CAPÍTULO 23
Observé a Logan salir de la habitación sintiéndome todavía un poco aturdida. La puerta se cerró de golpe, aislándome allí dentro con mis pensamientos.
Cerré los ojos, llevándome las manos a la cara al recordar la noche pasada. Cómo no había sido algo puramente sexual. En realidad, fue mucho más de entrega emocional que física.
Y hablando de sexo, ¡dios mío! Nunca en mi vida me había corrido tanto como desde que Logan me tocó por primera vez.
Me reí y me quité las manos de la cara. Me sentía extrañamente más ligera, a pesar de que el pinchazo en la cabeza me recordaba que la resaca empezaba a dar sus primeros avisos.
No le hice caso y aparté el edredón para levantarme.
Sentí cómo me ardía la cara al mirar por la habitación y verme literalmente desnuda en aquel entorno tan suyo.
Caminé hacia el baño, aliviada de no encontrar en la habitación nada que me recordara a su difunta mujer. No sería una situación muy agradable, ¿verdad?
Cogí mi ropa de la butaca y seguí con mi rutina matutina, improvisando un cepillo de dientes con el dedo.
Minutos después, salí de la habitación sin hacer ruido.
Cualquier esperanza de que Melissa no se enterara de que habíamos dormido en la casa principal se esfumó cuando, aún en el pasillo, oí su animada voz desde la mesa del desayuno.
— Mi sueño es tener un unicornio. A poder ser, muy blanquito, con manchitas y el cuerno rosa.
—Llegué a la entrada del comedor a tiempo para ver a Logan sentado en la cabecera de la mesa.
Ella continuó—: Tú puedes regalarme uno, ¿verdad, señor Serio?
Con tantos caballitos blancos, no debe de ser muy difícil...
Él se llevó la taza a los labios, ocultando una discreta sonrisa.
— Pues no, no debe de ser muy difícil, ¿no?
Bastó con que se diera cuenta de mi presencia para que su semblante cambiara. Entornó los párpados y su mirada se volvió intensa. Le sonreí mientras avanzaba hacia el comedor.
— No molestes a Logan tan temprano, cariño.
Solo entonces se dio cuenta de mi presencia, giró la cabeza rápidamente, se bajó de la silla y corrió hacia mí.
— ¡Buenos días, mami! —Se abrazó a mis piernas, mirando hacia arriba—. Hemos dormido aquí, ¿lo sabías?
Intercambié una mirada de complicidad con él mientras la cogía en brazos.
— Buenos días, Abejita. —Le besé la mejilla, inhalando su olor—. ¿Cómo lo sabes?
— Cuando me he despertado y he visto que no estaba en mi cuarto de nuestra nueva casa, he ido al salón y he visto al señor Serio diciéndole a Gloria que preparara la mesa del desayuno.
Luego me ha cogido en brazos, me ha dado un besito en la mejilla y me ha dicho que la tormenta no nos dejó irnos a casa.
Lo miré de nuevo, imaginándome la escena a medida que ella la contaba. Le sonreí y él me devolvió una mirada capaz de ponerme los pelos de punta.
— Eso es, cariño —confirmé, sentándome con ella en el regazo, a su lado—. Buenos días, Logan.
— Buenos días, Hannah —respondió, con voz ronca.
Melissa nos miró alternativamente mientras yo me servía el café.
— ¿Por qué decidiste dormir con el señor Serio en vez de dormir conmigo, mami?
La inesperada pregunta a bocajarro hizo que me atragantara.
Tosí, con dificultad para respirar.
— Porque... porque... —La falta de aire y la sorpresa me impedían pensar con claridad, y le pedí ayuda con la mirada.
— Porque la cama en la que estabas tú era pequeña, Mel. Y la de la otra habitación no estaba lista. —Utilizó ese tono que no dejaba lugar a discusiones.
— Ah, vale, ya lo entiendo... —respondió, estirando el bracito hacia su plato para coger un poco de huevos revueltos y metérselo en la boca—. Menos mal que la has dejado dormir en tu cama, señor Serio, porque mami dice que la paso la noche dándole patadas.
Contuve la risa.
— Soy muy bueno, no podía dejar que tu madre pasara una mala noche.
Me mordí el labio y levanté la vista al oír su respuesta con doble sentido.
— Sí que eres muy bueno —coincidió, robándole otra vez de su plato.
Le agarré el brazo y estaba a punto de decirle que no podía hacerlo cuando sus siguientes palabras me detuvieron:
— Si tuviera un papá, me gustaría que fuera como tú.
