CAPÍTULO 21
Habían pasado tres días desde que Logan y yo nos acostamos.
A él no le hizo gracia irse de madrugada, pero no discutió. Al día siguiente, me desperté con mi camioneta aparcada en el garaje.
No me había arrepentido, al fin y al cabo, fue una decisión consciente. Sin embargo, imponer límites era mi forma de protegernos a mí y a
Melissa.
Hablando de la nueva ciclista de la zona, se había dado cuenta de que no nos habíamos quedado a cenar ninguno de esos días. Refunfuñó un poco y se conformó mejor cuando empecé a llevarme la bicicleta a nuestra casa, donde jugaba mientras yo seguía con la rutina de la casa.
Como era de esperar, los comentarios malintencionados y los rumores sobre qué hacía el coche del jefe en mi casa a esas horas no se hicieron esperar, pero me mantuve firme, por muy incómoda que me sintiera.
Faltaban menos de dos semanas para que terminara mi contrato.
A eso me aferraba. Después, no volvería a ver a esa gente nunca más, así que lo que pensaran de mí no me importaba, siempre y cuando no afectara a mi hija.
Eclipse se estaba recuperando bien, ni parecía el caballo enfermo de cuando llegué. El proyecto con Logan iba mejor de lo que imaginábamos.
Desde aquel día, lo había estado evitando siempre que era posible.
No volvimos a hablar de lo que pasó, pero cada vez que estábamos cerca, el ambiente se ponía tenso. Él claramente no estaba contento, pero era lo bastante maduro como para no forzar las cosas.
Había sido solo sexo. Sin expectativas para ninguno de los dos.
Quería aferrarme a eso, pero nunca he sido tonta. Logan era un hombre astuto, con visión de futuro. Lo que me hacía pensar que actuaría estratégicamente si de verdad le interesaba mi trabajo...
o nosotras, aunque esto último fuera menos probable.
Prueba de ello eran los datos abiertos en la pantalla del ordenador que tenía delante, en uno de los despachos. Estaba recopilando todo lo que había hecho con los caballos de la muestra en los últimos días, lo que contribuyó a que nos viéramos menos.
Cuando me propuso el proyecto, Logan no estipuló plazos. Sin embargo, yo sabía que el proyecto tenía un enorme potencial de crecimiento, lo que solo se confirmó al verlo empezar a tomar forma.
Ahora, con la mirada perdida en la pantalla, tuve la certeza de que no lo terminaríamos en menos de dos semanas.
Mi móvil vibró sobre la mesa, sacándome de mis pensamientos.
Al ver quién llamaba, respiré hondo, atrayendo la atención de Thompson y de otra veterinaria de su equipo, que también estaban en el despacho.
— ¿Sí? —contesté, incómoda por las miradas.
— Venga a mi despacho —ordenó Logan al otro lado.
Mi cuerpo se agitó.
— Sí, señor —respondí, intentando ser profesional al mismo tiempo que un deseo enorme de volver a besarlo no se me iba de la cabeza.
— Traiga su ordenador. Quiero ver los datos de la investigación.
— Voy para allá.
Asentí y colgué, sin atreverme siquiera a soltar un suspiro, consciente de la mirada del jefe de veterinaria.
Ya me había dado cuenta de que Thompson siempre se las apañaba para estar cerca de mí cuando no estaba atendiendo a ningún animal, y eso me molestaba profundamente.
Me levanté, me guardé el móvil en el bolsillo de los vaqueros, cerré la tapa del portátil y salí de la habitación sin dar explicaciones de adónde iba.
Por fin pude respirar al salir y sentir el calor dándome de lleno mientras caminaba hacia el despacho de mi jefe.
Estaba aprensiva, tensa. No sabía cómo sería la primera vez que estuviéramos solos después de todo lo que había pasado.
Me detuve ante la puerta del despacho, respiré hondo y llamé.
Entré tras oír que me daba permiso y recibí el aire gélido de la habitación en la cara.
Ya había notado que Logan tenía tendencias gélidas, y no me refería solo a su humor.
Era muy caluroso, de los que sudaban sin hacer nada y, por eso, le gustaba tanto el aire acondicionado a temperatura de Polo Norte.
Barrí la habitación con la mirada y lo encontré sentado de forma imponente en su sillón, con James en las sillas de enfrente.
— ¡Buenas tardes!
— Buenas tardes, Hannah —saludó primero el administrador, señalando la silla libre a su lado.
Caminé con paso más firme de lo que realmente me sentía. No por saber que tendría que hacer una presentación de resultados de última hora, sino por la forma en que Logan me observaba.
— Buenas tardes, señorita Collins —rompió él el denso silencio cuando me senté. Su voz era firme, casi fría. Nada de Hannah ni ninguna otra informalidad—. La he hecho llamar para presentar lo que ya tenemos del proyecto y aclarar algunas dudas puntuales de James.
