CAPÍTULO 24
Después de llevar a Hannah y a Melissa a cambiarse de ropa a la casa de la villa, aparqué frente al establo, notando las miradas curiosas en nuestra dirección mientras bajábamos del coche.
— Por lo visto, no tenéis suficiente trabajo y os sobra tiempo libre para observar la vida ajena —los reprendí, implacable.
— Lo sentimos, jefe. —Pude escuchar a algunos de ellos decir antes de dispersarse con la cabeza gacha, avergonzados.
No había llegado hasta aquí haciéndole caso a los chismorreos de los empleados.
Los ignoraba cuando me afectaban solo a mí.
Sin embargo, la presencia constante de ellas en mi casa, principalmente fuera del horario de trabajo, las puso en el ojo del huracán.
Si la situación era mala de por sí, imagínense para
Hannah que, además de ser mujer —quien normalmente es más juzgada en estas situaciones—, trabajaba codo con codo con ellos.
Precisamente por eso no iba a tolerar nada en ese sentido, ni siquiera una mirada.
Ella no dijo nada, simplemente entró de la mano de Mel.
Yo fui detrás, más observador de lo habitual después de todo lo que ella me había revelado.
Si ya la admiraba antes, ahora estaba conmocionado. No solo por su fuerza y valentía, sino por las emociones que empezaban a liarse dentro de mí.
Los relinchos compartían espacio con el sonido de nuestras pisadas en la madera. El olor a polvo y heno daba el tono a aquella mañana de sábado soleada después de una tormenta.
Parecía frase de novela cliché, pero podría decir que me sentía exactamente así. Como si estuviera respirando la suave brisa de la mañana después de años viviendo en noches de tormenta.
— ¡Hala! —La voz maravillada de la niñita en vaqueros y botas rosas me devolvió a la realidad—.
¿Te imaginas si viviéramos aquí de verdad y pudiéramos tener un caballito de estos, mami?
—Se volvió hacia mí, cogiéndome de la mano para quedarse entre su madre y yo—. Tú me darías uno, ¿verdad, señor serio?
— Melissa... —Hannah la reprendió, mirándola con severidad.
Contuve la risa. Era terrible...
— Jo, mami... Ya he dicho que yo viviría aquí para siempre...
Intercambié una mirada de complicidad con Hannah, que ponía los ojos en blanco. Ella conocía bien la astucia de su hija.
— Me lo darías, ¿verdad? —Melissa me tiró de la mano, insistente.
Le ajusté el sombrero también rosa con la mano libre, disfrutando de la sombra que la imagen de los tres formaba en el suelo.
— Te lo daría, Mel —cedí fácilmente, ni por asomo parecía el hombre austero de segundos atrás.
— Abejita —dijo Hannah de la nada, atrayendo la atención de ambos—. También la puedes llamar así.
— ¡Bieeeen! —celebró Melissa.
— Hannah... —Me humedecí los labios, comprendiendo la magnitud de aquel gesto—. No quiero entrometerme en ese vínculo entre vosotras.
— No lo haces. —Me sonrió—. Ya sabes muchas cosas sobre nosotras. Quiero que la llames así...
— No sé qué decir...
— Yo sí —respondió la listilla de inmediato, moviéndose de un lado para otro—. Llámame Abejita...
Hannah soltó una carcajada. Me sentí tentado a hacerle cosquillas a aquel torbellino.
— Ay, abejita ruidosa... —amenacé en tono de broma, levantándola del suelo al rozar los dedos por su barriga.
— Para, señor serio, para... —Reía sin control.
Cada carcajada era amplificada por la acústica del establo.
Hasta los caballos se agitaron, como si también les gustara el sonido.
Dejé de hacerle cosquillas cuando empezó a roncar como un cerdito.
La dejé de nuevo en el suelo. Sudada, despeinada y roja.
Hannah le pasó la mano por la cara, limpiándole el sudor y arreglándole el pelo.
Quería besarla, pero delante de Melissa no podía. Así que, me conformé con admirarlas a las dos, sintiendo que algo cálido se extendía por mi pecho. Fue entonces cuando lo entendí:
Estaba aprendiendo a querer a esta niñita como si ella fuera mi hija.