De repente, el ambiente se volvió denso.
Me quedé paralizada un instante, consciente de que Logan me analizaba con atención. Tragué saliva y me obligué a recuperar el control.
Yo era la madre y quien debía imponer límites.
Aparté su mano del plato, le toqué la barbilla y la obligué a mirarme.
— Cariño, ya hemos hablado de esto —declaré, con voz firme pero cariñosa—. Y deja de coger comida del plato de los demás, está feo.
Abrió mucho los ojos y me miró como si quisiera preguntar algo, pero se arrepintió.
— Solo quería tener un papá... —murmuró, y le tembló la barbilla porque estaba a punto de echarse a llorar.
Cerré los ojos, cogí aire y me levanté con ella en brazos, acariciándole el pelo liso.
Momentos como aquel eran, sin duda, los más difíciles.
Ella no tenía la culpa. Era mía, de cuando decidí nuestra vida en el pasado.
Y ahora, tenía que tener la madurez necesaria para manejar la situación. Lo que no sabía era si estaba preparada para hacerlo en ese momento, siendo ella tan pequeña para llevar una carga tan grande.
Salí con ella al porche, pensando en cómo hablar del tema sin mentir, pero sin revelar demasiado. Me senté en el sofá, la puse en mi regazo, le apoyé el hombro en mi pecho y le aparté los mechones oscuros de la cara bañada por las primeras lágrimas.
— Mamá te va a contar una historia de caballitos, ¿quieres escucharla?
Levantó la vista, indecisa, como si se preguntara a dónde quería llegar. Finalmente, asintió con la cabeza.
— ¿Hay muchos caballitos?
Le cogí la mano y le pasé el pulgar por los deditos.
No me hizo falta mirar para sentir la presencia de Logan de pie en el umbral de la puerta.
— En realidad, esta historia es sobre una yegua y su potrilla.
Giré la cabeza y vi a Logan a punto de volver a entrar, como si quisiera darnos privacidad en aquel momento, pero se lo impedí.
— Quédate —susurré.
No sabía muy bien por qué quería que él también escuchara esta parte tan íntima de mi vida, pero después de la noche de ayer, sentía que nuestra confianza había subido de nivel.
Se metió las manos en los bolsillos y se quedó.
En mi regazo, Melissa jugueteó con mi pelo.
— Quiero escucharla, mami —respondió, llorosa.
La estreché entre mis brazos, le besé la coronilla y dejé que mi mirada se perdiera por los pastos del haras mientras narraba:
— Érase una vez una familia de caballos. Estaban papá, mamá y su hijita, vamos a llamarla Ana, ¿vale? —Intenté hacerlo más entretenido.
— ¿Sus papás no tienen nombre, mami?
La inocente pregunta me afectó más de lo que preveía. Melissa era demasiado lista para pasar por alto un detalle como ese. Solo que yo había decidido olvidarlos, hasta el punto de costarme pronunciar sus nombres.
— Vamos a seguir llamándolos solo papá y mamá, ¿te parece?
Ella asintió. Y yo seguí contando:
— Papá y mamá eran buenos padres, Ana los quería, aunque vivieran para el trabajo y fueran muy exigentes. Pero entonces Ana creció y sus padres quisieron mandar en su vida, igual que hacían cuando era solo una potrilla.
Melissa me miraba con atención.
— ¿Y qué pasó, mami?
Volví a acariciarle los dedos.
— Durante mucho tiempo, Ana hizo lo que ellos querían. Estudió, trabajó, salió con algunos caballos, pero no se interesó lo suficiente como para querer casarse con ellos. Hasta que un día decidió tener a su propia cría sin necesitar a un caballo que fuera el padre.
— En el cole, la profe nos enseñó que las tortugas ponen sus huevos en la arena, mami. Luego, las olas se los llevan al agua —
respondió Melissa de inmediato, tal vez relacionando la historia con otros animales que no tienen figura paterna.
Sonreí y le aparté el pelo detrás de la oreja.
— Eso es, Abejita. Pero en este caso, Ana ya era una yegua adulta. Eligió ir a un lugar donde pudieran poner un potrillo en su barriga. De esa forma, lo tendría sin necesitar a nadie.
— ¿Eso se puede hacer, mami? ¿Y el papá del potrillo?
Asintí levemente.
— Ayuda sin saber quién va a ser la mamá. ¿Te acuerdas de cuando me viste estudiando sobre reproducción genética y me preguntaste qué era?
Asintió.
— Pues es exactamente así, Abejita. Y entonces, Ana tuvo a su potrilla sola, sin necesitar un papá.
