CAPÍTULO 22
Me desperté antes de abrir los ojos, sintiendo el agradable sopor de la mañana. La habitación estaba iluminada por los primeros rayos de sol que se filtraban por la cortina. Debía de ser mi hora habitual de levantarme. Mi cuerpo pesaba, pero me sentía emocionalmente ligero.
Me di la vuelta en la cama y, por instinto, detuve mis movimientos al sentir a alguien allí. Abrí los ojos de golpe, y solo entonces recobré la plena conciencia.
Envuelta en el grueso edredón, Hannah respiraba suavemente. Su pelo castaño caía sobre su rostro de expresión serena. Sin darme cuenta, una sonrisa asomó a mis labios mientras me giraba por completo, para observarla con calma.
Durmiendo tan plácidamente era casi imposible asociarla a la imagen de la mujer siempre alerta que me había acostumbrado a ver por el rancho.
Tenía unas pestañas largas, lo que le daba un encanto especial a su mirada.
Ahora, mientras dormía, hacían un bonito contraste con su piel clara.
Su nariz era afilada, pequeña, idéntica a la de Mel, al igual que su barbilla.
Le toqué el pelo con cuidado para no despertarla, colocándole un mechón detrás de la oreja. La admiré sin prisa, memorizando cada rasgo suyo y asimilando todo lo que su presencia significaba.
Desde que enviudé, me permití tener desahogos sexuales, pero nunca hasta el punto de dejar entrar a una mujer en mi casa, y mucho menos darle acceso a mi cama. De alguna manera, era como si estuviera traicionando la memoria de
Charlotte. No tenía la intención de que eso pasara. Sin embargo, al ver a
Hannah tan a gusto entre mis sábanas, solo podía pensar en mis ganas de que estuviera allí más veces.
No había un nombre para lo que empezaba a sentir por ella, pero sabía que la noche pasada había sido clave para pasar de ser solo sexo a algo más.
La cena fue agradable, ella se permitió relajarse un poco, pero solo hablamos de trabajo y de Melissa.
Algo que me gustó mucho fue el hecho de que Hannah no fuera de esas mujeres que solo beben vino; me acompañó con el whisky de 25 años y no se emborrachó, solo se puso alegre y totalmente consciente de sus actos.
Fue divertido verla cumplir su promesa de no comer solo ensalada. La verdad es que tenía buen apetito, algo de lo que ya me había dado cuenta durante las cenas en mi casa. Me gustaba que comiera bien, sin obsesionarse con el peso. Sabía que el trabajo en el campo requería una buena alimentación.
Y, para mí, no podía estar más guapa. Su cuerpo era proporcionado y despertaba absurdamente mi deseo.
En el camino de vuelta, vio un bar de ambiente típicamente texano y, para mi sorpresa, me hizo parar. Si la cena había sido estupenda, la parada inesperada fue memorable.
Fuimos a la zona VIP, en un rincón oscuro, alejados del bullicio.
Al son de la música country, Hannah bailó relajada.
Con los ojos cerrados y la copa en la mano, se contoneaba de forma contenida, pero lo suficiente para aumentar mi deseo.
Llevaba la misma falda vaquera larga de la primera vez que cenó en mi casa.
Y al igual que aquella noche, también llevaba botines, dejando al descubierto parte de sus gruesas pantorrillas.
Apreté el vaso entre mis dedos, preguntándome por qué demonios me ponían tanto sus canillas. Nunca, en mis 41 años, me había fijado en esa parte de la anatomía femenina, pero con Hannah fue la primera zona de su cuerpo que me volvió loco.
No esperé a que me invitara.
Me bebí de un trago el resto del whisky, dejando el vaso en la barra antes de acortar nuestra distancia.
Sin decir palabra, pegué mi pecho a su espalda, le puse la mano en la barriga, le aparté el pelo de su perfumado cuello y hundí la nariz en él, inhalando su aroma.
Hannah no se apartó, sino que, en su lugar, posó su mano sobre la mía, me miró por encima del hombro y sonrió.
Bailamos así, pegados, sintiendo el corazón del otro.
Había bajado la guardia. Cantó, bailó e incluso se emocionó con la letra de una canción que hablaba sobre la familia.
Sentí curiosidad por la suya, pero no pregunté. No era el momento.
Me quedé allí, presente, besándole el cuello en silencio, disfrutando de ese momento entre nosotros y haciéndome muchas preguntas.
Una canción dio paso a dos, tres... Cuando la vi más relajada, volví a la carga con besos más largos en su piel perfumada, y ella se estremeció y tembló.
Con cuidado, le toqué la mejilla, obligándola a mirarme.
Había tanto en aquella inmensidad castaña... Lo no dicho, lo reprimido, lo deseado...
— Bésame... —murmuró.
Dibujé sus labios con el pulgar, sintiendo cómo la burbuja nos envolvía. Pegué nuestras bocas notando su corazón acelerado. En el rincón oscuro de aquel bar, besé a Hannah sin importarme nada más que sumergirme en su sabor salvaje, con un toque de whisky y menta.
Ella me correspondió, enredando sus dedos con fuerza en mi pelo y entregándose sin reservas.
