CAPÍTULO 20
La habitación permanecía iluminada solo por la penumbra que provenía de la luna cuando me deshice de los zapatos y del resto de la ropa.
Aún lánguida sobre la cama, ella sonrió, se removió entre las sábanas y gateó hacia mí, empinando ese culo precioso.
— ¿Tienes idea de lo que provocas aquí haciendo eso? —Bajé la mirada hacia la polla que me golpeaba el ombligo.
La tenía dura como una piedra, sintiendo que me dolían las bolas de tanto morbo por lo que habíamos hecho y, sobre todo, por lo que estaba por venir.
Hannah sonrió, con una mezcla de timidez y picardía.
— Lo puedo hacer aún mejor... —murmuró, mirándome llena de promesas al bajarse de la cama y ponerse de pie, frente a mí.
— Hannah... —soné más animal de lo que imaginaba al sentir que me tocaba.
— ¿Qué pasa, McAllister? —Sonrió, cerrando la mano por mi dura extensión—. ¿Tienes miedo?
La agarré por la nuca y reclamé su boca deliciosa en un beso que ya empezó caliente. Entre nosotros, su mano se mantenía firme, pero se movía solo por nuestros cuerpos que se frotaban en una danza sincronizada e indecente.
Gruñí en su boca cuando apretó el glande, loco de morbo.
Recorrí su delicioso cuerpo hasta encontrar sus pechos naturalmente grandes, perfectos para ser tocados y mamados. Los apreté sintiendo que un placer arrollador me recorría la columna.
La acorralé contra la pared más cercana, inmerso en aquel mar de lujuria y erotismo que nos consumía. Mi beso era casi doloroso, necesitado de invadirla, de reclamarla para mí.
Hannah gemía, poniéndome los pelos de punta al deslizar las uñas por mi nuca, perdiendo ella también el control. En mi mente, solo estaba el deseo de follármela contra aquella pared hasta que perdiéramos las fuerzas.
Todo se apagó cuando la penetré de un solo golpe firme, arrancando gemidos y jadeos contra la boca del otro. Sus manos bajaron por mi espalda mientras yo aceleraba las embestidas.
— Logan... —gimió ella, temblando.
— Estoy aquí, Hannah. —Le mordí la barbilla, sintiendo el sudor que le resbalaba por la espalda.
— ¿Cómo puedes tener tanta facilidad para hacerme correr? —se lamentó, ondulándose.
Al instante siguiente, sentí que su musculatura me ordeñaba y el flujo caliente bajaba, inundando mis bolas y piernas. Sonreí, orgulloso.
Seguí embistiendo con ritmo, de la forma que a ella parecía gustarle.
— Más vale que te acostumbres, no soy un hombre que se conforma con poco. —Le mordí la barbilla y ella jadeó.
Disminuí el ritmo de la embestida a propósito para inclinarme y chuparle el pezón derecho. La oleada de lascivia me puso aún más rígido al sentirlo endurecerse más en mi lengua.
Mame como un potro hambriento, cada vez más excitado con cada estremecimiento suyo. Repetí con el otro pecho, sustituyendo los chupetones por mordiscos suaves, aumentando la presión gradualmente para ver hasta dónde aguantaría.
Y aguantó mucho.
Con cada mordisco, un insulto por su parte y mi polla resbalando más a fondo en su coño mojado. Hannah me ordeñaba, gemía, me arañaba, se entregaba y me besaba. Entera, en cuerpo y alma. Sus uñas me marcaban, su boca me enloquecía tanto al besarme como al jadear.
En aquella locura, nos fuimos entregando y encontrando nuestro ritmo.
La química explotaba por la habitación, al igual que los sonidos de las embestidas y nuestros gruñidos.
Volví a enredar sus piernas en mi cintura, embistiendo desenfrenado, inmerso en el placer.
Sus músculos me ordeñaban con la misma intensidad con que ella me arañaba la espalda. Estaba tan fuera de mí que tenía la absoluta certeza de que jamás había experimentado aquella sensación con otra persona.
Era como si aquello fuera solo mío y suyo.
— Quiero verte correrte en mi polla hasta que pierdas las fuerzas —
declaré, bajándola para ponerla de cara a la pared y enrollar su pelo sudado en mis puños.
— No me falta mucho para eso —jadeó en respuesta.
Sus ojos estaban nublados, sus movimientos torpes.
Le sujeté la cara con la otra mano, obligándola a mirarme.
— Perfecto. Esto solo se acaba cuando no aguantes más.
Esbozó una sonrisa floja, pero llena de lascivia al pasarse la lengua por los labios.
— ¿Es una promesa?
Le solté un azote en su culo redondo, haciéndola gemir.
— Ya lo verás... —La besé otra vez y volví a embestir, rudo.
El sonido de nuestros cuerpos chocando era como gasolina en la hoguera de mi deseo.
Mis manos exploraban todo su cuerpo, incapaz de alejarme. Sus jadeos aumentaron, empezando a ser incontrolables, incluso ahogados contra mi boca.
Me sentía al límite, loco por correrme.
Cuando le estimulé el clítoris de nuevo, Hannah perdió el control, golpeando una de sus manos contra la pared mientras gritaba en mi boca, corriéndose de nuevo.
Una última punzada me atravesó, pero antes de que pudiera correrme dentro, ella me sacó de su interior, se inclinó contra la pared de espaldas a mí, empinó el culo y me masturbó a buen ritmo hasta que me corrí sobre ella.
No quería perderme esa escena, pero el morbo que me consumía mientras le echaba la lefa en ese culo precioso me venció, aunque fuera por un segundo.
Cuando volví a abrir los párpados, los últimos chorros aún volaban sobre sus nalgas y Hannah me miraba con la respiración entrecortada, sin dejar de ordeñarme.
— Me jodes la cabeza de esta manera... —Fue todo lo que me permití decir mientras le apartaba el pelo sudado del cuello y rozaba nuestros labios.
Ella sonrió cansada, separó nuestros rostros y miró el reloj que seguía en su muñeca.
— Ya es hora de que te vayas...