— ¿Y qué pasó con los papás de Ana?
Cogí aire, aún me dolía recordar aquella noche.
— No aceptaron cuando les dijo que estaba embarazada.
Así que Ana se distanció y eligió ser madre soltera.
Melissa estaba emocionada, y yo también.
— Ana no se merecía eso, mami... —Sus aletas nasales temblaron y las lágrimas reprimidas brotaron por sus mejillas.
Le sequé la carita roja.
— Ella es fuerte, cariño. Logró superarlo. —Mantuve un tono sereno, aunque la emoción estaba a flor de piel, y la obligué a mirarme—. Pero
¿sabes una cosa? La potrilla es todo lo que Ana necesita. Por ella Ana sonríe, Ana trabaja... Ana vive.
Melissa parpadeó, como si estuviera entendiendo más de lo que se decía. La acerqué a mi pecho y cerré los ojos, dando gracias a Dios por haberme dado fuerzas para hacer lo más difícil de mi vida.
Cuando volví a abrirlos, Logan seguía en la puerta, con los brazos cruzados. El borde de su mandíbula se movía involuntariamente, como si estuviera conteniendo la emoción. Su mirada era una mezcla de apoyo y comprensión.
Nos quedamos así un rato. Yo con la barbilla apoyada en su cabecita perfumada. Melissa con la mirada perdida en el prado, jugando con los vellos de mi brazo. Logan sumido en sus pensamientos mientras nos miraba.
Yo no quería pensar en las consecuencias que ese momento tendría para nosotros. Al menos, no ahora.
El sonido del viento entre las hojas traía paz, al igual que los relinchos de los caballos.
— Mami... —llamó Melissa un rato después, y volvió a quedarse en silencio.
— ¿Dime, mi amor? —Volví a mirarla.
Me miró incómoda.
— Dime, cariño... —Le pasé un mechón de pelo detrás del hombro—.
A mamá se lo puedes contar todo, siempre.
Bajó la mirada, paseó los dedos por mi brazo, luego me volvió a mirar y me preguntó:
— ¿La potrilla soy yo?
Sentí que me picaba la nariz y necesité un segundo para no llorar delante de ella. Cerré los ojos y, cuando volví a abrirlos, sentí que las lágrimas contenidas me delataban.
Busqué las palabras, pero no me salió ninguna.
Me temblaban las manos. Me faltaba la respiración. Perdí la batalla contra las lágrimas y sentí cómo me resbalaban por las mejillas mientras asentía con la cabeza para confirmar.
— Sí, mi amor —confirmé con la voz quebrada, trazando círculos con los pulgares sobre sus muñecas—. Tú eres mi potrilla y mi abejita.
Melissa se quedó paralizada un instante, como si ya se lo esperara. Acto seguido, me tocó la cara con sus delicados deditos y me secó las lágrimas.
— No llores, mami. Yo estoy aquí contigo.
Intenté asentir, pero el llanto no cesaba. Así que la abracé fuerte y sentí, con toda la certeza de mi corazón, que no solo había tomado la mejor decisión al quedarme embarazada de ella, sino que estaba criando a una niña increíble para este mundo.
Nos quedamos así un rato más, hasta oír los pasos de Logan sobre el suelo de madera. Me sequé la cara y levanté la cabeza para verle acercarse. Se sentó a mi lado, le tocó las rodillas a Melissa y me besó en el hombro con cariño.
— Cuanto más las conozco, más las admiro —afirmó, secándome las lágrimas y luego a ella. Y entonces sonrió—. ¿Por qué no aprovechamos el sábado para ir a montar a caballo?
— ¡Bieeeen! —Melissa aceptó, animándose de golpe como si hubiera girado el interruptor de sus emociones—. Menos mal que mis botas están aquí.
Solté una breve risa, recogiéndole el pelo en una coleta.
— Pues ve a por ellas, cariño. Nos vamos de paseo.
Le costó esperar a que le recogiera el pelo antes de bajarse de mi regazo y salir corriendo hacia el recibidor.
Al ver que nos habíamos quedado solos, Logan me tocó la cara, analizándome con detenimiento.
— ¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Asintió.
— Dame unos minutos y volveré a ser la Hannah de siempre.
Me acarició la barbilla con el pulgar, embriagándome en la inmensidad de esos iris azules.
— Me gusta esa Hannah, pero aún me gusta más esta que tengo delante ahora mismo.
Y sin darme tiempo a asimilar la intensidad de sus palabras, me besó.
[1] Yeguas jóvenes.