Busqué algún indicio, pero su expresión era indescifrable.
— De acuerdo —asentí, abriendo la tapa del ordenador—. ¿Puedo proyectar en la tele?
Tras su consentimiento, me levanté de nuevo. Si había que ser profesional mientras manteníamos esa tensión encubierta, lo haríamos bien.
Rápidamente conecté la pantalla y, de pie junto a la proyección, expliqué el objetivo, la metodología, los resultados y los contratiempos que habíamos tenido hasta el momento.
James mostraba un entusiasmo contenido. Era lo máximo que un hombre rudo como él se permitiría. Mientras tanto, Logan, con los brazos cruzados y recostado cómodamente en su sillón, me miraba fijamente, como si apenas hubiera escuchado lo que le estaba contando.
— No aparece en sus datos, Hannah, pero me da curiosidad...
—Logan giró un bolígrafo entre sus dedos, desviando la mirada de la pantalla hacia mí—.
Mientras cruzaba esa información, ¿le quedó claro si el tiempo de descanso de las potrancas[1] fue el mismo que el de los sementales o si ellas todavía necesitan más tiempo?
Tragué saliva, captando cada palabra con doble sentido.
Mantuve mi postura profesional y respondí a lo que realmente preguntaba:
— Aún es pronto para decirlo, señor McAllister. Cada animal tiene sus particularidades y tiempos de respuesta individuales. En este caso, necesitamos observarlos a lo largo del tiempo.
Seguía mirándome como si pudiera verme por dentro.
— Algunas yeguas son muy ariscas, es verdad, pero un buen domador sabe cuál es el momento exacto para estimularlas o no.
— El jefe tiene razón —afirmó James, ajeno a la tensión—.
Hay algunos bichos, y no solo caballos, que cuando se ponen tercos, ni Dios puede con ellos.
—Señaló su móvil y se levantó, mirando de mí a su jefe—.
Jefe, me han mandado un mensaje de que hay problemas en el cercado.
Me tengo que ir, pero agilizaré todo para que Hannah no tenga problemas.
Logan asintió.
— Gracias, James —le agradecí, de verdad.
Siempre facilitaba mucho mi trabajo, por no mencionar que no toleraba los cotilleos por los rincones.
— No hay de qué, Hannah. — Se puso el sombrero antes de despedirse y salir del despacho, dejándome a solas con el dueño de mis pensamientos.
El ambiente se volvió aún más pesado. Se me secó la garganta. Se me puso la piel de gallina, y no era solo por el frío de la gélida habitación.
Se levantó y caminó hacia mí. Se detuvo a pocos centímetros, deslizó las yemas de los dedos por mis brazos, el hombro, el cuello, hasta llegar a mi mandíbula.
— Deja de hacerte la dura —murmuró, aunque todavía con un tono algo firme.
No me moví, pero sentía la sangre circulando rápido por todo mi cuerpo.
— No me refería a los animales cuando dije que cada uno tiene su tiempo de reacción. —Mi voz sonó más firme de lo que realmente me sentía.
— Sé que no. —Se apartó un poco, pero lo suficiente como para no sentir el calor de su cuerpo sobre el mío. Su mirada era febril, su postura decidida—. Pero no voy a fingir que aquella noche no pasó.
Cambié el peso de una pierna a la otra.
— Quieres repetir...
Me miró en silencio. Luego, se pasó la lengua por los labios, un gesto que captó mi atención.
— Sería un hipócrita si dijera que no. Pero por hoy, cenar fuera contigo ya sería un buen comienzo.
Me gustaba su sinceridad, lo que me daba pie para hacer lo mismo sin ser maleducada.
— Logan, no quiero ni puedo tener una relación ahora mismo.
Esbozó una media sonrisa y me colocó un mechón de pelo suelto detrás de la oreja. Más suave de lo que delataba su mirada ardiente.
— Tranquila, no te estoy proponiendo una. —Me rozó el pulgar de la otra mano por la muñeca—. Pero ¿qué tal una buena comida, buena música y, si quieres, una noche de pasión?
Fue muy hábil... jugó con mis recuerdos y mi imaginación.
— Me encantaría, pero no puedo dejar sola a Mel.
Logan me tocó brevemente la cintura.
— Podemos ir después de que se duerma. Gloria se queda con ella.
Pensé en negarme, ya abusaba mucho de la ama de llaves. Solo que la indecente propuesta me trastocó. Por ahora, no quería dolores de cabeza, pero con solo cerrar los ojos podía sentir su vigor dentro de mí.
Joder, resultaba difícil ser racional con esos recuerdos y ese olor tan rico invadiendo mi olfato.
Al final, solté un suspiro, sabiendo que me podía estar metiendo en un buen lío.
— Espero que Summer Plains tenga buenos restaurantes, no soy mujer de comer solo ensaladas.