El deseo tomó forma entre nosotros, y ella se dio cuenta.
— ¿Nos vamos de aquí? —gimió en mi boca, girándose de frente a mí.
— Pensé que te estabas divirtiendo y querías quedarte un rato más. —
Rocé nuestros labios, sin querer pensar en lo que estaba sintiendo por ella.
— Y lo estoy, pero tengo un plan mejor para nosotros... —Sonrió, muy sexy.
— Tú mandas, potranca —dije, antes de pagar la cuenta e irnos.
El camino estuvo lleno de miradas, manos inquietas y promesas encubiertas.
Como un adolescente, no quise esperar a sentir su cuerpo contra el mío.
Paré el coche en un camino de tierra, la atraje hacia mi regazo y la besé.
Sus ojos ardían, tal vez como reflejo de los míos.
Nuestras respiraciones se volvieron agitadas, el deseo latente.
El beso fue peligroso, lleno de lascivia y emoción.
La hice mía allí mismo, en el asiento del conductor, un encaje perfecto, capaz de fundir nuestra cordura.
— Estás loco —jadeó, lánguida tras el clímax.
— Empiezo a estarlo... —me atreví a decir, acariciándole la espalda y besándole el cuello mientras sentía su pesada respiración en el mío.
Los relámpagos surcaban el cielo, presagio de que pronto caería una buena tromba de agua.
Al llegar a mi casa, Hannah fue directa a la habitación de invitados, donde Melissa dormía plácidamente. Sonrió, le colocó la manta y salió de la habitación mientras yo observaba todo desde la puerta. Hannah le dio las gracias a Gloria, yo la dejé irse, deseándole buenas noches.
En mi habitación, cerré la puerta con llave y atraje a Hannah hacia mí, con los ojos clavados en su boca.
— No te imaginas lo que ese pintalabios rojo tuyo le ha estado haciendo toda la noche a mi cordura —murmuré, arrastrando el pulgar por sus labios carmesíes.
Ella sonrió, lasciva.
— Tengo una idea de cómo compensarte. —Bajó la mano por mi pecho, desabrochando los botones de mi camisa y repartiendo besos.
Y vaya si se empeñó... Simplemente, me hizo ver las estrellas con sus múltiples habilidades orales.
Era tarde cuando el cansancio nos venció.
La única fuente de luz en la habitación era la iluminación indirecta de la esquina, lo que creaba un ambiente más íntimo. Su olor —una mezcla de perfume y sudor— se mezclaba con el mío y flotaba por la habitación, prueba de todo el sexo que habíamos tenido.
— Tengo que irme a mi casa —dijo jadeando, todavía a horcajadas sobre mí.
Era lo correcto, y yo no debería haber querido que se quedara. Por suerte, pude contar con la naturaleza.
— Hay una tormenta muy fuerte ahí fuera. Quédate a dormir aquí. —Le aparté el pelo pegado por el sudor de su cuello.
Giró la cabeza hacia la ventana y resopló.
— No quiero que Melissa nos vea juntos.
— No lo hará, te lo prometo —respondí en voz baja, rozando su barbilla con mi pulgar.
Y entonces, guiado únicamente por el letargo de aquella noche, la besé de nuevo y la hice mía. Con calma, con cariño, con intensidad.
Un gruñido me sacó de mis recuerdos, atrayendo mi atención hacia los labios que aún conservaban restos del pintalabios rojo que me había vuelto loco varias veces el día anterior.
Respiré hondo y le di un beso antes de levantarme.
Hannah dormía tan profundamente que no quise despertarla.
Fui al baño para empezar mi rutina matutina. Unos minutos después, ya vestido, volví y me senté en el borde de la cama.
— Hannah, despierta... —la llamé suavemente, peinándole el pelo con los dedos.
Suspiró, recuperando la consciencia, abrió los ojos despacio y se sobresaltó al verme.
— ¡Dios mío! ¿Qué hora es? —preguntó, tirando del edredón mientras se sentaba y se apoyaba en el cabecero.
— Tranquila. Aún es temprano. —Mantuve un tono suave—. Solo te he despertado ahora porque no querías que Melissa se despertara y te viera aquí.
Suspiró, se pasó la mano por la cara y asintió brevemente.
— Gracias —dijo en voz baja, mirándome—. Tú ya te has duchado y todo.
— Te habría llamado para que te unieras a mí si no estuvieras durmiendo tan profundamente. Por lo visto, estabas muy cansada... —Dejé la frase en el aire, acompañada de un guiño.
Hannah sonrió y giró la cara hacia la ventana. La tormenta había pasado, dejando paso a un sol radiante.
— ¿Puedo usar tu baño un momentito?
Asintí, levantándome.
— Tómate el tiempo que necesites. Estaré fuera. Y Hannah... —
Me incliné sobre ella, hundí mis dedos en su nuca y la besé con urgencia. Al separarme, le advertí—: No finjas que esta noche no ha pasado o me veré obligado a echártela al hombro y hacer que recuerdes cada segundo.
Giré sobre mis talones y salí de la habitación sintiendo su mirada quemándome la espalda.