Hacía mucho tiempo que no tenía un día tan tranquilo como fue ese sábado.
Después de pasear por gran parte de las tierras, donde le enseñé a Hannah lo que aún no conocía, Melissa pidió bajarse porque, según ella, le dolía el culete.
Fuimos hasta un árbol frondoso, desmonté y até a
Eclipse al tronco. Luego me acerqué a la yegua en la que estaban madre e hija, cogí a
Melissa y ayudé a Hannah a bajar. En realidad, observé, porque ella lo hacía muy bien. Dicho sea de paso, una escena devastadoramente sexy para mi mente corrompida por su olor y su imagen.
Le había pedido a Gloria que preparara una cesta con un mantel, agua y comida, previendo ya que Melissa querría hacer un descanso.
— Mami, ¿dónde está el baño? —preguntó mientras yo bajaba la cesta del caballo.
— Aquí no hay baño, cariño.
— ¿No? —replicó casi ofendida—. ¿Dónde voy a hacer mi pis?
No pude contener la risa. A Hannah le hizo gracia la inocente pregunta.
— Si tienes ganas de hacer ahora, mami te lleva allí, escondidita detrás del árbol.
— ¿En el campo? —Melissa continuó incrédula y nos echamos a reír.
— ¿Pero y si viene un bicho?
Dejé la cesta sobre la maleza, me acerqué a ella y me arrodillé, tocándole los hombros.
— No hay bichos, Abejita. Pero si los hay, me avisas que yo los espanto.
Me miraba asombrada.
— ¿No decías que querías vivir aquí, cariño? Así es el rancho...
Volvió la cara hacia Hannah.
— Mami, ¿pero cómo me voy a limpiar?
Hannah la miró con amor, cogiéndole la manita y ambas se alejaron mientras debatían sobre hacer sus necesidades en el campo.
Rápidamente, terminé de preparar la fruta y el agua sobre el mantel en el suelo. Aún no habían vuelto, pero por la animada conversación, todo iba bien.
De repente, una suave brisa —
diferente del bochorno que nos acompañó — acarició mi rostro, haciéndome cerrar los ojos.
El sonido de las hojas de los árboles al moverse se hizo más evidente, así como el canto de los pájaros. Al fondo, las voces de madre e hija se convirtieron en una suave melodía.
Eclipse relinchó. La yegua también.
Entonces supe que, fuera lo que fuese que acababa de ocurrir, no lo había sentido solo yo.
No había pensado en Charlotte ni en Liam hoy, pero de la nada acudieron a mi mente. Comprendí que solo podían ser ellos queriendo decirme algo.
Elevé mis pensamientos y respiré profundamente, permitiéndome solo sentir la oleada, fuerte y ligera al mismo tiempo, trayendo consigo un aire renovador.
Lentamente, fue como si los escombros de mis sentimientos hubieran sido reconstruidos, allanados y limpiados, permitiendo que mi corazón pudiera, por fin, volver a ser un hogar.
De repente, algo caliente resbaló por mis mejillas. Me toqué la piel, sorprendido al ver las lágrimas. ¿Cuánto tiempo hacía que no lloraba?
Y entonces, como la noche al convertirse en día, todo se aclaró en mi mente.
— Sé que habéis estado conmigo todo este tiempo —murmuré, emocionado—.
Pero ha llegado el momento de pensar en vosotros sin sufrir, solo como buenos recuerdos de personas a las que amé.
—Me toqué el pecho, como si pudiera acariciarlos—.
Siento que es hora de permitirme vivir de nuevo.
Y algo me dice que Hannah y Melissa han entrado en mi vida para mostrarme otra vez lo que es amar y ser amado.
—Una sonrisa sincera se dibujó en mis labios al despedirme—. Gracias por todo, os querré siempre.
La brisa volvió a soplar, larga y suave, casi una reverencia antes de ser interrumpida por la voz de Melissa acercándose.
— Si he venido contigo, mami, ¿puedo volver contigo, señor serio?