguetes, ropa.

Como, por ejemplo, la lámpara de luces de colores sobre la mesilla de noche y la colcha de unicornio que Melissa ni siquiera me dejó lavar antes de usarla.

Dejé escapar un suspiro, incapaz de asimilar lo que estábamos viviendo.

En mi corazón, sentía que ella era realmente hija suya.

En esos tres días desde que sospechamos de la paternidad, el vínculo entre ellos se hizo aún más profundo —algo que yo no creía posible—.

Melissa notaba que estaban pasando muchas cosas y parecía corresponder, aun sin saber de qué se trataba.

Se preocupó cuando no volvimos a comer.

Por desgracia, con todos los trámites burocráticos de los hospitales y la policía, no volvimos hasta última hora de la tarde.

A pesar de que habíamos llamado a Gloria y hablado con

Melissa, lloraba desconsolada cuando llegamos, y no quería separarse de mí. Esa noche, durmió entre Logan y yo.

Fue precioso ver cómo se pasó casi toda la noche velando su sueño mientras le acariciaba la carita. Un hermoso contraste entre masculinidad y delicadeza.

Cada vez que me desperté de madrugada, él estaba pendiente de ella.

Cuando notaba mi mirada, él levantaba la suya, sonreía con lágrimas rompiendo la barrera de sus párpados y resbalando por sus mejillas.

Hasta pasó calor, vestido y con el aire suave.

Aun así, la sonrisa de emoción no desaparecía de sus labios.

Desde entonces, vivíamos en lo que yo llamaría una burbuja de felicidad y expectación. Yo sabía que, aunque el resultado fuera negativo, el vínculo entre ellos ya no se podía romper.

En ese intervalo, llamé al jeque y, durante la videollamada en la que Logan también estaba presente, Youssef nos escuchó con una sonrisa soberbia en los labios.

— Supe que había perdido a mi mejor empleada el día que este sinvergüenza te vio cuidando a Khalil.

Lo que no me esperaba era que fuera a dar este giro tan drástico —dijo ocurrente, adoptando una mirada más seria a continuación—: Me alegro por vosotros, y por tu hija.

Gracias por tu trabajo, Hannah. Y contad conmigo si necesitáis algo.

Una nueva historia empezaba para nosotros. ¿O sería mejor decir que continuaba, pero con un giro que no esperábamos?

No sabría qué contestar, pero ahora, velando el sueño inocente de mi hija, sentía que íbamos por buen camino.

De pronto, unos brazos rodeándome la cintura me hicieron dar un respingo. Habían sido tantos años sola que todavía me asustaba.

— ¿Has huido de la cama? —susurró Logan, apoyando la barbilla en mi hombro tras besarme el cuello.

— Estoy nerviosa por el resultado —revelé en el mismo tono.

Seguimos velando su sueño, y entonces dijo:

— Acaba de salir.

Me giré rápidamente entre sus brazos, sintiendo que el corazón me latía a mil por hora.

— ¿Y qué?

Logan sonrió, acariciándome la mejilla.

— Ha confirmado lo que yo ya sabía —dijo despacio, asintiendo con la cabeza.

Mi sonrisa se amplió a medida que las lágrimas resbalaban por mi cara.

— ¡No me lo puedo creer! —exclamé, rodeando su cuello con mis brazos mientras él me abrazaba con más fuerza.

— Yo estaba seguro, amor —declaró, separándose al apartarme el pelo del rostro húmedo—. Ahora esta casa ya no es un lugar al que solo venía a dormir. Se ha convertido en un hogar de verdad, la colmena donde una abejita y su reina le han cambiado la vida a este zángano.

Me reí, en medio del llanto, y busqué su boca para darle un beso emocionado.

— ¿Por qué os habéis quedado ahí parados? —La voz de Mel sonó detrás de mí.

Le habíamos dicho que estábamos saliendo. Ella lo celebró, saltó y se alegró. Ya no era una sorpresa vernos besándonos.

Me volví hacia ella y me acerqué a la cama con una amplia y emocionada sonrisa en la cara.

— Cariño, mamá tiene que contarte una cosa —anuncié, sentándome en el borde del colchón, cerca de ella. Logan me acompañó y se sentó a mi lado.

— ¿El qué? —preguntó curiosa, pasándose la mano por su cara adormilada antes de apoyarse en el cabecero.

Le toqué la manita, disfrutando del tacto de Logan en mi hombro. Intercambiamos una mirada de complicidad, rebosante de alegría.

— ¿Te acuerdas de que dijiste que si tuvieras un papá, querías que fuera como Logan? —le dije con calma.

Ella asintió, confusa.

— Me acuerdo, mami, pero tú dijiste que la potrilla - o sea, yo - no tenía papá.

Suspiré, pensando en cómo explicárselo de forma sencilla. Si ya era difícil para los adultos, imagínate para una niña que estaba a punto de cumplir cinco años.

Abrí la boca para empezar, pero sentí que Logan quería decírselo él. Así que me callé y le dejé vivir ese momento.

— Abejita, ¿te acuerdas de cuando te dije que Dios nos había hecho un regalo?

— Ajá... me dijiste que era invisible.

Sonreí, imaginándome esa conversación entre ellos.

Logan asintió, tocándole la piernecita por debajo de la manta. Con una sonrisa que se ensanchaba en sus labios, reveló:

— Sí, es invisible. Y mucho, mucho mejor que cualquier otra cosa que pudiéramos ver.

— No lo entiendo... —Seguía confusa.

— Nos quiere tanto que le ha gastado una broma al destino y nos ha contado algo que no nos esperábamos.

— ¿El qué? —Quiso saber, curiosa.

Logan le cogió la mano, manteniendo la mirada fija en ella.

— Mel, yo soy tu padre.

Ella apartó la mirada de él hacia mí, perdida.

— Pero mami dijo...

Le toqué la manita, deslizando el pulgar por sus dedos calientes.

— Lo sé, cariño. Y aún eres muy pequeña para entenderlo.

Pero Papá Dios escuchó tu deseo y te dio a Logan como papá aquí en la tierra.

El brillo de su mirada cambió, como si lo hubiera entendido. Los ojos se le llenaron de lágrimas. La nariz se le puso roja.

— ¿De verdad? —La voz le tembló, a punto de llorar.

— De verdad, cariño.

Se arrojó a mis brazos y la abracé con fuerza. Sin necesidad de invitación, Logan nos envolvió en un cálido abrazo. Él también lloraba.

Nos quedamos así un rato, envueltos en esa burbuja solo nuestra hasta que se tranquilizó, se apartó para mirarnos y estiró los bracitos hacia él, pidiendo que la cogiera.

Él la cogió y la abrazó con fuerza. Yo me levanté.

— No llores, cariño. Yo estoy aquí —la arrulló en voz baja, acogiendo sus oleadas de llanto.

Me tocó a mí romper a llorar al observar la escena.

Yo nunca había deseado un padre para Mel. Pero en ese momento, al ver la conexión y la sinceridad entre ellos, supe que el destino no podría haber elegido un padre mejor para ella.

Melissa se apartó de su abrazo, paseó la mirada entre nosotros, luego lo miró a él.

— Ya sé cómo llamarte ahora, Sr. Serio —dijo, mientras él le limpiaba las lágrimas.

— ¿Cómo, cariño?

— Papá.